Tuesday, August 04, 2009

Partes de guerra

“En aquel país la situación era
gravísima: de un momento otro podía
estallar una revolución que los
revolucionarios no querían o una
contrarrevolución que los
contrarrevolucionarios no se esperaban”:
así empieza la novela que Z (en alguna

parte de Europa) está escribiendo.

—Leonardo Sciascia (1921-1989)
Negro sobre negro

Parece que lo aceptamos con naturalidad o sin asombro: el martes de la semana pasada hubo 20 muertos asociados a la violencia criminal y policiaca. Según el recuento que lleva Milenio Televisión en lo que va de julio, ha sido de 700 el total de cadáveres que recogieron las ambulancias del país. Ni siquiera en Badgad se amontonan esas cifras, pero las escuchamos como si fueran partes de guerra.
—No —me dice un amigo—. No puede ser que sea un movimiento de inspiración política disfrazado de crimen organizado, como se ha querido insinuar con el neologismo “narcoinsurgencia”. Los narcos no tienen nada de Robin Hood, el personaje de Walter Scott. No les importa mucho que la gente se enganche en la droga como negocio o como adicción. Lo que les importa es el dinero, sólo el dinero. En un tiempo, hace más de cincuenta años, lo reprobable del narcotráfico era que a la gente le hacía daño el consumo, especialmente a los jóvenes, cualquier estupefaciente pero en particular la heroína porque establece un cambio bioquímico casi irreversible en el individuo y es la más difícil de eliminar. Ahora no parece que ese efecto pernicioso preocupe a nadie.
Se empieza a utilizar, pues, el vocablo “narconinsurgencia” para identificar a las organizaciones que superan —en movilidad ya veces en capacidad de fuego— a las fuerzas y a la inteligencia del Estado. El concepto procede de Washington y no pretende, como en años anteriores y en relación a Colombia, dar a entender que la guerrilla de motivación política se ha vuelto narcotraficante o “narcoguerrila” sino que ahora el conjunto de agrupaciones criminales en México es equivalente a toda una subversión de carácter político con miras a tomar el poder.
No —insiste mi interlocutor—. No puede ser. En su connotación histórica la insurgencia es una acción estratégica y un programa, un levantamiento contra la autoridad y una disputa por el poder. Miguel Hidalgo tenía un programa de gobierno y un proyecto de nación, tanto que así que se lo transfirió a José María Morelos y así vino a plasmarse en la Constitución de Apatzingán (Michoacán, por cierto). Lo mismo motivaba a Garibaldi, Ho Chi Min, Lenin, Madero, Castro.

Wednesday, April 08, 2009

La cultura siciliana de la extorsión: el pizzu


Pizzo en italiano quiere decir encaje o puntilla. Pero en dialecto siciliano el vocablo pizzu designa la cuota que la mafia cobra a todo tipo de negocios, bares, restaurantes, supermercados, peluquerías, distribuidores de automóviles, a cambio de no ponerles una bomba, no rociarlos con una ráfaga de kalashnikov, no colocarles una bomba o no matarle, a los dueños, a un pariente o a un amigo. Es la clásica práctica de la extorsión que está en el nacimiento mismo de la mafia hacia mediados del siglo XIX.
Los “hombres de honor” utilizan el término pizzu para referirse a los pagos a cambio de protección. Pizzu quiere decir pico en siciliano. Al pagar el pizzu, se permite que alguien “moje el pico”.
“La mafia en Sicilia busca el poder y el dinero cultivando el arte de matar gente y salir impune, y organizándose de una forma única que combina los atributos de un Estado paralelo, un negocio ilegal y una sociedad secreta sometida a juramento como la francmasonería”, escribe el joven periodista inglés John Dickie.
Desde un principio, cuando los capataces de las huertas de cítricos contrataban “guardias blancas” para conjurar agresiones, los mismos propietarios empezaron a considerar la seguridad como una insumo de la producción, tan importante como el capital o la mano de obra Para una familia mafiosa la extorsión es lo que los impuestos para un gobierno legítimo. La mafia es un gobierno paralelo sobre los habitantes de su territorio: un Estado dentro del Estado.
Ahora que nos inauguramos en la era de la criminalidad, como nunca antes en la historia, empiezan a discernirse costumbres criminales de raigambre siciliana que no estaban antes en nuestra imaginación criminal. Lo del pizzu, pues, ya no es una novedad en ciertas ciudades del noreste, en Nuevo León, Tamaulipas, Coahuila: personajes del hampa, que disputan al Estado el poder en algunos territorios, pasan a fijar la cuota y a avisar que pasarán a recogerla a finales de la quincena. Aunque la verdad es que, en México, el pizzu también lo cobran los policías desde hace muchos años.
En Palermo una zapatería habrá de pagar unos mil euros mientras que a un supermercado lo obligan a desembolsar cinco mil al mes. En nuestras ciudades fronterizas se ha llegado al extremo de extorsionar incluso a maestros de escuela, sobre todo a finales de año, en tiempos de aguinaldo. Esto no sucedía hace todavía cinco años, pero parece ser parte del proceso de sicilianización del mundo al que ya hemos entrado.
La buena noticia es que en Italia ha surgido una protesta civil contra el pizzu. Miles de jóvenes sicilianos están en una campaña contra ese pago perverso: Addio al pizzu se llama el movimiento. Invitan a la gente a comprar sólo en negocios que no paguen ese “derecho de piso”. Y todo partió de que un comerciante señaló con el dedo a un extorsionador en un tribunal. Se ha creado una nueva conciencia ciudadana porque sí se puede, sí se puede combatir a la mafia. Los ciudadanos son más numerosos que los pillos.

