Le expliqué que el alzhéimer
es un conjunto de marañas y
placas que se forman en la
materia gris e impiden que
las neuronas se nutran.
—David Shenk, The Forgetting
Con demasiada facilidad se hacen chistes sobre la enfermedad mental, no sabiendo el que los hace en qué consiste, por ejemplo, la enfermedad del alzhémier o la depresión. Johnny Carson, el célebre conductor de la televisión norteamericana, solía decir que de muchas cosas se pueden hacer chistes, pero no de las enfermedades mentales que significan un sufrimiento atroz para quienes las padecen y para sus familiares.
Sin embargo es muy común el chistorete que alude a un antidepresivo como el Prozac que, por su efecto acumulativo, sólo empieza atener efecto veinte días después de empezar a tomarlo, o bien la broma que suscita un lapsus de la memoria e invoca el mal degenerativo identificado por el neuropatólogo alemán Alois Alzheimer en 1901, cuando recibió en su clínica a una mujer de cincuenta y un años, Auguste D.
—¿Cómo se llama?
—Auguste.
—¿Apellido?
—Auguste.
—¿Cómo se llama su esposo?
—Auguste, creo.
—¿Cuánto tiempo ha estado usted aquí? —parece hacer un esfuerzo por recordar.
—Tres semanas.
En aquel entonces la demencia senil se aceptaba con cierta naturalidad y se atribuía, como parecía ser evidente, a la mayoría de edad. Sólo que hace cien o más años el proceso de envejecimiento no empezaba a darse a los setenta y tantos años como ahora sino a una edad más temprana. Se especulaba que esa demencia o esa lentitud en el funcionamiento de la memoria tenía su causa en arterias cerebrales escleróticas. Y es que el alzhémier no obedece a una falta de riego sanguíneo sino a un deterioro físico, como las caries en un diente, pues se ha estudiando en cortes de capas transversales que en la masa se van carcomiendo. El doctor Alzheimer dio con unas esferas de aspecto viscoso en formas de placas e innumerables neuronas en ”marañas” de fibras neuronales cuando analizó el cerebro de la recién fallecida señora D. Lo mismo fueron descubriendo los especialistas investigadores sesenta años, pero la comunidad médica de los años 70 todavía se mostraba escéptica sobre el origen orgánico del padecimiento.
El periodista científico David Shenek, de 36 años, ha escrito hasta ahora el libro más interesante, comprensible y útil, sobre la enfermedad del alzhéimer: The forgetting. Alzheimer’s: Portrait of an Eidemic. (Olvidar. Alzheimer: retrato de una empidemia.) Es uno de los manuales más fáciles de entender para los amigos y los familiares del enfermo.
No fue sino hasta los años 80, cuando empieza a hablarse de la “tercera edad” (que en realidad es la última edad) y la expectativa de vida aumenta unos diez o quince años, que se crea en Estados Unidos un Instituto Nacional del Envejecimiento y en términos de salud pública se da al alzhémier una categoría semejante a la de las cardiopatías o el cáncer. Hoy en día se cuentan cinco millones de estadounidenses que tienen la enfermedad y dentro de cuarenta años la cifra podía alcanzar los quince millones (hacia 2050).
Cuando el novelista Jonathan Franzen escribió sobre la enfermedad y la muerte de su padre (“El cerebro de mi padre”, en su libro de ensayos Cómo estar solo) estudió y recomendó el libro de Shenek.
Por lo general se entiende por “epidemia” una enfermedad que se propaga y acelera por sus características infecciosas. Pero también, y así lo piensa David Shenk, una epidemia se refiere a una catástrofe de orden médico que se vuelve tan grande que termina por afectar cada renglón de la vida en sociedad. Hace veinticinco años sólo había en Estados Unidos 500 mil enfermos. Del resto del mundo habría que esperar las estadísticas y sería muy importante que la Secretaría de la Salud las precisara en México. En el año 2002 se gastaron en Estados Unidos 100 mil millones de dólares en tratamientos.
La tendencia a olvidar, a perder la memoria inmediata, puede o no ser un signo de que podría insinuarse la enfermedad. Pero también es cierto que casi todos tenemos estos deslices debido a la “cultura de la distracción” que la electrónica nos ha alcahueteado en la vida cotidiana. La tendencia es estar en varias pistas al mismo tiempo. Lo indudable es que, a medida en que se viven más años, mayor es el número de personas que entran en esta caída paulatina e irrefrenable.
Hay una regresión. El deterioro se va dando a la inversa, se repiten en sentido retrospectivo las etapas que fueron indicando las fases de crecimiento en el niño. “El declive de un paciente de Alzheimer es exactamente inverso al desarrollo neurológico de un niño”, dice Jonathan Franzen: alzar la cabeza (del primer al tercer mes), sonreír (de los dos a los cuatro meses), sentarse solo (de los seis a los diez meses). Por eso un paciente adulto de pronto se parece cada vez más a un niño de un año. Y es que la memoria nos constituye. El ser es memoria. La persona es la memoria y la memoria es nuestra identidad personal. Yo soy lo que he sido. Yo soy lo que recuerdo. Primero se muere la persona y después el cuerpo. Ese ser que queda tiende a la escatología, a hacer chistes sexuales, y si entre muchos (sus hijos, su mujer, sus amigos) sólo reconoce a uno tal vez sea por el afecto, por las cosas extrañas del corazón.
Es posible que muchos enfermos sufran cada vez menos. Porque la propia conciencia también se va. Y para sufrir o temer a la muerte también se requiere de la memoria. Hay “algo delicioso” en ese olvido, dicen unos. Hay un aumento de sus placeres sensoriales conforme caen en esa eternidad sin pasado.
Friday, January 25, 2008
Thursday, January 24, 2008
Casi el paraíso
México es un país extraordinariamente
fácil de dominar, porque basta con
controlar a un solo hombre: el Presidente.
Debemos abrir a los jóvenes mexicanos
las puertas de nuestras universidades y
educarlos en el modo de vida americano,
según nuestros valores y en el respeto
al liderazgo de los Estados Unidos.
Con el tiempo, estos jóvenes llegarán a
cargos importantes y eventualmente se
adueñarán de la Presidencia. Sin necesidad
de que Estados Unidos dispare un tiro,
harán lo que nosotros queramos.
—Robert Lansing, Secretario de Estado,
Washington,1924
No hay tanta xenofobia en México sino una verdadera fascinación por los extranjeros y todo lo que sea extranjero porque el mexicano siempre piensa que el extranjero es mejor. Tal vez en nuestro inconsciente colectivo sigue actuando el trauma de la Conquista, la contemplación alelada del hombre blanco investido del poder que da la armadura y el caballo. Si no fuera así, a Luis Spota nunca se le hubiera ocurrido escribir en los años 50 una novela como Casi el paraíso, una crítica implacable a la nueva clase que engendró la corrupción alemanista. Su personaje, Ugo Conti, es un italiano que seduce a todo el mundo: a los políticos, a los empresarios, a sus mujeres. Se hace pasar por noble y los mexicanos hasta le prestan dinero. Como es blanco y guapo, todos los mexicanos se le rinden. Y se sienten muy honrados con su amistad.
Pero ciertamente es una generalización injusta hablar de “los mexicanos” como si fuéramos una masa homogénea de pensamiento único. No se puede hablar ni de xenofobia de la izquierda ni de xenofilia de la derecha porque en ambos extremos hay de las dos filias o fobias, para todos los gustos. Es cierto que a mediados del siglo XIX un sector de la incipiente clase política de entonces se puso a buscar y a encontrar un archiduque que nos viniera a gobernar porque se daba por sentado que el extranjero era mejor que nosotros, especialmente si era rubio, blanco y de ojos claros, pero también es verdad que no todos los mexicanos lo festinaban. Antes al contrario: se sentían avergonzados y humillados.
En su libro de 1951, La estructura social y cultural de México, José Iturriaga se pone a pensar en los mexicanos y su ancestral y traumática relación con lo extranjero. Algo pasa en el alma del mexicano cuando se relaciona con el extranjero. Cae en ambivalencia, lo admira y desconfía de él, le atrae y le repugna. Por su mera presencia, el extranjero lo pone en entredicho y lo remite al “estereotipo autodenigratorio” que le hace valorar más lo extraño que lo propio, más Disney World que Palenque, más la francesa copa coñaquera que el caballito jalisciense para tomar tequila. No hay conductora o actriz de telenovelas que no se pinte el pelo de rubio. Tiene que ser rubia porque le da pena parecer mexicana. Ellos, los extranjeros, son mejores para extraer y explotar el petróleo. Nosotros no, somos muy suatos. Bueno, y además nos pueden dar comisiones por debajo de la mesa. Es más rápido arreglarse con la Texaco o Hulliburton que esperar los tres o cuatro años que a Pemex le tomaría levantar una refinería o hacer más pozos. Sólo tenemos cinco años para forrarnos.
Nos encantó tener un vicepresidente como José Córdoba Montoya. No votamos por él. No lo tratamos mal. Se le pagó bien. Pudo hacer algunos negocios. Nunca se le investigó.
No pocos amigos argentinos han salido adelante con sus restaurantes, que son muy buenos, limpios y no abusivos. No los hemos tratado mal. En la Argentina un mexicano no podría correr con la misma suerte, pero sólo porque allá la tasa de desempleo es muy alta. Tampoco un mexicano podría allá, en el campo periodístico, volverse con tanta facilidad un “comunicador” millonario, con casa en el Pedregal y camioneta blindada. A los refugiados españoles de 1939 los recibimos encantados de la vida y muchos de sus intelectuales enriquecieron nuestras universidades y nos enseñaron a hacer libros. No los tratamos de la patada. Tampoco a los inmigrantes judíos de los años 30 y 40 que se asentaron en la colonia Condesa y se mexicanizaron conmovedoramente (había que verlos comer tacos) como no nos dejaría mentir el estupendo documental que hizo uno de sus descendientes: Beso esta tierra.
¿Dónde está la xenofobia? Con la misma apertura, los panistas contrataron a un “técnico en campañas electorales” extranjero, Dick Morris, para que los asesorara en la lucha sucia por la presidencia. ¿No había un solo cuadro mexicano de su búnker en la colonia del Valle que supiera hacer lo mismo? No. Tuvieron, sin rubor, que contratar a un extranjero al que se le pagó muy bien y no se le ofendió con la “tradicional xenofobia mexicana”. Antes al contrario.
“Mexicano por nacimiento” es lo que la Constitución dice que es “mexicano por nacimiento”. Es como cuando se dice “delito es lo que la ley dice que es delito”.
La incertidumbre se establece cuando se siente que no es lo mismo un extranjero común y corriente que un extranjero que ocupa un cargo público o aspira a uno de elección popular. No es lo mismo. En cualquier lugar del mundo.
No estaba mal, pues, la exigencia constitucional de que fuera de padres mexicanos y nacido en México el jefe de la tribu. No estaba mal, por lo menos en el caso de Fox y su xenofilia. Su falta de compasión por más de la mitad de los mexicanos (lo cinco que no comen en la mesa de diez) se sentía que algo tenía que ver con el hecho de ser hijo de gringo, por mucha legalidad que se haya inventado para convertir al padre en “mexicano por nacimiento”.
Monday, January 14, 2008
El cuestionario de Proust
De todos los cuestionarios que se han hecho a partir del famoso "Cuestionario de Marcel Proust" muy pocos conservan las preguntas originales que se le hicieron al joven Proust, a los quince años, para el álbum de Antoinette Faure, su compañera de juegos en los Champs-Élysées. El segundo cuestionario que se le hizo fue a finales de 1892, a los veintiún años, titulándolo él mismo Proust por sí mismo.
El amable y lúdico interrogatorio quiere sondear las inclinaciones y los gustos del personaje en cuestión y plantea preguntas como las siguientes:
La cualidad moral que prefiere.
"Todas las que no son particulares de una secta, las universales", contestó el novelista francés.
Las cualidades que prefiere en un hombre.
"La inteligencia, el sentido moral."
Su noción de la felicidad.
"Vivir cerca de todos los que amo con los encantos de la naturaleza, una cantidad de libros y partituras, y no lejos de un teatro francés."
El principal rasgo de mi carácter.
"La necesidad de ser amado y, por precisar, la necesidad de ser acariciado y mimado mucho más que la necesidad de ser admirado", respondió Proust.
Lo que se ha hecho y se hace ahora respecto al cuestionario de Proust son variaciones como las que leyó y contestó el siciliano Gesualdo Bufalino en 1986:
¿Cuál es el colmo de la miseria?
"Sobrevivir."
¿Por cuáles errores tiene mayor indulgencia?
"Por los errores de juventud."
Sus directores preferidos.
"Kurosawa, Stroheim, Clair, Ophulus, Fellini."
¿Qué cualidad privilegia en un hombre?
"El silencio, o al menos la reticencia."
¿Cuál es su ocupación favorita?
"Recordar."
¿Quién le gustaría haber sido?
"El marido de Sherezade."
¿Cuál es el rasgo distintivo de su carácter?
"La egofobia."
¿Qué es lo que más aprecia de sus amigos?
La ausencia.
¿Cuál es su principal defecto?
"No saber despreciar."
* * *
En ese tenor se me ha ocurrido que así, a boca de jarro, una variación del célebre cuestionario podría presentarse en los siguientes términos:
Si fuera un libro ¿cuál sería?
Pedro Páramo.
Si fuera un animal, ¿cuál sería?
El halcón peregrino; es el ave que vuela más alto, caza a su presa volando y se alimenta también durante el vuelo, así podría ver la tierra como desde una avioneta.
Si fuera una flor ¿cuál sería?
El ave del paraíso.
Si pudiera reencarnar en persona o cosa, ¿en quién escogería?
En Marcello Mastroiani, porque le pagaban por jugar… el trabajo del actor visto como un juego de niños.
¿Cuál es su concepto de felicidad?
El primer exprés por la mañana y abrir los periódicos.
Para usted ¿en qué consiste el amor?
En respetar los secretos del otro.
¿Quiénes son las personas a las que más admira?
A las que tienen compasión por los demás.
¿Cuál es su mayor extravagancia?
Decir en francés, italiano e inglés las primeras frases de Cien años de soledad y de Pedro Páramo.
¿Cuál es su objeto más preciado?
Mi pluma fuente.
¿Qué cualidad admira más en el hombre?
La paciencia.
¿Y qué cualidad admira más en la mujer?
La estructura moral.
¿Cuál ha sido su mayor triunfo?
Vivir en pareja.
¿Cuándo y dónde es más feliz?
En mi escritorio, en las noches.
¿Cómo se autodefiniría?
Como disperso y melancólico, pero feliz.
¿Cuál es su mayor defecto?
La desidia.
¿Cuáles son sus pintores favoritos?
Paolo Ucello, Caravaggio y Bacon.
¿Y actores y actrices de cine?
Marlon Brando, Jack Nicholson, Al Pacino, Robert De Niro, Juliette Binoch, Liv Ulman, Ingrid Thuling
Bibi Anderson, Julianne Moore, Isabelle Hupert.
¿Quiénes son sus cineastas favoritos?
Bergman, Visconti, Scorsese.
Si fuera una silla ¿de qué estilo sería?
Hindú.
Si fuera una enchilada, ¿de qué sería?
De huitlacoche.
Si fuera un invento, ¿cuál escogería ser?
El microscopio.
¿Cuál es su pasatiempo.
Ver películas.
¿Cuál ha sido su viaje inolvidable?
A Sicilia, en 1962, a los 20 años.
¿Qué le disgusta más de los demás?
La intolerancia.
¿Qué le disgusta más de su apariencia?
Mi aspecto tímido y desatento.
¿Cuál es su mayor temor?
No ser amado.
¿Cuál es su vicio?
Mi adicción secreta es inconfesable, pero tiene que ver con las imágenes.
¿Quiénes son sus héroes de ficción?
Hamlet, Holden Caulfield, Philip Marlowe y Lord Jim.
¿Cuáles son sus platillos favoritos?
El menudo sonorense con pata y la machaca de Navojoa.
¿Y bebidas?
El agua.
¿Cómo le gustaría morir?
Al son del Querrequé.
¿Quiénes son sus escritores favoritos?
Borges, Kafka, Chejov, Beckett, García Márquez y Juan Rulfo.
Si fuera una estrella de cine ¿cómo quién escogería ser?
Como Marlon Brando.
Si fuera una película ¿cuál sería?
Rocco y sus hermanos.
Si fuera un color ¿cuál sería?
Azul Francia.
¿Y una textura?
Como la del cuero.
¿Y un instrumento musical?
Un violín.
Si fuera un árbol ¿cómo cuál sería?
Como el laurel de la India.
¿Y un metal?
Como el oro de Cananea.
¿Y una piedra preciosa?
La esmeralda.
Si fuera un sonido ¿de qué sería?
De flauta.
¿Y una canción?
Como Imagine, de John Lennon.
¿Y un paisaje?
Como el de los alrededores de Tlacotalpan.
¿Cuál es su músico favorito?
Schubert.
¿Y su intérprete?
Mitsuko Uchida.
