Friday, February 11, 2011

Comunidades trasnacionales

Al principio nos movíamos en un mismo territorio, en ninguna parte delimitado por la “línea internacional”. Trasladarse del centro de Tijuana a un cine de Chula Vista no comportaba en la práctica franquear alguna barrera tangible. Era como desplazarse en la misma zona de una cierta cotidianidad que tenía como marco el espacio binacional, sin telones de por medio. En nuestra ciudad la línea de demarcación era invisible. Nuestra ciudad comprendía barrios de Tijuana y de San Ysidro, calles de Chula Vista y de la colonia Cacho. Era, seguramente, la ciudad feliz de la infancia y los primeros de la postguerra (1946—1952). Aún se sentían algunas secuelas de la reciente conflagración mundial —los apagones antiaéreos de San Diego— y el flujo entre un país y otro era mucho menor que ahora. La ciudad andaba en los noventa mil habitantes, a pesar de que ya no se cruzaba, como en las primeras décadas del siglo, por la Puerta Blanca cuando los americanos se venían en sedienta manada a echarse el trago que allá les tenía prohibido el presidente Roosevelt con la ley seca. A la vuelta de los años, y paradójicamente desde que entró en funcionamiento el “tratado de libre comercio”, la muralla metálica y electrónica se ha ido ensanchando y alargando no como el proyecto de una arquitectura defensiva —no llega a ser arquitectura— sino como resultado de un constructivismo burdo, pragmático y “estratégico”. Por eso tal vez al poeta catalán Rubén Bonet se le ocurrió pensar que “todo Tijuana es una instalación”, como si fuera una propuesta plástica, refiriéndose a la oxidada valla de lámina —desecho de aeropistas militares— que constituye el muro disuasivo. El impedimiento es contundente: por aquí no pasa nadie ni habrá de pasar nadie por la barrera natural e infranqueable del desierto, el sol, la sed, la inanición y la deshidratación. Seres humanos no pueden pasar. Otras cosas, sí.
Los fotógrafos, mejor que nadie, han captado el drama de la inmigración que se ha exacerbado no sólo aquí, en la esquina noroccidental mexicana, sino en muchas otras partes del planeta. No pocos fotógrafos, como Sebastián Salgado, Graciela Iturbide, Lourdes Grobet, Roberto Córdoba y Elsa Medina, han congelado en sus imágenes los rostros de esta tragedia.
Durante los últimos dos años, la fotografía ha ido tomándole el pulso al hormiguero social desesperado, de noche, a mediodía, en la madrugada, al amanecer, a la hora del lobo de este fin de siglo cuando se presiente una amenaza o se descubren signos de un peligro inminente. Es una fotografía de los intersticios: la frontera agrietada por la que se cuela la esperanza y se deshace en la polvareda distante de la border patrol.
Esta grieta o espacio lineal abierto que queda entre los dos cuerpos nacionales evoca —en la fotografía de profundidad— la monumental muralla china de inspiración militar o el territorio de Laconia en el que se asentaba la antigua Esparta griega y del que el arquitecto Richard Ingersoll ha deducido la expresión “campo lacónico” para referirse a la ciudad difusa, repleta de áreas deshilachadas, irregularmente urbanizadas, sin acontecimientos espaciales, privada de comunicación arquitectónica.
Y no parece ser otra cosa este “campo lacónico” que comparece en la desolación indocumentada recogida por la lente de, por ejemplo, la fotógrafa Elsa Medina, un campo conciso, de pocos elementos, como el de las afueras parchadas de Tijuana o las inmediaciones de San Ysidro, el Nido de las Águilas y el cañón de La Cabra. Pero si Esparta no necesitaba murallas y podía extenderse a lo largo de sus lacónicos espacios vacíos era porque, según Tucídides, “sus soldados eran sus murallas” del mismo modo en que ahora, en el confín mexicanoestadounidense, el ejército de la Patrulla Fronteriza hace de muralla defensiva y ofensiva ante la vulnerabilidad de la no infranqueable lámina por cuyos intersticios se ha introducido la cámara de Elsa Medina.
¿Y qué vemos en sus fotos?
Vemos unas patrullas diseminadas allá a lo lejos, en el cañón de La Cabra.
Vemos las siluetas negras de unos doce agentes rubios de protuberantes escuadras y linternas al cinto, contra el sol del atardecer, justo en el instante del rayo verde que se cancela sobre la inmensidad del Pacífico.
Vemos a un hombre solo en playas de Tijuana, con la mirada perdida hacia el norte de la barda herrumbrosa que corta las olas mar adentro.
Vemos a un niño metido en su jorongo, a un adolescente sin país, a un anciano sin respaldo.
Vemos un helicóptero que clava con sus reflectores a un campesino de Nayarit mientras, como araña fumigada, esconde su rostro con una cachucha de los Padres.
Vemos un convoy de camionetas oficiales de doble tracción y motoconformadoras y tractores demarcando la “tierra de nadie”, esta expresión militar calificativa de la zona que queda entre una trinchera y otra y que nadie puede atravesar sin el riesgo de ser acribillado por un francotirador de la border patrol.
Vemos un montón de zapatos y botas usadas, signos de la caminata y la emigración, que alguien vende en el rincón de una calle.
Vemos a un muchacho que coloca más de trescientas cruces blancas en el mural de un par de figuras negras, recuento de los migrantes muertos en la frontera.
Vemos a un grupo de jóvenes que hacen su rancho aparte debajo de un árbol mientras esperan, esperan, esperan, en el cañón Zapata.
Vemos a un grupo de trabajadores indocumentados que esperan ser contratados como eventuales en las calles Broadway y Pico de Los Ángeles.
Vemos una mojonera en el Nido de las Águilas, en la porción limítrofe, establecida por la fuerza de las armas en 1848.
Vemos la doble valla, el perímetro de seguridad, alambradas de púas como en las trincheras, censores sísmicos para rastrear a los caminantes subrepticios, telescopios infrarrojos de larga distancia, cámaras de video, instrumentos de detectación nocturna.
Vemos una zona de guerra.
Vemos un abandono de todos los dos gobiernos, vemos su indiferencia, vemos su sonrisa macabra y estúpida, vemos una conspiración contra el derecho internacional al trabajo.
Sin embargo, la mirada de Elsa Medina no es la única que se tiene sobre la frontera nómada ni los indocumentados son los únicos seres que se afanan por sobrevivir en el corral de la frontera sedentaria.



Como voluntad y representación, la frontera está en todos los diccionarios de lugares comunes: la frontera de cristal, la frontera como herida, cicatriz, perímetro disuasivo, el corte, el machetazo histórico, el intersticio de la roca que llora, el muro, el confín, la tierra de nadie, la colisión, la colindancia, el telón, la valla, la sangre contigua, la literatura del umbral, la hora del lobo en el instante del amanecer cuando se cruza, el tránsito a la clandestinidad, la frontera del lenguaje, la esperanza, el fracaso, la raya pintada, la frontera invisible, la frontera de las serpientes, el túnel de éter en el que se convierte el viaje hacia la nada, la demencia fronteriza que se desencadena entre la madrugada y el alba, entre la realidad y el deseo, entre el hambre y la ingurgitación, entre la salud y la enfermedad, entre el asesino y la víctima, entre la juventud y la madurez (la línea de sombra), entre la vida y la muerte, el país frontera, entre algo y nada, entre la pena y la nada.



El imperio del crimen

Como todas las cosas, con el paso del tiempo, la noción de frontera ha ido cambiando. No pocos de los estereotipos que se han ido acuñando sobre la frontera se desvanecen sin sentido cuando las realidades nuevas —los flujos migratorios, por ejemplo, la globalización del crimen— exigen otra manera de conceptualizarlas.
La frontera es el confín, el punto de partida y de llegada, la línea de corte jurídico que establece un principio y un fin, una demarcación que separa a un territorio de otro.
En un sentido metafórico la frontera también es una herida o una cicatriz. Los cambios en las demarcaciones políticas de Europa del Este, la disolvencia de la Unión Soviética como cuerpo nacional, la nueva configuración de los Balcanes y el surgimiento de nuevos Estados a consecuencia de las guerras en lo que antes se reconocía como Yugoslavia, han vuelto a plantear esa noción volátil y divagante de la frontera.
Para Ryszard Kapuscinski, en El imperio, su gran reportaje sobre la desaparición histórica de la URSS, “cada vez que nos aproximamos a una frontera, a un límite, nuestra tensión aumenta y afloran las emociones”.
“Las personas no están hechas para vivir en situaciones límite, las evitan o al menos intentan librarse de ellas lo más rápidamente posible.”
Lo cierto es que se ha evaporado la noción misma de frontera o se ha convertido en otra cosa por las dislocaciones bélicas y políticas de Europa del Este. Los historiadores replantean una nueva categorización. No jurídica, puesto que sin fronteras no hay Estado. Pero sí cultural: la fusión de las lenguas, la mezcla de razas, la invasión de un habla por otra, el desplazamiento del español por el inglés, la disolvencia —en sentido del montaje cinematográfico— de las mentalidades.
Mientras los antropólogos se esmeran en la especulación de un país frontera —de todo un tronco nacional como frontera, entre el mundo desarrollado y el estancado, entre el inglés y el español, entre la producción y el consumo de bienes, servicios y estupefacientes, entre la exportación y la importación, entre la banca incontrolada y la desnacionalización del dinero—, los novelistas de la literatura del umbral o de los intersticios recrean la inagotable vena de la frontera trágica: los asesinatos en serie de muchachas en Ciudad Juárez en la obra de Roberto Bolaño o las historias de “satánicos” que deglute la “estética” de matriz hollywoodense en, por ejemplo, Perdita Durango, la novela de Barry Gifford o la película de Álex de la Iglesia.
En todos los reinos hay fronteras y el animal no podría ser una excepción. “Es propio no sólo del hombre, sino también de toda la naturaleza viva, de todo lo que se mueve en el agua y en el aire.” Los gatos demarcan su territorio.
Existen fronteras entre el hemisferio izquierdo y el derecho, entre el lóbulo frontal y el lateral, entre la epífisis y la hipófisis. ¿Y los límites entre las circunvoluciones, los ventrículos y las fisuras?
En un traslape tal vez sofístico y no menos capcioso, algunos medios audiovisuales asimilan el sentido psiquiátrico de los “estados fronterizos” —una instancia preesquizofrénica: la de los borderliners— a la experiencia cotidiana de la vida en la frontera, es decir: a la locura y la degradación de la convivencia civil porque también hay fronteras en nuestros cerebros que “albergan un constante movimiento fronterizo, confinante, limítrofe”, dice Kapuscinksi. “De ahí los dolores de cabeza y las migrañas, de ahí tanta confusión”.
La personalidad fronteriza, pues, no puede asimilar dos o más de dos ideas contraspuestas que, aparte, se enrarecen aún más cuando la sensación es que todo el cuerpo nacional es frontera. Para bien y para mal, México se ha vuelto un país frontera, de Tijuana a Tapachula, de Matamoros a Acapulco. El tronco todo del país se ha convertido en frontera y ciudades fronterizas —por la simultaneidad informativa electrónica audiovisual– lo son tanto Celaya como Matamoros, tanto Oaxaca como Tecate.
“Aquí en América Latina”, dice el político y hombre de letras francés Dominique de Villepin, “todos aquellos que se aprovechan del desorden y del crimen encuentran en las fronteras una guarida fácil, un terreno predilecto en donde cristalizan las dificultades que tienen los Estados para controlar su territorio y para luchas contra las amenazas, nuevas y antiguas”. Y es que el concepto mismo de frontera está en crisis, si no es que siempre lo ha estado por su naturaleza misma. Su formulación jurídica o política difiere de una época a otra: es una idea que va rehaciéndose y afinándose a lo largo de la historia. La verdad de la frontera, se pregunta De Villepin, “no es acaso una permanente metamorfosis?”
Las fronteras defensivas como el muro de Adriano en el norte de Escocia o la Muralla China respondían a las condiciones bélicas de su tiempo, pero la tecnología militar de nuestra época —naval y aérea— impone otra mirada geopolítica de las fronteras.
“Somos contemporáneos de un mundo formado por ejes de poder y de influencia más que por territorios geométricos.”