Poderes perros

Poderes perros



A Luis Enrique Woolfolk,
in memoriam


La reflexión sobre el asesinato político puede ser intemporal y no necesariamente referirse a un hecho de actualidad, como podría ser el aniversario de la muerte de Luis Donaldo Colosio. En la lucha por el poder —para conseguirlo o conservarlo—, se sobreentiende que todo se vale cuando la disputa se da entre fieras humanas.
Nadie se hubiera podido imaginar que en nuestro tiempo un hombre de mucho poder fuera capaz de mandar matar a otro político hermano, a un correligionario, a un socio, a un cómplice, a un rival, a alguien que se le salió del huacal, pero la realidad mexicana es más fuerte que la ingenuidad política. Aunque no lo podamos creer, sucede. O por lo menos esa posibilidad la da el personaje. Es lo que emana del personaje. Es algo que no se sabe, que no consta, que no tiene el respaldo de las pruebas, pero que se siente. Sabemos que un cierto “actor” de la política puede ser capaz de todo, de cualquier cosa, por horripilante que parezca. Porque el psicótico, sobre todo si está en la cumbre del poder, es alguien que carece de super yo, es decir, de conciencia del mal. Es alguien que no tiene la menor compasión por los demás, es alguien que puede dormir profundamente como un bebé después de haber decidido mandar hacer algo que en una persona sana implicaría un insoportable sentimiento de culpa, una remordimiento insufrible que podría llevarla a la autoaniquilación o, por lo menos, a nunca más volver a sentir en la vida algo parecido a la tranquilidad o la buena conciencia.
A ese instigador —mandante se le llama en Italia al que manda matar— lo que le sucede es que le empiezan a fallar los neurotransmisores. Y ya no calcula bien las consecuencias de sus actos.
Hay una racionalidad, una economía, en el asesinato político. En la tragedia de Macbeth sólo hay un tema: el asesinato. Es el más obsesivo de todos los crímenes creados por Shakespeare. El crimen, el pensamiento sobre el crimen y el temor ante el crimen se adueñan de todo. “En la tragedia sólo hay dos grandes papeles, pero el tercer personaje del drama es el miedo”, dice Jan Kott, que relaciona esta temática con una frase aterradora que pronuncia Chen, el personaje de La condición humana, de André Malraux: “El hombre que nunca ha matado es virgen.”
La realización de un asesinato cambia a quien mató; a partir de ese momento se convierte en otra persona y el mundo en que vive se trastoca en un mundo distinto. Se traspasa el umbral. Se llega a conocer el otro lado del espejo.
A veces la víctima es un tirano, y su muerte cambia el curso de la historia. Pero la lista de reyes asesinados a partir de 1870 revela que muy pocos de sus asesinos consiguieron ese propósito. Alejandro II de Rusia era un zar liberal y su muerte a nadie le fue útil. Umberto I de Italia, muerto por un anarquista llamado Bresci en 1900, era un inofensivo caballero conservador. También lo era el presidente francés Sadi Carnot, acuchillado en 1894.
Lo que viene a establecer Jean Giono en su prólogo a la obra de Maquiavelo es que en el Renacimiento se empieza a pensar de otra manera: sus contemporáneos se esforzaban en ver las cosas tal como eran y no a través de la ilusión cristiana. Dios ya no es el creador de los reyes. Ya no se mezcla la política con los sentimientos. Faltan aún cien años para que Cervantes ofrezca la primera parte del Quijote, pero el mundo ya está desencantado.
Siempre ha sido necesario asesinar, dice Jean Giono. A partir de los tiempos de Maquiavelo, el escritor siente la necesidad de privar al asesinato de toda ficción poética. La sociedad se ha vuelto más exigente. Ha sabido diferenciar entre el crimen inútil y muy pocos de los que se cometen son inútiles. Dentro del crimen útil distingue entre el buen crimen y el crimen ordinario. Este último pasa desapercibido.
Los dramaturgos del siglo posterior a Maquiavelo, Shakespeare por ejemplo, no se equivocaron. Todo el mundo sabe (y lo sabía también Maquiavelo desde 1513) que un muerto ya no cuenta. Ya no importa y se olvida pronto. También se olvida rápido si alguien se esmera en preservar su memoria. En nuestros días el asesinato es una bagatela, a nadie le importa: lo único que se tiene es un hombre definitivamente cancelado. Lo que sujetaba se distiende; lo que impedía, ya nada lo impide. Una admirable economía de medios se pone en funcionamiento, pues todo se realiza en unos cuantos segundos.
Lo que sucedió con el nativo de Magdalena, Sonora (tierra consentida de dicha y placer), fue que se le salió lo sonorense. Estaba en una situación en la que Pastor y Doberman le plantearon que debía renunciar a la candidatura presidencial.
—Pues yo no renuncio —les dijo Luis Donaldo a los perros—. Si quieren que yo ya no sea candidato, chínguense. Mátenme entonces. Porque yo no voy a andar por el mundo como el pendejo al que primero le dijeron que iba a ser Presidente y luego le dieron una patada en el culo. Si no quieren, chínguense. Métanse en un lío. Mátenme.

Wednesday, April 01, 2009

La fuga del Estado


La delincuencia organizada sólo
puede ser factible y sostenerse
cuando el Estado no goza de
niveles de gobernabilidad, y en
donde existen alianzas tácitas
y/o explícitas de apoyo entre
actores políticos, empresas
privadas y empresas criminales.
Arturo Cantú