¿Cuál es su ciudad mexicana favorita?
Oaxaca.
¿Cuál es el lugar más bello del país?
Tlacotalpan.
¿Y un postre?
El helado de limón.
¿Cuál ha sido el mejor regalo que ha recibido?
El nacimiento de mi hijo.
¿Y su sorpresa mayor?
Que cayera el PRI.
¿Y su mayor susto?
El temblor del 85.
Si pudiera pedir tres deseos al Aladino de la lámpara, ¿qué le pediría?
Que descubriera una cura para el sida, que quitara la contaminación del DF y que me regalara un BMW de cambios.
Thursday, January 10, 2008
Propaganda electoral
A Carmen Aristegui
Desde los tiempos del imperio romano se sabe que el derecho de uno termina donde empieza el derecho ajeno. Por lo mismo en prácticamente todas las constituciones las libertades están acotadas y se delimitan según las experiencias y las características culturales de cada país. La libertad de tránsito, por ejemplo, no es absoluta: no puede uno desplazarse en auto o a pie por los terrenos de un rancho que son propiedad privada. La misma libertad de expresión —que es la que se invoca ahora que las reformas a la ley electoral restringen a los ciudadanos la voluntad de comprar tiempos en la televisión durante las campañas electorales— se topa con el impedimento de no injuriar o difamar a nadie.
Nunca antes en la historia —o por lo menos antes de las elecciones estadounidenses de 1960, cuando se enfrentaron Kennedy y Nixon– había habido un factor como la televisión y la radio que han venido a cambiar las formas de hacer política y de competir por el poder, aunque la masificación de la radio (al menos en Alemania e Italia) ya se daba en los años 30 para promover el nacional socialismo y el fascismo. Pero en cosa de cincuenta años la profusión de los medios y su refinamiento tecnológico, así como de los nuevos cárteles de las comunicaciones, ha venido a plantear muy seriamente si la televisión y la radio obran a favor o en contra de la vida democrática y de la convivencia civil. Su poder puede caer en manos de grupos monopólicos que quieren controlar al Estado. No pocos se preguntan si un bombardeo tupido de spots —de preferencia negativos y denigratorios, al estilo norteamericano— puede determinar una elección en un sentido o en otro. Es muy posible, como lo cree el especialista en la guerra sucia electoral, Dick Morris, que asesoró a los panistas durante el primer semestre de 2006.
Hay un gran número de militantes políticos que están convencidos de que el golpeteo y la difamación son eficaces para derrotar al adversario y que se debe permitir porque así se acostumbra en Estados Unidos. En la guerra de las creencias políticas, que se procrean desde la infancia y en la familia, no todos escogen las ideas y las frases que confirman sus puntos de vista. Muchos votantes, los menos informados y educados, sí responden a las emociones que les remueve la propaganda.
No son pocas las naciones que con reglamentaciones electorales de plano prohiben la propaganda pagada por televisión; la autoridad asigna tiempo a cada partido y da lineamientos al formato de la propaganda electoral televisiva que no puede comprarse de otra manera, en Francia por ejemplo. En España las televisiones públicas están obligadas a ceder espacios gratuitos a los partidos que concurren a las elecciones, quedando terminantemente prohibida cualquier contratación de espacios de propaganda electoral.
Juan Manuel Herreros López ha hecho estudios de derecho comparado entre diversas reglamentaciones electorales de varios países.
“En Alemania y España han sido los legisladores quienes han establecido los criterios para determinar qué formaciones políticas pueden emitir propaganda electoral, así como las condiciones en las que lo pueden hacer."
En Francia, Italia e Inglaterra no son los legisladores quienes determinan qué formaciones políticas tienen acceso a la programación en periodos electorales. Estas competencias en Francia se atribuyen al Conseil Supérior de l’Audiovisuel. En Inglaterra la BBC y los canales privados están obligados a ofrecer acceso a la programación a todos los partidos políticos que compitan. Por último, en Italia la Commissione parlamentare per l’indirizzo genérale e la vigilanza dei servizi televisivi es el órgano encargado de determinar cómo se lleva a cabo el acceso en periodo electoral. Sin embargo, nos dice el jurista español, la Corte Suprema italiana “declaró que cualquier control del Gobierno sobre la programación emitida por la televisión pública debía considerarse incompatible con la libertad de expresión y con la imparcialidad que debe regir la información recibida por los ciudadanos”.
Si en Estados Unidos se tiene la menor reglamentación electoral, también es cierto que —según la fairness doctrine— con el “acceso condicionado” se intenta garantizar que cualquier persona contra la que se realicen manifestaciones en algún medio audiovisual pueda tener acceso al mismo para defenderse.
En Costa Rica, según nos ilustra Hugo Alfonso Muñoz, los afectados por la propaganda lesiva al honor de las personas pueden acudir a los tribunales, pero la respuesta llega tarde, cuando ya ha pasado el proceso electoral y el daño se ha consolidado.
Hugo Alfonso Muños disiente de una decisión de la Sala Constitucional que prefirió la libertad de injuriar, difamar y calumniar, a la potestad del Tribunal Supremo de Elecciones de suspenderla.
La inconveniencia de mantener el principio de libertad de expresión, sin reglamentaciones y límites, puede ilustrarse con el caso de un narcotraficante que, por venganza o resentimiento, decide calumniar en la tele a un candidato causándole un daño desproporcionado, abusivo e irreparable. “El narcotraficante puede convertirse en el árbitro del proceso electoral… Ante tales manifestaciones, el Tribunal Supremo de Elecciones no puede suspender esa publicidad, aunque ésta descienda a los límites más indecorosos e inmorales que ofendan la moral pública y transmita valores destructivos para la niñez y la juventud”.
Desde los tiempos del imperio romano se sabe que el derecho de uno termina donde empieza el derecho ajeno. Por lo mismo en prácticamente todas las constituciones las libertades están acotadas y se delimitan según las experiencias y las características culturales de cada país. La libertad de tránsito, por ejemplo, no es absoluta: no puede uno desplazarse en auto o a pie por los terrenos de un rancho que son propiedad privada. La misma libertad de expresión —que es la que se invoca ahora que las reformas a la ley electoral restringen a los ciudadanos la voluntad de comprar tiempos en la televisión durante las campañas electorales— se topa con el impedimento de no injuriar o difamar a nadie.
Nunca antes en la historia —o por lo menos antes de las elecciones estadounidenses de 1960, cuando se enfrentaron Kennedy y Nixon– había habido un factor como la televisión y la radio que han venido a cambiar las formas de hacer política y de competir por el poder, aunque la masificación de la radio (al menos en Alemania e Italia) ya se daba en los años 30 para promover el nacional socialismo y el fascismo. Pero en cosa de cincuenta años la profusión de los medios y su refinamiento tecnológico, así como de los nuevos cárteles de las comunicaciones, ha venido a plantear muy seriamente si la televisión y la radio obran a favor o en contra de la vida democrática y de la convivencia civil. Su poder puede caer en manos de grupos monopólicos que quieren controlar al Estado. No pocos se preguntan si un bombardeo tupido de spots —de preferencia negativos y denigratorios, al estilo norteamericano— puede determinar una elección en un sentido o en otro. Es muy posible, como lo cree el especialista en la guerra sucia electoral, Dick Morris, que asesoró a los panistas durante el primer semestre de 2006.
Hay un gran número de militantes políticos que están convencidos de que el golpeteo y la difamación son eficaces para derrotar al adversario y que se debe permitir porque así se acostumbra en Estados Unidos. En la guerra de las creencias políticas, que se procrean desde la infancia y en la familia, no todos escogen las ideas y las frases que confirman sus puntos de vista. Muchos votantes, los menos informados y educados, sí responden a las emociones que les remueve la propaganda.
No son pocas las naciones que con reglamentaciones electorales de plano prohiben la propaganda pagada por televisión; la autoridad asigna tiempo a cada partido y da lineamientos al formato de la propaganda electoral televisiva que no puede comprarse de otra manera, en Francia por ejemplo. En España las televisiones públicas están obligadas a ceder espacios gratuitos a los partidos que concurren a las elecciones, quedando terminantemente prohibida cualquier contratación de espacios de propaganda electoral.
Juan Manuel Herreros López ha hecho estudios de derecho comparado entre diversas reglamentaciones electorales de varios países.
“En Alemania y España han sido los legisladores quienes han establecido los criterios para determinar qué formaciones políticas pueden emitir propaganda electoral, así como las condiciones en las que lo pueden hacer."
En Francia, Italia e Inglaterra no son los legisladores quienes determinan qué formaciones políticas tienen acceso a la programación en periodos electorales. Estas competencias en Francia se atribuyen al Conseil Supérior de l’Audiovisuel. En Inglaterra la BBC y los canales privados están obligados a ofrecer acceso a la programación a todos los partidos políticos que compitan. Por último, en Italia la Commissione parlamentare per l’indirizzo genérale e la vigilanza dei servizi televisivi es el órgano encargado de determinar cómo se lleva a cabo el acceso en periodo electoral. Sin embargo, nos dice el jurista español, la Corte Suprema italiana “declaró que cualquier control del Gobierno sobre la programación emitida por la televisión pública debía considerarse incompatible con la libertad de expresión y con la imparcialidad que debe regir la información recibida por los ciudadanos”.
Si en Estados Unidos se tiene la menor reglamentación electoral, también es cierto que —según la fairness doctrine— con el “acceso condicionado” se intenta garantizar que cualquier persona contra la que se realicen manifestaciones en algún medio audiovisual pueda tener acceso al mismo para defenderse.
En Costa Rica, según nos ilustra Hugo Alfonso Muñoz, los afectados por la propaganda lesiva al honor de las personas pueden acudir a los tribunales, pero la respuesta llega tarde, cuando ya ha pasado el proceso electoral y el daño se ha consolidado.
Hugo Alfonso Muños disiente de una decisión de la Sala Constitucional que prefirió la libertad de injuriar, difamar y calumniar, a la potestad del Tribunal Supremo de Elecciones de suspenderla.
La inconveniencia de mantener el principio de libertad de expresión, sin reglamentaciones y límites, puede ilustrarse con el caso de un narcotraficante que, por venganza o resentimiento, decide calumniar en la tele a un candidato causándole un daño desproporcionado, abusivo e irreparable. “El narcotraficante puede convertirse en el árbitro del proceso electoral… Ante tales manifestaciones, el Tribunal Supremo de Elecciones no puede suspender esa publicidad, aunque ésta descienda a los límites más indecorosos e inmorales que ofendan la moral pública y transmita valores destructivos para la niñez y la juventud”.
Tuesday, December 11, 2007
La era de la criminalidad
Tal vez tengan que pasar varios años para discernir si a nuestra época se le identificará históricamente con la criminalidad. Las nociones de Estado, país, nación, gobernabilidad, tanto como los indicadores económicos, cambian de matiz o sustancialmente y es probable que necesitemos nuevas categorías para entenderlos. Porque hay un factor que siempre ha estado en las sociedad pero que nunca había tenido una beligerancia tan portentosa como la de ahora: la delincuencia organizada.
Somos contemporáneos de la mundialización del delito.
Las estadísticas que tratan de establecer el producto interno bruto, el ingreso per capita, el índice de las remesas procedentes del exterior, la cantidad de millones de dólares que los mexicanos guardan o invierten en otros países, se distorsionan porque no se pueden calcular los flujos de la economía criminal.
Hemos transitado de la era de las ideologías a la criminal porque, a pesar del desarrollo tecnológico o gracias a él, estamos asistiendo a una cada vez mayor criminalización del mundo. Esta toma de conciencia (más que una sospecha) no es nueva. Ya en los años 70 se hablaba, por lo menos entre los escritore, de una “sicilianización” del planeta, como si el modus operandi de la mafia hubiera permeado las formas de hacer política y de gobernar. Había ya la sensación de que se mezclaba la actividad delincuencial con el ejercicio del poder formal del Estado, en todas sus dimensiones: ejecutiva, legislativa y judicial. En esta transformación los jueces (los magistrados que llevan la toga pretexta) son tan importantes como los legisladores y los funcionarios administrativos. Y la policía, por supuesto. Sobre todo la policía y el ejército. El interés general (o el llamado bien común) se ha perdido de vista y se gobierna para proteger a los diversos grupos hegemónicos de cada país. En el caso de México es evidente: un país saqueado, en manos de unos veinticinco grupos de compadres, empresarios y políticos. Mientras los narcotraficantes hacen su rancho aparte.
No estaríamos hablando de estas cosas si no fuera por un libro recientemente aparecido: El G-9 de las mafias en el mundo (Editorial Urano, 2007), obra del criminólogo francés Jean-François Gayraud.
“Las mafias no son un fenómeno marginal, sino un poder oculto y configurador del escenario mundial que maneja cifras de dinero mareantes”, dice Fernando Martínez Laínez en el suplemento literario del diario madrileño ABC.
“Se trata de una realidad geopolítica instalada en la médula del entramado político y económico de la sociedad.”
El autor señala que fundamentalmente actúan en el mundo nueve mafias: la siciliana Cosa Nostra por supuesto, la Cosa Nostra estadounidense, la Camorra de Nápoles, la N’drangheta de Calabria, la Sacra Corona Unita de la Puglia, la Mafyya turca, la Mafia albanesa, la Yakuza japonesa y las Tríadas chinas. (Tal vez le faltó la mafia rusa.) De hecho estas organizaciones de algún modo gobiernan, especialmente en regiones de un país a donde no llega el poder del Estado. Si hay un vacío, la mafia lo llena. Manejan cada año miles de millones de euros o de dólares que se funden en el amasijo de las finanzas internacionales: bancos, casas de cambio, casinos, books de apuestas, paraísos fiscales, industria de la construcción, hotelería.
Casi todas esas mafias tienen sus ritos secretos, son muy rituales y el pacto de sangre —al jurar fidelidad a Cosa Nostra, por ejemplo— no es infrecuente. Y su poder se ejerce, para mantenerlo, mediante una estructura criminal que mata y esconde los cadáveres (en toneles de ácido, por ejemplo). Si se necesitara otra palabra para denominar a la mafia ésa palabra sería sangre. En muchos lugares del mundo, las mafias llegan a tener una capacidad de fuego superior a la del ejército oficial y dominan territorios y poblaciones no necesariamente pequeñas. Llegan incluso en el continente americano a cobrar el pizzo, la extorsión a los negocios típicamente siciliana. Se dice que en México, en algunas regiones, ya se empieza esta práctica.
Y es que todo empezó en Sicilia, hará unos 150 años, hacia mediados del siglo XX, cuando en las enormes extensiones para el cultivo de cítricos, ciertos guardias blancas empezaron a apropiarse de las haciendas y a extorsionar hasta hacer que la protección se incluyera como un insumo imprescindible (como el capital y el trabajo) en la producción. A partir de allí, todo fue imitación, contagio colectivo, y exportación de esa cultura criminal hacia Nueva York, por ejemplo.
Si en México los espacios del crimen no hubieran estado cubiertos por los políticos y los militares, seguramente también la mafia hubiera sentado sus reales entre nosotros.
Entonces, más que la “era de la información”, como le gusta llamarla a Manuel Castells, estaríamos viviendo ya en la “era de la criminalidad” como nunca antes en la historia, por su profusión, por su fuerza, por su liga secreta y solapada con representantes del Estado, los partidos políticos y los jueces de la más alta investidura, como los de la Suprema Corte.
Somos contemporáneos de la mundialización del delito.
Las estadísticas que tratan de establecer el producto interno bruto, el ingreso per capita, el índice de las remesas procedentes del exterior, la cantidad de millones de dólares que los mexicanos guardan o invierten en otros países, se distorsionan porque no se pueden calcular los flujos de la economía criminal.
Hemos transitado de la era de las ideologías a la criminal porque, a pesar del desarrollo tecnológico o gracias a él, estamos asistiendo a una cada vez mayor criminalización del mundo. Esta toma de conciencia (más que una sospecha) no es nueva. Ya en los años 70 se hablaba, por lo menos entre los escritore, de una “sicilianización” del planeta, como si el modus operandi de la mafia hubiera permeado las formas de hacer política y de gobernar. Había ya la sensación de que se mezclaba la actividad delincuencial con el ejercicio del poder formal del Estado, en todas sus dimensiones: ejecutiva, legislativa y judicial. En esta transformación los jueces (los magistrados que llevan la toga pretexta) son tan importantes como los legisladores y los funcionarios administrativos. Y la policía, por supuesto. Sobre todo la policía y el ejército. El interés general (o el llamado bien común) se ha perdido de vista y se gobierna para proteger a los diversos grupos hegemónicos de cada país. En el caso de México es evidente: un país saqueado, en manos de unos veinticinco grupos de compadres, empresarios y políticos. Mientras los narcotraficantes hacen su rancho aparte.
No estaríamos hablando de estas cosas si no fuera por un libro recientemente aparecido: El G-9 de las mafias en el mundo (Editorial Urano, 2007), obra del criminólogo francés Jean-François Gayraud.