La doble ausencia

En el pasado, cuando el flujo de las migraciones no era tan masivo como en nuestro tiempo, se experimentaba como un choque la adopción de otra cultura nacional. Había una brecha en la relación del migrante con el país de acogida y había también una rotura en su relación consigo mismo. Esta persona no podía experimentarse a sí misma junto con otras o como en su casa en el mundo. Al contrario, se experimentaba a sí misma en una desesperante soledad y en completo aislamiento. El emigrante que no vuelve sufre una “doble ausencia”, según le llama a este desarraigo el sociólogo argelino Abdelmalek Sayad.
Durante el año 2008 los mexicanos empleados legal o ilegalmente en los Estados Unidos enviaron a sus casas 25 mil millones de dólares, para mantener a sus familias y también para facilitarles la emigración. Es decir: 2,083 millones de dólares al mes, 480 a la semana, 68 diarios y 2 millones y medio cada hora.
Al enviar de Estados Unidos a México esas remesas, los emigrantes mexicanos —lo mejor del país, su nueva sangre, su capacidad de reproducir a la especie mexicana— alivian en gran parte la tensión social y le quitan un peso de encima al gobierno en turno. Sus remesas son apenas superadas por las de las exportaciones de petróleo y son superiores a las de la inversión extranjera directa. No es posible que a la larga o a la corta esto no tenga un efecto cultural, social y político.
La aventura de la migración, pues, ha pasado a ser un drama en la última década del siglo XX y la primera del XXI. “Disueltas idolatrías y utopías, derrumbados los colonialismos, derribados los muros, cortados los alambres de púas, llegaron los tiempos de las fugas, de los éxodos desde países de mala suerte y mala historia”, según el escritor siciliano Vicenzo Consolo.
Al periodista polaco Ryszard Kapuscinki le tocó ser testigo de dos grandes acontecimientos migratorios en sentido físico y en sentido político: la migración del campo a las ciudades (a principios del siglo XX, la población urbana mundial era del 15 por ciento y hoy es del 75) y la independencia política de las colonias.
Desvanecida la esperanza socialista, impacientes porque no pudo estrecharse el abismo entre la miseria y la riqueza, millones de jóvenes y de familias enteras optaron por dar el salto a tierras menos frustrantes. “Cambiaron de táctica”, dice Kapuscinski, “recurriendo a una penetración lenta por medio de la migración. Hombre tras hombre, familia tras familia, salen en busca y encuentran su pequeño lugar en el mundo desarrollado. Recogen fresas o limpian casas en California, venden abalorios a las puertas del Panteón de París o junto a la inclinada torre de Pisa”.
Sin ser la única tragedia de nuestro tiempo (aparte de la epidemia del sida, las guerras fraticidas, religiosas e interétnicas, el terrorismo, las masacres con armas bioquímicas, los bombardeos de población civil), la aventura migratoria —acuciada por la ilusión y la no improbable culminación feliz— no ha significado poco sufrimiento.
Para los indigentes o desempleados, carentes de documentos, las fronteras equivalen a un encierro y a una barrera que les limita su derecho al trabajo y a una existencia digna. Y puesto que no tienen más que una sola vida —y un solo capital: su juventud y su fuerza de trabajo— no vacilan en intentar el salto y, como la Alicia de Lewis Carroll, cruzar el espejo, aunque en la casa que está del otro lado todo parezca estar al revés: las palabras, por ejemplo, los letreros. Los pusilánimes se quedan atrás.
Este tránsito, sin embargo, está lleno de escollos y animales venenosos, arenas desérticas y temperaturas superiores a los 46 grados centígrados. No pocos terminan en la muerte por sol. Padecen los efectos de la deshidratación, el asalto de los bandidos, el abandono de los traficante de vidas humanas, el acoso de las policías de ambos lados. Fallecen asfixiados en camiones cisterna o en contenedores. En otras latitudes, entre África y Europa, en las costas de las islas Canarias y de Sicilia, conocen la muerte por agua y sus pateras o botes salvavidas se convierten en ataúdes sin lápidas.
Y es que la capacidad de ilusión del ser humano no tiene límites, especialmente si se es joven y se cuenta con un espíritu arrojado y audaz. Gracias a la televisión, la riqueza de otras naciones entra en las casas como espectáculo o como publicidad y, en consecuencia, como deseo: se anuncia un producto pero al mismo tiempo se vende un estilo de vida y se cultiva una promesa.
Cuenta Hans Magnus Enzensberger en su estudio La gran migración que en épocas de pleno empleo en Estados Unidos se llegó a reclutar a diez millones de inmigrantes, tres millones de magrebíes en Francia, cinco en Alemania, donde ya tienen residencia legal.
A fin de restablecer la pirámide de edad, se calcula que en Estados Unidos es necesaria la llegada anual de cuatro a diez millones de inmigrantes jóvenes, mientras que en Alemania se requiere de por lo menos un millón.
La gente escapa de las enfermedades y las dictaduras, abomina del desempleo y el hambre, huye del campo en donde se ha extinguido el modo de vida rural o la desplaza la mecanización de la agricultura, emigra a las ciudades o se juega la vida yéndose al extranjero. Porque el emigrante no se va a esperar a que se disuelva la polaridad cada vez más distante entre ricos y pobres, porque está harto de la miseria y la impotencia, porque sabe —como escribe Kapuscinski— que “la pobreza es una especie de sida social y al igual que el sida, en la mayoría de los casos, es incurable”.


La ola migratoria

Sin embargo, en nuestros días, la situación ha cambiado. Por la fuerza de los hechos y el aumento de la ola migratoria, se establecen de manera más natural las relaciones entre el inmigrante que llega y la gente del país anfitrión. Los prejuicios raciales, que no dejan de existir y perturbar, se trascienden por el impulso natural de la atracción sexual y el paso del tiempo, las generaciones de jóvenes que sustituyen a las de sus padres y abuelos, van enriqueciendo las poblaciones multirraciales en los países europeos, por ejemplo.
“La emigración es una verdadera mina de oro para la sociedad que la recibe”, sostiene la novelista española Rosa Montero. “En su inmensa mayoría, los emigrantes son lo mejor de sus países de origen: las personas más emprendedoras, más despiertas, más valientes, más activas, más responsables.”
Debido también a esta novedad de nuestro tiempo, han surgido nuevos fenómenos sociales y culturales como la formación de las comunidades transfronterizas o transnacionales en los países de llegada.
Total, que la composición de lugar de esta primera década del siglo tiene rasgos que antes no habían contemplado (porque no estaba allí) los sociólogos, los antropólogos y los etnólogos.
Enzensberger dice también que apenas es el comienzo, que no tenemos ni idea de lo grave que va a ser el problema de las emigración dentro de quince o veinte años. El caso es que, por el cambio generacional de los emigrantes, ya no se vive una “doble ausencia”: se construye más bien otra identidad nacional que nunca abandona sus valores culturales originarios. Es el caso de los nietos de hindúes y paquistaníes en Inglaterra o de los hijos y nietos de los argelinos en Francia.
La frontera ideológica se erigió en la Cortina de Hierro, pensada por Winston Churchill, y se desvaneció con la caída del muro de Berlín.
La aceleración de la globalización ha hecho porosas todas las fronteras. Los flujos de capital y de mercancías. La circulación instantánea de la información audiovisual. Y la migraciones, que cuestionan las fronteras antiguas. Ciento cincuenta millones de personas emigran cada año en el mundo. Veinte millones de refugiados buscan asilo.
Paradójicamente, antes de la globalización el mundo era un pañuelo. Tenía uno otra manera de vivirlo. La aldea global de Marshall McLuhan nos es común a todos, pero al mismo tiempo nos queda grande.



Comunidades transfronterizas

En la primera década del siglo vivimos en un espacio de flujos de capital, de bienes y servicios, de mercancías y de migrantes, que serían inconcebibles sin los flujos paralelos de la información audiovisual, las novedades culturales, musicales, cinematográficas, televisivas, y sin la beligerancia de las organizaciones criminales que se aprovechan de la tecnología más avanzada (antes sólo de uso militar) para acrecentar su poder y su logística.
En este contexto geopolítico y económico se da el surgimiento de las llamadas “comunidades transnacionales”. ¿Pero cómo puede haber una comunidad sin ley propia, sin territorio y fuera de su país original? La globalización ha venido a trastocar lo que hasta ahora se ha entendido por Estado-nación y comporta dinámicas nuevas con las que van apareciendo fenómenos exclusivos. Uno de ellos precisamente es el de las “comunidades transnacionales”.
Un ejemplo sería el de los grupos de colombianos que tienen su asiento en el Bronx, en Nueva York. Colombianos de Cali, Medellín, Pereira, Bogotá o Cartagena, constituyen una comunidad que si bien se ha ido integrando a la cultura norteamericana —o neoyorkina específicamente— conserva sus usos y costumbres, su estilo, que perviven en sus pueblos de Colombia.
Una vez llegó también al Bronx un poblano con una máquina de hacer tortillas. Después, poco a poco, su barrio empezó a llenarse de jóvenes mexicanos, pero casi todos de Puebla. Son la mayoría de los muchachos mexicanos que trabajan en Manhattan en las tiendas o en los restaurantes.
—Ni me digas de dónde vienes, paisano. Eres poblano —les dice uno.
—Sí, de San Martín Ixmilucan.
Lo mismo sucede en Los Ángeles con la comunidad
oaxaqueña zapoteca o en San Quintín, Baja California.
Piénsese como un ejemplo espejo lo que se reconoce como “comunidades de internet” que también, obviamente, son supranacionles. Comunidades de artistas, pintores, cardiólogos, etcétera, se comunican desde diferentes partes del mundo a lo largo y ancho del espacio cibernético.
Puede uno sentir —por las facilidades, el precio y la abundancia de vuelos aéreos, por el teléfono fijo o celular, los cajeros automáticos, el correo electrónico y la red— que vive varias ciudades al mismo tiempo, es decir, donde están sus afectos, es decir, su comunidad personal.
Dice Federico Besserer que algunos miembros de la comunidad de San Juan Mixtepec, Oaxaca, transitaron de su condición de sanjuanenses a estadounidenses, sin pasar por la mexicanidad, ya que su condición de indios era considerada en México el oximoron de la nacionalidad mexicana. Y algunos han aprendido el inglés primero y no el español:
“En 1995, cuando me paré en un minisúper en la salida de Halfmoon Bay, al norte de California, como a las seis de la mañana, escuché a una niña ordenar: Get the guets!
—¿Qué es eso? —le pregunté en español y me di cuenta de que la niña no lo hablaba.
—¿What do you mean by “guets”? —le pregunté de nuevo.
—Las tortillas, en zapoteco —me explicó la niña.


Y eso se debe, pues, al cambio de lo que antes, desde Thomas Hobbes y los enciclopedistas franceses, se reconocía como “Estado-nación”.
En cuanto al sentido de pertenencia ¿cuál es la patria chica, el terruño, si no esos espacios transnacionales?
Michael Kearney cree que asistimos al fin del Estado nacional y que las comunidades transnacionales le dan cuerpo a lo que en el futuro será la relación entre Estado y sociedad.
La comunidad transnacional de San Juan Mixtepec, Oaxaca —según los estudios del antropólogo Federico Besserer–, incluye Harrisonburg, Virginia; Arvin, California, Chandler Hights, Arizona, en Estados Unidos, y San Quintín, en la península de la Baja California, México.
En Madera, California, como en la colonia Maclovio Herrera, en San Quintín, viven más de mil mixtecos en cada una.
Han dejado atrás la visión territorial de la “comunidad” y han incorporado el viaje, el movimiento, como una nueva tradición.
La idea que subyace en el concepto de ciudadanía transnacional es que el migrante tiene todo el derecho de ser ciudadano sin que por ello tenga que renunciar a su identidad nacional. Por eso son muy pocos los países que niegan la doble nacionalidad. Es de lo más común ahora que una persona tenga dos pasaportes.
El contexto de todo ello es lo que los norteamericanos llaman globalización y los franceses mundialización. Este panorama internacional es nuevo porque se caracteriza por algo que antes no estaba allí. Los flujos migratorios cada vez más densos van creando en los migrantes nuevas formas de identidad y de pertenencia que van mucho más allá del multiculturalismo.
Empiezan a ponerse en entredicho casi todas las formas de control de las diferencias basadas en la territorialidad, la cada vez mayor movilidad, el aumento de la migración temporal, cíclica, y periódica, los viajes cada vez más fáciles y más baratos, la comunicación producto de la revolución tecnológica. Y son nuevas estas formas de adscripción identitaria especialmente desarrollada entre los inmigrantes.
Su identidad no se basa en un cierto territorio y por eso son un fuerte desafío a los conceptos convencionales de pertenencia a una sola nación, a un solo Estado.







La era de la criminalidad

Tal vez tengan que pasar varios años para discernir si a nuestra época se le identificará históricamente con la criminalidad. Las nociones de Estado, país, nación, gobernabilidad, tanto como los indicadores económicos, cambian de matiz o sustancialmente y es probable que necesitemos nuevas categorías para entenderlos. Porque hay un factor que siempre ha estado en las sociedad pero que nunca había tenido una beligerancia tan portentosa como la de ahora: la delincuencia organizada.
Somos contemporáneos de la mundialización del delito. Somos súbditos del imperio global del crimen
Las estadísticas que tratan de establecer el producto interno bruto, el ingreso per capita, el índice de las remesas procedentes del exterior, la cantidad de millones de dólares que los mexicanos guardan o invierten en otros países, se distorsionan porque no se pueden conocer ni calcular los flujos de la economía criminal.
Hemos transitado de la era de las ideologías a la criminal (vivimos en mundo en el que ya no importan las ideas) porque, a pesar del desarrollo tecnológico o gracias a él, estamos asistiendo a una cada vez mayor criminalización del mundo. Esta toma de conciencia (más que una sospecha) no es nueva. Ya en los años 70 se hablaba, por lo menos entre los escritores, de una “sicilianización” del planeta, como si el modus operandi de la mafia hubiera permeado las formas de hacer política y de gobernar. Había ya la sensación de que se mezclaba la actividad delincuencial con el ejercicio del poder formal del Estado, en todas sus dimensiones: ejecutiva, legislativa y judicial. En esta transformación los jueces (los magistrados que llevan la toga pretexta) son tan importantes como los legisladores y los funcionarios administrativos. Y la policía, por supuesto. Sobre todo la policía y el ejército. El interés general (o el llamado bien común) se ha perdido de vista y en algunos países se gobierna para proteger a los diversos grupos hegemónicos de cada país.
Si en este tramo de la historia somos contemporáneos ya de la “edad del crimen” o de la “era de la criminalidad” se debe en gran parte a que ha cambiado la composición de lugar y de poder en el planeta. Ya no estamos viendo la película que veíamos antes. Las guerras ya no son las mismas (enfrentamiento entre Estados, conquista territorial). En el mundo moderno el territorio, por grande que sea, a veces no tiene ningún valor material ni estratégico. Lo que cuenta es el poder económico y militar.
Los actores beligerantes de nuestro tiempo son las mafias, las milicias tribales, los terroristas, los narcotraficantes y los mercenarios al servicio de todos ellos: grupos armados que se desmarcaron del Estado. Y si los grupos criminales han progresado como nunca a escala mundial es porque la nueva tecnología les favorece, porque cayó el muro de Berlín, y porque su capacidad financiera y de fuego es mayor que la de muchos países. La tecnología de punta en las comunicaciones —que antes era de uso exclusivo militar—, como internet, ahora sirve para hacer más eficiente y productiva la labor criminal.
Es otra la relación de fuerzas, la geopolítica, y por tanto el contexto en el que México enfrenta sus problemas internos. Se han desvanecido por lo demás las nociones que antes definían la naturaleza del Estado: el de monopolista de los instrumentos de violencia. El enemigo ya no es otro Estado nación (aunque no se puede olvidar el conflicto entre India y Pakistán). Todo esto cambia las reglas del luego. Los protagonistas de las guerras se mueven más por sus creencias tribales, raciales y religiosas.
Hace cinco años The Economist ya publicaba que en el mundo se mueven 15 millones de contenedores —el 90 por ciento del comercio mundial— y sólo el 2 por ciento pueden ser controlados por las aduanas. No hay fuerza aduanera que pueda controlarlo todo.
Nunca como ahora la extensión de la economía criminal había sido tan grande: un verdadero desafío armado y logístico a lo que queda del Estado moderno en este tramo de la historia.
Misha Glenny, autor de McMafia, periodista británico de origen ucraniano, cree que todo esto es consecuencia de la globalización —la tecnología ha multiplicado las ganancias del crimen— y que la nuestra es la edad de oro de la mafia: la edad del crimen.
No estaríamos hablando de estas cosas si no fuera por un libro recientemente aparecido: El G-9 de las mafias en el mundo, obra del criminólogo francés Jean-François Gayraud.
“Las mafias no son un fenómeno marginal, sino un poder oculto y configurador del escenario mundial que maneja cifras de dinero mareantes.”
“Se trata de una realidad geopolítica instalada en la médula del entramado político y económico de la sociedad.”
Entonces, más que la “era de la información”, como le gusta llamarla a Manuel Castells, estaríamos viviendo ya en la “era de la criminalidad” como nunca antes en la historia, por su profusión, por su fuerza, por su liga secreta y solapada con representantes del Estado, los partidos políticos y los jueces de la más alta investidura.