La expresión “Estado fallido” es un enunciado amable, acaso por la cortesía diplomática que se debe guardar entre las naciones. Por eso tal vez se acudió a ese eufemismo en Estados Unidos cuando en algunas publicaciones, como Foreing Policy y Forbes, se ha aludido a México como uno de los países que han ido perdiendo terreno en ciertas zonas de su territorio durante su lucha contra el crimen o han visto disminuido lo que los clásicos, como Hobbes, llaman el uso legítimo de la fuerza.
Se dice que el piso se le está moviendo a un Estado cuando en su convivencia civil interna hay poco respeto por la legalidad (en las averiguaciones previas y en las sentencias de inapelable última instancia) y la autoridad ya no alcanza a garantizar la seguridad y la protección de los ciudadanos.
El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos expresa de modo más drástico lo mismo en un informe que trata de imaginar y calcular cuáles serían los principales problemas estratégicos de los próximos 25 años. En ese futuro el estudio conjetura que entre los posibles peligros está el “colapso rápido y repentino de Pakistán y México”.
El caso de México es menos probable que el de Pakistán, pero el gobierno, sus políticos, la policía y la infraestructura judicial están bajo asalto y presionados de manera sostenida por bandas criminales y cárteles de la droga. De no conjurarse ese peligro ese conflicto tendrá un impacto mayor sobre la estabilidad del Estado mexicano y eso podría representar un problema de seguridad nacional de proporciones inmensas para Estados Unidos.
En Italia se dice que las organizaciones criminales prosperan (la camorra, la mafia siciliana, la Ngrandeta calabresa, la Santa Corona Unita) justamente en las regiones donde “no hay Estado”. También se entiende que “no hay Estado” cuando no se cumple la ley de manera impersonal e indiscriminada, cuando se instaura la impunidad de manera constituyente de la nación. O cuando se le saca la vuelta a la ley (caso del banco CitiBankBanamex, el juicio a Luis Echeverría, las “multas” a Televisazteca, las denuncias de la Auditoría de la Federación que terminan en pyra agua de borrajas).
La actuación del IFE ante la soberbia y la burla de Televisazteca (usemos una sola palabra para el duopolio) es, por lo menos, servil y de una cobardía civil absolutamente injustificable. Es otro indicador de que en México el Estado es una farsa, una simulación, un chiste. No se imaginan los “consejeros” —que nos cuestan no menos de 150 mil pesos mensuales— el daño que le han hecho a la ya muy escasa credibilidad de ese Instituto y, lo que es peor, a la verosimilitud de las próximas elecciones intermedias. Debería darles vergüenza a esos alfiles o peones de Manlio Fabio Soprano y Emilio Corleone, los agentes oficiosos y solícitos de Televisazteca.
Antes de la “alternancia” una llamada de la Secretaría de Gobernación a Televisa ponía a temblar a todos los ejecutivos de Azcárraga. Ahora una llamada de Televisa a Los Pinos o a la Secretaría de Gobernación hace que se mueran de miedo funcionarios menores y mayores, desde la secretaria hasta el Secretario o el Presidente.
El concepto de “Estado fallido” no es ninguna novedad. En otros países se habla de “Estado inexistente”, “Estado insuficiente”, “vacío de Estado”, según las ideas que emanan de sociólogos o juristas. El filósofo peruano Fidel Tubino escribe sobre la anomia: la ausencia de creencia o de credibilidad en las normas y las instituciones.
Se cae en “Estado anómico” cuando se gobierna en función de intereses particulares y de grupo y nada importa el interés general, como creían los enciclopedistas franceses del siglo XVIII. Ese Estado flaco, deshuesado, no procura vincular los intereses privados con el interés general.
A Carlos Murrillo González, sociólogo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, le parece que el “Estado mínimo” se da cuando lo vence la tendencia neoliberal de convertir al Estado en subordinado del mercado. Todo es un negocio de compadres: los energéticos, la electricidad, la educación, los medios de comunicación, la justicia, y aún los servicios básicos de salud. Nada se hace pensando en el bien común y el resultado es un Estado débil, manipulable —al que pueden humillar los poderes fácticos— y condicionado a jugar las reglas neoliberales. El Estado se convierte entonces en un “aliado de los intereses de grupos de poder económico que son los que dictan las políticas del país y de la ciudad”.
¿Qué es el Estado? ¿Es una ficción jurídica? ¿Es una entelequia? ¿Es simplemente un concepto, una idea?
Teóricamente sí, pero físicamente también es un cuerpo vivo: el conjunto que integran una población de seres humanos, un territorio y un ordenamiento legal que garantice la soberanía y autorice el poder de hacerse valer. La gente, el territorio, la ley. Cuando falla lo último, es decir, la seguridad (la fuerza coercitiva: el ejército y la policía), y cunde la indefensión entonces todo empieza a enrarecerse como si los ciudadanos y los gobernantes regresaran al “estado de naturaleza” del que hablaba Hobbes: a matarse unos a otros, por territorios, por envidia, por creencias. En ese Estado de salvajes lo que prevalece es el derecho del más fuerte. Y ya no hay civilización.
También falta el Estado cuando los gobernantes, en lugar de conducir el barco, se dedican principalmente a hacer negocios con sus amigos.
Qué falta de imaginación.

Thursday, February 19, 2009

La fuga del Estado

La delincuencia organizada sólo
puede ser factible y sostenerse
cuando el Estado no goza de
niveles de gobernabilidad, y en
donde existen alianzas tácitas
y/o explícitas de apoyo entre
actores políticos, empresas
privadas y empresas criminales.

—Arturo Cantú


La expresión “Estado fallido” es un enunciado amable, acaso por la cortesía diplomática que se debe guardar entre naciones. Por eso tal vez se acudió a ese eufemismo en Estados Unidos cuando en algunas publicaciones, como Foreing Policy y Forbes se ha aludido a México como uno de los países que han ido perdiendo terreno en ciertas zonas de su territorio durante su lucha contra el crimen o han visto disminuido lo que los clásicos, como Hobbes, llaman el uso legítimo de la fuerza.
Se dice que el piso se le está moviendo a un Estado cuando en su convivencia civil interna hay poco respeto por la legalidad (en las averiguaciones previas y en las sentencias de inapelable última instancia) y la autoridad ya no alcanza a garantizar la seguridad y la protección de los ciudadanos.
El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos expresa de modo más drástico lo mismo en un informe que trata de imaginar y calcular cuáles serían los principales problemas estratégicos de los próximos 25 años. En ese futuro el estudio conjetura que entre los posibles peligros está el “colapso rápido y repentino de Pakistán y México”.
El caso de México es menos probable que el de Pakistán, pero el gobierno, sus políticos, la policía y la infraestructura judicial están bajo asalto y presionados de manera sostenida por bandas criminales y cárteles de la droga. De no conjurarse ese peligro ese conflicto tendrá un impacto mayor sobre la estabilidad del Estado mexicano y eso podría representar un problema de seguridad nacional de proporciones inmensas para Estados Unidos.
En Italia se dice que las organizaciones criminales prosperan (la camorra, la mafia siciliana, la Ngrandeta calabresa, la Santa Corona Unita) justamente en las regiones donde “no hay Estado”. También se entiende que “no hay Estado” cuando no se cumple la ley de manera impersonal e indiscriminada, cuando se instaura la impunidad de manera constituyente de la nación.
La actuación del IFE ante la soberbia y la burla de Televisazteca (usemos una sola palabra para el duopolio) es, por lo menos, servil y de una cobardía civil absolutamente injustificable. Es otro indicador de que en México el Estado es una farsa, una simulación, un chiste. No se imaginan los “consejeros” —que nos cuestan no menos de 150 mil pesos mensuales— el daño que le han hecho a la ya muy escasa credibilidad de ese Instituto y, lo que es peor, a la verosimilitud de las próximas elecciones intermedias. Debería darles vergüenza a esos alfiles o peones de Manlio Fabio Soprano y Emilio Corleone, los agentes oficiosos y solícitos de Televisazteca.
Antes de la “alternancia” una llamada de la Secretaría de Gobernación a Televisa ponía a temblar a todos los ejecutivos de Azcárraga. Ahora una llamada de Televisa a Los Pinos o a la Secretaría de Gobernación hace que se mueran de miedo funcionarios menores y mayores, desde la secretaria hasta el Secretario o el Presidente.
El concepto de “Estado fallido” no es ninguna novedad. En otros países se habla de “Estado inexistente”, “Estado insuficiente”, “vacío de Estado”, según las ideas que emanan de sociólogos o juristas. El filósofo peruano Fidel Tubino escribe sobre la anomia: la ausencia de creencia o de credibilidad en las normas y las instituciones.
Se cae en “Estado anómico” cuando se gobierna en función de intereses particulares y de grupo y nada importa el interés general, como creían los idealistas franceses del siglo XVIII. Ese Estado flaco, deshuesado, no procura vincular los intereses privados con el interés general.
A Carlos Murrillo González, sociólogo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, le parece que el “Estado mínimo” se da cuando lo vence la tendencia neoliberal de convertir al Estado en subordinado del mercado. Todo es un negocio de compadres: los energéticos, la electricidad, la educación, los medios de comunicación, la justicia, y aún los servicios básicos de salud. Nada se hace pensando en el bien común y el resultado es un Estado débil, manipulable —al que pueden humillar los poderes fácticos— y condicionado a jugar las reglas neoliberales. El Estado se convierte entonces en un “aliado de los intereses de grupos de poder económico que son los que dictan las políticas del país y de la ciudad”.
¿Qué es el Estado? ¿Es una ficción jurídica? ¿Es una entelequia? ¿Es simplemente un concepto, una idea?
Teóricamente sí, pero físicamente también es un cuerpo vivo: el conjunto que integran una población de seres humanos, un territorio y un ordenamiento legal que garantice la soberanía y autorice el poder de hacerse valer. La gente, el territorio, la ley. Cuando falla lo último, es decir, la seguridad (la fuerza coercitiva: el ejército y la policía), y cunde la indefensión entonces todo empieza a enrarecerse como si los ciudadanos y los gobernantes regresaran al “estado de naturaleza” del que hablaba Hobbes. En ese Estado de salvajes lo que prevalece es el derecho del más fuerte. Y ya no hay civilización.
También falta el Estado cuando los gobernantes, en lugar de conducir el barco, se dedican principalmente a hacer negocios con sus amigos. Qué falta de imaginación.