“Las mafias no son un fenómeno marginal, sino un poder oculto y configurador del escenario mundial que maneja cifras de dinero mareantes”, dice Fernando Martínez Laínez en el suplemento literario del diario madrileño ABC.
“Se trata de una realidad geopolítica instalada en la médula del entramado político y económico de la sociedad.”
El autor señala que fundamentalmente actúan en el mundo nueve mafias: la siciliana Cosa Nostra por supuesto, la Cosa Nostra estadounidense, la Camorra de Nápoles, la N’drangheta de Calabria, la Sacra Corona Unita de la Puglia, la Mafyya turca, la Mafia albanesa, la Yakuza japonesa y las Tríadas chinas. (Tal vez le faltó la mafia rusa.) De hecho estas organizaciones de algún modo gobiernan, especialmente en regiones de un país a donde no llega el poder del Estado. Si hay un vacío, la mafia lo llena. Manejan cada año miles de millones de euros o de dólares que se funden en el amasijo de las finanzas internacionales: bancos, casas de cambio, casinos, books de apuestas, paraísos fiscales, industria de la construcción, hotelería.
Casi todas esas mafias tienen sus ritos secretos, son muy rituales y el pacto de sangre —al jurar fidelidad a Cosa Nostra, por ejemplo— no es infrecuente. Y su poder se ejerce, para mantenerlo, mediante una estructura criminal que mata y esconde los cadáveres (en toneles de ácido, por ejemplo). Si se necesitara otra palabra para denominar a la mafia ésa palabra sería sangre. En muchos lugares del mundo, las mafias llegan a tener una capacidad de fuego superior a la del ejército oficial y dominan territorios y poblaciones no necesariamente pequeñas. Llegan incluso en el continente americano a cobrar el pizzo, la extorsión a los negocios típicamente siciliana. Se dice que en México, en algunas regiones, ya se empieza esta práctica.
Y es que todo empezó en Sicilia, hará unos 150 años, hacia mediados del siglo XX, cuando en las enormes extensiones para el cultivo de cítricos, ciertos guardias blancas empezaron a apropiarse de las haciendas y a extorsionar hasta hacer que la protección se incluyera como un insumo imprescindible (como el capital y el trabajo) en la producción. A partir de allí, todo fue imitación, contagio colectivo, y exportación de esa cultura criminal hacia Nueva York, por ejemplo.
Si en México los espacios del crimen no hubieran estado cubiertos por los políticos y los militares, seguramente también la mafia hubiera sentado sus reales entre nosotros.
Entonces, más que la “era de la información”, como le gusta llamarla a Manuel Castells, estaríamos viviendo ya en la “era de la criminalidad” como nunca antes en la historia, por su profusión, por su fuerza, por su liga secreta y solapada con representantes del Estado, los partidos políticos y los jueces de la más alta investidura, como los de la Suprema Corte.
La coartada de la legalidad
El poder es la capacidad
de una clase para
defender sus intereses.
—Nicos Poulantzas
La reciente exoneración que la Suprema Corte de Justicia “obsequió” al gobernador de Puebla Mario Marín nos ha puesto a reflexionar en el sentido de la justicia. Vemos, una vez más que —en última instancia, que es la de la SCJ— esa justicia depende de la subjetividad de los jueces. Y en esa subjetividad caben la debilidad humana, las emociones, la ideología, la biografía personal, el estado de ánimo, las creencias políticas y religiosas, las relaciones de poder, los intereses políticos y económicos, e inclusive los altos sueldos con los que se les remunera.
La política de los sueldos altos ilustra muy bien algo que parece ser una contradicción en los términos: la corrupción legalizada.
Unos magistrados pueden decidir que no hubo una acción concertada entre funcionarios tendiente a violar las garantías individuales de la periodista Lydia Cacho y que no deben sancionar como prueba válida una grabación conseguida de manera ilegal. Otros —que saben tanto derecho y cuentan con tanta experiencia judicial como los otros— sostienen que sí hubo elementos de sobra para estatuir que fueron violadas las garantías individuales de la autora de Los demonios del Edén y que la grabación, en el contexto de la pederastria, era una hipótesis que adquiriría valor probatorio si otros hechos (como los recogidos por la Comisión de Investigación) la refrendaban.
En la investigación, en su carácter de ministro instructor, Juan Silva Meza planteó la responsabilidad de treinta funcionarios y exfuncionarios de los poderes Ejecutivo y Judicial de Puebla y Quintana Roo por haberse concertado para violar las garantías de Lydia Cacho. Hubo un aprovechamiento y un uso ilegítimo del aparato de gobierno en contra de una persona y a satisfacción de otra. Todavía más: se trató de una componenda en la que se violaron los principios de división de poderes, del federalismo y de la independencia judicial.
En contra del dictamen estuvieron:
Sergio Aguirre Anguiano: “Para mí no existe probado, con prueba idónea, en la especie, que la señora Cacho haya sufrido violación grave de sus garantías individuales.”
Mariano Azuela Güitron: “No está probada la violación gravísima de garantías individuales.”
Margarita Luna Ramos: “Sí pudo haber violaciones a sus garantías individuales, pero violaciones posiblemente resarcibles… a través de los medios jurídicos que establece nuestro propio sistema jurídico.”
Olga Sánchez Cordero: “Es inexacto lo que se afirma en el sentido de que existen elementos suficientes para tener por demostrada la injerencia del funcionario…”
Guillermo Ortiz Mayagoitia: La grabación “demuestra una intervención aislada para que se llevara adelante un proceso penal, cuyas irregularidades… Yo diría que son irregularidades menores… en todo caso una señal mal interpretada por parte de quienes ejecutaron los restantes actos”.
Sergio Valls Hernández: “No se acredita de manera fehaciente violaciones graves a las garantías individuales de la señora Lydia Cacho.”
A favor se pronunciaron:
José Ramón Cossío: De las llamadas telefónicas se desprenden ciertos patrones “que permiten comprobar una violación grave derivada de un concierto de autoridades”.
Genaro Góngora Pimentel: “Para mí sí quedó probada la violación grave. Para mí sí hubo concierto de autoridades.”
José de Jesús Gudiño Pelayo: “Yo creo que sí hubo violación grave de garantías individuales. Considero que sí hubo concierto de autoridades.”
Juan Silva Meza: “Sí queda probada la violación grave de garantías individuales… Sí existió concierto de autoridades para llevar a cabo esa violación… Tengo la convicción plena de que en un Estado constitucional y democrático de derecho, la impunidad no tiene cabida”.
Se cancela también con esta resolución la posibilidad de que en otras instancias del poder judicial algún juez federal se atreva a proceder en contra del gobernador Mario Marín sabiendo cuál fue el parecer de la Corte. Y con todo ello puede darse por finiquitado el asunto, como cosa juzgada. Una vez establecida la “verdad jurídica” se entiende que ya se hizo justicia. Ya no hay instancia más arriba. Todo se encomienda a la “interpretación”. Y con esa “verdad técnica” se cierra el circuito de la legalidad.
Lo que fue un golpe bajo por parte de la Corte ha sido la omisión de las redes de pornografía infantil y el abuso sexual de menores que están en el trasfondo y respecto de los cuales la Comisión de Investigación recogió no pocos testimonios. En términos prácticos, no necesariamente jurídicos, esa exclusión equivale a un encubrimiento.
Ha sucedido como en Rashomon, la película de Akira Kurosawa: cinco personas presencian un asesinato (desde cinco puntos de vista o lugares diferentes) y cada una ve algo distinto. Con otras palabras, Luigi Pirandello venía a decir más o menos lo mismo: en este mundo cada quien ve la “realidad” que le conviene.
Este golpe bajo a quienes querían creer en la justicia ha significado también —por las componendas electorales del candidato del PAN a la presidencia en 2006— un descrédito para el régimen actual. Siempre los jueces que visten la toga pretexta encontrarán una justificación legal para decidir una cosa o su contrario, como se pudo entrever el año pasado en el Tribunal Federal Electoral que dejó la estela de unas elecciones sospechosas. Está en la naturaleza misma del acto de juzgar. Por lo mismo, en Estados Unidos se habla de jueces “conservadores” y jueces “liberales” al considerar como inevitable la subjetividad ideológica. Y en México todo se hace dentro de la “normatividad”, todo es legal. Todos los días alguien se roba algo del erario público, pero ha de documentarse dentro de la legalidad para el caso de que haya una auditoría. Nadie roba fuera de la ley. Es una de las contribuciones más originales de México a la cultura de la corrupción.
Wednesday, December 05, 2007
El cerebro y la música
Las más recónditas regiones del cerebro no son insensibles al arte de bien combinar los sonidos y el tiempo. Los efectos de la música en el estado de ánimo se han reconocido desde hace mucho tiempo, a tal grado que no pocas personas y psicoterapeutas se toman ahora más en serio que nunca las virtudes de la musicoterapia. Pero el libro de Oliver Sacks, Musicophilia (historias sobre el cerebro y la música) no se detiene en este uso actual de la música. Se refiere más bien a ciertos casos en los que la víctima de un accidente, con lesión en cierta parte del cerebro, cambia su actitud ante la música.
Y se puede entender muy bien esta observación del escritor neurólogo, Oliver Saacks, el mismo que firma los ya célebres libros como Migraña, Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Basta hacer memoria y traer a la conversación con nuestro desocupado y atento lector la experiencia o la relación que uno ha tenido con la música. A mí me ha parecido que en mi segunda década de estancia en este mundo, hacia los catorce años, cuando iba a terminar la secundaria, yo tenía una mayor sensibilidad ante la música. En el verano de 1954 en Tijuana, mientras transcurrían apaciblemente julio y agosto, yo me encerraba en mi cuarto a escuchar una composición de Schubert que ha sido la banda sonora de mi vida: Rosamunda. Había yo comprado unas bocinas en una tienda de San Diego y me hice de dos cajas de cartón en las que inserté cada bocina sobre un círculo previamente dibujado y recortado. Me coloqué en medio de las dos bocinas, que quedaron a ambos lados de la cama, y nunca como entonces he vuelto a sentir una emoción tan fuerte con la música. Nunca más, en el resto de mi vida.
Viví muchos años no indiferente pero sí muy poco apasionado respecto a la música. Sin embargo, por no sé qué razón concreta, hará unos cinco que empecé a enamorarme de todas las sonatas de Mozart y de Schubert. Tanto que actualmente vivo entre dos mujeres pianistas y aún no sé por cuál decidirme: la portuguesa María Joâo Pires y la japonesa Mitsuko Uchida. No hay día en que no oiga algunas de los sonatas de Schubert y los impromptus, interpretados por esas dos damas virtuosas.
La primera historia que relata Oliver Sacks es la de un cirujano ortopedista, Tony Cicoria, que pasaba un día de campo con su familia. De pronto, se acercó a una cabina telefónica, una tarde de 1994, en algún pueblo de estado de Nueva York, y le cayó un rayo. Apenas vio el relámpago cuando ya estaba saliendo disparado hacia atrás.
Cicoria creyó que estaba muerto, pero el dolor le indicó lo contrario: sólo los cuerpos vivos sienten dolor.
—Estoy bien —le dijo a la enfermera de cuidados intensivos—. Soy médico.
—Pues hace unos minutos no estaba nada bien.
Luego fue a ver a un neurólogo porque se sentía lento y débil y con problemas de memoria. Se le olvidaban los nombres de personas que conocía. Se hizo unas pruebas y nada parecía fuera de lugar. Semanas después volvió a su trabajo. Tenía aún ciertas fallas de memoria pero sus habilidades quirúrgicas estaban tan bien que nunca. Volvió, pues a la normalidad, pero poco a poco empezó a sentir una insaciable deseo de escuchar música de piano. Y eso no tenía nada que ver con su personalidad de antes del traumático rayo. Había tomado algunas lecciones de música cuando era más joven, pero sin mayor interés. En su casa no había piano. Sólo escuchaba rock. Empezó entonces a compra discos y se obsesionó con una grabación del pianista Vladimir Ashkenazy, unas piezas de Chopin: “Viento de invierno”, una polonesa y “Teclas negras”. Se moría de ganas de tocarlas.
La música se le metió en la cabeza. Soñaba con música. Se compró un piano y se puso a estudiar formalmente música. No sólo estaba inspirado. Estaba poseído por la música. Empezó también a interesarse en leer libros. Leyó sobre experiencias de cercanía con la muerte y sobre relámpagos. Seguía trabajando como cirujano, pero su cabeza y su corazón estaban en la música. Se divorció en 2004 y tuvo un accidente de motocicleta, pero nunca perdió su pasión por la música. El rayo le cambió su sensibilidad.
Y es que la música nos puede llevar a profundas emociones. Nos puede persuadir para comprar algo o hacernos recordar a nuestro primer amor. Nos puede sacar poco a poco de una depresión (oígase al sonata No. 14 en C menor KV 457 de Mozart interpretada por Mitsuko Uchida) porque es indudable que la música ocupa más zonas del cerebro que el lenguaje mismo. Los seres humanos, dice Sacks, somos una especie musical.
Las historias que cuenta Oliver Sacks acerca de personas que tratan de trascender o sobrellevar sus disfunciones y a adaptarse a diferentes situaciones neurológicas nos han llevado a cambiar la forma en que pensamos acera del cerebro y la experiencia humana. En Musicophilia examina el poder de la música en pacientes, músicos, y gente común y corriente, desde al caso de Tony Cicoria hasta el de unos niños con síndrome de Williams que son hipermusicales desde que nacieron; desde la gente con “amusia”, para quienes una sinfonía suena como un choque de cacerolas y ollas, hasta el caso de un hombre que no recuerda nada musical más allá de siete segundos.
Sacks nos habla también de alucinaciones musicales irreprimibles, que siguen de día y de noche incontrolables. Y del efecto de la música en enfermos de Parkinson o de Alzheimer.
* * *
Musicophilia Tales of Music and the Brain. Oliver Sacks. Alfred A. Knopf. New York, 2007
http://padrememoria.blogspot.com/
Y se puede entender muy bien esta observación del escritor neurólogo, Oliver Saacks, el mismo que firma los ya célebres libros como Migraña, Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Basta hacer memoria y traer a la conversación con nuestro desocupado y atento lector la experiencia o la relación que uno ha tenido con la música. A mí me ha parecido que en mi segunda década de estancia en este mundo, hacia los catorce años, cuando iba a terminar la secundaria, yo tenía una mayor sensibilidad ante la música. En el verano de 1954 en Tijuana, mientras transcurrían apaciblemente julio y agosto, yo me encerraba en mi cuarto a escuchar una composición de Schubert que ha sido la banda sonora de mi vida: Rosamunda. Había yo comprado unas bocinas en una tienda de San Diego y me hice de dos cajas de cartón en las que inserté cada bocina sobre un círculo previamente dibujado y recortado. Me coloqué en medio de las dos bocinas, que quedaron a ambos lados de la cama, y nunca como entonces he vuelto a sentir una emoción tan fuerte con la música. Nunca más, en el resto de mi vida.
Viví muchos años no indiferente pero sí muy poco apasionado respecto a la música. Sin embargo, por no sé qué razón concreta, hará unos cinco que empecé a enamorarme de todas las sonatas de Mozart y de Schubert. Tanto que actualmente vivo entre dos mujeres pianistas y aún no sé por cuál decidirme: la portuguesa María Joâo Pires y la japonesa Mitsuko Uchida. No hay día en que no oiga algunas de los sonatas de Schubert y los impromptus, interpretados por esas dos damas virtuosas.
La primera historia que relata Oliver Sacks es la de un cirujano ortopedista, Tony Cicoria, que pasaba un día de campo con su familia. De pronto, se acercó a una cabina telefónica, una tarde de 1994, en algún pueblo de estado de Nueva York, y le cayó un rayo. Apenas vio el relámpago cuando ya estaba saliendo disparado hacia atrás.
Cicoria creyó que estaba muerto, pero el dolor le indicó lo contrario: sólo los cuerpos vivos sienten dolor.
—Estoy bien —le dijo a la enfermera de cuidados intensivos—. Soy médico.
—Pues hace unos minutos no estaba nada bien.
Luego fue a ver a un neurólogo porque se sentía lento y débil y con problemas de memoria. Se le olvidaban los nombres de personas que conocía. Se hizo unas pruebas y nada parecía fuera de lugar. Semanas después volvió a su trabajo. Tenía aún ciertas fallas de memoria pero sus habilidades quirúrgicas estaban tan bien que nunca. Volvió, pues a la normalidad, pero poco a poco empezó a sentir una insaciable deseo de escuchar música de piano. Y eso no tenía nada que ver con su personalidad de antes del traumático rayo. Había tomado algunas lecciones de música cuando era más joven, pero sin mayor interés. En su casa no había piano. Sólo escuchaba rock. Empezó entonces a compra discos y se obsesionó con una grabación del pianista Vladimir Ashkenazy, unas piezas de Chopin: “Viento de invierno”, una polonesa y “Teclas negras”. Se moría de ganas de tocarlas.