Gran finale

Pero por lo pronto, podemos decir que nos ha tocado vivir un mundo tan maravilloso como trágico. El siglo
XX ha sido el de la descolonización y el de las grandes migraciones del campo a las ciudades, el fin de la guerra fría, la revolución electrónica, las revelaciones de la neurología (el descubrimiento de esa terra incognita que sigue siendo el cerebro). Nunca antes se habían inaugurado en el escenario político tantos países, más de ochenta. Empieza a llegar a la jefatura de los Estados una nueva generación de políticos, a la Casa Blanca por ejemplo.
Si en las civilizaciones antiguas lo que tenía más valor era la tierra y la máquina, “en la civilización que está surgiendo ahora no habrá nada más valioso que la mente humana, su capacidad de conocer y crear”. Ojalá que una mayoría cada vez más numerosa tenga acceso a la que tal vez sea la experiencia mas sublime del ser humano: el conocimiento.
El telégrafo, la radio, el teléfono, la televisión, el cine, no acabaron con las prensa escrita como se temía; ahora ni internet ni el correo electrónico sustituyen al reportero in situ, con todo su miedo y sus emociones en el lugar de los acontecimientos y que no ha perdido la fe en la palabra escrita: los medios amplían el método de transmisión de la palabra. No se acaban unos a otros: se complementan.
Somos los primitivos de una nueva era.

http://federicocampbell.blogspot.com/

Thursday, February 10, 2011

Escritores melómanos




De las relaciones entre la música y la literatura se ha hablado y escrito muchas veces. Basta recordar la novela Doktor Faustus, de Thomas Mann, para entender el significado que ha tenido la música entre los escritores, por no abundar más en la relación de Mann con Schoenberg cuando ambos vivían en Los Ángeles durante los años de la segunda guerra mundial.
Pero lo que más llama la atención son los casos de desinterés o indiferencia por la música que también se da entre ciertos escritores. A esta apatía Oliver Sacks la llama amusia. Por ejemplo, Jorge Luis Borges no tenía una gran pasión musical. No se le nota en sus escritos. Tampoco Octavio Paz, que parecía un tanto indiferente a la música. Henry James no hace mención de la música ni en sus novelas ni en su ensayos. En Una autobiografía soterrada —una poética de su ficción—, Sergio Pitol no alude para nada a los compositores ni la música, aunque saben sus amigos que cuando el veracruzano vivió en Praga y en Moscú nunca se perdía las temporadas de ópera.
Por lo contrario, se sabe de escritores que han sido y siguen siendo muy melómanos: Álvaro Mutis, por ejemplo, lo mismo Gabriel García Márquez. Y otros: Jorge Aguilar Mora, Margo Glantz, Eduardo Lizalde, Juan Benet, Antonio Alatorre, Eugenio Trías. Ah, y no se diga nuestro querido Juan Rulfo, que se amanecía hasta las cuatro de la mañana escuchando a Frescobaldi, Orlando de Lassus, Palestrina, Charpentier, Gabrielli, Gesualdo, Perotinus.
Una vez Jorge Brash se lo encontró en la librería El Ágora, y Rulfo le preguntó:
—¿Y usted qué discos compró, si se puede saber?
—Estos —le dijo Brash y le mostró unos de Frescobaldi y Palestrina.
—¿Y ya conoce a Heinrich Schütz?
Rulfo se refería al compositor alemán que vivió entre 1585 y 1672 y que alcanzó la fama gracias a sus Cantiones sacrae y las Symphoniae sacrae.
Ludwig Wittgenstein también era una persona intensamente musical.
Hace poco Ediciones del Equilibrista ha hecho justicia a Jomi García Ascot al resucitar editorialmente su libro Con la música por dentro, pues como se sabe el poeta era un enamorado de la música y —en prosa de ensayo y de crítica— le puso letra a su pasión más íntima. Y es que, como dice Joan-Carles Mèlich, sólo hay dos cosas que nos pueden educar o preparar para la muerte: la narración (en el sentido del que habla Walter Benjamin en su ensayo “El narrador”) y la música.
“De todos los artefactos simbólicos que los seres humanos han fabricado para hacer frente a la amenaza de la contingencia, al flujo del tiempo, a la ausencia y a la muerte, podrían destacarse dos de especial relevancia: la narración (oral y/o escrita) y la música”, escribe Mèlich.
El más reciente libro de Kazuo Ishiguro, por otra parte, lleva en su título Nocturnos la alusión al contexto que significa la música cuando arma sus historias sobre algún saxofonista, un violonchelista, un guitarrista y ensaya narrativamente varias variaciones sobre un mismo tema como si ejecutara literariamente un concierto de cámara.
Al gran inventor de la neuronarrativa, Oliver Sacks, le preguntaron una vez qué clase de música le gusta mas y a cuáles compositores pondría en su iPod.
Aclaró el autor de Musicalia que no usaba iPod pero que en caso de tenerlo incluiría Fantasía en Fa menor, de Chopin, tocada por Arthur Rubinstein.
Añadiría además Don Giovanni, la ópera de Mozart; La consagración de la primavera, de Stravinsky; el Concierto para violín en Mi menor, de Mendelssohn, ejecutado por Joshua Bell; La bella molinera, de Schubert, cantada por Dietrich Fischer-Dieskau; las Sonatas para piano de Beethoven, interpretadas con Alfred Brendel; la Rapsodia para contralto, coro y orquesta, de Brahms; la Misa en Si menor de Bach; y la Chacona en Re menor, de Bach, tocada por Yehudi Menuhin.

Diccionario del alma

Para Antonio Alatorre, nuestro
mayor hombre de letras


Al principio, el Diccionario clínico del alma, de Jesús Ramírez Bermúdez, parece un libro inclasificable. ¿Estudio clínico o ensayo literario o filosófico? ¿Por qué? Porque se remite a una tipo de reflexión expuesta de manera narrativa que explora las diferentes experiencias de la percepción humana a través de los cinco sentidos.
Se trata de un ensayo sobre las enfermedades o los desarreglos del alma y podría inscribirse —si es que las catalogaciones tienen algún sentido— dentro de los que podríamos llamar neuronarrativa (relatos relacionados con el cerebro y sus enigmas) de la que han sido practicantes el inglés norteamericano Oliver Sacks y el mexicano Francisco González Crussí (que ejerce en Chicago) aunque este último no se especialice en asuntos del infinito e insondable cosmos cerebral.
La neuronarrativa es el nuevo género literario de nuestro tiempo.
No es lo que en el marketing de la industria farmacéutica suele denominarse “literatura médica” (un conjunto de folletos de propaganda farmacética) sino de una narrativa que tiene que ver con las experiencias de la percepción y que en ese sentido se emparenta con el quehacer literario propiamente dicho. Porque si alguna relación de hermandad existe entre la ciencia y el arte es la que se tiende entre la neurofisiología y la literatura. Ambas nos dan cuenta de los modos, los matices, los equívocos que comporta la percepción del mundo y que también ha cautivado a filósofos de la estirpe empirista, como el escocés David Hume.
Es fascinante la inquietud científica que nos depara nuestro tiempo. Somos los primitivos de una nueva era en la que, en cierto modo natural y no imposible de entender y asimilar, los escritores de cuestiones científicas llegan a tener decenas de miles de lectores. Estos autores —muchos de ellos dados a conocer en México por Luis Estrada y Carlos Chimal— responden a los nombre de Richard Dawkins, Stephen Jay Gould, Antonio Damasio, V. S. Ramachandran y otros.
En ese ámbito se mueven el pensamiento y la escritura de Jesús Ramírez Bermúdez que reconoce en los pacientes mismos (es jefe de la Unidad de Neuropsiquiatría del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía) la inspiración de su libro pues todo parte de los relatos, de las cosas que cuentan y el modo de verbalizarlas que tienen los enfermos.
Nadie mejor que el doctor Fernando González Crussi explica en el prólogo cómo en el Diccionario se justifica el uso de la palabra alma y no espíritu ni mente ni inconsciente. Hay detrás una larga historia de la locura y de las diferentes ideas que los hombres de han hecho de los trastornos físicos humanos. Y lo que antes se identificaba como pasión diabólica, aberraciones somáticas, obsesión erótica, histeria, tiricia, ahora puede muy bien denominarse “desarreglo molecular de agentes transmisores neuronales”.
Si se dice que el animal humano se diferencia de los otros animales porque es el único que tiene consciencia de su propia muerte, también se razona en este importante libro que la enfermedad mental acaso sea otros distinción: no la que refrenda la animalidad que nos es intrínsica, no una negación o una denigración de la naturaleza humana, sino la otra cara de la moneda: “la vertiente umbría de nuestra inalienable humanidad”. Tal vez la locura sea una prueba de nuestra humanidad más que de nuestra animalidad.






















Un negro en la Casa Blanca es un blanco perfecto


La política desemboca, o nace,
en las creencias: puede ser el
teatro mortal del Poder, pero
a su alrededor —en bambalinas o
en las butacas— está la presencia
inevitable de las creencias.
—Jorge Aguilar Mora

Si alguna enseñanza nos depara la reciente jornada electoral en Estados Unidos es la que tiene que ver con el papel de la propaganda o, más en lo particular, de la televisión y el dinero.
No sólo ha sido una preocupación de los académicos y los “actores políticos” la idea de que las elecciones se ganan con televisión y dinero. Es una apuesta que se sigue haciendo a pesar de que algunos candidatos, aquí y en otras partes, han ganado teniendo a la televisión en contra. De cualquier manera, gane o pierda el candidato al que apoya, la televisión es indispensable para el fraude electoral porque a base de repeticiones puede establecer un consenso de aceptación.
El escenario electoral, pues, de los últimos días nos ha vuelto a dar la impresión de que la verdad no tiene la menor importancia en la política. Entran en su percepción los prejuicios y sobre todo las creencias de los votantes: según su clase social y económica, su raza, su nivel de escolaridad, sus relaciones familiares, laborales y sociales que establecen con quien se habrá de quedar bien o mal. Cuando alguien decide creer en algo o en alguien no hay poder humano ni razón alguna que lo haga cambiar de opinión.
Se puede montar un spot televisivo sosteniendo que los chinos y el presidente Obama conspiran para destruir el “imperio americano” y gran parte del electorado se lo cree porque eso le conviene creer. Así como le gusta creer que Obama es musulmán y que no nació en Estados Unidos.
Si se tiene la creencia de que un sistema de salud para todos sigue las pautas de un modelo socialista no importa recordar que países que también lo tienen, como Canadá, Suecia, Francia y la Gran Bretaña, están muy lejos de ser países comunistas.
En aras de la “libertad de expresión” —que, como todos los derechos, tiene sus límites— la Suprema Corte autoriza a que las grandes empresas aporten la cantidad de dinero que quieran a las campañas y en muchos casos los partidos no tiene que revelar el origen de esas aportaciones.
En un reflejo de imitación extralógica no faltan en México ciudadanos de buena fe que sienten la necesidad de hacer las cosas como en Estados Unidos, a pesar de que la sociedad mexicana no es como la estadounidense, ni por su composición étnica ni por su nivel de ingresos. Aquí tal vez tenga sentido vigilar de dónde procede el dinero en las elecciones porque puede tener su origen en la economía criminal y porque a nadie le gustaría que el resultado de una elección lo determinen los grupos que tienen más dinero y más televisión.
Está también el fenómeno nuevo de un canal televisivo, Fox, que actúa como partido político contendiente. La rienda suelta a las creencias ha permitido asimismo desinhibir cierto racismo encubierto en la coartada de que lo democrático por excelencia es criticar al Presidente y oponerse al poder establecido.
Por lo demás, débese al ingenio popular del mexicano el enunciado de este artículo: la paráfrasis de un chiste que circuló durante las elecciones de 2008 en Estados Unidos. “¿Qué es un negro en la nieve? Un blanco perfecto.”

Las tres lenguas que se hablan en México

En México se hablan tres lenguas: la de los jóvenes, la de los de mediana edad y la de los viejos. Es propio de los jóvenes de ahora emplear el verbo iniciar en lugar de comenzar o empezar como todavía lo declinan los viejos. La generación que se está inaugurando en el mercado laboral siente como muy natural decir “Que tenga un buen día” en lugar de la frase acostumbrada antes y aún vigente entre los viejos: “Que le vaya bien.” Todo ha de ser imitación del inglés: Have a good day.
Ya hay quien dice “Buen día”, al menos en el DF, y no como antes: “Buenos días.” Hay que ajustarse a la lengua del imperio.
Los abogados jóvenes dicen ahora “El debido proceso”, mientras sus tíos o abuelos prefieren decir “Un proceso justo”.
Ése es el punto. That’s the point.
“Este día inician las clases”, afirma una muchacha de veinte años. “Hoy empiezan las clases”, diría un anciano no necesariamente ilustrado.
Un chavo de la Universidad Patito dice: “No estamos haciendo las preguntas correctas”, mientras que su profesor de 62 años diría: “No nos estamos dando a entender.”
Uno de los primeros fonetistas que hubo en el mundo, el abate Rousselot, se fue a una aldea francesa a estudiar la lengua de las gentes y le pareció que se hablaban en realidad tres lenguas: la de los viejos, la de la gente de mediana edad, y la de los jóvenes. Veinte años después otro lingüista fue a la misma aldea francesa para corroborar las conclusiones del otro. Pues bien, los viejos habían muerto, los de mediana edad era más viejos, los jóvenes eran ya de mediana edad y había una nueva generación, pero existían las tres lenguas idénticas que el primer visitante había detectado.
Al pasar a la mediana edad, los jóvenes adoptaban la lengua exacta de la gente de mediana edad, y los de mediana edad adoptaban la de los viejos. No había un tendencia al cambio de la lengua, y los tres estratos subsistían. Es elemental. El tratamiento de usted, por ejemplo, no lo usan los niños al empezar a hablar, pero a partir de cierta edad el niño adopta el tratamiento de usted.
Una de las cosas que suceden cuando uno se va volviendo menos joven es que empieza a notar los cambios en el uso de las palabras. Quienes pasamos de los sesenta años estamos todavía en un español que considerábamos más o menos correcto por sus convenciones habladas y escritas. Pero, como es natural y lógico, este español ya no coincide con el habla de la generación Güey que se distingue por el uso reiterativo de la expresión “güey” —como un signo de puntuación o un estribillo— y se ha educado en la televisión, el internet y el contacto diario con el inglés de la televisión traducido por traductores malos y baratos. De hecho todos los días los mexicanos tenemos contacto con el inglés, todas las noches ante la televisión, más que con las lenguas indígenas de nuestros hermanos que ni siquiera reconocemos por su fonética.
Es de esperarse, pues, que este nuevo español estadounidense que empieza a hablarse en México sólo sea un estilo momentáneo de la generación Güey y de los de mediana edad. A lo mejor cuando se acerquen a la última edad (y no a la “tercera”) les dará por volver al español antiguo que no tiene por qué sentirse inferior ante el inglés.
Otra cosa que se está perdiendo es la sabiduría del verbo transitivo: antes el Jerry Galarza decía: “Me duele la pierna”. Aparte de que sólo a él le puede doler su pierna, basta el “me” para indicar que se trata de la suya. Ahora el Titi Montoya dice: “Me duele mi pierna”, como si le pudiera doler la de otro. Me duele mi cabeza. Me duele mi estómago. En esto los que tienen la culpa son los locutores de deportes que ace ya muchos años que ya no viven en Panamá, Puerto Rico, Santo Domingo, Caguas, Caracas, y promueven el predominio del nuevo español estadounidense.
Por lo demás, no hay que olvidar el derecho que tiene cualquier persona de hablar como le dé la gana o como Dios le dé a entender. En materia de lenguaje las categorías “correcto” o “incorrecto” no tienen ningún sentido. La lengua es una cosa viva, en constante evolución.
Lo que me pasa es que me fascinan los cambios que están teniendo lugar en estos años y en cosa de pocos años (debido a los mass media que legitiman los errores por repetición) y me gustaría que los filólogos, fonetistas, lingüistas, nos explicaran lo que está sucediendo.
El tema del desplazamiento del español por el inglés ya está siendo estudiado por lingüistas de la Universidad de Cucurpe.
http://federicocampbell.blogspot.com/