Thursday, January 29, 2009

Contra la pena de muerte

En 1937 un juez de Palermo se niega a emitir una sentencia de muerte. Por principio. Porque un crimen no se puede corregir con otro crimen. Porque en realidad, según la apreciación de Salvatore Satta, el que mata no es el legislador que hace la ley sino el juez que la ejecuta. El juez es el verdugo. Estamos en el gran momento del fascismo que ha venido corriendo y devastando por la península y la sociedad italianas desde 1922. El fascismo que introduce en Italia una ley que no se tenía antes: la pena de muerte. ¿Para qué? Para preservar el orden. Para amedrentar a quien intente matar a Mussolini. Y todo en nombre de la ley en defensa de ese bien supremo que es la vida. Puertas abiertas, la novela de Leonardo Sciascia publicada en 1988, tiene como tema nuclear precisamente ése: la pena capital. El caso individual de un juez que, a costa de su carrera profesional, se enfrenta a la intolerancia, a la represión, a la pena de muerte, resulta paradigmático: síntesis de la lucha del ciudadano contra el poder, recreación simbólica de la objeción que Antígona antepone al Estado. Uno de los razonamientos del juez es que “los instintos que estallan en un linchamiento, la furia, la locura, resultan menos atroces que el macabro rito promovido por un tribunal de justicia al dictar la pena capital”. Una sentencia de ese juez, en nombre de la justicia, del derecho, de la razón, del rey por gracia de Dios y voluntad de la nación, entrega a un hombre a los tiros de doce fusiles levantados por doce hombres alistados para garantizar el bien de los ciudadanos y legaliza la comisión de un asesinato no sólo impune sino premiado. “Un llamamiento al asesinato que se realiza con la gratitud y la gratificación del Estado.”El discurso justificatorio de quienes entonces detentaban el poder era que bajo el fascismo en Italia se podía dormir con las puertas abiertas. Orden. Seguridad. Law and order.—Yo por mi parte cierro la puerta –dice el juez.—Yo también –le contesta el procurador general—.
Pero debemos reconocer que el restablecimiento de la pena de muerte ha servido para meter en la cabeza de la gente que el Estado se preocupa por la seguridad de los ciudadanos, la idea de que, realmente, ahora se duerme con las puertas abiertas (como en Huatabampo en verano).
Sí, comenta Sciascia, pero con las puertas abiertas a la locura. En el Palermo de aquel año, en efecto, se vivía el sueño de las puertas abiertas (metáfora suprema del orden, la seguridad, la confianza), pero durante la vigilia, a lo largo de la jornada diurna, los ciudadanos que querían estar despiertos e indagar, comprender, juzgar y objetar, sólo se encontraban con puertas cerradas.Puertas cerradas eran los periódicos y los ciudadanos advertían esas puertas cerradas cuando algo sucedía delante de sus ojos, algo grave, trágico, y buscaban la noticia pero no la encontraban o la leían, cuando mucho, tergiversada.Cuando Aldo Moro se encontraba en la “cárcel del pueblo”, en manos de las Brigadas Rojas, se dice que Andreotti redactó de su puño y letra el comunicado por el cual el gobierno se negaba a negociar. “La suya es la imagen”, dice Sciascia, “de un hombre que escribe una sentencia.” Y la sentencia resulta ser la escritura eficaz, la escritura del poder que, como siempre, y en último análisis, es poder de matar. En Sicilia como metáfora (conversaciones con Marcelle Padovani), recuerda que cuando era niño se dio cuenta de que el fascismo realmente existía cuando se empezó a hablar de la pena de muerte, de la necesidad de volverla a establecer para los crímenes cometidos contra los hombres que dirigían el Estado.Yo creía que la cárcel –donde habían acabado tantas personas, incluso vecinos, durante los años de lucha contra la mafia— era el peor de los castigos que se puede infligir a un hombre. Que como castigo se pudiera dar muerte a alguien era una idea que me trastornaba, me aterraba. Que se pudiera dar muerte así, fríamente, reuniendo escritos sobre un escritorio.No era el hecho de que hubiera hombres que pudieran matar a otros hombres. La crónica del país no carecía de asesinatos. Lo que inquietaba a Sciascia, lo que para él era un verdadero trauma, “era la muerte a través de una sentencia, la muerte a través de la escritura”. Le tenía sin cuidado que la pena de muerte en aquella época existiera también en países no fascistas. En Italia no existía y Mussolini la había introducido. Todo esto lo condujo a mirar mejor por dentro el fascismo, a entrever todo lo que en el fascismo había contra la libertad y la dignidad. La pena de muerte “me sigue pareciendo la mayor infamia a la que pueden llegar un Estado, una sociedad y toda aquella parte del género humano que la tolera, la acepta o se resigna”.
El director Gianni Amelio, con un guión suyo y de Vincenzo Cerami, filmó en 1990 Puertas abiertas, “una película que maneja temas e ideas como suele hacerse en una obra literaria”. Se trata de una inspirada argumentación en contra de la pena de muerte y la naturaleza de los regímenes represivos. Su proposición no se fundamenta en el discurso ni en la declamación de ideas propias de la filosofía jurídica. Como toda obra de arte cinematográfica, se encomienda, para decir lo que tiene que decir, en las emociones de sus personajes. Un asesino de Palermo, que en un solo día mató al jefe que lo cesó de su trabajo, al hombre que lo reemplazó y a su propia esposa, reconoce su culpa y no se opone a su ejecución. Quiere que se le mate y se irrita cuando el juez, interpretado por Gian María Volonté, se niega a sentenciarlo a muerte. El argumento abunda en la convicción de que el Estado no tiene derecho a quitarle la vida a nadie o, como dice el juez: “La pena de muerte sólo beneficia a los gobernantes, no a los ciudadanos.”