La música se le metió en la cabeza. Soñaba con música. Se compró un piano y se puso a estudiar formalmente música. No sólo estaba inspirado. Estaba poseído por la música. Empezó también a interesarse en leer libros. Leyó sobre experiencias de cercanía con la muerte y sobre relámpagos. Seguía trabajando como cirujano, pero su cabeza y su corazón estaban en la música. Se divorció en 2004 y tuvo un accidente de motocicleta, pero nunca perdió su pasión por la música. El rayo le cambió su sensibilidad.
Y es que la música nos puede llevar a profundas emociones. Nos puede persuadir para comprar algo o hacernos recordar a nuestro primer amor. Nos puede sacar poco a poco de una depresión (oígase al sonata No. 14 en C menor KV 457 de Mozart interpretada por Mitsuko Uchida) porque es indudable que la música ocupa más zonas del cerebro que el lenguaje mismo. Los seres humanos, dice Sacks, somos una especie musical.
Las historias que cuenta Oliver Sacks acerca de personas que tratan de trascender o sobrellevar sus disfunciones y a adaptarse a diferentes situaciones neurológicas nos han llevado a cambiar la forma en que pensamos acera del cerebro y la experiencia humana. En Musicophilia examina el poder de la música en pacientes, músicos, y gente común y corriente, desde al caso de Tony Cicoria hasta el de unos niños con síndrome de Williams que son hipermusicales desde que nacieron; desde la gente con “amusia”, para quienes una sinfonía suena como un choque de cacerolas y ollas, hasta el caso de un hombre que no recuerda nada musical más allá de siete segundos.
Sacks nos habla también de alucinaciones musicales irreprimibles, que siguen de día y de noche incontrolables. Y del efecto de la música en enfermos de Parkinson o de Alzheimer.
* * *
Musicophilia Tales of Music and the Brain. Oliver Sacks. Alfred A. Knopf. New York, 2007
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Thursday, November 29, 2007
Proust neurocientífico
Como ha podido verse a lo largo de la historia, la ciencia no es la única vía que conduce al conocimiento, a pesar de que ahora se cree que puede descifrar todos los misterios. A la verdad, tarde o temprano, se llega por diversos caminos. Y suele ocurrir que primero la intuición de un artista adivine cierto comportamiento mental del organismo humano y que después la investigación científica lo corrobore. Se dice, de manera un tanto dogmática, que “todo está en el cerebro”. Nadie podría asegurarlo al cien por ciento porque los derroteros del arte son inescrutables.
Dado que los artistas trabajan con la percepción que se tiene a través de los cinco sentidos, no debería extrañar ahora que tarde o temprano la neurofisiología coincida con lo que entrevió el escritor o el pintor o un músico como Igor Stravinsky. O una novelista como Virginia Woolf que, sobre todo en Al faro, llegó a “observar” el río de su pensamiento y sus derrames hacia la enfermedad mental.
Jonah Lehrer, graduado de la Universidad de Columbia, ha trabajado en el laboratorio del Nobel neurocientífico Eric Kandel con la misma pasión que puso al desempeñarse como cocinero en Le Cirque 2000 y Le Barnardin, y es autor de un ya muy famoso blog en la red que responde al título de La corteza frontal. La novedad es que el joven escritor estadounidense ya ha dado a conocer su más reciente libro: Proust was a Neuroscientist, publicado por la Houghton Mifflin Company en Nueva York. ¿De qué se trata? ¿Cuál es la tesis?
La idea principal y rectora de este ensayo es que un grupo de artistas (un pintor, un poeta, un chef, un compositor y varios novelistas) han descubierto en el pasado ciertas verdades esenciales de la mente que sólo hasta ahora redescubre la investigación neurofisiológica. Nos enteramos, así, que Proust intuyó cómo funciona la memoria y altera —o colorea de otra manera— la materia recordada. Esto hasta ahora se está demostrando en el laboratorio de los neurobiólogos, pero con otras palabras estaba ya reconocido en las páginas de En busca del tiempo perdido, la obra maestra de Marcel Proust.
Si escribir consiste en saber hacer conexiones, Jonah Lehrer encuentra en un poema de Walt Whitman algo que —a pesar de la separación entre mente y cuerpo que hacía Descartes— vino ya a demostrar el neurólogo portugués Antonio Damasio: que no hay división alguna entre el alma y la carne, entre el cuerpo y eso que solía llamarse espíritu. Whitman decía que cuando a un hombre se le da de latigazos también se está lacerando su alma.
La novelista francesa George Eliot se dio cuenta muy bien de que en el cerebro hay una natural maleabilidad, es decir, que el cerebro tiene de suyo la capacidad de reconstruirse al menos en parte luego de una lesión: una admirable plasticidad. Lehrer también nos cuenta cómo el chef francés Auguste Escoffier dio con otro gusto, el quinto gusto, otra dimensión del paladar. Y en este orden de ideas trae a colación el caso del pintor Paul Cézanne que hizo observaciones sobre diversos matices de la visión que más tarde ha dilucidado la más refinada oftalmología. Pero tal vez al descubrimiento más interesante del libro es el que se refiere a la escritora Gertrude Stein que, sin pretensiones científicas, hizo ver la profunda estructura del lenguaje, cincuenta años antes de que en Estructuras sintácticas Noam Chomsky expusiera que el ser humano viene al mundo con una dotación genética —una gramática universal— para desarrollar el habla y la escritura, es decir, el lenguaje. Se nace, tal vez, con una predisposición innata a contar historias (a oírlas, a gozarlas, a escribirlas).
Tal vez no sea del todo sabio, pues, reducirlo todo a una mera cuestión de átomos, acrónimos y genes. La realidad humana no es tan simple, y su explicación en términos biológicos se sienta insatisfactoria. El sistema de medidas no es lo mismo que el entendimiento, y esto es lo que el arte sabe mejor que la ciencia. Por ello lo aconsejable es que artistas y científicos se lean cada vez más unos a otros. Los escritores deberían atender más las entrevisiones de las neurociencias.
Ya en una edad adulta, hacia los cincuenta años, Marcel Proust sintió de manera dramática el paso del tiempo. Todo se desvanecía, de manera cada vez más rápida. El asma lo condenó a vivir encerrado entre paredes de corcho. Y sólo pudo expresarse con lo único que tenía: la memoria. Empezó a escribir, escribir, escribir, y ponía tal atención al flujo de sus pensamientos y sus emociones y sus sueños que empezó, sin saberlo ni buscarlo, a entender el funcionamiento del cerebro y —en esa terra incognita— el de la memoria. La mantecada remojada en el té fue para él como la ingestión de un ácido lisérgico. Y aunque aparentemente tenía cierta debilidad por las frivolidades de la clase social que disecaba, poco a poco —gracias a la dinámica propia de la escritura— intuyó algunos de los principios de las neurociencias modernas. Bastante lo encaminó en esta asociación de ideas la lectura del filósofo Henri Bergson y de su libro Memoria y vida.
De todos los sentidos el olfato y el gusto fueron los que más intrigaron a Proust, acaso porque son los más relacionados con los sentimientos. Esto se debe, dice Lehrer, a que el olfato y el gusto son los únicos sentidos que conectan directamente con el hipocampo, centro por excelencia de la memoria a largo plazo en el teatro de operaciones cerebrales.
Otra cosa en la que reparó Proust es al carácter esencialmente cambiante y deformante de los trabajos de la memoria. Si no quieres adulterar nada del pasado no lo cuentes, parece advertir. Si no quieres matizarlo, no lo pienses. Porque más que reproducir, la memoria inventa, reorganiza en categorías el asunto recordado.
Así, el único paraíso es el paraíso perdido: el pasado. Y no era culpa suya, dice Lehrer: “Simplemente no hay manera de describir el pasado sin mentir.”
“Nuestra memoria no sólo parece ficción. Nuestra memoria es ficción.”
Y allí está el secreto de Proust: en que para recordar algo tenemos que recordarlo mal. Luego está la función del olvido, indispensable para pensar. Para editar el pensamiento. Olvidar es tan importante como recordar.
Incluso de la muerte se puede uno olvidar.
http://padrememoria.blogspot.com/
Dado que los artistas trabajan con la percepción que se tiene a través de los cinco sentidos, no debería extrañar ahora que tarde o temprano la neurofisiología coincida con lo que entrevió el escritor o el pintor o un músico como Igor Stravinsky. O una novelista como Virginia Woolf que, sobre todo en Al faro, llegó a “observar” el río de su pensamiento y sus derrames hacia la enfermedad mental.
Jonah Lehrer, graduado de la Universidad de Columbia, ha trabajado en el laboratorio del Nobel neurocientífico Eric Kandel con la misma pasión que puso al desempeñarse como cocinero en Le Cirque 2000 y Le Barnardin, y es autor de un ya muy famoso blog en la red que responde al título de La corteza frontal. La novedad es que el joven escritor estadounidense ya ha dado a conocer su más reciente libro: Proust was a Neuroscientist, publicado por la Houghton Mifflin Company en Nueva York. ¿De qué se trata? ¿Cuál es la tesis?
La idea principal y rectora de este ensayo es que un grupo de artistas (un pintor, un poeta, un chef, un compositor y varios novelistas) han descubierto en el pasado ciertas verdades esenciales de la mente que sólo hasta ahora redescubre la investigación neurofisiológica. Nos enteramos, así, que Proust intuyó cómo funciona la memoria y altera —o colorea de otra manera— la materia recordada. Esto hasta ahora se está demostrando en el laboratorio de los neurobiólogos, pero con otras palabras estaba ya reconocido en las páginas de En busca del tiempo perdido, la obra maestra de Marcel Proust.
Si escribir consiste en saber hacer conexiones, Jonah Lehrer encuentra en un poema de Walt Whitman algo que —a pesar de la separación entre mente y cuerpo que hacía Descartes— vino ya a demostrar el neurólogo portugués Antonio Damasio: que no hay división alguna entre el alma y la carne, entre el cuerpo y eso que solía llamarse espíritu. Whitman decía que cuando a un hombre se le da de latigazos también se está lacerando su alma.
La novelista francesa George Eliot se dio cuenta muy bien de que en el cerebro hay una natural maleabilidad, es decir, que el cerebro tiene de suyo la capacidad de reconstruirse al menos en parte luego de una lesión: una admirable plasticidad. Lehrer también nos cuenta cómo el chef francés Auguste Escoffier dio con otro gusto, el quinto gusto, otra dimensión del paladar. Y en este orden de ideas trae a colación el caso del pintor Paul Cézanne que hizo observaciones sobre diversos matices de la visión que más tarde ha dilucidado la más refinada oftalmología. Pero tal vez al descubrimiento más interesante del libro es el que se refiere a la escritora Gertrude Stein que, sin pretensiones científicas, hizo ver la profunda estructura del lenguaje, cincuenta años antes de que en Estructuras sintácticas Noam Chomsky expusiera que el ser humano viene al mundo con una dotación genética —una gramática universal— para desarrollar el habla y la escritura, es decir, el lenguaje. Se nace, tal vez, con una predisposición innata a contar historias (a oírlas, a gozarlas, a escribirlas).
Tal vez no sea del todo sabio, pues, reducirlo todo a una mera cuestión de átomos, acrónimos y genes. La realidad humana no es tan simple, y su explicación en términos biológicos se sienta insatisfactoria. El sistema de medidas no es lo mismo que el entendimiento, y esto es lo que el arte sabe mejor que la ciencia. Por ello lo aconsejable es que artistas y científicos se lean cada vez más unos a otros. Los escritores deberían atender más las entrevisiones de las neurociencias.
Ya en una edad adulta, hacia los cincuenta años, Marcel Proust sintió de manera dramática el paso del tiempo. Todo se desvanecía, de manera cada vez más rápida. El asma lo condenó a vivir encerrado entre paredes de corcho. Y sólo pudo expresarse con lo único que tenía: la memoria. Empezó a escribir, escribir, escribir, y ponía tal atención al flujo de sus pensamientos y sus emociones y sus sueños que empezó, sin saberlo ni buscarlo, a entender el funcionamiento del cerebro y —en esa terra incognita— el de la memoria. La mantecada remojada en el té fue para él como la ingestión de un ácido lisérgico. Y aunque aparentemente tenía cierta debilidad por las frivolidades de la clase social que disecaba, poco a poco —gracias a la dinámica propia de la escritura— intuyó algunos de los principios de las neurociencias modernas. Bastante lo encaminó en esta asociación de ideas la lectura del filósofo Henri Bergson y de su libro Memoria y vida.
De todos los sentidos el olfato y el gusto fueron los que más intrigaron a Proust, acaso porque son los más relacionados con los sentimientos. Esto se debe, dice Lehrer, a que el olfato y el gusto son los únicos sentidos que conectan directamente con el hipocampo, centro por excelencia de la memoria a largo plazo en el teatro de operaciones cerebrales.
Otra cosa en la que reparó Proust es al carácter esencialmente cambiante y deformante de los trabajos de la memoria. Si no quieres adulterar nada del pasado no lo cuentes, parece advertir. Si no quieres matizarlo, no lo pienses. Porque más que reproducir, la memoria inventa, reorganiza en categorías el asunto recordado.
Así, el único paraíso es el paraíso perdido: el pasado. Y no era culpa suya, dice Lehrer: “Simplemente no hay manera de describir el pasado sin mentir.”
“Nuestra memoria no sólo parece ficción. Nuestra memoria es ficción.”
Y allí está el secreto de Proust: en que para recordar algo tenemos que recordarlo mal. Luego está la función del olvido, indispensable para pensar. Para editar el pensamiento. Olvidar es tan importante como recordar.
Incluso de la muerte se puede uno olvidar.
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Wednesday, November 28, 2007
Zurcido invisible
Tendría que reconocerlo tarde o temprano: en el fondo lo que siempre le había gustado era la sastrería. Lo había sabido en el corazón al abandonarse a la aguja y al hilo, zurciendo unos pantalones, haciéndoles la bastilla, adelgazando una camisa por los lados. Sólo entonces alcanzaba a estar solo y gozar del silencio. Porque su otra ocupación, a la que ya le había dedicado más de treinta años de su vida, lo sumía en la nada, en una amarga impotencia: la novela imaginada no alcanzaba a cuajar.
Ideas no le faltaban a F, proyectos. Era incluso de lo más fácil e involuntario concebir una historia y un título que la anunciara. Lo difícil era dar con los personajes, hacerlos pasar de su condición de criaturas a otro ser desdoblado e impredecible. ¿Por qué no cambiar entonces de oficio? Sabía que algunos escritores realizados y de rendimiento incuestionable tenían un oficio secreto. El dramaturgo Arthur Miller era carpintero; en el sótano de su casa mantenía un taller con todas las herramientas posibles y muy frecuentemente se metía allí en las mañanas, todavía con la taza del primer café humeante en la mano. Le gustaba el olor del aserrín y la tersura de la madera. Y no porque le sacara la vuelta a la máquina de escribir o se aterrorizara ante la página en blanco. No: le gustaba terminar esa mesa, pulirla, untarle el barniz con una muñeca. Y, además, el tiempo transcurría de otra manera. El trabajo manual le permitía abandonarse a una suave meditación; sus pensamientos fluían sin freno alguno y tomaban derroteros casi nunca previstos. No era lo mismo pensar por escrito que pensar a solas o con un interlocutor enfrente. Al mismo tiempo, gracias a la carpintería pudo sin darse muy bien cuenta alejarse para siempre del cigarrillo y sus desmanes.
De Juan José Arreola siempre se dijo que reunía al lado de su pasión por la literatura otras vocaciones: la de sastre y, como Arthur Miller, la de carpintero. Era capaz de tallar a la perfección una raqueta china de ping-pong o combinar la cuadrícula del tablero de ajedrez con hojas de madera claras y oscuras.
Para Arreola la ropa siempre fue muy importante, “tanto por su poder de expresión como por su sensualidad y formó parte de mi amor por los objetos manufacturados”.
El autor de Confabulario y Varia invención, cuando era niño, solía acompañar a su padre (“que era un fifí”) en Zapotlán al sastre. “Recuerdo mucho el jaboncillo, o greda, con el que los sastres señalaban en los casimires los cortes y las medidas para guiarse.”
Por mucho que le gustara ensartar las palabras, en sus últimos años ya no envió ningún libro suyo a la imprenta. Y el que siempre tenía pendiente, Memoria y olvido, se lo contó a Fernando del Paso. Decía que el lenguaje era un material maleable, como la plastilina o el hierro que se redondeaba a raspones de lima. Toda su explicación didáctica de la literatura —Arreola fue el fundador de los talleres literarios en México— giraba en torno a símiles asociados a la carpintería o a la sastrería: “Un poema debe de ser como una camisa bien cortada.” Pero, por supuesto, esas vocaciones paralelas nunca fueron para Arreola un sucedáneo de la escritura. Las asumía desde muy joven mientras iba creando sus libros.