Monday, January 31, 2011

Vueltas al Sol

Cada año la nave espacial Tierra le da vuelta al Sol. Luego entonces yo, uno de sus pasajeros, le he dado sesenta y nueve veces la vuelta al sol.
La ideas de que el planeta de los siete mil millones de terrícolas es una nave espacial se la debemos a Buckminster Fuller, el inventor de la estructura geodésica. Queremos con ello explorar la idea de que lo único real son esas vueltas al sol y el envejecimiento, porque resulta una falacia hablar de tiempo real, como suelen decir los cineastas respecto a ciertas tomas cinematográficas.
El cine también, y la novela por otro lado, juega con una idea manipulada —o convencional— del inexistente tiempo. Así lo hizo Andy Warhol en su película Empire, por ejemplo: un par de horas con la cámara fija en Empire State en Nueva York. A lo largo de dos horas lo único que se ve es el eréctil edificio que quiere clavarse en el cielo, como una fotografía fija. Y aquí está la irreverencia de Warhol en relación al principio de que el cine es imagen en movimiento. Por eso cuando Bill Maher titula su programa televisivo Real Time (tiempo real) está valiéndose de un acuerdo muy establecido entre los hombres: una convención como tantas otras, porque si no hay tiempo tampoco puede haber tiempo real.
Muchos filósofos han escrito que el tiempo no existe, que es una simple ilusión, semejante al número, semejante al cero. Días y noches, movimientos de rotación, de traslación, las estaciones y los años, son una invención de la mente humana.
Para Juan Marsé el envejecimiento —la única prueba, tal vez, de la existencia del tiempo— es una masacre. Para Felipe Ehrenberg la vejez es bellísima, una transición hermosa, de la nada a la nada, de la cuna a la tumba, pues se ha liberado uno del deseo y de la competencia, y de los otros que nunca más serán un infierno. Pero más que nada el envejecimiento es una ruleta rusa. Van cayendo a uno u otro lado los amigos, los camaradas, los parientes, los desconocidos también, como si todos estuviéramos en una trinchera en uno de los momentos más álgidos de la primera guerra mundial.
“Voy a mi pueblo y no encuentro a nadie en las calles. No doy con mis amigos. La mayoría está en el cementerio y por allí me paseo”, decía Gesualdo Bufalino, el novelista siciliano autor de Perorata del apestado.
Hay que haber rebasado la frontera de los sesenta años para empezar a darse cuenta de los cambios en el uso de las palabras que de generación en generación van cambiando de matiz en su significado. Porque sabe el que tiene ya más de sesenta años que en toda sociedad se hablan tres lenguas: la de los jóvenes, la de los de mediana edad, y la de los viejos. Pero esto sólo se puede apreciar si uno ya le ha dado la vuelta al sol más de sesenta veces. De otra manera no hay modo de comparar.
Los jóvenes (y también algunos de la mediana edad) dicen y escriben iniciar en lugar de empezar, como antaño. Dicen buen día y no buenos días. Dicen café espresso y no, como sus padres, café expréss. Dicen que tenga un buen día (have a good day) y no que le vaya bien. Dicen mi nombre es Fulano de Tal y no, como los viejos, me llamo Fulano de Tal. La tendencia es imitar el inglés.
Dicen este día y no, como sus antecesores, hoy.
En el nuevo español estadounidense que se disemina en México la frase Hoy empiezan las clases ha evolucionado, gracias a los mass media, hasta construirse como Este día inician las clases. Ya no se dirá me enamoré. Habrá que decir caí en amor.
Dicen los hablantes de la nueva generación: No estamos haciendo las preguntas correctas, y no como sus padres o abuelos: No nos estamos dando a entender.
Fernando Savater recomienda el libro de Jean Améry, Revuelta y resignación, como lo mejor que se ha escrito sobre la experiencia de envejecer. Y lo cita: “El ser humano que envejece, cuyas realizaciones ya han sido contabilizadas y sopesadas, está condenado. Ha perdido, aunque haya ganado, quiero decir: aunque su ser social, que agota su conciencia, se contabilice como un gran valor de mercado.” Jean-Paul Sartre, por ejemplo, a los noventa años y en una sala de conferencias. “¿Quién es ese viejito? Es muy interesante, pero es eso: un viejo”
Y antes está el clásico ensayo de Cicerón, De senectute, una apología de la vejez. Utiliza a Catón el Viejo como portavoz. Después, en el siglo XX, uno de los textos más lúcidos sobre el tema de la edad provecta es otro libro titulado como el de Cicerón: De senectute, de Norberto Bobbio.
Por lo demás, lo único malo de la nave espacial Tierra es que no tiene un manual de instrucciones de vuelo. Y no hay que olvidar que lleva siete mil millones de pasajeros, uno de los cuales es usted, lector.

* * *


Addenda:
El año sidéreo o año sideral es el tiempo que transcurre entre dos pasos consecutivos de la Tierra por un mismo punto de su órbita, según se lee en Wikipedia, tomando a las estrellas como referencia. Su duración equivale a 366 días siderales o a 365 días solares. No sé si es lo mismo el “año trópico”, pero ésa es otra historia.

Saturday, January 29, 2011

El caso Moro

Me he puesto a leer de nuevo y en una nueva traducción de Juan Manuel Salmerón El caso Moro, de Leonardo Sciascia, que acaba de imprimir en México la editorial Tusquets de Beatriz de Moura. Es conmovedor cómo el paso del tiempo hace de un libro otro libro, una comprobación más de lo que decía Borges: que un libro es como el río de Heráclito. Nunca se baña uno dos veces en el caudal de la misma prosa.
A Sciascia este libro se lo encargó una editorial francesa todavía en 1978, año en el que Aldo Moro, presidente del Consejo Nacional de la Democracia Cristiana, fue secuestrado y asesinado en Roma —entre el 16 de marzo y el 13 de mayo— por un grupo de extrema izquierda, las Brigadas Rojas.
Los personajes del poder que sobresalen en esta historia y a quienes por omisión se debe la muerte de Moro, según la hipótesis de Sciascia, son Giulio Andreotti (primer ministro de Italia), Francesco Cossiga (ministro del Interior), el papa Paulo VI y Enrico Belinguer (secretario del Partido Comunista italiano). No lo dice explícitamente Sciascia, pero lo argumenta de manera implícita: los gobernantes del mismo partido de Moro, el de la Democracia Cristiana, el Papa y el jefe de los comunistas italianos, de manera pasiva dejan morir a Moro, dejan que lo ejecuten las Brigadas Rojas alegando que el Estado italiano no podía negociar con la delincuencia sin crear un precedente tan peligroso como inaceptable.
Eso no era cierto, dice Sciascia: en más de una ocasión el Estado italiano había negociado con terroristas árabes y, de manera permanente, con la mafia siciliana. De pronto a los políticos —a esos políticos— les da por invocar la pureza del Estado.
El problema —para el Vaticano, para Estados Unidos, para Europa, para los “demócratas cristianos” italianos— era el proyecto político que Moro se traía entre manos: el compromiso histórico.
¿En qué consistía?
Consistía en compartir el poder con la izquierda porque el Partido de la Democracia Cristiana llevaba décadas predominando en el Parlamento y la Presidencia de Italia, de tal manera que empezaba a perder eso que —intangible, pero real— se llama legitimidad. Un poco semejante a lo que sintieron Jesús Reyes Heroles y José López Portillo cuando, incómodos por la percepción de ilegitimidad por lo fraudes electorales del PRI, por la casi inexistente representación de otros partidos en el Congreso, inventaron a los llamados diputados plurinominales que ya no tienen, ahora, ninguna razón de ser.
La idea de Moro, pues, era que los dirigentes del Partido Comunista Italiano ocuparan varias carteras del gabinete, pero eso no podía gustarles ni al Vaticano ni a Washington, ni a los hampones de la política como el inefable Giulio Andreotti (a quien se le acusó después de tratar con la mafia). Por eso decidieron no hacer nada para que, no haciendo nada, los brigadistas le encajaran algunos balazos. Y por ahí está la sospecha de que tal vez en todo el desaguisado intervinieron los servicios secretos estadounidenses. Y en esta polla también estaban, como expone Sciascia en El caso Moro, el Papa Paulo VI y el secretario del Partido Comunista.
Hace treinta y tres años que el cadáver de Moro fue colocado simbólicamente en una callejón que se recorre entre el edificio de la Democracia Cristiana y el del Partido Comunista Italiano. Pero ése no es el único signo literario del drama. Están además las más de cincuenta cartas que Moro escribió y envió desde la “cárcel del pueblo”.
El hombre de letras, el escritor, el especialista en encontrar conexiones entre las palabras y las cosas, el novelista Leonardo Sciascia no construye un alegato judicial ni un examen criminológico. Redacta un ensayo literario y hace un análisis de contenido y de forma y explica cómo fue descifrando cada una de las frases de Moro.
Nunca le había simpatizado Moro a Sciascia. Más bien desconfiaba del político sureño (meridionale, de la Puglia) y católico. Pero reducido ya a la ansiedad del cautiverio le despertó una gran compasión, en el mejor sentido de la palabra, y se interesó en el caso sobre todo cuando Andreotti estableció que “Moro ya no es el mismo”. Allí es cuando entra Pirandello, pensó Sciascia: la identidad se le cambia el personaje que “ya es otro”.
La edición de Tusquets trae de pilón el informe de la Comisión de Minoría del Parlamento italiano sobre el caso Moro que redactó el diputado Leonardo Sciascia.



* * *

Se puede ampliar el tema en La memoria de Sciascia, cuyo autor es el mismo de esta hora, publicado por el Fondo de Cultura Económica en su Colección Popular número
249, en 2004. O bien en la red:

http://nanasciascia.blogspot.com/

Tuesday, August 04, 2009

Partes de guerra

“En aquel país la situación era
gravísima: de un momento otro podía
estallar una revolución que los
revolucionarios no querían o una
contrarrevolución que los
contrarrevolucionarios no se esperaban”:
así empieza la novela que Z (en alguna

parte de Europa) está escribiendo.

—Leonardo Sciascia (1921-1989)
Negro sobre negro

Parece que lo aceptamos con naturalidad o sin asombro: el martes de la semana pasada hubo 20 muertos asociados a la violencia criminal y policiaca. Según el recuento que lleva Milenio Televisión en lo que va de julio, ha sido de 700 el total de cadáveres que recogieron las ambulancias del país. Ni siquiera en Badgad se amontonan esas cifras, pero las escuchamos como si fueran partes de guerra.
—No —me dice un amigo—. No puede ser que sea un movimiento de inspiración política disfrazado de crimen organizado, como se ha querido insinuar con el neologismo “narcoinsurgencia”. Los narcos no tienen nada de Robin Hood, el personaje de Walter Scott. No les importa mucho que la gente se enganche en la droga como negocio o como adicción. Lo que les importa es el dinero, sólo el dinero. En un tiempo, hace más de cincuenta años, lo reprobable del narcotráfico era que a la gente le hacía daño el consumo, especialmente a los jóvenes, cualquier estupefaciente pero en particular la heroína porque establece un cambio bioquímico casi irreversible en el individuo y es la más difícil de eliminar. Ahora no parece que ese efecto pernicioso preocupe a nadie.
Se empieza a utilizar, pues, el vocablo “narconinsurgencia” para identificar a las organizaciones que superan —en movilidad ya veces en capacidad de fuego— a las fuerzas y a la inteligencia del Estado. El concepto procede de Washington y no pretende, como en años anteriores y en relación a Colombia, dar a entender que la guerrilla de motivación política se ha vuelto narcotraficante o “narcoguerrila” sino que ahora el conjunto de agrupaciones criminales en México es equivalente a toda una subversión de carácter político con miras a tomar el poder.
No —insiste mi interlocutor—. No puede ser. En su connotación histórica la insurgencia es una acción estratégica y un programa, un levantamiento contra la autoridad y una disputa por el poder. Miguel Hidalgo tenía un programa de gobierno y un proyecto de nación, tanto que así que se lo transfirió a José María Morelos y así vino a plasmarse en la Constitución de Apatzingán (Michoacán, por cierto). Lo mismo motivaba a Garibaldi, Ho Chi Min, Lenin, Madero, Castro.

