Monday, April 10, 2006

La inexistencia del Estado


El Estado ya no existe. Lo que
ahora existe son pequeños estados,
es decir, organizaciones criminales:
todos los grupos que actúan en función
de los intereses particulares. El
interés general se ha perdido de vista.

—Leonardo Sciascia

La no descabellada idea de que el Estado ya no existe se ha incubado más en la filosofía política que en la teoría jurídica. Parece más bien una insinuación de la literatura, una sugerencia desprendida de la tesis sin pruebas, es decir, del ensayo literario.
Cuando publiqué en La memoria de Sciascia esta percepción de la realidad contemporánea —este reflujo hacia lo privado, la caída del espíritu público, el predominio de los intereses privados que también pueden ser criminales— la frase del escritor siciliano, en 1985, quedó en mi libro como una víbora cascabeleando. Me parecía que describía muy bien lo que empezaba a suceder, sobre todo en México, pero más que nada la sentí como una premonición. A 17 años de distancia puede verse que se ajusta muy bien a los hechos.
—Lo que pasa es que tú no sabes teoría del Estado —me dijo un amigo que estudiaba leyes—. Sea como sea, incluso durante el gobierno de Pinochet, el Estado allí está, aunque no sea un Estado de derecho.
Mi impresión fue en ese momento, y lo sigue siendo, que la expresión “Estado de derecho” no pasa de ser un pleonasmo. El Estado es de derecho o no lo es. Así que basta con decir Estado. Hay Estado cuando la ley se cumple. Si no impera la ley —si prevalece la impunidad— el Estado no existe.
A lo que se refería Sciascia era a que en las zonas del territorio donde se da un vacío del poder institucional poco a poco o de inmediato entran las organizaciones criminales a ocupar su lugar: la mafia en Sicilia, por ejemplo; la camorra en Nápoles; la ingrándeta en Calabria; la Santa Croce en Puglia.
En un libro tan desgarrador como alucinante, titulado no casualmente Donde no hay Estado, el novelista marroquí Tahar Ben Jellum ha hecho la crónica de estas formaciones sociales y políticas en la Italia meridional. Las suyas son ficciones que se nutren en la realidad, con todo lo que comporta de locura, alegría, drama, impotencia. Y sobre sus páginas campea un fantasma, el fantasma de un ausente, un gran ausente al que siempre se le invoca y nunca está, sobre todo cuando sería necesario que estuviera: el Estado.
“La desaparición del Estado no es un fenómeno exclusivo de Colombia, sino de todo el mundo”, dice Frenando Vallejo, el autor de La virgen de los sicarios.
“El Estado está desapareciendo en todas partes. En México también va a desaparecer porque ya no puede controlar a una población tan grande. Cuando no hay Estado y no se pueden hacer cumplir las leyes, entonces se vuelve a la ley de la jungla. Ya sucede en las afueras de París, Nueva York, Los Ángeles.
“El Estado está desapareciendo en todos los niveles de la sociedad que se le está yendo de las manos al gobierno. Lo vemos en Colombia, donde es más grave que en otros casos, y también en Argentina. Ya es un hecho la colombianización de México y la mexicanización de Colombia, porque antes los funcionarios colombianos no eran corruptos.”
Las revelaciones de los últimos días, en cascada, gracias a las benditas filtraciones —que son la única esperanza en una sociedad de secretos y de complicidades y de silencios y de simulaciones como la mexicana—, no constituyen sino una confirmación mínima de que en México, si es que alguna vez existió, el Estado ya no existe.
Que no se viva en la práctica una cultura del conflicto de intereses públicos y privados (que viene de mucho antes: ¿cómo consiguió sus terrenos el ministro alemanista Gabriel Ramos Millán?) abona la pesimista hipótesis literaria. Y más la encarna, con la baba más sutil, el “senador de la República” Fernández de Cevallos.
Las informaciones sobre la “partida secreta” de Salinas y sus transferencias a la cuenta de su hermano Raúl, la denuncia de una “cuenta secreta” de 360 millones de pesos en la Cámara de Diputados que se reparten todos los partidos calladitos de la boca, el descubrimiento de varios fraudes en Pemex por ¡miles de millones de dólares! en contubernio con el Sindicato, la noticia de que faltan 18 mil millones de pesos para cubrir los intereses del Ipab este año, el financiamiento de las campañas del PRI a cuenta de Pemex, los sospechosos ocultamientos de los Amigos de Fox (¿de quién recibieron dinero, del narco, del extranjero?), el cinismo demencial de Luis Echevería (que no tiene conciencia del mal, como los psicóticos) y de sus abogados, hablan, pues, de que el país ya se acabó. O es un chiste. O no es un país serio.
¿Cómo es que no ha quebrado si ya se lo robaron? México ya no es dueño de sí mismo. Si ya no tiene qué le roben, ni empresas que rematar, el asaltante del Ipab, de Pemex, del PRI, del despacho de los senadores litigantes, lo consuela: no te preocupes, fírmame unos pagarés. Te robo el futuro. Los países no quiebran ni pueden desaparecer. Sólo las empresas se pueden declarar en bancarrota.
Ciertamente el pesimismo es un pecado. Poco edificante, nada constructivo. Pero ¿cómo no ser pesimistas si la realidad es pésima?
El peligro de estas vomitivas confirmaciones es que pueden matar de un coraje al lector de periódicos. Nunca había sentido yo, como en estas semanas, la ola depresiva. El desaliento. La rabia. El justificadísimo desprestigio de la clase política. La sospecha ratificada de que todos los partidos son iguales. Es, como decía el poeta, como para sentarnos a la orilla de la banqueta y ponernos a llorar.

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