No era el caso de F. Escribir a mano era como tejer a mano. Sin embargo, escribía, escribía que no escribía, no paraba de escribir, pero todo lo que escribía se acumulaba como una dolorosa gratuidad, una enorme y trágica insignificancia. Lo apesadumbraba tanto su improductividad y el paso cada vez más rápido de los años que, poco a poco, en la intimidad de su escritorio y frente a la máquina de escribir trazaba y confeccionaba sus prendas de tela, prácticamente en secreto. Conocía en carne propia, porque lo había advertido en los sastres, que esa labor afinaba su capacidad de concentración y no dejaba hueco para la ansiedad. (Ninguno de los sastres de su barrio fumaba.)
Obras ya las tenía, reconocimiento no le faltaba. Pero estaba paralizado. ¿Cómo era posible que no pudiera seguir escribiendo si ya había dado muestras de que lo sabía hacer, si por lo menos dos de sus novelas sobresalían ya en el catálogo de la literatura nacional? A falta de inventiva trataba de informarse, de recopilar datos sobre personajes e historias: revisaba sus archivos no en busca de ideas —que las tenía de sobra— sino de seres irrepetibles, únicos, que le ayudaran evitar la construcción de tipos convencionales a favor de individuos nunca antes convocados por el arte de la novela. Pero muy pronto entendió que, irremediablemente, la información era para él una especie de anticonceptivo literario.
¿Puede alguien cambiar de profesión a una edad ya muy avanzada? Parece una locura. Alguien que durante poco más de la mitad de su breve estancia en este mundo se ha dedicado a la ingeniería de presas, ¿puede de pronto dejar de ser ingeniero y convertirse en piloto de aeronaves o cocinero? Teóricamente resulta imposible: nunca se ven estos casos. Especialmente porque lo que a uno lo hace diestro y competente en un cierto campo es la práctica, la adquisición de un oficio por medio de la experiencia. Un dentista será cada vez más ducho entre mayor número de pacientes haya tenido. Un médico hará mejores diagnósticos entre más pacientes ausculte. Y así, cada quien en su profesión, va puliendo una mente especializada. No es fácil mudar de oficio. Sin embargo, F había llegado a la más profunda convicción de que no tenía otro camino. No tenía más remedio que ser él mismo. Y empezó a sentirse más libre, más sereno, a medida en que dibujaba el lino con la greda, cortaba con las pesadas tijeras, e introducía la aguja al hacer el ultimo zurcido de su vida.
Ideas no le faltaban a F, proyectos. Era incluso de lo más fácil e involuntario concebir una historia y un título que la anunciara. Lo difícil era dar con los personajes, hacerlos pasar de su condición de criaturas a otro ser desdoblado e impredecible. ¿Por qué no cambiar entonces de oficio? Sabía que algunos escritores realizados y de rendimiento incuestionable tenían un oficio secreto. El dramaturgo Arthur Miller era carpintero; en el sótano de su casa mantenía un taller con todas las herramientas posibles y muy frecuentemente se metía allí en las mañanas, todavía con la taza del primer café humeante en la mano. Le gustaba el olor del aserrín y la tersura de la madera. Y no porque le sacara la vuelta a la máquina de escribir o se aterrorizara ante la página en blanco. No: le gustaba terminar esa mesa, pulirla, untarle el barniz con una muñeca. Y, además, el tiempo transcurría de otra manera. El trabajo manual le permitía abandonarse a una suave meditación; sus pensamientos fluían sin freno alguno y tomaban derroteros casi nunca previstos. No era lo mismo pensar por escrito que pensar a solas o con un interlocutor enfrente. Al mismo tiempo, gracias a la carpintería pudo sin darse muy bien cuenta alejarse para siempre del cigarrillo y sus desmanes.
De Juan José Arreola siempre se dijo que reunía al lado de su pasión por la literatura otras vocaciones: la de sastre y, como Arthur Miller, la de carpintero. Era capaz de tallar a la perfección una raqueta china de ping-pong o combinar la cuadrícula del tablero de ajedrez con hojas de madera claras y oscuras.
Para Arreola la ropa siempre fue muy importante, “tanto por su poder de expresión como por su sensualidad y formó parte de mi amor por los objetos manufacturados”.
El autor de Confabulario y Varia invención, cuando era niño, solía acompañar a su padre (“que era un fifí”) en Zapotlán al sastre. “Recuerdo mucho el jaboncillo, o greda, con el que los sastres señalaban en los casimires los cortes y las medidas para guiarse.”
Por mucho que le gustara ensartar las palabras, en sus últimos años ya no envió ningún libro suyo a la imprenta. Y el que siempre tenía pendiente, Memoria y olvido, se lo contó a Fernando del Paso. Decía que el lenguaje era un material maleable, como la plastilina o el hierro que se redondeaba a raspones de lima. Toda su explicación didáctica de la literatura —Arreola fue el fundador de los talleres literarios en México— giraba en torno a símiles asociados a la carpintería o a la sastrería: “Un poema debe de ser como una camisa bien cortada.” Pero, por supuesto, esas vocaciones paralelas nunca fueron para Arreola un sucedáneo de la escritura. Las asumía desde muy joven mientras iba creando sus libros.
No era el caso de F. Escribir a mano era como tejer a mano. Sin embargo, escribía, escribía que no escribía, no paraba de escribir, pero todo lo que escribía se acumulaba como una dolorosa gratuidad, una enorme y trágica insignificancia. Lo apesadumbraba tanto su improductividad y el paso cada vez más rápido de los años que, poco a poco, en la intimidad de su escritorio y frente a la máquina de escribir trazaba y confeccionaba sus prendas de tela, prácticamente en secreto. Conocía en carne propia, porque lo había advertido en los sastres, que esa labor afinaba su capacidad de concentración y no dejaba hueco para la ansiedad. (Ninguno de los sastres de su barrio fumaba.)
Obras ya las tenía, reconocimiento no le faltaba. Pero estaba paralizado. ¿Cómo era posible que no pudiera seguir escribiendo si ya había dado muestras de que lo sabía hacer, si por lo menos dos de sus novelas sobresalían ya en el catálogo de la literatura nacional? A falta de inventiva trataba de informarse, de recopilar datos sobre personajes e historias: revisaba sus archivos no en busca de ideas —que las tenía de sobra— sino de seres irrepetibles, únicos, que le ayudaran evitar la construcción de tipos convencionales a favor de individuos nunca antes convocados por el arte de la novela. Pero muy pronto entendió que, irremediablemente, la información era para él una especie de anticonceptivo literario.
¿Puede alguien cambiar de profesión a una edad ya muy avanzada? Parece una locura. Alguien que durante poco más de la mitad de su breve estancia en este mundo se ha dedicado a la ingeniería de presas, ¿puede de pronto dejar de ser ingeniero y convertirse en piloto de aeronaves o cocinero? Teóricamente resulta imposible: nunca se ven estos casos. Especialmente porque lo que a uno lo hace diestro y competente en un cierto campo es la práctica, la adquisición de un oficio por medio de la experiencia. Un dentista será cada vez más ducho entre mayor número de pacientes haya tenido. Un médico hará mejores diagnósticos entre más pacientes ausculte. Y así, cada quien en su profesión, va puliendo una mente especializada. No es fácil mudar de oficio. Sin embargo, F había llegado a la más profunda convicción de que no tenía otro camino. No tenía más remedio que ser él mismo. Y empezó a sentirse más libre, más sereno, a medida en que dibujaba el lino con la greda, cortaba con las pesadas tijeras, e introducía la aguja al hacer el ultimo zurcido de su vida.
Thursday, October 04, 2007
La mente del escritor
La inspiración es el fruto
más delicado de la memoria.
—Sergio Pitol
Bruno Estañol ha dicho que la del escritor es una mente especializada. En su conferencia del 13 de septiembre en Brigham Young University, en Provo, Utah, el novelista neurólogo volvió a plantearse un problema que le apasiona desde hace tiempo: el de la creatividad humana. ¿Hay gente que no tiene imaginación? ¿A todas las personas se les da la misma capacidad de inventiva? Parece que no. Entonces ¿cuál es el misterio de la creación artística? En principio, dice Estañol, hay una diferencia entre los escritores de ficción y oros seres humanos y probablemente sea el grado de especialización en los escritores.
El problema no es la parte formal como en la música o el ajedrez, sino la imaginación. El trabajo del escritor consiste en hacer conexiones de una manera en que no lo había hecho nadie antes.
¿Por qué Chéjov ve una historia donde no la ven los otros?
Como el matemático, el pianista, la bailarina de ballet, el beisbolista, el jugador de ajedrez, el escritor tiene un cerebro especializado y debe empezar a entrenarse desde muy niño. Al cabo de los años, y luego de una prolongada, sostenida, ininterrumpida, dedicación diaria a su oficio, habrá de crear y resolver sus problemas creativos casi de manera indeliberada, desde un pensamiento lateral. Como si encomendara a la imaginación automática la resolución de las incógnitas. Esta especialización la adquiere través de varios años de arduo trabajo con la ayuda de ciertas cualidades innatas. Porque existe la creencia de que el cerebro especializado es el que tiene mayores posibilidades de ser creativo en un solo campo.
“El escritor de ficción vive para contar sus historias y cuenta sus historias para vivir.”
Bruno Estañol (nacido en Frontera, Tabasco, en 1945, y autor también de El féretro de cristal, La barca de oro, La vocación condenada, Passiflora incarnata) se refiere a un tipo de agilidad mental que se especializa con el tiempo y la práctica. Un viejo piloto de aviación tiene sus mañas. También un carpintero.
Borges es quizá el mejor ejemplo del escritor de ficción con un cerebro especializado. Tuvo la motivación extrínseca, es decir, la aprobación del padre, quien siempre lo apoyó. El cerebro de un escritor de ficción es comparable al cerebro de un virtuoso en la música. Y es virtuoso sobre todo en el aspecto más misterioso que es la invención, el descubrimiento o la recreación de las historias.
El narrador ha de tener asimismo una memoria selectiva. Al igual que los músicos y los ajedrecistas, su memoria está probablemente confinada a su oficio y es una memoria contextual y en patrones que le permite guardar información en grandes pedazos.
Tiene un gran acervo de palabras: frases que le han conmovido, palabras que han sido claves, giros sintácticos y prosódicos, capacidad para retener el habla popular, palabras en idiomas extranjeros, nombres de personas, países, ciudades y toda la minucia que se requiere para armar una narración.
La adquisición del oficio de narrador toma muchos años y no es de extrañar que lo narradores sean mucho más tardíos que los poetas. Cervantes escribió el Quijote a los 58 años.
Por otro lado, la memoria del narrador está saturada de historias: anécdotas que oyó desde niño en su familia y entre sus amigos, historias que ha modificado, cuentos que ha leído, historias dentro de otras historias, patrones para iniciar un cuento o terminar un relato, cuentos del doble, cuentos policiacos, patrones de sorpresa.
Algunos descubren historias en situaciones en que la mayoría de las personas no ven nada de interés. El descubrimiento de una historia en una situación aparentemente anodina es una característica del cerebro del narrador. James Joyce llamó epifanía a este descubrimiento de una historia: una revelación de Dios al hombre que es algo que han sentido todos los escritores y ésa es precisamente la famosa tesis de la musa.
Tal vez influya en el descubrimiento de la historia el estar pensando todo el tiempo en ella. En la escritura de la historia interviene mucho el oficio y la inteligencia, pero no así en la elección y la invención de la historia. La célebre anécdota de Marcel Proust y la galleta remojada en el té revela que la elección de la historia es un fenómeno inconsciente y a esa evocación Proust la llamó “memoria involuntaria” y hay quienes piensan que es la base de la ficción. El elemento fortuito aparece tanto en la ciencia como en la literatura.
Los cuentos de Kafka tienen aparentemente la estructura de los sueños. Sin duda el elemento inconsciente es crucial para la génesis de las obras científicas o literarias. El escritor de ficción tiene acceso a ciertas áreas secretas de su mente y este recóndito trabajo del inconsciente constituye una de las grandes fuentes de la creatividad.
Y es que en todo ser humano confluyen tres dotaciones: la genética, la personal y la cultural, que casi siempre se entreveran. Desde muy pequeños, la mayor parte de la los creadores muestran una notable independencia de espíritu que los lleva a disentir de los profesores y a cuestionar la realidad. En forma temprana también descubren temas y áreas que son una terra incognita y reconocen que hay muchas cosas que no se saben. Tienen otra virtud: les gusta estar solos. Este aliento solitario, esta capacidad de darse cuenta de sí mismos, es propia de los seres creadores.
Wednesday, September 19, 2007
Los nuevos guías espirituales
Los periodistas orales constituyen
una casta, una clase, una treintena
de portavoces del pensamiento oficial:
No cesan de intercambiarse favores y
complicidades, sobreviven a todas las
alternancias políticas. Un mismo
ambiente. Ideas uniformes. Se frecuentan
entre ellos, se aprecian, se citan,
y están de acuerdo en todo.
—Serge Halimi
Martín Solares me envía desde París uno de los libros más críticos del periodismo que se han escrito en los últimos años: Los nuevos perros guardianes, del profesor de la Universidad de California en Berkeley Serge Halimi, colaborador de Le Monde Diplomatique y discípulo de Pierre Bourdieu.
Este examen de la actuación cotidiana de los nuevos guías espirituales en que se han convertido los locutores de televisión —reemplazando el papel que antes la sociedad confería a los sacerdotes o a los intelectuales—, se plantea de manera natural como uno más de los "temas de nuestro tiempo", como le gustaba decir a don José Ortega y Gasset. Aparte de la propaganda —que ya tuvo su gran momento cuando a principios de los años 30 los aparatos de radio entraron en todos los hogares y en Alemania Goebbels supo utilizarlos para reforzar el proyecto del nacionalsocialismo— el otro tema de nuestra época es el de la profusión inasimilable de los medios de comunicación audiovisuales, más por su cantidad que por su calidad, no tanto por su "instantaneidad" sino por su abrumador bombardeo cotidiano.
El escopetazo constante de la información radiofónica y televisiva ‑rápida y breve, perecedera y volátil— no tiene a la gente mejor informada que antes. El receptor se entera de que sucedió algo, pero no retiene mucho los detalles ni le importan mucho. Los sabe como de oídas y de alguna manera intuye que no necesita saber leer ni escribir para estar mínimamente informado, como si estuviera de vuelta en la deliciosa irresponsabilidad de la infancia analfabeta.
Así las cosas, y esto no había sucedido antes en la historia, los debates ideológicos y las campañas electorales se dirimen sobre todo en el espacio mediático de la radio y de la tele, más que en el de los medios impresos, que ya no son masivos. Una crítica como la que sólo se dio en los periódicos sobre las concesiones del gobierno de Fox a los usufructuarios de la "industria" de la radio y la televisión puede muy bien ser acallada con el escopetazo de su réplica televisiva.
De los 11 mil 816 millones de pesos (un poco más de mil cien millones de dólares) que costaron las elecciones del año pasado, 5 mil 650 fueron para financiar las campañas y más de la mitad de esta suma terminaron en las arcas de Televisazteca, cuyo mejor negocio ha sido el PRI.
No sabemos muy bien hacia dónde vamos. Lo único que sentimos es que estamos asistiendo a un momento de transición, del periodismo escrito al periodismo oral. Y podría pasar lo que pasó con los telegrafistas: que los periodistas escritores ya no tengan ninguna razón de existir y terminen de estar en este mundo.
Imagínese usted una plaza, como el Zócalo o como la de Oaxaca: al centro se erige un palo tan alto tan alto como los de Papantla y en la cumbre, tan estridente que no deja hablar a nadie más, triunfa todos los días y a todas horas el altavoz de Televisazteca. A los lados no faltan muchos otros altoparlantes, no menos estridentes ni menos constantes: reproducen las vocecitas de los locutores radiofónicos. Y en una esquina, allá abajo en un puestecito, se venden unos cuantos ejemplares de Proceso, La Jornada, Milenio, El Universal, Reforma y El Heraldo de San Blas. Esa plaza es el territorio nacional.
Serge Halimi, de 40 años, doctor en Ciencias Políticas, profesor también en la Sorbona, se refiere particularmente a la situación de los medios en Francia y sólo el lector de Les nouveaux chiens de garde sabrá inferir si hace extensivas sus ideas a otros países, como el nuestro por ejemplo. Es curioso, pero no casual, que el libro (publicado por Pierre Bourdieu en su colección Raisons d'Agir en 1997) no haya sido publicado por ninguna editorial de habla española. Serge Halimi acusa a los treinta periodistas franceses más conocidos de amplificar la voz del poder económico y político, de erigirse en profesores de moral y censurar el pensamiento crítico con la "utopía ultraliberal".
El 21 de agosto pasado Miguel Mora lo entrevistó en El País. Este "látigo de la élite del periodismo francés", escribe Mora, dibuja un paisaje mediático desolador, "marcado por el compadreo entre la prensa y el poder".
Los medios controlados por potentes núcleos industriales o financieros imponen machaconamente su visión del mundo y, por imperativos de la chamba, los periodistas que trabajan en ellos acaban defendiendo los intereses de ese establishment. Su libertad de expresión termina donde empiezan los intereses de su empresa periodística.
La sensación de Halimi es que el periodismo oral rara vez toma muchos riesgos. Lectores de noticias, sus practicantes —estupendamente remunerados— no reportean ni investigan, se limitan a informar de lo que sucede en el mundo.