Wednesday, April 08, 2009

La cultura siciliana de la extorsión: el pizzu


Pizzo en italiano quiere decir encaje o puntilla. Pero en dialecto siciliano el vocablo pizzu designa la cuota que la mafia cobra a todo tipo de negocios, bares, restaurantes, supermercados, peluquerías, distribuidores de automóviles, a cambio de no ponerles una bomba, no rociarlos con una ráfaga de kalashnikov, no colocarles una bomba o no matarle, a los dueños, a un pariente o a un amigo. Es la clásica práctica de la extorsión que está en el nacimiento mismo de la mafia hacia mediados del siglo XIX.
Los “hombres de honor” utilizan el término pizzu para referirse a los pagos a cambio de protección. Pizzu quiere decir pico en siciliano. Al pagar el pizzu, se permite que alguien “moje el pico”.
“La mafia en Sicilia busca el poder y el dinero cultivando el arte de matar gente y salir impune, y organizándose de una forma única que combina los atributos de un Estado paralelo, un negocio ilegal y una sociedad secreta sometida a juramento como la francmasonería”, escribe el joven periodista inglés John Dickie.
Desde un principio, cuando los capataces de las huertas de cítricos contrataban “guardias blancas” para conjurar agresiones, los mismos propietarios empezaron a considerar la seguridad como una insumo de la producción, tan importante como el capital o la mano de obra Para una familia mafiosa la extorsión es lo que los impuestos para un gobierno legítimo. La mafia es un gobierno paralelo sobre los habitantes de su territorio: un Estado dentro del Estado.
Ahora que nos inauguramos en la era de la criminalidad, como nunca antes en la historia, empiezan a discernirse costumbres criminales de raigambre siciliana que no estaban antes en nuestra imaginación criminal. Lo del pizzu, pues, ya no es una novedad en ciertas ciudades del noreste, en Nuevo León, Tamaulipas, Coahuila: personajes del hampa, que disputan al Estado el poder en algunos territorios, pasan a fijar la cuota y a avisar que pasarán a recogerla a finales de la quincena. Aunque la verdad es que, en México, el pizzu también lo cobran los policías desde hace muchos años.
En Palermo una zapatería habrá de pagar unos mil euros mientras que a un supermercado lo obligan a desembolsar cinco mil al mes. En nuestras ciudades fronterizas se ha llegado al extremo de extorsionar incluso a maestros de escuela, sobre todo a finales de año, en tiempos de aguinaldo. Esto no sucedía hace todavía cinco años, pero parece ser parte del proceso de sicilianización del mundo al que ya hemos entrado.
La buena noticia es que en Italia ha surgido una protesta civil contra el pizzu. Miles de jóvenes sicilianos están en una campaña contra ese pago perverso: Addio al pizzu se llama el movimiento. Invitan a la gente a comprar sólo en negocios que no paguen ese “derecho de piso”. Y todo partió de que un comerciante señaló con el dedo a un extorsionador en un tribunal. Se ha creado una nueva conciencia ciudadana porque sí se puede, sí se puede combatir a la mafia. Los ciudadanos son más numerosos que los pillos.

Poderes perros

Poderes perros



A Luis Enrique Woolfolk,
in memoriam


La reflexión sobre el asesinato político puede ser intemporal y no necesariamente referirse a un hecho de actualidad, como podría ser el aniversario de la muerte de Luis Donaldo Colosio. En la lucha por el poder —para conseguirlo o conservarlo—, se sobreentiende que todo se vale cuando la disputa se da entre fieras humanas.
Nadie se hubiera podido imaginar que en nuestro tiempo un hombre de mucho poder fuera capaz de mandar matar a otro político hermano, a un correligionario, a un socio, a un cómplice, a un rival, a alguien que se le salió del huacal, pero la realidad mexicana es más fuerte que la ingenuidad política. Aunque no lo podamos creer, sucede. O por lo menos esa posibilidad la da el personaje. Es lo que emana del personaje. Es algo que no se sabe, que no consta, que no tiene el respaldo de las pruebas, pero que se siente. Sabemos que un cierto “actor” de la política puede ser capaz de todo, de cualquier cosa, por horripilante que parezca. Porque el psicótico, sobre todo si está en la cumbre del poder, es alguien que carece de super yo, es decir, de conciencia del mal. Es alguien que no tiene la menor compasión por los demás, es alguien que puede dormir profundamente como un bebé después de haber decidido mandar hacer algo que en una persona sana implicaría un insoportable sentimiento de culpa, una remordimiento insufrible que podría llevarla a la autoaniquilación o, por lo menos, a nunca más volver a sentir en la vida algo parecido a la tranquilidad o la buena conciencia.
A ese instigador —mandante se le llama en Italia al que manda matar— lo que le sucede es que le empiezan a fallar los neurotransmisores. Y ya no calcula bien las consecuencias de sus actos.
Hay una racionalidad, una economía, en el asesinato político. En la tragedia de Macbeth sólo hay un tema: el asesinato. Es el más obsesivo de todos los crímenes creados por Shakespeare. El crimen, el pensamiento sobre el crimen y el temor ante el crimen se adueñan de todo. “En la tragedia sólo hay dos grandes papeles, pero el tercer personaje del drama es el miedo”, dice Jan Kott, que relaciona esta temática con una frase aterradora que pronuncia Chen, el personaje de La condición humana, de André Malraux: “El hombre que nunca ha matado es virgen.”
La realización de un asesinato cambia a quien mató; a partir de ese momento se convierte en otra persona y el mundo en que vive se trastoca en un mundo distinto. Se traspasa el umbral. Se llega a conocer el otro lado del espejo.
A veces la víctima es un tirano, y su muerte cambia el curso de la historia. Pero la lista de reyes asesinados a partir de 1870 revela que muy pocos de sus asesinos consiguieron ese propósito. Alejandro II de Rusia era un zar liberal y su muerte a nadie le fue útil. Umberto I de Italia, muerto por un anarquista llamado Bresci en 1900, era un inofensivo caballero conservador. También lo era el presidente francés Sadi Carnot, acuchillado en 1894.
Lo que viene a establecer Jean Giono en su prólogo a la obra de Maquiavelo es que en el Renacimiento se empieza a pensar de otra manera: sus contemporáneos se esforzaban en ver las cosas tal como eran y no a través de la ilusión cristiana. Dios ya no es el creador de los reyes. Ya no se mezcla la política con los sentimientos. Faltan aún cien años para que Cervantes ofrezca la primera parte del Quijote, pero el mundo ya está desencantado.
Siempre ha sido necesario asesinar, dice Jean Giono. A partir de los tiempos de Maquiavelo, el escritor siente la necesidad de privar al asesinato de toda ficción poética. La sociedad se ha vuelto más exigente. Ha sabido diferenciar entre el crimen inútil y muy pocos de los que se cometen son inútiles. Dentro del crimen útil distingue entre el buen crimen y el crimen ordinario. Este último pasa desapercibido.
Los dramaturgos del siglo posterior a Maquiavelo, Shakespeare por ejemplo, no se equivocaron. Todo el mundo sabe (y lo sabía también Maquiavelo desde 1513) que un muerto ya no cuenta. Ya no importa y se olvida pronto. También se olvida rápido si alguien se esmera en preservar su memoria. En nuestros días el asesinato es una bagatela, a nadie le importa: lo único que se tiene es un hombre definitivamente cancelado. Lo que sujetaba se distiende; lo que impedía, ya nada lo impide. Una admirable economía de medios se pone en funcionamiento, pues todo se realiza en unos cuantos segundos.
Lo que sucedió con el nativo de Magdalena, Sonora (tierra consentida de dicha y placer), fue que se le salió lo sonorense. Estaba en una situación en la que Pastor y Doberman le plantearon que debía renunciar a la candidatura presidencial.
—Pues yo no renuncio —les dijo Luis Donaldo a los perros—. Si quieren que yo ya no sea candidato, chínguense. Mátenme entonces. Porque yo no voy a andar por el mundo como el pendejo al que primero le dijeron que iba a ser Presidente y luego le dieron una patada en el culo. Si no quieren, chínguense. Métanse en un lío. Mátenme.

Wednesday, April 01, 2009

La fuga del Estado


La delincuencia organizada sólo
puede ser factible y sostenerse
cuando el Estado no goza de
niveles de gobernabilidad, y en
donde existen alianzas tácitas
y/o explícitas de apoyo entre
actores políticos, empresas
privadas y empresas criminales.
Arturo Cantú


La expresión “Estado fallido” es un enunciado amable, acaso por la cortesía diplomática que se debe guardar entre las naciones. Por eso tal vez se acudió a ese eufemismo en Estados Unidos cuando en algunas publicaciones, como Foreing Policy y Forbes, se ha aludido a México como uno de los países que han ido perdiendo terreno en ciertas zonas de su territorio durante su lucha contra el crimen o han visto disminuido lo que los clásicos, como Hobbes, llaman el uso legítimo de la fuerza.
Se dice que el piso se le está moviendo a un Estado cuando en su convivencia civil interna hay poco respeto por la legalidad (en las averiguaciones previas y en las sentencias de inapelable última instancia) y la autoridad ya no alcanza a garantizar la seguridad y la protección de los ciudadanos.
El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos expresa de modo más drástico lo mismo en un informe que trata de imaginar y calcular cuáles serían los principales problemas estratégicos de los próximos 25 años. En ese futuro el estudio conjetura que entre los posibles peligros está el “colapso rápido y repentino de Pakistán y México”.
El caso de México es menos probable que el de Pakistán, pero el gobierno, sus políticos, la policía y la infraestructura judicial están bajo asalto y presionados de manera sostenida por bandas criminales y cárteles de la droga. De no conjurarse ese peligro ese conflicto tendrá un impacto mayor sobre la estabilidad del Estado mexicano y eso podría representar un problema de seguridad nacional de proporciones inmensas para Estados Unidos.
En Italia se dice que las organizaciones criminales prosperan (la camorra, la mafia siciliana, la Ngrandeta calabresa, la Santa Corona Unita) justamente en las regiones donde “no hay Estado”. También se entiende que “no hay Estado” cuando no se cumple la ley de manera impersonal e indiscriminada, cuando se instaura la impunidad de manera constituyente de la nación. O cuando se le saca la vuelta a la ley (caso del banco CitiBankBanamex, el juicio a Luis Echeverría, las “multas” a Televisazteca, las denuncias de la Auditoría de la Federación que terminan en pyra agua de borrajas).
La actuación del IFE ante la soberbia y la burla de Televisazteca (usemos una sola palabra para el duopolio) es, por lo menos, servil y de una cobardía civil absolutamente injustificable. Es otro indicador de que en México el Estado es una farsa, una simulación, un chiste. No se imaginan los “consejeros” —que nos cuestan no menos de 150 mil pesos mensuales— el daño que le han hecho a la ya muy escasa credibilidad de ese Instituto y, lo que es peor, a la verosimilitud de las próximas elecciones intermedias. Debería darles vergüenza a esos alfiles o peones de Manlio Fabio Soprano y Emilio Corleone, los agentes oficiosos y solícitos de Televisazteca.
Antes de la “alternancia” una llamada de la Secretaría de Gobernación a Televisa ponía a temblar a todos los ejecutivos de Azcárraga. Ahora una llamada de Televisa a Los Pinos o a la Secretaría de Gobernación hace que se mueran de miedo funcionarios menores y mayores, desde la secretaria hasta el Secretario o el Presidente.
El concepto de “Estado fallido” no es ninguna novedad. En otros países se habla de “Estado inexistente”, “Estado insuficiente”, “vacío de Estado”, según las ideas que emanan de sociólogos o juristas. El filósofo peruano Fidel Tubino escribe sobre la anomia: la ausencia de creencia o de credibilidad en las normas y las instituciones.
Se cae en “Estado anómico” cuando se gobierna en función de intereses particulares y de grupo y nada importa el interés general, como creían los enciclopedistas franceses del siglo XVIII. Ese Estado flaco, deshuesado, no procura vincular los intereses privados con el interés general.
A Carlos Murrillo González, sociólogo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, le parece que el “Estado mínimo” se da cuando lo vence la tendencia neoliberal de convertir al Estado en subordinado del mercado. Todo es un negocio de compadres: los energéticos, la electricidad, la educación, los medios de comunicación, la justicia, y aún los servicios básicos de salud. Nada se hace pensando en el bien común y el resultado es un Estado débil, manipulable —al que pueden humillar los poderes fácticos— y condicionado a jugar las reglas neoliberales. El Estado se convierte entonces en un “aliado de los intereses de grupos de poder económico que son los que dictan las políticas del país y de la ciudad”.
¿Qué es el Estado? ¿Es una ficción jurídica? ¿Es una entelequia? ¿Es simplemente un concepto, una idea?
Teóricamente sí, pero físicamente también es un cuerpo vivo: el conjunto que integran una población de seres humanos, un territorio y un ordenamiento legal que garantice la soberanía y autorice el poder de hacerse valer. La gente, el territorio, la ley. Cuando falla lo último, es decir, la seguridad (la fuerza coercitiva: el ejército y la policía), y cunde la indefensión entonces todo empieza a enrarecerse como si los ciudadanos y los gobernantes regresaran al “estado de naturaleza” del que hablaba Hobbes: a matarse unos a otros, por territorios, por envidia, por creencias. En ese Estado de salvajes lo que prevalece es el derecho del más fuerte. Y ya no hay civilización.
También falta el Estado cuando los gobernantes, en lugar de conducir el barco, se dedican principalmente a hacer negocios con sus amigos.
Qué falta de imaginación.

Thursday, February 19, 2009

La fuga del Estado

La delincuencia organizada sólo
puede ser factible y sostenerse
cuando el Estado no goza de
niveles de gobernabilidad, y en
donde existen alianzas tácitas
y/o explícitas de apoyo entre
actores políticos, empresas
privadas y empresas criminales.