El duelo de las creencias

La política desemboca, o nace,
en las creencias: puede ser
el teatro mortal del Poder, pero
a su alrededor —en bambalinas
o en las butacas— está la presencia
inevitable de las creencias.

—Jorge Aguilar Mora



Se puede morir o matar por una idea. Cuando alguien decide creer en algo o en alguien no hay poder humano —ni razón ni argumento— que lo hagan cambiar de creencia. Así se van formando las simpatías y las antipatías políticas, religiosas, ideológicas. Y todas tienen su matriz en la subjetividad más caprichosa, inmutable e indiscutible.
Las creencias tienen su origen en la biografía personal de la personas, en sus relaciones familiares y en el lugar del planeta en que les tocó nacer. Es previsible y lógico que alguien nacido en Siria y en el seno de una familia árabe adopte la religión musulmana. Lo mismo acontece con el nacido en Roma: lo más probable es que sea católico y que se encuentre dentro del catolicismo como en su propia piel. En el Tibet prácticamente todos sus habitantes son budistas y en Japón buena parte de la población también ve el mundo con ojos de budista. Por eso sigue en pie la vieja discusión: ¿cuál es la religión “verdadera”?
El neurólogo Antonio Damasio estima que la creencia consiste en que el individuo atribuye un valor de verdad a algo, sea percibido o recordado, concreto o abstracto. Y casi siempre la creencias tienen que ver con la idea que nos hacemos de nosotros mismos. Por todo ello no queremos salir de tierra firme, es decir: la isla que nos hemos delineado. Confrontamos ideas distintas a la nuestras, pero sólo seleccionamos aquellas que refuerzan nuestras creencias. No leemos los periódicos para poner en entredicho nuestras creencias sino para confirmarlas.
El sistema de creencias de cada ser humano está en los orígenes mismos de la humanidad, desde el instante en que empezó el hombre a relacionarse con los demás. Se hizo una idea del mundo, o del universo, una cosmogonía, una composición de lugar.
Desde entonces, el deseo de entrar en contacto con los dioses ha sido universal: si contabilizamos todos los creyentes (6.158 millones aproximadamente) de las catorce mayores religiones que existen en el mundo, suponen un 91 por ciento de la humanidad (estimada en unos 6,700 millones de seres humanos).
“Esta apabullante mayoría demuestra que el hombre es fundamentalmente un animal religioso, aunque resulta extremadamente curioso —y fascinante— constatar que la especie humana haya generado la fe y las creencias, por un lado, y desarrollado la ciencia, por el otro”, dice Luis Miguel Araiza en El País del 9 de diciembre de 2007. A juzgar por el número, concluye, quizá exista dentro de nosotros una programación genética que nos impulsa a creer.
¿En el año 2049 seguirán matándose entre sí árabes y judíos? Es de suponer que sí, si es que todavía existe la humanidad en la tierra. Tal vez sean las religiones lo peor que le ha sucedido al hombre; por ellas se cometen masacres y se enciman cadáveres como en la noche de San Bartolomé.
Creer es dar por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado y, así, las creencias chocan como en un duelo de espadas.