"El problema es que muchos se creen profesores de moral y les da por dar lecciones de lo que está bien y de lo que no. ¿Cómo se puede hablar sobre la corrupción política sin reconocer que el sistema mediático está también corrompido? ¿Cómo se puede denunciar la corrupción económica cuando el periodista acumula dinero, favores, canonjías?"
http://periodismoimpreso.blogspot.com/
La mafia es el contexto
En el verano de 1962, a los veinte años, estaba yo en un pueblo de Calabria que se llama Crocifisso. Trabajaba con un grupo de jóvenes pacifistas italianos en la construcción de una escuela y una mañana de agosto apareció de pronto en el campamento una muchacha que venía de Milán a integrarse al grupo de albañiles voluntarios y nos dio dos noticias. Una, que había triunfado la Revolución argelina. La otra, que había muerto Marylin Monroe.
Tal vez no recordaría esta imagen si no fuera porque el lunes pasado, el 10 de septiembre, asistí a una conferencia sobre la mafia siciliana que dio el historiador también siciliano Giuseppe Carlo Marino a propósito de sus dos libros presentados en el Instituto Italiano de Cultura que tiene su sede en la bellísima calle de Francisco Sosa de Coyoacán: Historia de la mafia y Los padrinos. El hombre disertaba brillantemente sobre el carácter inextirpable de la mafia en Sicilia —dado que su origen y su funcionamiento tienen que ver con el corazón mismo de la familia siciliana, con la madre, especialmente— y mi memoria involuntaria me llevó de regreso a Crocifisso. Y es que en aquel pueblito calabrés, que no tenía más de doscientos habitantes, ya existía la Ingrandeta, es decir, el equivalente local de la mafia: un día unos niños encontraron junto a una barda de piedras el cadáver de un hombre desangrado, con la dos manos cortadas. Se sabía que era sin duda el ladrón de unas vacas y por tanto, de la manera más rápida y expedita, el capo mafioso decidió juzgarlo y castigarlo, del modo ritual y simbólico (las manos cortadas) e inmediato que la costumbre imponía. Se sabía también que allí, en aquel pueblo distante, incluso los niños guardaban la sagrada ley del silencio, la omertâ de los sicilianos.
Giuseppe Carlo Marino hizo hincapié en una distinción importante: no es lo mismo la mafia que la delincuencia organizada. La mafia es un fenómeno histórico y social de raigambre fundamentalmente siciliana. Tiene que ver con la mentalidad siciliana. Tiene que ver con la madre siciliana. Se entiende que por extensión —por ese sentido laxo y amplio que suelen adquirir las palabras— a los grupos del crimen organizado o desorganizado se les denomine mafias, en Cali o en Culiacán, pero en sentido estricto la mafia es siciliana o no es.
Para que un sobrino o un primo se inicie como hombre de honor ha de jurar antes fidelidad a Cosa Nostra. En una reunión secreta el candidato a mafioso se pincha el índice con una espina de naranjo y con la gota de sangre mancha la imagen de Santa Rosalía, la virgen patrona de Palermo. Mientras arde la santa, el rito de iniciación exige al mafioso en ciernes a juramentar la omertâ y a reconocer que puede ser ejecutado si falta a su palabra.
La mafia, pues, es una intermediación parasitaria entre el ciudadano y el Estado, entre la producción y el consumo, y cuando se dice que su modus operandi se ha trasladado a otras expresiones del crimen en el resto del mundo no se está entendiendo bien la cosa, o mejor dicho: la cosa nostra. A donde se transfiere su mentalidad y sus modos de hacer las cosas es a la política, no al llamado crimen organizado que no necesita de la mafia para saber hacer lo suyo. En el Noroeste mexicano para nada precisan de la imaginación criminal de la mafia. No. Lo que se ha traducido a partir de la cultura mafiosa —que ha tenido como matriz ideológica a Sicilia— son los modos de gobernar: el espíritu público se ha perdido de vista y en nuestra época, a principios el siglo XXI, cuando ya no existe el Estado, se gobierna en función de varios grupos de interés dentro de las naciones. Véanse en México cuáles y quiénes son los grupos a los que cuidan sobre todo los gobiernos panistas. Recuérdese cómo Vicente Fox gobernó sobre todo para los empresarios con los que, por interpósita persona, hacía negocios y favoreció con exenciones de impuestos o concesiones de terrenos (a Roberto Hernández, por ejemplo). Ése es el comportamiento mafioso derivado de la sicilianización, no los estropicios homicidas de los narcos que nada tienen que imitarle a los sicilianos.
La emigración llevó a Ellis Island, Nueva York, a sicilianos que habían crecido en una cierta mentalidad mafiosa. Eso a principios del siglo XX. Y allí en Estados Unidos cundió el fenómeno y arraigó en sucesivas organizaciones criminales y familiares. Pero en América Latina no. ¿Por qué? Oleadas de cientos de miles de italianos se instalaron en Venezuela, Brasil, Argentina, pero allí no prendió el quehacer mafioso. No se inauguraron bandas criminales, como en Nueva York y Chicago. ¿Por qué?
Porque ya había un poder mafioso con otro nombre: el poder criminal de los militares y de los políticos.
La mafia no ha sido derrotada del todo, a pesar de la indudable lucha del Estado italiano por exterminarla. De hecho le ha dado varios golpes de muerte. Lo que ocurre es que si la mafia fuera sólo una organización criminal ya la habrían aniquilado el ejército y la policía. Pero sucede que no es así. La mafia tiene su asiento en al corazón mismo de la familia siciliana y sus ligas y complicidades secretas son consanguíneas. Se extiende como un pulpo en todo el tejido social. Si un capo desaparece o es encarcelado o asesinado, no falta quien lo sustituya.
La tesis de Carlo Marino es que sólo en el terreno de la política se le puede abatir porque la mafia es, ante todo, una combinación de poder político y criminalidad. Y el contexto en el que se gobierna es la mafia misma.
http://nanasciascia.blogspot.com/
http://federicocampbell.blogspot.com/
Tal vez no recordaría esta imagen si no fuera porque el lunes pasado, el 10 de septiembre, asistí a una conferencia sobre la mafia siciliana que dio el historiador también siciliano Giuseppe Carlo Marino a propósito de sus dos libros presentados en el Instituto Italiano de Cultura que tiene su sede en la bellísima calle de Francisco Sosa de Coyoacán: Historia de la mafia y Los padrinos. El hombre disertaba brillantemente sobre el carácter inextirpable de la mafia en Sicilia —dado que su origen y su funcionamiento tienen que ver con el corazón mismo de la familia siciliana, con la madre, especialmente— y mi memoria involuntaria me llevó de regreso a Crocifisso. Y es que en aquel pueblito calabrés, que no tenía más de doscientos habitantes, ya existía la Ingrandeta, es decir, el equivalente local de la mafia: un día unos niños encontraron junto a una barda de piedras el cadáver de un hombre desangrado, con la dos manos cortadas. Se sabía que era sin duda el ladrón de unas vacas y por tanto, de la manera más rápida y expedita, el capo mafioso decidió juzgarlo y castigarlo, del modo ritual y simbólico (las manos cortadas) e inmediato que la costumbre imponía. Se sabía también que allí, en aquel pueblo distante, incluso los niños guardaban la sagrada ley del silencio, la omertâ de los sicilianos.
Giuseppe Carlo Marino hizo hincapié en una distinción importante: no es lo mismo la mafia que la delincuencia organizada. La mafia es un fenómeno histórico y social de raigambre fundamentalmente siciliana. Tiene que ver con la mentalidad siciliana. Tiene que ver con la madre siciliana. Se entiende que por extensión —por ese sentido laxo y amplio que suelen adquirir las palabras— a los grupos del crimen organizado o desorganizado se les denomine mafias, en Cali o en Culiacán, pero en sentido estricto la mafia es siciliana o no es.
Para que un sobrino o un primo se inicie como hombre de honor ha de jurar antes fidelidad a Cosa Nostra. En una reunión secreta el candidato a mafioso se pincha el índice con una espina de naranjo y con la gota de sangre mancha la imagen de Santa Rosalía, la virgen patrona de Palermo. Mientras arde la santa, el rito de iniciación exige al mafioso en ciernes a juramentar la omertâ y a reconocer que puede ser ejecutado si falta a su palabra.
La mafia, pues, es una intermediación parasitaria entre el ciudadano y el Estado, entre la producción y el consumo, y cuando se dice que su modus operandi se ha trasladado a otras expresiones del crimen en el resto del mundo no se está entendiendo bien la cosa, o mejor dicho: la cosa nostra. A donde se transfiere su mentalidad y sus modos de hacer las cosas es a la política, no al llamado crimen organizado que no necesita de la mafia para saber hacer lo suyo. En el Noroeste mexicano para nada precisan de la imaginación criminal de la mafia. No. Lo que se ha traducido a partir de la cultura mafiosa —que ha tenido como matriz ideológica a Sicilia— son los modos de gobernar: el espíritu público se ha perdido de vista y en nuestra época, a principios el siglo XXI, cuando ya no existe el Estado, se gobierna en función de varios grupos de interés dentro de las naciones. Véanse en México cuáles y quiénes son los grupos a los que cuidan sobre todo los gobiernos panistas. Recuérdese cómo Vicente Fox gobernó sobre todo para los empresarios con los que, por interpósita persona, hacía negocios y favoreció con exenciones de impuestos o concesiones de terrenos (a Roberto Hernández, por ejemplo). Ése es el comportamiento mafioso derivado de la sicilianización, no los estropicios homicidas de los narcos que nada tienen que imitarle a los sicilianos.
La emigración llevó a Ellis Island, Nueva York, a sicilianos que habían crecido en una cierta mentalidad mafiosa. Eso a principios del siglo XX. Y allí en Estados Unidos cundió el fenómeno y arraigó en sucesivas organizaciones criminales y familiares. Pero en América Latina no. ¿Por qué? Oleadas de cientos de miles de italianos se instalaron en Venezuela, Brasil, Argentina, pero allí no prendió el quehacer mafioso. No se inauguraron bandas criminales, como en Nueva York y Chicago. ¿Por qué?
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Sunday, December 03, 2006
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Thursday, November 09, 2006
La intimidad del desierto
A Marina Ruiz Girón
¿De qué manera el narcotráfico ha incidido en el imaginario colectivo de un pueblo sonorense? Ése es el tema de la tesis de Natalia Mendoza Rockwell:
LA INTIMIDAD DEL DESIERTO. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado. Reflexión etnográfica.
Su análisis de las percepciones que en el pueblo de Santa Gertrudis se tienen sobre el trabajo, el dinero, los bienes de consumo y la ostentación abre caminos interesantes para el estudio del crimen organizado y su implantación en comunidades específicas en otras ciudades del país. La misma metodología etnográfica podría transferirse a una ciudad fronteriza como Tijuana para estudiar, por ejemplo, cómo la sociedad tijuanense ha asimilado la cultura del narco e integrado en sus esferas más altas a familias y parientes de narcotraficantes. También podría imaginarse un análisis de los cambios que se han producido en la moral ambiente, en las relaciones laborales y amorosas, de todo el país: una suerte de indagación en los cambios de mentalidad a nivel nacional.
¿Qué consecuencias ha tenido la economía criminal en el imaginario colectivo del mexicano?
La estudiante del Colegio de México —que tuvo como director de su tesis a Fernando Escalante Gonzalbo— se acerca a los habitantes de Santa Gertrudis como entrevistadora de campo.
* * *
—¿Al patrón de tu papá lo has visto? ¿Lo has visto?
—Es chaparrito, siempre de trajecito. Nunca en la vida me ha tocado ver a una persona con tanto pinche dinero y que sea tan servicial, tan buena gente. A los burreros les habla de por favor, de usted. Y siempre trajeadito. Es super educado, por eso la gente luego le achaca que es joto. Lo que pasa es que es muy educado y político para hablar.
· * *
—¿Has andado con judiciales?
—Con uno, con E.
—¿Cómo era?
—Es una misma pinche cosa. Yo no hallo mucho la diferencia entre judiciales y narcos. Hacen los mismo. Lo único es que trae charolita.
—¿Cómo era?
—Buena onda, medio mamonsón, típica actitud de mafiosito mamón. Andaba en lo mismo. Aquí nada más se trata de agarrar feria, a la gente le vale madre, Nadie, menos los judiciales, ninguna ley.
* * *
—El dinero del narcotráfico se parece al dinero de las apuestas, que es el otro que no dura y tiende a crear desgracias. No se gana, porque no implica trabajo.
* * *
—El tráfico de drogas ofrece una especie de subsidio, un tiempo de gracia, al viejo estilo de vida; permite mantener ranchos que ya no son rentables, permite no migrar y, sobre todo, no incorporarse al mercado del trabajo asalariado.
* * *
—¿Te has imaginado ser tú una mafiosa?
—Pues sí, alucinando, acá…
—¿Y cómo te imaginas?
—Perrón, acá, chingona. Con un carro poca madre, arreglada con batos pesados y la chingada…
—¿Alguna vez lo has hecho?
—No mames, morra, no te puedo contar eso. Siento como si mi amá me estuviera oyendo.
* * *
—Ahora ya no encuentras quién te limpie el corral o te arregle un cerco. Prefieren aventarse tres días burreando y ganar lo de un mes.
—¿Está mal?
—Para nada, es un trabajo como cualquier otro. Tiene sus riesgos, no es tan fácil, no matas a nadie. Que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil… dinero fácil pura madre. Es una pinche putiza.
* * *
La autora se pregunta si no fue el exotismo de la narcocultura lo que la llevó a ese pueblo del norte de Sonora. En lugar de ello se encontró con la vigencia de la moral y las normas rancheras de la tradición cívica sonorense. Sea como haya sido, su conclusión es que el narcotráfico como contracultura (los narcocorridos, la violencia, el machismo) es un fenómeno relativamente marginal. “Un cambio importante es un paulatino divorcio entre el esfuerzo y el mérito, que era uno de los pilares de la sociedad ranchera de Santa Gertrudis, una progresiva devaluación del esfuerzo físico”.
La gente se va al narcotráfico hormiga para hacerse de mil o dos mil dólares en un par de días, pero sabe que el “dinero fácil” también se va fácilmente de las manos.
“El dinero de la burreada te dura una semana, y se me hace mucho. En dos o tres días ya no tienes un cinco. Es rara la gente de aquí que se dedique al narcotráfico y que tenga algo.”
En cuanto a los criterios identitarios siempre hay diferencias y clases entre los nativos de Santa Gertrudis: el peligro viene del sur y los únicos que matan son los sinaloenses. No sólo no es lo mismo un narco colombiano que uno mexicano, sino que nadie en Santa Gertrudis diría que es lo mismo un narco del pueblo que uno de Sinaloa.
Nunca había habido tanto dinero, tantas casas lujosas, pero prevalece la sensación de que todo se derrumba, de que todo y todos están corrompidos, de que el precio moral que se paga por ese auge es excesivo. Con la coca las borracheras duran más.
Lo paradójico es que Santa Gertrudis es un pueblo moderno: con una carretera que lo parte por la mitad, a una hora de la frontera con Estados Unidos, con tres cafés de internet, con una enorme densidad de automóviles, teléfonos celulares y aparatos de televisión. Un lugar con un mínimo de analfabetismo, con seis escuelas primarias laicas; un lugar cosmopolita: donde hace muchos años llegaron chinos, japoneses, franceses y un par de griegos, donde pasan diariamente miles de personas de todo México y Centroamérica y algunos de Venezuela, Brasil, y hasta de Filipinas, Rusia y China.
http://crimenypoder.blogspot.com/ [Máscara negra]
¿De qué manera el narcotráfico ha incidido en el imaginario colectivo de un pueblo sonorense? Ése es el tema de la tesis de Natalia Mendoza Rockwell:
LA INTIMIDAD DEL DESIERTO. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado. Reflexión etnográfica.
Su análisis de las percepciones que en el pueblo de Santa Gertrudis se tienen sobre el trabajo, el dinero, los bienes de consumo y la ostentación abre caminos interesantes para el estudio del crimen organizado y su implantación en comunidades específicas en otras ciudades del país. La misma metodología etnográfica podría transferirse a una ciudad fronteriza como Tijuana para estudiar, por ejemplo, cómo la sociedad tijuanense ha asimilado la cultura del narco e integrado en sus esferas más altas a familias y parientes de narcotraficantes. También podría imaginarse un análisis de los cambios que se han producido en la moral ambiente, en las relaciones laborales y amorosas, de todo el país: una suerte de indagación en los cambios de mentalidad a nivel nacional.
¿Qué consecuencias ha tenido la economía criminal en el imaginario colectivo del mexicano?
La estudiante del Colegio de México —que tuvo como director de su tesis a Fernando Escalante Gonzalbo— se acerca a los habitantes de Santa Gertrudis como entrevistadora de campo.
* * *
—¿Al patrón de tu papá lo has visto? ¿Lo has visto?