—Arturo Cantú


La expresión “Estado fallido” es un enunciado amable, acaso por la cortesía diplomática que se debe guardar entre naciones. Por eso tal vez se acudió a ese eufemismo en Estados Unidos cuando en algunas publicaciones, como Foreing Policy y Forbes se ha aludido a México como uno de los países que han ido perdiendo terreno en ciertas zonas de su territorio durante su lucha contra el crimen o han visto disminuido lo que los clásicos, como Hobbes, llaman el uso legítimo de la fuerza.
Se dice que el piso se le está moviendo a un Estado cuando en su convivencia civil interna hay poco respeto por la legalidad (en las averiguaciones previas y en las sentencias de inapelable última instancia) y la autoridad ya no alcanza a garantizar la seguridad y la protección de los ciudadanos.
El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos expresa de modo más drástico lo mismo en un informe que trata de imaginar y calcular cuáles serían los principales problemas estratégicos de los próximos 25 años. En ese futuro el estudio conjetura que entre los posibles peligros está el “colapso rápido y repentino de Pakistán y México”.
El caso de México es menos probable que el de Pakistán, pero el gobierno, sus políticos, la policía y la infraestructura judicial están bajo asalto y presionados de manera sostenida por bandas criminales y cárteles de la droga. De no conjurarse ese peligro ese conflicto tendrá un impacto mayor sobre la estabilidad del Estado mexicano y eso podría representar un problema de seguridad nacional de proporciones inmensas para Estados Unidos.
En Italia se dice que las organizaciones criminales prosperan (la camorra, la mafia siciliana, la Ngrandeta calabresa, la Santa Corona Unita) justamente en las regiones donde “no hay Estado”. También se entiende que “no hay Estado” cuando no se cumple la ley de manera impersonal e indiscriminada, cuando se instaura la impunidad de manera constituyente de la nación.
La actuación del IFE ante la soberbia y la burla de Televisazteca (usemos una sola palabra para el duopolio) es, por lo menos, servil y de una cobardía civil absolutamente injustificable. Es otro indicador de que en México el Estado es una farsa, una simulación, un chiste. No se imaginan los “consejeros” —que nos cuestan no menos de 150 mil pesos mensuales— el daño que le han hecho a la ya muy escasa credibilidad de ese Instituto y, lo que es peor, a la verosimilitud de las próximas elecciones intermedias. Debería darles vergüenza a esos alfiles o peones de Manlio Fabio Soprano y Emilio Corleone, los agentes oficiosos y solícitos de Televisazteca.
Antes de la “alternancia” una llamada de la Secretaría de Gobernación a Televisa ponía a temblar a todos los ejecutivos de Azcárraga. Ahora una llamada de Televisa a Los Pinos o a la Secretaría de Gobernación hace que se mueran de miedo funcionarios menores y mayores, desde la secretaria hasta el Secretario o el Presidente.
El concepto de “Estado fallido” no es ninguna novedad. En otros países se habla de “Estado inexistente”, “Estado insuficiente”, “vacío de Estado”, según las ideas que emanan de sociólogos o juristas. El filósofo peruano Fidel Tubino escribe sobre la anomia: la ausencia de creencia o de credibilidad en las normas y las instituciones.
Se cae en “Estado anómico” cuando se gobierna en función de intereses particulares y de grupo y nada importa el interés general, como creían los idealistas franceses del siglo XVIII. Ese Estado flaco, deshuesado, no procura vincular los intereses privados con el interés general.
A Carlos Murrillo González, sociólogo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, le parece que el “Estado mínimo” se da cuando lo vence la tendencia neoliberal de convertir al Estado en subordinado del mercado. Todo es un negocio de compadres: los energéticos, la electricidad, la educación, los medios de comunicación, la justicia, y aún los servicios básicos de salud. Nada se hace pensando en el bien común y el resultado es un Estado débil, manipulable —al que pueden humillar los poderes fácticos— y condicionado a jugar las reglas neoliberales. El Estado se convierte entonces en un “aliado de los intereses de grupos de poder económico que son los que dictan las políticas del país y de la ciudad”.
¿Qué es el Estado? ¿Es una ficción jurídica? ¿Es una entelequia? ¿Es simplemente un concepto, una idea?
Teóricamente sí, pero físicamente también es un cuerpo vivo: el conjunto que integran una población de seres humanos, un territorio y un ordenamiento legal que garantice la soberanía y autorice el poder de hacerse valer. La gente, el territorio, la ley. Cuando falla lo último, es decir, la seguridad (la fuerza coercitiva: el ejército y la policía), y cunde la indefensión entonces todo empieza a enrarecerse como si los ciudadanos y los gobernantes regresaran al “estado de naturaleza” del que hablaba Hobbes. En ese Estado de salvajes lo que prevalece es el derecho del más fuerte. Y ya no hay civilización.
También falta el Estado cuando los gobernantes, en lugar de conducir el barco, se dedican principalmente a hacer negocios con sus amigos. Qué falta de imaginación.


Thursday, January 29, 2009

Contra la pena de muerte

En 1937 un juez de Palermo se niega a emitir una sentencia de muerte. Por principio. Porque un crimen no se puede corregir con otro crimen. Porque en realidad, según la apreciación de Salvatore Satta, el que mata no es el legislador que hace la ley sino el juez que la ejecuta. El juez es el verdugo. Estamos en el gran momento del fascismo que ha venido corriendo y devastando por la península y la sociedad italianas desde 1922. El fascismo que introduce en Italia una ley que no se tenía antes: la pena de muerte. ¿Para qué? Para preservar el orden. Para amedrentar a quien intente matar a Mussolini. Y todo en nombre de la ley en defensa de ese bien supremo que es la vida. Puertas abiertas, la novela de Leonardo Sciascia publicada en 1988, tiene como tema nuclear precisamente ése: la pena capital. El caso individual de un juez que, a costa de su carrera profesional, se enfrenta a la intolerancia, a la represión, a la pena de muerte, resulta paradigmático: síntesis de la lucha del ciudadano contra el poder, recreación simbólica de la objeción que Antígona antepone al Estado. Uno de los razonamientos del juez es que “los instintos que estallan en un linchamiento, la furia, la locura, resultan menos atroces que el macabro rito promovido por un tribunal de justicia al dictar la pena capital”. Una sentencia de ese juez, en nombre de la justicia, del derecho, de la razón, del rey por gracia de Dios y voluntad de la nación, entrega a un hombre a los tiros de doce fusiles levantados por doce hombres alistados para garantizar el bien de los ciudadanos y legaliza la comisión de un asesinato no sólo impune sino premiado. “Un llamamiento al asesinato que se realiza con la gratitud y la gratificación del Estado.”El discurso justificatorio de quienes entonces detentaban el poder era que bajo el fascismo en Italia se podía dormir con las puertas abiertas. Orden. Seguridad. Law and order.—Yo por mi parte cierro la puerta –dice el juez.—Yo también –le contesta el procurador general—.
Pero debemos reconocer que el restablecimiento de la pena de muerte ha servido para meter en la cabeza de la gente que el Estado se preocupa por la seguridad de los ciudadanos, la idea de que, realmente, ahora se duerme con las puertas abiertas (como en Huatabampo en verano).
Sí, comenta Sciascia, pero con las puertas abiertas a la locura. En el Palermo de aquel año, en efecto, se vivía el sueño de las puertas abiertas (metáfora suprema del orden, la seguridad, la confianza), pero durante la vigilia, a lo largo de la jornada diurna, los ciudadanos que querían estar despiertos e indagar, comprender, juzgar y objetar, sólo se encontraban con puertas cerradas.Puertas cerradas eran los periódicos y los ciudadanos advertían esas puertas cerradas cuando algo sucedía delante de sus ojos, algo grave, trágico, y buscaban la noticia pero no la encontraban o la leían, cuando mucho, tergiversada.Cuando Aldo Moro se encontraba en la “cárcel del pueblo”, en manos de las Brigadas Rojas, se dice que Andreotti redactó de su puño y letra el comunicado por el cual el gobierno se negaba a negociar. “La suya es la imagen”, dice Sciascia, “de un hombre que escribe una sentencia.” Y la sentencia resulta ser la escritura eficaz, la escritura del poder que, como siempre, y en último análisis, es poder de matar. En Sicilia como metáfora (conversaciones con Marcelle Padovani), recuerda que cuando era niño se dio cuenta de que el fascismo realmente existía cuando se empezó a hablar de la pena de muerte, de la necesidad de volverla a establecer para los crímenes cometidos contra los hombres que dirigían el Estado.Yo creía que la cárcel –donde habían acabado tantas personas, incluso vecinos, durante los años de lucha contra la mafia— era el peor de los castigos que se puede infligir a un hombre. Que como castigo se pudiera dar muerte a alguien era una idea que me trastornaba, me aterraba. Que se pudiera dar muerte así, fríamente, reuniendo escritos sobre un escritorio.No era el hecho de que hubiera hombres que pudieran matar a otros hombres. La crónica del país no carecía de asesinatos. Lo que inquietaba a Sciascia, lo que para él era un verdadero trauma, “era la muerte a través de una sentencia, la muerte a través de la escritura”. Le tenía sin cuidado que la pena de muerte en aquella época existiera también en países no fascistas. En Italia no existía y Mussolini la había introducido. Todo esto lo condujo a mirar mejor por dentro el fascismo, a entrever todo lo que en el fascismo había contra la libertad y la dignidad. La pena de muerte “me sigue pareciendo la mayor infamia a la que pueden llegar un Estado, una sociedad y toda aquella parte del género humano que la tolera, la acepta o se resigna”.
El director Gianni Amelio, con un guión suyo y de Vincenzo Cerami, filmó en 1990 Puertas abiertas, “una película que maneja temas e ideas como suele hacerse en una obra literaria”. Se trata de una inspirada argumentación en contra de la pena de muerte y la naturaleza de los regímenes represivos. Su proposición no se fundamenta en el discurso ni en la declamación de ideas propias de la filosofía jurídica. Como toda obra de arte cinematográfica, se encomienda, para decir lo que tiene que decir, en las emociones de sus personajes. Un asesino de Palermo, que en un solo día mató al jefe que lo cesó de su trabajo, al hombre que lo reemplazó y a su propia esposa, reconoce su culpa y no se opone a su ejecución. Quiere que se le mate y se irrita cuando el juez, interpretado por Gian María Volonté, se niega a sentenciarlo a muerte. El argumento abunda en la convicción de que el Estado no tiene derecho a quitarle la vida a nadie o, como dice el juez: “La pena de muerte sólo beneficia a los gobernantes, no a los ciudadanos.”

El duelo de las creencias

La política desemboca, o nace,
en las creencias: puede ser
el teatro mortal del Poder, pero
a su alrededor —en bambalinas
o en las butacas— está la presencia
inevitable de las creencias.

—Jorge Aguilar Mora



Se puede morir o matar por una idea. Cuando alguien decide creer en algo o en alguien no hay poder humano —ni razón ni argumento— que lo hagan cambiar de creencia. Así se van formando las simpatías y las antipatías políticas, religiosas, ideológicas. Y todas tienen su matriz en la subjetividad más caprichosa, inmutable e indiscutible.
Las creencias tienen su origen en la biografía personal de la personas, en sus relaciones familiares y en el lugar del planeta en que les tocó nacer. Es previsible y lógico que alguien nacido en Siria y en el seno de una familia árabe adopte la religión musulmana. Lo mismo acontece con el nacido en Roma: lo más probable es que sea católico y que se encuentre dentro del catolicismo como en su propia piel. En el Tibet prácticamente todos sus habitantes son budistas y en Japón buena parte de la población también ve el mundo con ojos de budista. Por eso sigue en pie la vieja discusión: ¿cuál es la religión “verdadera”?
El neurólogo Antonio Damasio estima que la creencia consiste en que el individuo atribuye un valor de verdad a algo, sea percibido o recordado, concreto o abstracto. Y casi siempre la creencias tienen que ver con la idea que nos hacemos de nosotros mismos. Por todo ello no queremos salir de tierra firme, es decir: la isla que nos hemos delineado. Confrontamos ideas distintas a la nuestras, pero sólo seleccionamos aquellas que refuerzan nuestras creencias. No leemos los periódicos para poner en entredicho nuestras creencias sino para confirmarlas.
El sistema de creencias de cada ser humano está en los orígenes mismos de la humanidad, desde el instante en que empezó el hombre a relacionarse con los demás. Se hizo una idea del mundo, o del universo, una cosmogonía, una composición de lugar.
Desde entonces, el deseo de entrar en contacto con los dioses ha sido universal: si contabilizamos todos los creyentes (6.158 millones aproximadamente) de las catorce mayores religiones que existen en el mundo, suponen un 91 por ciento de la humanidad (estimada en unos 6,700 millones de seres humanos).
“Esta apabullante mayoría demuestra que el hombre es fundamentalmente un animal religioso, aunque resulta extremadamente curioso —y fascinante— constatar que la especie humana haya generado la fe y las creencias, por un lado, y desarrollado la ciencia, por el otro”, dice Luis Miguel Araiza en El País del 9 de diciembre de 2007. A juzgar por el número, concluye, quizá exista dentro de nosotros una programación genética que nos impulsa a creer.
¿En el año 2049 seguirán matándose entre sí árabes y judíos? Es de suponer que sí, si es que todavía existe la humanidad en la tierra. Tal vez sean las religiones lo peor que le ha sucedido al hombre; por ellas se cometen masacres y se enciman cadáveres como en la noche de San Bartolomé.
Creer es dar por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado y, así, las creencias chocan como en un duelo de espadas.

El punto de vista narco

Antes en la prensa escrita y en el periodismo audiovisual no se recaudaba la visión de los traficantes, su percepción del país, su sentido del honor y sus códigos de ética, su preocupación por la desigualdad social y su relación con representantes del Estado. Pero ahora la cosa ha cambiado, acaso por la profusión de hechos y de dramas que siguen teniendo lugar en la guerra del Estado mexicano contra el crimen. No han faltado libros ni series televisivas, como la colombiana El cártel de los sapos, que da casi parcialmente el punto de vista de los delincuentes y puede parecer una celebración o una defensa del mundo que recrea.
Ya estaba esta perspectiva en libros como La reina del Pacífico, de Julio Scherer García: la historia de un personaje contada por ella misma, Sandra Ávila, que ha visto desde adentro el tejemaneje del narco. Ha estado también exhibido el criterio moral del hampa en ese portento de la narrativa audiovisual que es Los Soprano, cuya idea procede tanto de El Padrino como de Buenos muchachos. La visión de los malandrines se homolga con la de los policías. Incluso hay un estudio etnográfico que trata de indagar la mentalidad prevaleciente en los protagonistas pero también en sus familiares y amigos: Conversaciones con el desierto, de Natalia Mendoza Rockwell, publicado por el CIDE. Es un ejemplo de cómo debe estudiarse la cultura de ese fenómeno social desde el punto de vista antropológico.
La narrativa televisiva de El cártel de los sapos es tan fluida como adictiva: no se puede dejar de ver. Los productores de Caracol dicen que sólo querían dar a conocer el punto de vista del narcotráfico. Lo cierto es que el encanto de los personajes, los diálogos en los que el habla colombiana no es el menor de sus atractivos, las guapísimas amantes de los capos, dan cuenta de este mundo privilegiando y de su glamour. A cualquier adolescente, en consecuencia, la encantaría hacerse narco. Los personajes se la pasan bomba, tienen carros de cien mil dólares, fincas espectaculares con alberca, camionetas de lujo blindadas, avionetas y jets, comen y beben estupendamente. Pero también no deja de verse que el narco es una locura. Convoca a seres a quienes les gusta vivir al borde del abismo, en la adrenalina diaria a salto de mata, en la violencia tarantiniana asumida como adicción.
Sin embargo lo que más ha llamado la atención es un blog que anda por ahí en el espacio cibernético: “El cártel desde adentro”. Se supone que lo cuenta muy bien un testigo protegido (o un escritor profesional que finge ser un testigo protegido) que da su versión de muchos hechos ya conocidos. Lo más sospechoso es su talento narrativo, impensable en una ciudadano de estirpe delictiva. Pero lo más interesante son los cientos de visitas que ha tenido, todas anónimas, y su lenguaje: se intercambian insultos y reproches. Su territorio es el Noroeste y bien podría denominarse Tijuacán, una fusión de Tijuana y Culiacán. La novedad es que en una de esas visitas se propone la creación de vigilantes, de grupos paramilitares que actuarían no contra el Estado sino contra la criminalidad organizada.