El punto de vista narco

Antes en la prensa escrita y en el periodismo audiovisual no se recaudaba la visión de los traficantes, su percepción del país, su sentido del honor y sus códigos de ética, su preocupación por la desigualdad social y su relación con representantes del Estado. Pero ahora la cosa ha cambiado, acaso por la profusión de hechos y de dramas que siguen teniendo lugar en la guerra del Estado mexicano contra el crimen. No han faltado libros ni series televisivas, como la colombiana El cártel de los sapos, que da casi parcialmente el punto de vista de los delincuentes y puede parecer una celebración o una defensa del mundo que recrea.
Ya estaba esta perspectiva en libros como La reina del Pacífico, de Julio Scherer García: la historia de un personaje contada por ella misma, Sandra Ávila, que ha visto desde adentro el tejemaneje del narco. Ha estado también exhibido el criterio moral del hampa en ese portento de la narrativa audiovisual que es Los Soprano, cuya idea procede tanto de El Padrino como de Buenos muchachos. La visión de los malandrines se homolga con la de los policías. Incluso hay un estudio etnográfico que trata de indagar la mentalidad prevaleciente en los protagonistas pero también en sus familiares y amigos: Conversaciones con el desierto, de Natalia Mendoza Rockwell, publicado por el CIDE. Es un ejemplo de cómo debe estudiarse la cultura de ese fenómeno social desde el punto de vista antropológico.
La narrativa televisiva de El cártel de los sapos es tan fluida como adictiva: no se puede dejar de ver. Los productores de Caracol dicen que sólo querían dar a conocer el punto de vista del narcotráfico. Lo cierto es que el encanto de los personajes, los diálogos en los que el habla colombiana no es el menor de sus atractivos, las guapísimas amantes de los capos, dan cuenta de este mundo privilegiando y de su glamour. A cualquier adolescente, en consecuencia, la encantaría hacerse narco. Los personajes se la pasan bomba, tienen carros de cien mil dólares, fincas espectaculares con alberca, camionetas de lujo blindadas, avionetas y jets, comen y beben estupendamente. Pero también no deja de verse que el narco es una locura. Convoca a seres a quienes les gusta vivir al borde del abismo, en la adrenalina diaria a salto de mata, en la violencia tarantiniana asumida como adicción.
Sin embargo lo que más ha llamado la atención es un blog que anda por ahí en el espacio cibernético: “El cártel desde adentro”. Se supone que lo cuenta muy bien un testigo protegido (o un escritor profesional que finge ser un testigo protegido) que da su versión de muchos hechos ya conocidos. Lo más sospechoso es su talento narrativo, impensable en una ciudadano de estirpe delictiva. Pero lo más interesante son los cientos de visitas que ha tenido, todas anónimas, y su lenguaje: se intercambian insultos y reproches. Su territorio es el Noroeste y bien podría denominarse Tijuacán, una fusión de Tijuana y Culiacán. La novedad es que en una de esas visitas se propone la creación de vigilantes, de grupos paramilitares que actuarían no contra el Estado sino contra la criminalidad organizada.

El arte de la cita


Hay una serie de grabados que representa al dramaturgo irlandés George Barnard Shaw llegando al monte de piedad para empeñar su ropa.
—Oiga —le dice el empleado que lo recibe—. Estos pantalones son de Ibsen.
—Pues sí —contesta el escritor, mientras el anciano de la casa de empeño sigue separando la ropa.
—Veo también que el saco es de Nietzche.
—Sí, así es —dice Bernard Shaw.
—Además, oiga, el chaleco es de Schopenhauer.
—Bueno —le contesta el dramaturgo—, pero fíjese muy bien cómo se hace la combinación.
Esta anécdota aparece en una entrevista que una vez le hizo a Leonardo Sciascia el crítico francés James Dauphiné. El siciliano explicaba cómo en su novela Cándido, parodia del libro más conocido de Voltaire, se entregó con toda libertad y ligereza el juego de las citas, las referencias y las alusiones. Y es que en la actualidad, decía, así sucede con la literatura: “Tomamos los calzones de uno, el saco de otro, el chaleco de un tercero y procedemos a coser.” No hacemos sino escribir lo que ya ha sido escrito.
Valdría la penar recordar este incidente cuando con demasiada suspicacia se acusa a alguien de plagio, como si el plagio literario fuera posible. Lo que se discute a veces entre escritores es que siempre ha habido una ambigüedad entre la obligación de citar entre comillas una frase ajena y lo que suele entenderse por plagio.
Para unos el uso de las citas, o más bien su abuso, es un subterfugio para llamar la atención, quedar bien con alguien o disimular la ignorancia. Hay escritores que citan y escritores que no citan, acaso porque sienten que citar es una humillación o una cortesía o un homenaje que no merece nadie. José Emilio Pacheco es uno de los pocos escritores mexicanos que se permiten el arte de la cita.
Este arte combinatoria quiere poner en relación a unos autores con otros, entablar conversaciones entre autores muertos y autores vivos. No es imposible propiciar un diálogo entre escritores muertos y de otras lenguas con escritores vivos o también muertos pero de otros países y de otras lenguas y de diferentes tiempos: uno del siglo XVI con otro de finales del XX. Junto a Aristóteles puede comparecer el filósofo Wittgenstein. A un pensamiento de Kant puede arrimársele una idea de Bertrand Rusell. De esa manera continúa la tertulia literaria entre los personajes que uno escoge. Y esta conversación —el acto de leer es una conversación diferida, dice Gabriel Zaid— es una prueba más de que todos estamos escribiendo el gran libro universal de toda la huamnidad.
Ricciarda Ricorda, maestra de literatura italiana moderna y contemporánea en Venecia, ha escrito incluso un ensayo sobre “Sciascia ovvero la retorica della citazione”: la retórica de la cita. Un texto con una cita añadida se vuelve otro decir. En algo aumenta la producción de sentido. Y no es fácil acertar con una buena cita que embone bien con la idea apenas esbozada en otro párrafo y venga, de rebote, a enriquecerlo. Por eso es un arte. No cualquiera puede entenderlo.
Pascal pensaba lo mismo que Bernard Shaw: “No se diga que yo no he dicho nada nuevo: la disposición de los temas es nueva. Cuando se juega a la pelota ambos jugadores usan la misma pelota, pero uno la coloca mejor que el otro.”

Wednesday, November 12, 2008

El inconsciente narrativo

El talento político de Obama
es, directamente, talento
narrativo. Sabe contar su propia
vida y sus ideas como fruto de
su experiencia vital y sabe
utilizar las historias de vidas,
las biografías, como apólogos
que le sirven para discutir
y transmitir sus ideas políticas.