—Es chaparrito, siempre de trajecito. Nunca en la vida me ha tocado ver a una persona con tanto pinche dinero y que sea tan servicial, tan buena gente. A los burreros les habla de por favor, de usted. Y siempre trajeadito. Es super educado, por eso la gente luego le achaca que es joto. Lo que pasa es que es muy educado y político para hablar.
· * *
—¿Has andado con judiciales?
—Con uno, con E.
—¿Cómo era?
—Es una misma pinche cosa. Yo no hallo mucho la diferencia entre judiciales y narcos. Hacen los mismo. Lo único es que trae charolita.
—¿Cómo era?
—Buena onda, medio mamonsón, típica actitud de mafiosito mamón. Andaba en lo mismo. Aquí nada más se trata de agarrar feria, a la gente le vale madre, Nadie, menos los judiciales, ninguna ley.
* * *
—El dinero del narcotráfico se parece al dinero de las apuestas, que es el otro que no dura y tiende a crear desgracias. No se gana, porque no implica trabajo.
* * *
—El tráfico de drogas ofrece una especie de subsidio, un tiempo de gracia, al viejo estilo de vida; permite mantener ranchos que ya no son rentables, permite no migrar y, sobre todo, no incorporarse al mercado del trabajo asalariado.
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—¿Te has imaginado ser tú una mafiosa?
—Pues sí, alucinando, acá…
—¿Y cómo te imaginas?
—Perrón, acá, chingona. Con un carro poca madre, arreglada con batos pesados y la chingada…
—¿Alguna vez lo has hecho?
—No mames, morra, no te puedo contar eso. Siento como si mi amá me estuviera oyendo.
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—Ahora ya no encuentras quién te limpie el corral o te arregle un cerco. Prefieren aventarse tres días burreando y ganar lo de un mes.
—¿Está mal?
—Para nada, es un trabajo como cualquier otro. Tiene sus riesgos, no es tan fácil, no matas a nadie. Que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil… dinero fácil pura madre. Es una pinche putiza.
* * *
La autora se pregunta si no fue el exotismo de la narcocultura lo que la llevó a ese pueblo del norte de Sonora. En lugar de ello se encontró con la vigencia de la moral y las normas rancheras de la tradición cívica sonorense. Sea como haya sido, su conclusión es que el narcotráfico como contracultura (los narcocorridos, la violencia, el machismo) es un fenómeno relativamente marginal. “Un cambio importante es un paulatino divorcio entre el esfuerzo y el mérito, que era uno de los pilares de la sociedad ranchera de Santa Gertrudis, una progresiva devaluación del esfuerzo físico”.
La gente se va al narcotráfico hormiga para hacerse de mil o dos mil dólares en un par de días, pero sabe que el “dinero fácil” también se va fácilmente de las manos.
“El dinero de la burreada te dura una semana, y se me hace mucho. En dos o tres días ya no tienes un cinco. Es rara la gente de aquí que se dedique al narcotráfico y que tenga algo.”
En cuanto a los criterios identitarios siempre hay diferencias y clases entre los nativos de Santa Gertrudis: el peligro viene del sur y los únicos que matan son los sinaloenses. No sólo no es lo mismo un narco colombiano que uno mexicano, sino que nadie en Santa Gertrudis diría que es lo mismo un narco del pueblo que uno de Sinaloa.
Nunca había habido tanto dinero, tantas casas lujosas, pero prevalece la sensación de que todo se derrumba, de que todo y todos están corrompidos, de que el precio moral que se paga por ese auge es excesivo. Con la coca las borracheras duran más.
Lo paradójico es que Santa Gertrudis es un pueblo moderno: con una carretera que lo parte por la mitad, a una hora de la frontera con Estados Unidos, con tres cafés de internet, con una enorme densidad de automóviles, teléfonos celulares y aparatos de televisión. Un lugar con un mínimo de analfabetismo, con seis escuelas primarias laicas; un lugar cosmopolita: donde hace muchos años llegaron chinos, japoneses, franceses y un par de griegos, donde pasan diariamente miles de personas de todo México y Centroamérica y algunos de Venezuela, Brasil, y hasta de Filipinas, Rusia y China.
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Thursday, October 26, 2006
Un lugar complicado
Natalia Mendoza ha hecho un estudio sobre los no invisibles efectos que el narcotráfico ha tenido en la moral de un pueblo sonorense. Cuando presenta su tesis con este tema en el Colegio de México, antepone a su título las siguientes palabras: “Un lugar complicado”. Se trata de una noción procedente de la etnografía, disciplina que se ocupa de las tradiciones y las costumbres de los pueblos.
Este es el título completo:
“La intimidad del desierto. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado.”
Pero dentro de las costumbres y la moral ambiente alteradas en los últimos 25 años, prácticamente de una generación a otra, lo que se palpa de manera concreta son los cambios que se van dando en las relaciones laborales, entre patrón y empleados, pero también en la dinámica interna del grupo familiar. Nadie se alarma ya de que quiera casarse con la hija de uno un muchacho evidentemente involucrado en el tráfico de drogas. Uno de esos jóvenes que desaparecen de pronto una temporada y luego vuelven con camioneta nueva, botas de 500 dólares, y la cartera repleta. Todavía hace veinte años, un pretendiente semejante podría despertar objeciones entre los miembros de la familia. Ahora no. Incluso entra dentro del orden natural de las cosas que la novia se vuelva viuda en unos cuantos años, viuda joven y tal vez rica.
A pesar de que ha escrito su tesis para obtener el título de licenciada en Relaciones Internacionales, Elsa Natalia Mendoza Rockwell ha optado por un acercamiento etnográfico a esta zona del planeta que se encuentra a un paso de la frontera entre Sonora y Arizona. Ha creído pertinente desmarcarse de las elaboraciones metodológicas y demasiado abstractas para tender un cable a tierra y estudiar en vivo, a ras del suelo, lo que está sucediendo en Santa Gertrudis, porque lo cierto es que un estudio etnográfico permite entender cosas sobre el tráfico de drogas: la forma en que se arraiga localmente, su interferencia con otros asuntos de la vida comunitaria y las transformaciones que impone. “Permite mostrar la naturaleza porosa de lo que llamamos crimen organizado y poner en duda la imagen mediática que muestra a los cárteles como organizaciones impermeables divorciadas de las sociedades que las albergan.”
El narcotráfico no es sólo lo que los grandes capos y los políticos manejan como negocios de altura, campañas políticas electorales y muy altas finanzas legalizadas. El narcotráfico también es, en la vida cotidiana, el mundo de los burreros (en Tijuana se les dice burros) que cargan veinte kilos de mariguana en fila india a través de la frontera sin averiguar de quién son. O el de la una pareja que, para reunir el dinero suficiente para su boda, decide pasar 50 kilos de mariguana escondidos en el compartimiento secreto de un pick-up. A ese paquete escondido le llaman “clavo”.
¿Localmente se acepta el narcotráfico como una actividad legítima? ¿Qué posición ocupan las personas dedicadas al tráfico de drogas en la estructura social local? En realidad no hay un modelo sencillo que explique la relación de la comunidad con el tráfico de drogas; todo depende y todo está en discusión. Lo importante es entender la mentalidad del pueblo que le da cobijo. ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es relativo? Según y cómo.
Santa Gertrtudis también es un lugar de paso: de tráfico de personas. Y es sobre todo la inmigración —en el pueblo todo mundo está haciendo negocio con comidas y hospedaje y lo que derraman en dinero los polleros— y no el narcotráfico lo que produce en la población la sensación de que todo el antiguo orden se está derrumbando. También la migración se vive como una amenaza directa a la comunidad.
Luego vienen unos capítulos sobre el beisbol, las carreras de caballos, las peleas de gallos y una exposición sobre el narcotráfico y la participación política.
Si Natalia Mendoza se atreve a hablar de cultura ranchera o cultura del tráfico de drogas en Santa Gertrudis, el pueblo de su familia paterna, es porque con ello entiende y desglosa la producción histórica, siempre conflictiva y ambigua, de significados y prácticas.
Santa Gertrudis tiene una atmósfera de “viejo oeste moribundo”. Tiene entre siete y catorce mil almas y es un pueblo poco adornado y con un verano de siete meses. Es un pueblo con orgullo ranchero, pero con la mitad de las hectáreas de riego semiabandonadas. Sus pobladores tienen vocación de ganaderos, pero tienen pocas vacas. Antes en Hermosilllo no se vendían boletos de autobús para Santa Gertrudis: tenía que pedírsele al conductor que, por favor, se detuviera junto a la iglesia.
Como en muchas ciudades del norte, al automóvil es un signo de identidad personal y de status social. Es mucho más que un medio de transporte enajenante e individualista. La gente se reconoce por el auto, se saluda de carro a carro con un sonido o un cambio de luces. En los autos se dan las conversaciones más íntimas, los negocios, el consumo de alcohol y de drogas, la seducción y las relaciones extramaritales.
Pero lo más importante es ir a “dar la vuelta". Se sabe de una familia que vivía en un rancho muy apartado. Los domingos, después de bañarse y vestirse bien, se subía la mitad de la familia a la camioneta, daba vueltas alrededor del rancho y saludaba desde el vehículo a la otra mitad del rancho que se sentaba enfrente de la casa para verlos pasar.
Este es el título completo:
“La intimidad del desierto. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado.”
Pero dentro de las costumbres y la moral ambiente alteradas en los últimos 25 años, prácticamente de una generación a otra, lo que se palpa de manera concreta son los cambios que se van dando en las relaciones laborales, entre patrón y empleados, pero también en la dinámica interna del grupo familiar. Nadie se alarma ya de que quiera casarse con la hija de uno un muchacho evidentemente involucrado en el tráfico de drogas. Uno de esos jóvenes que desaparecen de pronto una temporada y luego vuelven con camioneta nueva, botas de 500 dólares, y la cartera repleta. Todavía hace veinte años, un pretendiente semejante podría despertar objeciones entre los miembros de la familia. Ahora no. Incluso entra dentro del orden natural de las cosas que la novia se vuelva viuda en unos cuantos años, viuda joven y tal vez rica.
A pesar de que ha escrito su tesis para obtener el título de licenciada en Relaciones Internacionales, Elsa Natalia Mendoza Rockwell ha optado por un acercamiento etnográfico a esta zona del planeta que se encuentra a un paso de la frontera entre Sonora y Arizona. Ha creído pertinente desmarcarse de las elaboraciones metodológicas y demasiado abstractas para tender un cable a tierra y estudiar en vivo, a ras del suelo, lo que está sucediendo en Santa Gertrudis, porque lo cierto es que un estudio etnográfico permite entender cosas sobre el tráfico de drogas: la forma en que se arraiga localmente, su interferencia con otros asuntos de la vida comunitaria y las transformaciones que impone. “Permite mostrar la naturaleza porosa de lo que llamamos crimen organizado y poner en duda la imagen mediática que muestra a los cárteles como organizaciones impermeables divorciadas de las sociedades que las albergan.”
El narcotráfico no es sólo lo que los grandes capos y los políticos manejan como negocios de altura, campañas políticas electorales y muy altas finanzas legalizadas. El narcotráfico también es, en la vida cotidiana, el mundo de los burreros (en Tijuana se les dice burros) que cargan veinte kilos de mariguana en fila india a través de la frontera sin averiguar de quién son. O el de la una pareja que, para reunir el dinero suficiente para su boda, decide pasar 50 kilos de mariguana escondidos en el compartimiento secreto de un pick-up. A ese paquete escondido le llaman “clavo”.
¿Localmente se acepta el narcotráfico como una actividad legítima? ¿Qué posición ocupan las personas dedicadas al tráfico de drogas en la estructura social local? En realidad no hay un modelo sencillo que explique la relación de la comunidad con el tráfico de drogas; todo depende y todo está en discusión. Lo importante es entender la mentalidad del pueblo que le da cobijo. ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es relativo? Según y cómo.
Santa Gertrtudis también es un lugar de paso: de tráfico de personas. Y es sobre todo la inmigración —en el pueblo todo mundo está haciendo negocio con comidas y hospedaje y lo que derraman en dinero los polleros— y no el narcotráfico lo que produce en la población la sensación de que todo el antiguo orden se está derrumbando. También la migración se vive como una amenaza directa a la comunidad.
Luego vienen unos capítulos sobre el beisbol, las carreras de caballos, las peleas de gallos y una exposición sobre el narcotráfico y la participación política.
Si Natalia Mendoza se atreve a hablar de cultura ranchera o cultura del tráfico de drogas en Santa Gertrudis, el pueblo de su familia paterna, es porque con ello entiende y desglosa la producción histórica, siempre conflictiva y ambigua, de significados y prácticas.
Santa Gertrudis tiene una atmósfera de “viejo oeste moribundo”. Tiene entre siete y catorce mil almas y es un pueblo poco adornado y con un verano de siete meses. Es un pueblo con orgullo ranchero, pero con la mitad de las hectáreas de riego semiabandonadas. Sus pobladores tienen vocación de ganaderos, pero tienen pocas vacas. Antes en Hermosilllo no se vendían boletos de autobús para Santa Gertrudis: tenía que pedírsele al conductor que, por favor, se detuviera junto a la iglesia.
Como en muchas ciudades del norte, al automóvil es un signo de identidad personal y de status social. Es mucho más que un medio de transporte enajenante e individualista. La gente se reconoce por el auto, se saluda de carro a carro con un sonido o un cambio de luces. En los autos se dan las conversaciones más íntimas, los negocios, el consumo de alcohol y de drogas, la seducción y las relaciones extramaritales.
Pero lo más importante es ir a “dar la vuelta". Se sabe de una familia que vivía en un rancho muy apartado. Los domingos, después de bañarse y vestirse bien, se subía la mitad de la familia a la camioneta, daba vueltas alrededor del rancho y saludaba desde el vehículo a la otra mitad del rancho que se sentaba enfrente de la casa para verlos pasar.
Tuesday, October 17, 2006
El yo fabulador
Cuanto se recuerda en la
vida adquiere con el tiempo,
precisamente por ser recordado,
un carácter narrativo, y acaba
viéndose, según el caso, como una
película, una novela o un relato.
—Javier Marías
Uno tiende a inventar y a contar mentiras no con el fin de engañar o proceder de mala fe sino para no dejar morir su imaginación. Tiene uno necesidad de referir historias, de contar para ser, porque por alguna enigmática razón sólo el trabajo de la memoria trastocada en narración es la que nos da una idea de quiénes somos: atañe esta labor narrativa a nuestra identidad personal. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy para mí mismo? ¿Cómo soy para los demás? ¿La idea que tengo de mí coincide con la idea que los demás tienen de mí?
Desde niños tenemos hambre de historias. Queremos que nos cuenten cuentos antes de pasar a ese otro mundo que es el sueño. Porque es posible que nuestra representación del mundo esté estructurada como una narración. Hay lingüistas que dicen —Mark Turner, por ejemplo— que siempre que hablamos estamos contando una historia. Digamos lo que digamos estamos desgranando una anécdota mientras introducimos y sacamos personajes, como si actuara en nosotros una cierta predisposición genética innata hacia la narración. Por eso el filósofo John Searle afirma que el lenguaje nos constituye y cohesiona a la sociedad:
“Los animales tienen grupos sociales, pro no tienen nada parecido a la civilización humana. ¿Por qué? Porque ésta es la consecuencia del lenguaje. El lenguaje no sólo facilita la civilización, sino que la crea. El dinero, las vacaciones, el gobierno, el matrimonio… todo está constituido por el lenguaje. El lenguaje es lo fundamental en las relaciones humanas.”
El gran escritor norteamericano William Maxwell, autor de la novela Adiós, hasta mañana (editorial Siruela) sostiene que lo que atribuimos a la memoria es una forma de narración que se desarrolla en la mente y se transforma al ser contada.
Jesús Ramírez Bermúdez, novelista y neurólogo, acaba de publicar su primera novela: Paramnesia (editorial Random House Mondadori). En una reciente conversación con Arturo García Hernández habla precisamente del acto de narrar o contar una historia. Habla de los juegos que ocurren en nuestra memoria cuando narramos algo:
“Cuando contamos algo nos decoramos a nosotros mismos; se da toda una distorsión de la memoria no por razones aleatorias, sino por ciertas necesidades de la identidad personal. Nos creamos una identidad y tenemos que mantenerla a toda costa, aunque a veces se disocie de lo que somos.” Y es que Jesús Ramírez Bermúdez sabe que la memoria inventa y no reproduce como cuando uno pone en funcionamiento un disco. La memoria es humana y por tanto sentimental. No puede separarse de la emoción.
Lo acaba de contar el novelista alemán Günter Grass. Casi todos sus libros son autobiográficos, pero en Pelando la cebolla habla de lo que nunca dijo.
Siempre había tenido grandes reservas a escribir algo autobiográfico:
“El autor tiene que trabajar con sus recuerdos, con su memoria. Y sabemos que la memoria tiende a embellecer situaciones, a presentar cuestiones muy complejas de una forma lo suficientemente simple como para hacerlas narrables.”