El arte de la cita


Hay una serie de grabados que representa al dramaturgo irlandés George Barnard Shaw llegando al monte de piedad para empeñar su ropa.
—Oiga —le dice el empleado que lo recibe—. Estos pantalones son de Ibsen.
—Pues sí —contesta el escritor, mientras el anciano de la casa de empeño sigue separando la ropa.
—Veo también que el saco es de Nietzche.
—Sí, así es —dice Bernard Shaw.
—Además, oiga, el chaleco es de Schopenhauer.
—Bueno —le contesta el dramaturgo—, pero fíjese muy bien cómo se hace la combinación.
Esta anécdota aparece en una entrevista que una vez le hizo a Leonardo Sciascia el crítico francés James Dauphiné. El siciliano explicaba cómo en su novela Cándido, parodia del libro más conocido de Voltaire, se entregó con toda libertad y ligereza el juego de las citas, las referencias y las alusiones. Y es que en la actualidad, decía, así sucede con la literatura: “Tomamos los calzones de uno, el saco de otro, el chaleco de un tercero y procedemos a coser.” No hacemos sino escribir lo que ya ha sido escrito.
Valdría la penar recordar este incidente cuando con demasiada suspicacia se acusa a alguien de plagio, como si el plagio literario fuera posible. Lo que se discute a veces entre escritores es que siempre ha habido una ambigüedad entre la obligación de citar entre comillas una frase ajena y lo que suele entenderse por plagio.
Para unos el uso de las citas, o más bien su abuso, es un subterfugio para llamar la atención, quedar bien con alguien o disimular la ignorancia. Hay escritores que citan y escritores que no citan, acaso porque sienten que citar es una humillación o una cortesía o un homenaje que no merece nadie. José Emilio Pacheco es uno de los pocos escritores mexicanos que se permiten el arte de la cita.
Este arte combinatoria quiere poner en relación a unos autores con otros, entablar conversaciones entre autores muertos y autores vivos. No es imposible propiciar un diálogo entre escritores muertos y de otras lenguas con escritores vivos o también muertos pero de otros países y de otras lenguas y de diferentes tiempos: uno del siglo XVI con otro de finales del XX. Junto a Aristóteles puede comparecer el filósofo Wittgenstein. A un pensamiento de Kant puede arrimársele una idea de Bertrand Rusell. De esa manera continúa la tertulia literaria entre los personajes que uno escoge. Y esta conversación —el acto de leer es una conversación diferida, dice Gabriel Zaid— es una prueba más de que todos estamos escribiendo el gran libro universal de toda la huamnidad.
Ricciarda Ricorda, maestra de literatura italiana moderna y contemporánea en Venecia, ha escrito incluso un ensayo sobre “Sciascia ovvero la retorica della citazione”: la retórica de la cita. Un texto con una cita añadida se vuelve otro decir. En algo aumenta la producción de sentido. Y no es fácil acertar con una buena cita que embone bien con la idea apenas esbozada en otro párrafo y venga, de rebote, a enriquecerlo. Por eso es un arte. No cualquiera puede entenderlo.
Pascal pensaba lo mismo que Bernard Shaw: “No se diga que yo no he dicho nada nuevo: la disposición de los temas es nueva. Cuando se juega a la pelota ambos jugadores usan la misma pelota, pero uno la coloca mejor que el otro.”

Wednesday, November 12, 2008

El inconsciente narrativo

El talento político de Obama
es, directamente, talento
narrativo. Sabe contar su propia
vida y sus ideas como fruto de
su experiencia vital y sabe
utilizar las historias de vidas,
las biografías, como apólogos
que le sirven para discutir
y transmitir sus ideas políticas.

—Lluís Bassets


Vimos el martes 4 de noviembre de 2008 lo que puede ser la alegría política. A los seres humanos —en lo que les queda aún del niño que llevan dentro— basta tocarlos con el pétalo de una ilusión para que salgan a las calles y las plazas a festejarlo, como en una fiesta mayor. Se trata del entusiasmo político que despiertan los líderes y las revoluciones: la necesidad de creer. Es una algarabía instantánea y muy emotiva. Vivimos predispuestos —más que puestos— a la esperanza. Sucedió en los primeros meses de 1994 con el lavantamiento zapatista en Chiapas. Sucedió durante la campaña de López Obrador en 2006. Sucedió en 1959 cuando los jóvenes y guapos revolucionarios de Cuba tomaron el poder. Y la comprobación de esta idea (que más bien es una corazonada) la vimos más de una vez y en más de un lugar en las banquetas y las calles de muchísimas ciudades norteamericanas, en los parques Grant y Milenium de Chicago y en el legendario Central Park de Nueva York cuando se anunció que Barack Obama había ganado las elecciones presidenciales más que duplicando el número de votos estatales de su oponente.
Más tarde o más temprano se impone el principio de realidad y viene la decepción. Vuelve la gente a poner los pies en la tierra. La pérdida del encanto resulta tan previsible como inevitable. Con el paso del tiempo, el joven Felipe González ya no conmueve tanto; el joven Fidel Castro no arrebata tanto como en sus primeros años de triunfo; no se sabe qué figura proyectará Zapatero dentro de diez años; Robert Kennedy no alcanzó a desvanecerse porque alguien lo interrumpió al principio del camino. Pero lo que importa de Obama aquí y ahora, aquí a sus 47 años —sea como vaya a ser el futuro irrevocable—, es el presente y el porvenir —otra vez— de una ilusión.
Y no está mal que sea así nuestra animalidad política. La historia avanza porque los jóvenes tienen una mayor capacidad de ilusión. Tienen toda la vida por delante, se sienten eternos, y no saben de los fracasos (los proyectos políticos fallidos) de quienes los antecedieron.
Entre las enseñanzas de la campaña exitosa de Obama está —aparte del inusitado e imaginativo uso del internet: propositivo, no insultante, masivo— la participación de los jóvenes. Pero esos jóvenes no son únicamente los muchachos desempleados o trabajadores. Son también los jóvenes estudiantes que tienen un plus: empiezan a ser cultos y la cultura supone un mínimo de conciencia política que, en este afortunado caso, se puso en campaña.
Sigue creyéndose, en un sector muy amplio de la población, que la lectura no sirve para nada. Bueno, señores, pues resulta que puede servir para llegar al poder. Puede ser muy útil para llegar a la Presidencia. ¿Por qué? Porque, como en los tiempos clásicos, la oratoria de plaza sigue siendo el principal promotor del entusiasmo político. ¿Cómo se construye bien temperado un discurso en el que aparecen en su justo lugar y en el momento exacto las ideas y las emociones?
Respuesta: cuando se tienen asimiladas miles de lecturas desde que uno es muy joven. Las ideas, el pensamiento, la imaginación, la claridad, la capacidad de articular o concatenar emociones e ideas, el talento para poder expresarlas, son sólo posibles en la sostenida conversación con los muertos, es decir, con los autores del pasado que desde el libro nos hablan.
Y ese factor intelectual contó mucho en la competencia de los dos políticos norteamericanos. Era evidente la superioridad intelectual de Obama frente McCain. En el fondo de la templanza de Obama había y hay una educación literaria. Aprendió, como el escritor de oficio, a hacer conexiones: a relacionar una idea con otra, a intercalar a final de párrafo, en su justo momento, la misma frase (“Yes, we can”) como hacía Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare. (“Pero Bruto es un hombre honorable. Pero Bruto es un hombre honorable.”). Hay musicalidad en su oratoria.
Lluís Bassets piensa que el político postmoderno necesita contar con una potente biografía, capaz de sintonizar con las mayorías “que deben apoyarle y a la vez debe saber contar sus ideas políticas a través de relatos, de historias concretas, con rostros, nombres, apellidos y aliento vital”.
El lunes, un día antes de la elección, Barack Obama se presentó ante una multitud en alguna ciudad de Florida. Y lo primero que les dijo fue: “Hoy sólo voy a decirles una palabra: Mañana.” Y ese mañana era el día de la elección pero también era la idea de un futuro promisorio, un énfasis en la continuidad de la vida, un recordatorio de la esperanza. Eso es tener sentido del lenguaje: “Mañana.” ¿Cuántas cosas puede significar la palabra mañana?
Escribió dos libros, de su puño y letra (Los sueños de mi padre y La audacia de la esperanza): un conjunto de ensayos políticos y una autobiografía que no es sino un Obama escrito a mano.
“La narración es una de las formas de construcción de la identidad. Lo que llamamos el yo es una narración. El pasado es una narración y el futuro es una propuesta narrativa todavía no publicada”, escribe Constantino Bértolo.
Supo expresarse, en su discurso de aceptación y agradecimiento, con un personaje: una anciana de más de cien años que vive en Atlanta. Personalizó la idea, creó un personaje, contó una historia. Acudió a las metáforas y a los símbolos. Y ya se sabe que (aunque no se sabe por qué) el corazón humano es más proclive a entender mejor una idea o un pensamiento cuando se le obsequia en forma de cuento. Por eso los niños tienen hambre de cuentos. Por eso la gente anda en busca de historias (novelas, películas, reportajes, chismes). Porque a través de la narración, añade Constantino Bértolo, se le ofrece
al ser humano la experiencia de la comprensión. Y de esa manera —tanto ahora como en los tiempos de Cicerón— el orador conecta con el inconsciente narrativo de las masas.

* * *

Postscriptum:
Una asociación de ideas, que explica aquello de que “sin querer lo piensa uno”, ha producido al menos metafóricamente el concepto de “inconsciente narrativo”. Esas ideas proceden de Noam Chomsky, que de manera conjetural y no experimental pero con gran consenso entre los lingüistas sostiene que desde muy temprana edad aprendemos el lenguaje gracias a una predisposición neurobiológica innata. También se debe al encuentro indeliberado de la ideas (la asociación involuntaria, pudo haber dicho Marcel Proust) que está en la percepción de Jacques Lacan en el sentido de que el inconsciente se expresa a través del lenguaje. Y a Carl Gustave Jung: su muy fecunda noción del inconsciente colectivo o impersonal. Y no menos a Mark Turner, neurocientífico y profesor de literatura, cuando dice que siempre que hablamos estamos contado una historia.