—Lluís Bassets


Vimos el martes 4 de noviembre de 2008 lo que puede ser la alegría política. A los seres humanos —en lo que les queda aún del niño que llevan dentro— basta tocarlos con el pétalo de una ilusión para que salgan a las calles y las plazas a festejarlo, como en una fiesta mayor. Se trata del entusiasmo político que despiertan los líderes y las revoluciones: la necesidad de creer. Es una algarabía instantánea y muy emotiva. Vivimos predispuestos —más que puestos— a la esperanza. Sucedió en los primeros meses de 1994 con el lavantamiento zapatista en Chiapas. Sucedió durante la campaña de López Obrador en 2006. Sucedió en 1959 cuando los jóvenes y guapos revolucionarios de Cuba tomaron el poder. Y la comprobación de esta idea (que más bien es una corazonada) la vimos más de una vez y en más de un lugar en las banquetas y las calles de muchísimas ciudades norteamericanas, en los parques Grant y Milenium de Chicago y en el legendario Central Park de Nueva York cuando se anunció que Barack Obama había ganado las elecciones presidenciales más que duplicando el número de votos estatales de su oponente.
Más tarde o más temprano se impone el principio de realidad y viene la decepción. Vuelve la gente a poner los pies en la tierra. La pérdida del encanto resulta tan previsible como inevitable. Con el paso del tiempo, el joven Felipe González ya no conmueve tanto; el joven Fidel Castro no arrebata tanto como en sus primeros años de triunfo; no se sabe qué figura proyectará Zapatero dentro de diez años; Robert Kennedy no alcanzó a desvanecerse porque alguien lo interrumpió al principio del camino. Pero lo que importa de Obama aquí y ahora, aquí a sus 47 años —sea como vaya a ser el futuro irrevocable—, es el presente y el porvenir —otra vez— de una ilusión.
Y no está mal que sea así nuestra animalidad política. La historia avanza porque los jóvenes tienen una mayor capacidad de ilusión. Tienen toda la vida por delante, se sienten eternos, y no saben de los fracasos (los proyectos políticos fallidos) de quienes los antecedieron.
Entre las enseñanzas de la campaña exitosa de Obama está —aparte del inusitado e imaginativo uso del internet: propositivo, no insultante, masivo— la participación de los jóvenes. Pero esos jóvenes no son únicamente los muchachos desempleados o trabajadores. Son también los jóvenes estudiantes que tienen un plus: empiezan a ser cultos y la cultura supone un mínimo de conciencia política que, en este afortunado caso, se puso en campaña.
Sigue creyéndose, en un sector muy amplio de la población, que la lectura no sirve para nada. Bueno, señores, pues resulta que puede servir para llegar al poder. Puede ser muy útil para llegar a la Presidencia. ¿Por qué? Porque, como en los tiempos clásicos, la oratoria de plaza sigue siendo el principal promotor del entusiasmo político. ¿Cómo se construye bien temperado un discurso en el que aparecen en su justo lugar y en el momento exacto las ideas y las emociones?
Respuesta: cuando se tienen asimiladas miles de lecturas desde que uno es muy joven. Las ideas, el pensamiento, la imaginación, la claridad, la capacidad de articular o concatenar emociones e ideas, el talento para poder expresarlas, son sólo posibles en la sostenida conversación con los muertos, es decir, con los autores del pasado que desde el libro nos hablan.
Y ese factor intelectual contó mucho en la competencia de los dos políticos norteamericanos. Era evidente la superioridad intelectual de Obama frente McCain. En el fondo de la templanza de Obama había y hay una educación literaria. Aprendió, como el escritor de oficio, a hacer conexiones: a relacionar una idea con otra, a intercalar a final de párrafo, en su justo momento, la misma frase (“Yes, we can”) como hacía Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare. (“Pero Bruto es un hombre honorable. Pero Bruto es un hombre honorable.”). Hay musicalidad en su oratoria.
Lluís Bassets piensa que el político postmoderno necesita contar con una potente biografía, capaz de sintonizar con las mayorías “que deben apoyarle y a la vez debe saber contar sus ideas políticas a través de relatos, de historias concretas, con rostros, nombres, apellidos y aliento vital”.
El lunes, un día antes de la elección, Barack Obama se presentó ante una multitud en alguna ciudad de Florida. Y lo primero que les dijo fue: “Hoy sólo voy a decirles una palabra: Mañana.” Y ese mañana era el día de la elección pero también era la idea de un futuro promisorio, un énfasis en la continuidad de la vida, un recordatorio de la esperanza. Eso es tener sentido del lenguaje: “Mañana.” ¿Cuántas cosas puede significar la palabra mañana?
Escribió dos libros, de su puño y letra (Los sueños de mi padre y La audacia de la esperanza): un conjunto de ensayos políticos y una autobiografía que no es sino un Obama escrito a mano.
“La narración es una de las formas de construcción de la identidad. Lo que llamamos el yo es una narración. El pasado es una narración y el futuro es una propuesta narrativa todavía no publicada”, escribe Constantino Bértolo.
Supo expresarse, en su discurso de aceptación y agradecimiento, con un personaje: una anciana de más de cien años que vive en Atlanta. Personalizó la idea, creó un personaje, contó una historia. Acudió a las metáforas y a los símbolos. Y ya se sabe que (aunque no se sabe por qué) el corazón humano es más proclive a entender mejor una idea o un pensamiento cuando se le obsequia en forma de cuento. Por eso los niños tienen hambre de cuentos. Por eso la gente anda en busca de historias (novelas, películas, reportajes, chismes). Porque a través de la narración, añade Constantino Bértolo, se le ofrece
al ser humano la experiencia de la comprensión. Y de esa manera —tanto ahora como en los tiempos de Cicerón— el orador conecta con el inconsciente narrativo de las masas.

* * *

Postscriptum:
Una asociación de ideas, que explica aquello de que “sin querer lo piensa uno”, ha producido al menos metafóricamente el concepto de “inconsciente narrativo”. Esas ideas proceden de Noam Chomsky, que de manera conjetural y no experimental pero con gran consenso entre los lingüistas sostiene que desde muy temprana edad aprendemos el lenguaje gracias a una predisposición neurobiológica innata. También se debe al encuentro indeliberado de la ideas (la asociación involuntaria, pudo haber dicho Marcel Proust) que está en la percepción de Jacques Lacan en el sentido de que el inconsciente se expresa a través del lenguaje. Y a Carl Gustave Jung: su muy fecunda noción del inconsciente colectivo o impersonal. Y no menos a Mark Turner, neurocientífico y profesor de literatura, cuando dice que siempre que hablamos estamos contado una historia.

Wednesday, October 22, 2008

Rodrigo Rey Rosa: Caballeriza

Tal vez sea imputable a la “mercadotecnia” el hecho de que varios escritores latinoamericanos nunca llegan a México. De pronto, una de las editoriales de Barcelona o de Madrid decide que en México nadie sabe quién es Juan Gabriel Vázquez (colombiano, autor de Historia secreta de Costaguana) o Javier Vásconez, ecuatoriano, autor de El viajero de Praga) y que por tanto nadie leería sus novelas. (Con este mismo criterio cierto editor del cártel barcelonés promulga que en México no tiene sentido distribuir los libros de Juan Marsé o de Manuel Vázquez Montalbán.) Si a nuestra progresiva deslatinoamericanización sumamos estos criterios imperialistas cada día conoceremos menos lo que en materia literaria se produce en el sur.
Antes de la globalización el mundo era un pañuelo. Solíamos tener contacto con lo países de Latinoamérica sin tener que pasar por España. Lo mejor de la novela nos llegaba de Buenos Aires. Y estas pequeñas reflexiones vienen al caso porque por lo mismo, por la opinión de los cárteles editoriales, se nos ha escamoteado el conocimiento de uno de los novelistas más importantes en lengua española: el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.
Nació hace cerca de 50 años, en 1958 y en la capital de Guatemala. Tiene una docena de libros —cuentos y novelas— que en cuanto salieron de la editorial Seix Barral empezaron a traducirse en muchos idiomas: sueco, italiano, inglés, portugués, alemán, francés, holandés y japonés. Uno de sus primeros traductores fue el escritor estadounidense Paul Bowles, amigo suyo y coordinador de un taller literario al que asistió Rey Rosa.
Vivió muchos años en Nueva York y luego de pasar varios veranos en Tánger, Marruecos, reside hoy nuevamente —de vuelta al terruño— en Guatemala.
Más que el ensayo u otros géneros, su fuerte es la narrativa y su individualidad como escritor proviene de un estilo sorprendente por su sencillez y su casi involuntaria capacidad de establecer un misterio. Cuida cada cuento, palabra por palabra, página por página, como si fuera un poema en el que nada sobra ni falta. Y no es dado a los títulos que de antemano venden la historia. Se diría más bien que los escoge entre los menos descriptivos y significativos. Títulos que no dicen nada.
Se han puesto en las librerías de Europa y Estados Unidos, pero no en las de México, sus novelas Cárcel de árboles, El salvador de buques, El cuchillo del mendigo, El agua quieta, Lo que soñó Sebastián (que el mismo trasladó al cine como guionista y director), El cojo bueno, Que me maten si…, Ningún lugar sagrado, La orilla africana, Piedras encantada. y su penúltima novela, Caballeriza, que es de 2006.
Lo que ha escrito más recientemente es Otro Zoo (2007) y en México, por fin en México, en la oaxaqueña Almadía, una selección de su mejor prosa, cuentos breves y largos: Siempre juntos.
A nadie puede sorprender que su más reciente novela propiamente dicha, Caballeriza, tenga que ver con los caballos. Hay en el mundo inventado por Rodrigo Rey Rosa un interés curioso (¿obsesión, fascinación?) por los animales en casi todos sus libros. Nuestros hermanos del reino animal —tienen estómago, pulmones, corazón, ojos, oídos e intestinos, como nosotros— cumplen no se sabe qué papel en sus narraciones, un poco como los animales que de pronto surgen en los cuentos de Raymond Carver (el guajolote de papada colgante) para incorporar el aura de lo siniestro.
En Caballeriza, por supuesto, están los purasangres que se hacen traer de Portugal o de Arabia Saudita los miembros de la élite guatemalteca. Y en sus otros relatos están invitados los cocodrilos, el cordero, el escorpión, la lechuza, el garañón, los alacranes, reconsiderando de nuevo la pregunta inquietante: ¿Qué o quiénes son los animales? ¿Por qué nos miran así? ¿Tienen emociones los animales? ¿Tienen memoria? ¿Tienen conciencia? ¿Se asustan con el espejo que los refleja? ¿No son una presencia macabra? El poeta Ted Hughes, ranchero, sabía de animales. Lo mismo, entre nosotros, Verónica Munguía. Y, mucho más que otros, J. M. Coetzee al procrear el personaje de Elizabeth Costello.
Rodrigo Rey Rosa no dice las cosas: las muestra, las hace ver, como si interviniera lo menos posible en el relato. Caballeriza y Que me maten si… tienen en común una parecida factura y ambas se distinguen por la pesada e inquietante atmósfera que sabe crear Rey Rosa. Nunca habla del narcotráfico. Nunca utiliza la palabra narco. Pero el lector alcanza a darse cuenta de que el crimen es el contexto. Los personajes y las tramas de ambas novelas están allí, vivos y mortales. Parece que la criminalidad ambiente los hace sentirse como en su propia piel. Es el arte de mostrar sin decir, pero sí de insinuar. Y en esa insinuación reyrosana está la sutileza cautivante para los buenos entendedores del libro: pocas palabras y muchos párrafos que no hacen explícito lo que de suyo va quedando implícito.
El lector puede sentir miedo, como en las novelas de Patricia Highsmith. Rodrigo Rey Rosa no tiene gran inclinación por el realismo mágico: “Siempre me dio sueño”, le dijo una vez a Ignacio Echevarría. Según el crítico español, hay en el guatemalteco un cierto rechazo a las categorías bombásticas de cierta actitud polémica o beligerante porque no siente ninguna afición natural por ese estilo.
A Rodrigo Rey Rosa no le preocupa mucho no estar informado de todos lo que escriben sus contemporáneos, pero reconoce que ha sido un gran lector de Roberto Bolaño, César Aira, Juan Benet y Horacio Castellanos. Su admiración mayor se dirige hacia el filósofo Ludwig Wittgenstein, cuyas ideas sobre el lenguaje son la delicia de los hombres de letras. La sobriedad estilística, el abandono de los “lastres retóricos”, la sencillez que es más bien, dice Echevarría, delgadez narrativa, son los cimientos de sus muy particulares y densas construcciones ambientales. El clima, eso es lo que prevalece. El terror y la inminencia del peligro y de la muerte infligida por otros.
Elíptico, porque es reticente, porque no lo dice todo, plantea en por lo menos dos de sus cuentos la relación padre-hija, como en “La niña que no tuve” y “Otro Zoo”, en el que al recorrer un zoológico un padre pierde a su hija de dos años.
Edgardo Dobry cree que uno de sus mejores cuentos es “La finca familiar” (incluido en este volumen de Almadía) y resume muy bien lo que viene siendo la literatura de Rodrigo Rey Rosa: “La corrupción, los privilegios brutales, la violencia implícita en una sociedad cuasi feudal están en el primer plano de estas ficciones, nunca tentadas por el expediente mágico ni la fascinación colorista.”
El libro que nos convoca aquí esta tarde, Siempre juntos, es seguramente la mejor selección de sus textos. Aquí está el Rodrigo Rey Rosa esencial. La antología va marcando los pasos que fue dando al empezar a escribir y la evolución que lo ha traído a la madurez de escritor.
Qué bueno, ya era hora, que en México lo recibamos con admiración y cariño.