Wednesday, October 22, 2008

Rodrigo Rey Rosa: Caballeriza

Tal vez sea imputable a la “mercadotecnia” el hecho de que varios escritores latinoamericanos nunca llegan a México. De pronto, una de las editoriales de Barcelona o de Madrid decide que en México nadie sabe quién es Juan Gabriel Vázquez (colombiano, autor de Historia secreta de Costaguana) o Javier Vásconez, ecuatoriano, autor de El viajero de Praga) y que por tanto nadie leería sus novelas. (Con este mismo criterio cierto editor del cártel barcelonés promulga que en México no tiene sentido distribuir los libros de Juan Marsé o de Manuel Vázquez Montalbán.) Si a nuestra progresiva deslatinoamericanización sumamos estos criterios imperialistas cada día conoceremos menos lo que en materia literaria se produce en el sur.
Antes de la globalización el mundo era un pañuelo. Solíamos tener contacto con lo países de Latinoamérica sin tener que pasar por España. Lo mejor de la novela nos llegaba de Buenos Aires. Y estas pequeñas reflexiones vienen al caso porque por lo mismo, por la opinión de los cárteles editoriales, se nos ha escamoteado el conocimiento de uno de los novelistas más importantes en lengua española: el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.
Nació hace cerca de 50 años, en 1958 y en la capital de Guatemala. Tiene una docena de libros —cuentos y novelas— que en cuanto salieron de la editorial Seix Barral empezaron a traducirse en muchos idiomas: sueco, italiano, inglés, portugués, alemán, francés, holandés y japonés. Uno de sus primeros traductores fue el escritor estadounidense Paul Bowles, amigo suyo y coordinador de un taller literario al que asistió Rey Rosa.
Vivió muchos años en Nueva York y luego de pasar varios veranos en Tánger, Marruecos, reside hoy nuevamente —de vuelta al terruño— en Guatemala.
Más que el ensayo u otros géneros, su fuerte es la narrativa y su individualidad como escritor proviene de un estilo sorprendente por su sencillez y su casi involuntaria capacidad de establecer un misterio. Cuida cada cuento, palabra por palabra, página por página, como si fuera un poema en el que nada sobra ni falta. Y no es dado a los títulos que de antemano venden la historia. Se diría más bien que los escoge entre los menos descriptivos y significativos. Títulos que no dicen nada.
Se han puesto en las librerías de Europa y Estados Unidos, pero no en las de México, sus novelas Cárcel de árboles, El salvador de buques, El cuchillo del mendigo, El agua quieta, Lo que soñó Sebastián (que el mismo trasladó al cine como guionista y director), El cojo bueno, Que me maten si…, Ningún lugar sagrado, La orilla africana, Piedras encantada. y su penúltima novela, Caballeriza, que es de 2006.
Lo que ha escrito más recientemente es Otro Zoo (2007) y en México, por fin en México, en la oaxaqueña Almadía, una selección de su mejor prosa, cuentos breves y largos: Siempre juntos.
A nadie puede sorprender que su más reciente novela propiamente dicha, Caballeriza, tenga que ver con los caballos. Hay en el mundo inventado por Rodrigo Rey Rosa un interés curioso (¿obsesión, fascinación?) por los animales en casi todos sus libros. Nuestros hermanos del reino animal —tienen estómago, pulmones, corazón, ojos, oídos e intestinos, como nosotros— cumplen no se sabe qué papel en sus narraciones, un poco como los animales que de pronto surgen en los cuentos de Raymond Carver (el guajolote de papada colgante) para incorporar el aura de lo siniestro.
En Caballeriza, por supuesto, están los purasangres que se hacen traer de Portugal o de Arabia Saudita los miembros de la élite guatemalteca. Y en sus otros relatos están invitados los cocodrilos, el cordero, el escorpión, la lechuza, el garañón, los alacranes, reconsiderando de nuevo la pregunta inquietante: ¿Qué o quiénes son los animales? ¿Por qué nos miran así? ¿Tienen emociones los animales? ¿Tienen memoria? ¿Tienen conciencia? ¿Se asustan con el espejo que los refleja? ¿No son una presencia macabra? El poeta Ted Hughes, ranchero, sabía de animales. Lo mismo, entre nosotros, Verónica Munguía. Y, mucho más que otros, J. M. Coetzee al procrear el personaje de Elizabeth Costello.
Rodrigo Rey Rosa no dice las cosas: las muestra, las hace ver, como si interviniera lo menos posible en el relato. Caballeriza y Que me maten si… tienen en común una parecida factura y ambas se distinguen por la pesada e inquietante atmósfera que sabe crear Rey Rosa. Nunca habla del narcotráfico. Nunca utiliza la palabra narco. Pero el lector alcanza a darse cuenta de que el crimen es el contexto. Los personajes y las tramas de ambas novelas están allí, vivos y mortales. Parece que la criminalidad ambiente los hace sentirse como en su propia piel. Es el arte de mostrar sin decir, pero sí de insinuar. Y en esa insinuación reyrosana está la sutileza cautivante para los buenos entendedores del libro: pocas palabras y muchos párrafos que no hacen explícito lo que de suyo va quedando implícito.
El lector puede sentir miedo, como en las novelas de Patricia Highsmith. Rodrigo Rey Rosa no tiene gran inclinación por el realismo mágico: “Siempre me dio sueño”, le dijo una vez a Ignacio Echevarría. Según el crítico español, hay en el guatemalteco un cierto rechazo a las categorías bombásticas de cierta actitud polémica o beligerante porque no siente ninguna afición natural por ese estilo.
A Rodrigo Rey Rosa no le preocupa mucho no estar informado de todos lo que escriben sus contemporáneos, pero reconoce que ha sido un gran lector de Roberto Bolaño, César Aira, Juan Benet y Horacio Castellanos. Su admiración mayor se dirige hacia el filósofo Ludwig Wittgenstein, cuyas ideas sobre el lenguaje son la delicia de los hombres de letras. La sobriedad estilística, el abandono de los “lastres retóricos”, la sencillez que es más bien, dice Echevarría, delgadez narrativa, son los cimientos de sus muy particulares y densas construcciones ambientales. El clima, eso es lo que prevalece. El terror y la inminencia del peligro y de la muerte infligida por otros.
Elíptico, porque es reticente, porque no lo dice todo, plantea en por lo menos dos de sus cuentos la relación padre-hija, como en “La niña que no tuve” y “Otro Zoo”, en el que al recorrer un zoológico un padre pierde a su hija de dos años.
Edgardo Dobry cree que uno de sus mejores cuentos es “La finca familiar” (incluido en este volumen de Almadía) y resume muy bien lo que viene siendo la literatura de Rodrigo Rey Rosa: “La corrupción, los privilegios brutales, la violencia implícita en una sociedad cuasi feudal están en el primer plano de estas ficciones, nunca tentadas por el expediente mágico ni la fascinación colorista.”
El libro que nos convoca aquí esta tarde, Siempre juntos, es seguramente la mejor selección de sus textos. Aquí está el Rodrigo Rey Rosa esencial. La antología va marcando los pasos que fue dando al empezar a escribir y la evolución que lo ha traído a la madurez de escritor.
Qué bueno, ya era hora, que en México lo recibamos con admiración y cariño.

Tuesday, September 09, 2008

La intimidad del desierto

¿De qué manera el narcotráfico ha incidido en el imaginario colectivo de un pueblo sonorense? Ése es el tema de la tesis de Natalia Mendoza Rockwell:LA INTIMIDAD DEL DESIERTO. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado. Reflexión etnográfica.Su análisis de las percepciones que en el pueblo de Santa Gertrudis se tienen sobre el trabajo, el dinero, los bienes de consumo y la ostentación abre caminos interesantes para el estudio del crimen organizado y su implantación en comunidades específicas en otras ciudades del país. La misma metodología etnográfica podría transferirse a una ciudad fronteriza como Tijuana para estudiar, por ejemplo, cómo la sociedad tijuanense ha asimilado la cultura del narco e integrado en sus esferas más altas a familias y parientes de narcotraficantes. También podría imaginarse un análisis de los cambios que se han producido en la moral ambiente, en las relaciones laborales y amorosas, de todo el país: una suerte de indagación en los cambios de mentalidad a nivel nacional.¿Qué consecuencias ha tenido la economía criminal en el imaginario colectivo del mexicano?La estudiante del Colegio de México —que tuvo como director de su tesis a Fernando Escalante Gonzalbo— se acerca a los habitantes de Santa Gertrudis como entrevistadora de campo.* * *—¿Al patrón de tu papá lo has visto? ¿Lo has visto?—Es chaparrito, siempre de trajecito. Nunca en la vida me ha tocado ver a una persona con tanto pinche dinero y que sea tan servicial, tan buena gente. A los burreros les habla de por favor, de usted. Y siempre trajeadito. Es super educado, por eso la gente luego le achaca que es joto. Lo que pasa es que es muy educado y político para hablar.· * *—¿Has andado con judiciales?—Con uno, con E.—¿Cómo era?—Es una misma pinche cosa. Yo no hallo mucho la diferencia entre judiciales y narcos. Hacen los mismo. Lo único es que trae charolita.—¿Cómo era?—Buena onda, medio mamonsón, típica actitud de mafiosito mamón. Andaba en lo mismo. Aquí nada más se trata de agarrar feria, a la gente le vale madre, Nadie, menos los judiciales, ninguna ley.* * *—El dinero del narcotráfico se parece al dinero de las apuestas, que es el otro que no dura y tiende a crear desgracias. No se gana, porque no implica trabajo.* * *—El tráfico de drogas ofrece una especie de subsidio, un tiempo de gracia, al viejo estilo de vida; permite mantener ranchos que ya no son rentables, permite no migrar y, sobre todo, no incorporarse al mercado del trabajo asalariado.* * *
—¿Te has imaginado ser tú una mafiosa?—Pues sí, alucinando, acá…—¿Y cómo te imaginas?—Perrón, acá, chingona. Con un carro poca madre, arreglada con batos pesados y la chingada…—¿Alguna vez lo has hecho?—No mames, morra, no te puedo contar eso. Siento como si mi amá me estuviera oyendo.* * *—Ahora ya no encuentras quién te limpie el corral o te arregle un cerco. Prefieren aventarse tres días burreando y ganar lo de un mes.—¿Está mal?—Para nada, es un trabajo como cualquier otro. Tiene sus riesgos, no es tan fácil, no matas a nadie. Que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil… dinero fácil pura madre. Es una pinche putiza.* * *La autora se pregunta si no fue el exotismo de la narcocultura lo que la llevó a ese pueblo del norte de Sonora. En lugar de ello se encontró con la vigencia de la moral y las normas rancheras de la tradición cívica sonorense. Sea como haya sido, su conclusión es que el narcotráfico como contracultura (los narcocorridos, la violencia, el machismo) es un fenómeno relativamente marginal. “Un cambio importante es un paulatino divorcio entre el esfuerzo y el mérito, que era uno de los pilares de la sociedad ranchera de Santa Gertrudis, una progresiva devaluación del esfuerzo físico”.La gente se va al narcotráfico hormiga para hacerse de mil o dos mil dólares en un par de días, pero sabe que el “dinero fácil” también se va fácilmente de las manos.“El dinero de la burreada te dura una semana, y se me hace mucho. En dos o tres días ya no tienes un cinco. Es rara la gente de aquí que se dedique al narcotráfico y que tenga algo.”En cuanto a los criterios identitarios siempre hay diferencias y clases entre los nativos de Santa Gertrudis: el peligro viene del sur y los únicos que matan son los sinaloenses. No sólo no es lo mismo un narco colombiano que uno mexicano, sino que nadie en Santa Gertrudis diría que es lo mismo un narco del pueblo que uno de Sinaloa.Nunca había habido tanto dinero, tantas casas lujosas, pero prevalece la sensación de que todo se derrumba, de que todo y todos están corrompidos, de que el precio moral que se paga por ese auge es excesivo.
Con la coca las borracheras duran más.Lo paradójico es que Santa Gertrudis es un pueblo moderno: con una carretera que lo parte por la mitad, a una hora de la frontera con Estados Unidos, con tres cafés de internet, con una enorme densidad de automóviles, teléfonos celulares y aparatos de televisión. Un lugar con un mínimo de analfabetismo, con seis escuelas primarias laicas; un lugar cosmopolita: donde hace muchos años llegaron chinos, japoneses, franceses y un par de griegos, donde pasan diariamente miles de personas de todo México y Centroamérica y algunos de Venezuela, Brasil, y hasta de Filipinas, Rusia y China.

Monday, September 01, 2008

Los demonios de la depresión


Vivo sin vivir en mi
y de tal manera vivo
que muero porque no muero.
—Santa Teresa

Escribe Anamari Gomís que hay situaciones mucho peores que la sintomatología depresiva, pero justo por eso “la depresión es como un demonio que trastorna la percepción del mundo”. Lo dice en su más reciente ensayo: Los demonios de la depresión, incluido en la colección Quirón y que ha sido publicado por las editoriales Turner, Ortega y Ortiz, Wyeth, Conaculta, con un apoyo de la Secretaría de Salud desde los tiempos de Julio Frenk.
El libro debe su amenidad al talento narrativo de la autora, novelista y maestra de letras en la UNAM, que entre otros libros ha escrito las novelas Ya sabes mi paradero y Sellado con un beso.
Es muy encomiable esta colección que dirige el escritor Mauricio Ortiz porque busca recoger la experiencia del paciente, que en este caso es un escritor, y no la postura clínica profesional de un médico, salvo en el caso de Francisco González Crussi que ha enriquecido el catálogo de Quirón con La fábrica del cuerpo. Hasta ahora han salido a la luz Migraña en racimos, de Francisco Hinojosa, Sangre, de Julio Hubard e Itinerario del intruso, de Julio Derbez.
A estas alturas de la historia —desde los pensamientos de los griegos sobre la bilis negra o el clásico libro de Robert Burton Anatomía de la melancolía— parece que hay ya un consenso acerca de los orígenes de la enfermedad: que es de orden orgánico y que tiene su causa en la actividad bioquímica del cerebro, corazón de las tinieblas y de las emociones más raras. Ciertos cambios en la actividad cerebral, anota Anamari Gomís, desatan la perturbación. Por lo general la depresión se hereda, aunque no se ha podido identificar genes específicos. “El quid del asunto es que si los neurotransmisores, los mensajeros químicos del cerebro, varían por alguna razón de equilibrio, se abre un frente para que el individuo se deprima.”
Anamari Gomís habla desde su experiencia constante y profunda. Su malestar desde muy joven, dice, se vincula con una tristeza abismal, una oceánica ansiedad y un miedo paralizante. Hay quien no puede levantarse de la cama, ni bañarse ni nada. “La depresión aguda despersonaliza a tal grado que se está ausente de uno mismo. ¿Quién soy y qué hago en este mundo? ¿Qué sentido tiene la vida? La depresión no distingue colores. Todo le es gris. La película va del blanco al negro. “Nada parece tener sentido”, dice la escritora. “La realidad se distancia, aunque no se disloca como en el caso de la esquizofrenia. Pero esa lejanía despierta esa sensación de encierro. De pronto, uno no pertenece al mundo y a sus trasiegos, y todo comienza a volverse ajeno”.
Hasta donde sabemos o deducimos, seguramente debió haber sido aterrador padecer la depresión en años o en siglos anteriores, cuando no había medicamentos que la domaran, cuando no había tafil, prozac, ni effexor ni psicoterapeutas. La buena noticia es que la depresión, tarde o temprano, se cura. “Nadie hundido en esta aflicción debe sobrellevar el mal como una condena. Se puede aliviar, como se alivian otros padecimientos.”
El deprimido construye su propio infierno. Se pone en contra de sí mismo. Implacable. Sin causa aparente decide que nada vale la pena, poco a poco “empieza a bregar con un tsunami de sensaciones y de estados de alienación tales” que muy pronto lo dejan anonadado hasta tocar fondo y reconocer que necesita ayuda porque nadie sale de la depresión por sí solo. Se trata de una enfermedad y requiere de medicamentos tanto como los que necesita un diabético o alguien que sufre de insuficiencia renal.
Entre estas dilucidaciones la autora se demora un momento para referirse a la serie televisa de Los Soprano y advierte que allí se hace uso —por primera vez en el cine— del psicoanálisis como parte de un motor narrativo. El personaje de Toni Soprano “expía una depresión mayor, matizada con ataques de pánico” y se atreve a consultar a una psicoterapeuta que luego pasa a ser un personaje muy importante en la historia.
Pero la fuerza del relato está en la primera persona, en la subjetividad de la autora que cuenta la experiencia de su propia depresión y no elude el sentido del humor si viene al caso. Habla, en sentido metafórico, de los demonios que lo atrapan a uno como si fueran verdugos, “que nos despojan de nuestra precaria armonía, de nuestra identidad maltrecha, de nuestra alegría por la vida, y que nos sumergen en un diabólico mar de angustias, de culpa y de lobreguez”.
En ese tono sobrevienen los capítulos dedicados a la conciencia de la muerte, al miedo, al desasosiego que significa la edad, el paso del tiempo, el temor a la enfermedad, al yo deprimido, a la incapacidad de hablar o de gozar de la sonata para piano favorita, al tormento que significa asistir a una cena o a un cocktail. Y si se refiere a la “bruma anímica que surge de una tarde lluviosa” es porque todo el libro está dado en un lenguaje preciso, no pretendidamente poético pero sí bello y exacto, que iguala la emoción y el pensamiento. También comparte sus ideas acerca de lo que significa estar de regreso de una crisis depresiva y del valor que tiene la convivencia con los animales.
“Está comprobado que la presencia de animales en la casa fomenta el bienestar físico y psíquico. Como ya he dicho, tengo tres perros y una gata. Estar con ellos siempre me relaja.”
Es un libro conmovedor, inteligente, útil, informativo, honesto y compasivo. Todos necesitamos leerlo.