De ahí la desconfianza hacia la propia capacidad de memoria y hacia sus recuerdos. Grass quería escribir a un tiempo, tenía que ser una narración rota. Y con el tiempo le fue cogiendo gusto a esta forma de narrar porque le fue quitando las capas a la cebolla y leyendo cosas entre ellas. “Pero además se hacía posible algo nada fácil, que era coger a aquel niño del año 1939, una persona tan lejana ya de mí, y entrar en conversación con ella.”
Seguimos siendo como niños: a todas horas inventamos nuestra realidad. Dice Detlev Ganten que para ver el papel de la imaginación en la memoria no hay nada mejor que escuchar a los niños narrando sus experiencias.
Sin embargo, en la creación de la obra artística literaria —hecha en el silencio y en la soledad— parece que las cosas suceden de otra manera; al menos no tan deliberada y consciente. Hay quien cree que el yo más profundo del escritor es el que se manifiesta a la hora de escribir.
“La idea que recorre como una iluminación Contre Saint Beuve, y de hecho toda la novela En busca del tiempo perdido, es que quien ha escrito un poema o una obra que nos han conmovido no es esa misma persona de la que conocemos sus relaciones sociales, sus hábitos y la vida que ha llevado entre los hombres.”
Así lo dicen Antonio Mari y Manuel Pla en el prólogo a Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana, el libro de Marcel Proust recientemente reeditado por Tusquets. Según ellos, el escritor es aquel que, en soledad y silencio, ha sido capaz de descubrir el secreto que se esconde en su interior, y que nunca habría podido conocer, ni dar a conocer, si no hubiera tenido la posibilidad de darle forma mediante la escritura.
El “yo” que escribe no es el “yo” que vive entre las cosas del mundo. El “yo” del artista es un yo interior, íntimo y particular, que busca expresarse y que jamás llega a establecer relación alguna con el yo histórico, mundano y contingente.
El que escribe es otro yo. Ni siquiera es el yo que se manifiesta en la pareja sexual. El otro yo es el que verdaderamente escribe y queda plasmado entre las páginas del libro.
http://campbellobo3.blogspot.com/ [Padre y memoria]
vida adquiere con el tiempo,
precisamente por ser recordado,
un carácter narrativo, y acaba
viéndose, según el caso, como una
película, una novela o un relato.
—Javier Marías
Uno tiende a inventar y a contar mentiras no con el fin de engañar o proceder de mala fe sino para no dejar morir su imaginación. Tiene uno necesidad de referir historias, de contar para ser, porque por alguna enigmática razón sólo el trabajo de la memoria trastocada en narración es la que nos da una idea de quiénes somos: atañe esta labor narrativa a nuestra identidad personal. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy para mí mismo? ¿Cómo soy para los demás? ¿La idea que tengo de mí coincide con la idea que los demás tienen de mí?
Desde niños tenemos hambre de historias. Queremos que nos cuenten cuentos antes de pasar a ese otro mundo que es el sueño. Porque es posible que nuestra representación del mundo esté estructurada como una narración. Hay lingüistas que dicen —Mark Turner, por ejemplo— que siempre que hablamos estamos contando una historia. Digamos lo que digamos estamos desgranando una anécdota mientras introducimos y sacamos personajes, como si actuara en nosotros una cierta predisposición genética innata hacia la narración. Por eso el filósofo John Searle afirma que el lenguaje nos constituye y cohesiona a la sociedad:
“Los animales tienen grupos sociales, pro no tienen nada parecido a la civilización humana. ¿Por qué? Porque ésta es la consecuencia del lenguaje. El lenguaje no sólo facilita la civilización, sino que la crea. El dinero, las vacaciones, el gobierno, el matrimonio… todo está constituido por el lenguaje. El lenguaje es lo fundamental en las relaciones humanas.”
El gran escritor norteamericano William Maxwell, autor de la novela Adiós, hasta mañana (editorial Siruela) sostiene que lo que atribuimos a la memoria es una forma de narración que se desarrolla en la mente y se transforma al ser contada.
Jesús Ramírez Bermúdez, novelista y neurólogo, acaba de publicar su primera novela: Paramnesia (editorial Random House Mondadori). En una reciente conversación con Arturo García Hernández habla precisamente del acto de narrar o contar una historia. Habla de los juegos que ocurren en nuestra memoria cuando narramos algo:
“Cuando contamos algo nos decoramos a nosotros mismos; se da toda una distorsión de la memoria no por razones aleatorias, sino por ciertas necesidades de la identidad personal. Nos creamos una identidad y tenemos que mantenerla a toda costa, aunque a veces se disocie de lo que somos.” Y es que Jesús Ramírez Bermúdez sabe que la memoria inventa y no reproduce como cuando uno pone en funcionamiento un disco. La memoria es humana y por tanto sentimental. No puede separarse de la emoción.
Lo acaba de contar el novelista alemán Günter Grass. Casi todos sus libros son autobiográficos, pero en Pelando la cebolla habla de lo que nunca dijo.
Siempre había tenido grandes reservas a escribir algo autobiográfico:
“El autor tiene que trabajar con sus recuerdos, con su memoria. Y sabemos que la memoria tiende a embellecer situaciones, a presentar cuestiones muy complejas de una forma lo suficientemente simple como para hacerlas narrables.”
De ahí la desconfianza hacia la propia capacidad de memoria y hacia sus recuerdos. Grass quería escribir a un tiempo, tenía que ser una narración rota. Y con el tiempo le fue cogiendo gusto a esta forma de narrar porque le fue quitando las capas a la cebolla y leyendo cosas entre ellas. “Pero además se hacía posible algo nada fácil, que era coger a aquel niño del año 1939, una persona tan lejana ya de mí, y entrar en conversación con ella.”
Seguimos siendo como niños: a todas horas inventamos nuestra realidad. Dice Detlev Ganten que para ver el papel de la imaginación en la memoria no hay nada mejor que escuchar a los niños narrando sus experiencias.
Sin embargo, en la creación de la obra artística literaria —hecha en el silencio y en la soledad— parece que las cosas suceden de otra manera; al menos no tan deliberada y consciente. Hay quien cree que el yo más profundo del escritor es el que se manifiesta a la hora de escribir.
“La idea que recorre como una iluminación Contre Saint Beuve, y de hecho toda la novela En busca del tiempo perdido, es que quien ha escrito un poema o una obra que nos han conmovido no es esa misma persona de la que conocemos sus relaciones sociales, sus hábitos y la vida que ha llevado entre los hombres.”
Así lo dicen Antonio Mari y Manuel Pla en el prólogo a Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana, el libro de Marcel Proust recientemente reeditado por Tusquets. Según ellos, el escritor es aquel que, en soledad y silencio, ha sido capaz de descubrir el secreto que se esconde en su interior, y que nunca habría podido conocer, ni dar a conocer, si no hubiera tenido la posibilidad de darle forma mediante la escritura.
El “yo” que escribe no es el “yo” que vive entre las cosas del mundo. El “yo” del artista es un yo interior, íntimo y particular, que busca expresarse y que jamás llega a establecer relación alguna con el yo histórico, mundano y contingente.
El que escribe es otro yo. Ni siquiera es el yo que se manifiesta en la pareja sexual. El otro yo es el que verdaderamente escribe y queda plasmado entre las páginas del libro.
http://campbellobo3.blogspot.com/ [Padre y memoria]
Oro azul
Maude Barlow y Tony Clarke, que han dedicado su vida en Canadá a la batalla ecológica por un mundo más habitable, llaman la atención sobre la posibilidad —muy real, muy previsible— que de que en dos o tres décadas más el planeta deje de tener agua suficiente. Su muy bien documentada argumentación se encuentra en Blue Gold: The Fight to Stop the Corporate Theft of the World's Water. Ed. The New Press New York, 2002
Su alarma no es sólo suya. Un vicepresidente del Banco Mundial advirtió el año pasado:
"Las guerras del siglo que viene serán sobre el agua."
La crítica más acuciosa de los autores apunta a las grandes empresas transnacionales que comercian con el agua potable, como Evian, Coca Cola, PepsiCo, Naya. Al paso que vamos, estrenando el siglo, la dotación natural de agua será insuficiente. Por lo pronto en Inglaterra y Francia, donde el agua ya se ha privatizado (como en Argentina), empieza haber algunos signos de escasez. Diez son las compañías que dominan el mercado internacional y entre ellas las que se llevan la parte del león son dos francesas: Suez y Vivendi.
Otros libros —como Water, de Marq de Villier, Cadillac Desert, de Marc Reisner, y Every Drop for Sale, de Jeffrey Rothfeder— se han ocupado del mismo tema, pero Blue Gold se distingue por el análisis económico del agua como un recurso a la baja.
Las empresas de agua embotellada, en cuanto a utilidades, son de las de mayor crecimiento hoy en día y las reglamentaciones nacionales que intentan regirlas abundan en huecos legales. Compran a los estados los derechos para explotar los flujos de agua "fresca y natural" al tiempo en que se empiezan a secar no pocas fuentes.
Amparados en la libertad comercial y el "espíritu de nuestra época", el mercado libre comúnmente aceptado según el "consenso de Washington", las transnacionales del agua toman poco en cuenta los problemas derivados de las sequías y el control de las aguas destinadas al riego en las zonas agrícolas. No atienden el interés general de la población ni les inquieta el hecho de que el consumo mundial de agua se duplique cada veinte años, más del doble de la tasa de crecimiento poblacional.
Contra lo que podría presumirse —por la abundancia de lluvias en muchas áreas del globo, y la capacidad cíclica de la Tierra para recuperarse—, los autores abundan en datos que ilustran el descontrol y el abuso de las transnacionales y sostienen que la oferta natural hidrográfica no es inagotable. Creen que el agua no debe privatizarse. Ya se está viendo, añaden, que las familias pobres pagan más por el agua que sus vecinos ricos. Coca Cola y Pepsi, además, ya se apropian de los suministros municipales. Por otra parte, el problema no está disociado del de la contaminación de las presas, los lagos y los ríos. Todo es ganancia. Hasta por el agua potable tenemos que pagar.
Y es que el agua, dicen, no se puede tratar igual que otros recursos, como una simple mercancía. Aparte de una necesidad, el agua es un derecho. Es un error que algunos gobiernos concedan el control de los derechos del agua a las grandes corporaciones. Es un error que en los tratados comerciales, como el celebrado entre México y Estados, se abra la posibilidad legal de hacer concesiones de agua a los comerciantes.
Su proposición plantea varias metas que hay que alcanzar; sugiere una estrategia para legislar correctivamente el problema, y toma en cuenta la participación de las organizaciones ciudadanas.
El enfoque de la obra es económico y político. Analiza las crecientes ganancias de las empresas y expone datos sobre el impacto ecológico. Con todo, su información no es excesivamente técnica y es comprensible para cualquier lector.
La contribución más importante de la obra es que amplía el nivel de conciencia respecto a la problemática del agua en el mundo.
Una de las críticas que se le han hecho a Blue Gold insinúa que es un poco superficial en el examen de ciertas regiones y que al descargar toda la responsabilidad a los grandes negociantes —los malos de la película— se descuidan otras causas de la crisis del agua en el mundo. Sólo, dicen, se menciona en Blue Gold muy de paso la agricultura, que utiliza el 70 por ciento de los recursos acuáticos. Mejorar los métodos de conservación del agua (racionalizando los sistemas de riego o promoviendo el goteo al estilo israelita) podría permitir sustanciales ahorros. No se le da, por otra parte, suficiente crédito a organizaciones que se han esforzado por atenuar el desperdicio del agua, ni se pone énfasis en la educación de los consumidores que la desperdician en la vida cotidiana.
El estilo de la exposición es llano y está más cerca del ensayo periodístico que del análisis académico. Tiene cerca de 300 páginas y no se aprecia ningún tramo inútil. Es posible que peque de inexactitud en algunos datos, como los que se exponen sobre el hundimiento de la ciudad de México.
"La ciudad de México, literalmente hablando, se está quedando sin agua. Dicen los expertos que la ciudad podría secarse completamente en los próximos diez años." Y la crisis no se limita a la capital. Los años de sequía han dejado al estado de Sonora "tan seca como un hueso".
Lo que se subraya en el libro es el reconocimiento del agua como parte esencial de la vida y el derecho de todo ser humano al agua, independientemente de su status social o económico.
http://campbellobo4.blogspot.com/
Su alarma no es sólo suya. Un vicepresidente del Banco Mundial advirtió el año pasado:
"Las guerras del siglo que viene serán sobre el agua."
La crítica más acuciosa de los autores apunta a las grandes empresas transnacionales que comercian con el agua potable, como Evian, Coca Cola, PepsiCo, Naya. Al paso que vamos, estrenando el siglo, la dotación natural de agua será insuficiente. Por lo pronto en Inglaterra y Francia, donde el agua ya se ha privatizado (como en Argentina), empieza haber algunos signos de escasez. Diez son las compañías que dominan el mercado internacional y entre ellas las que se llevan la parte del león son dos francesas: Suez y Vivendi.
Otros libros —como Water, de Marq de Villier, Cadillac Desert, de Marc Reisner, y Every Drop for Sale, de Jeffrey Rothfeder— se han ocupado del mismo tema, pero Blue Gold se distingue por el análisis económico del agua como un recurso a la baja.
Las empresas de agua embotellada, en cuanto a utilidades, son de las de mayor crecimiento hoy en día y las reglamentaciones nacionales que intentan regirlas abundan en huecos legales. Compran a los estados los derechos para explotar los flujos de agua "fresca y natural" al tiempo en que se empiezan a secar no pocas fuentes.
Amparados en la libertad comercial y el "espíritu de nuestra época", el mercado libre comúnmente aceptado según el "consenso de Washington", las transnacionales del agua toman poco en cuenta los problemas derivados de las sequías y el control de las aguas destinadas al riego en las zonas agrícolas. No atienden el interés general de la población ni les inquieta el hecho de que el consumo mundial de agua se duplique cada veinte años, más del doble de la tasa de crecimiento poblacional.
Contra lo que podría presumirse —por la abundancia de lluvias en muchas áreas del globo, y la capacidad cíclica de la Tierra para recuperarse—, los autores abundan en datos que ilustran el descontrol y el abuso de las transnacionales y sostienen que la oferta natural hidrográfica no es inagotable. Creen que el agua no debe privatizarse. Ya se está viendo, añaden, que las familias pobres pagan más por el agua que sus vecinos ricos. Coca Cola y Pepsi, además, ya se apropian de los suministros municipales. Por otra parte, el problema no está disociado del de la contaminación de las presas, los lagos y los ríos. Todo es ganancia. Hasta por el agua potable tenemos que pagar.
Y es que el agua, dicen, no se puede tratar igual que otros recursos, como una simple mercancía. Aparte de una necesidad, el agua es un derecho. Es un error que algunos gobiernos concedan el control de los derechos del agua a las grandes corporaciones. Es un error que en los tratados comerciales, como el celebrado entre México y Estados, se abra la posibilidad legal de hacer concesiones de agua a los comerciantes.
Su proposición plantea varias metas que hay que alcanzar; sugiere una estrategia para legislar correctivamente el problema, y toma en cuenta la participación de las organizaciones ciudadanas.
El enfoque de la obra es económico y político. Analiza las crecientes ganancias de las empresas y expone datos sobre el impacto ecológico. Con todo, su información no es excesivamente técnica y es comprensible para cualquier lector.
La contribución más importante de la obra es que amplía el nivel de conciencia respecto a la problemática del agua en el mundo.
Una de las críticas que se le han hecho a Blue Gold insinúa que es un poco superficial en el examen de ciertas regiones y que al descargar toda la responsabilidad a los grandes negociantes —los malos de la película— se descuidan otras causas de la crisis del agua en el mundo. Sólo, dicen, se menciona en Blue Gold muy de paso la agricultura, que utiliza el 70 por ciento de los recursos acuáticos. Mejorar los métodos de conservación del agua (racionalizando los sistemas de riego o promoviendo el goteo al estilo israelita) podría permitir sustanciales ahorros. No se le da, por otra parte, suficiente crédito a organizaciones que se han esforzado por atenuar el desperdicio del agua, ni se pone énfasis en la educación de los consumidores que la desperdician en la vida cotidiana.
El estilo de la exposición es llano y está más cerca del ensayo periodístico que del análisis académico. Tiene cerca de 300 páginas y no se aprecia ningún tramo inútil. Es posible que peque de inexactitud en algunos datos, como los que se exponen sobre el hundimiento de la ciudad de México.
"La ciudad de México, literalmente hablando, se está quedando sin agua. Dicen los expertos que la ciudad podría secarse completamente en los próximos diez años." Y la crisis no se limita a la capital. Los años de sequía han dejado al estado de Sonora "tan seca como un hueso".
Lo que se subraya en el libro es el reconocimiento del agua como parte esencial de la vida y el derecho de todo ser humano al agua, independientemente de su status social o económico.
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La degradación de la Condesa
El deterioro de la colonia Condesa en el DF nos ha puesto a reflexionar no sólo en la serie de estructuras abusivas bajo las que vivimos todos los mexicanos sino en la inexistencia misma del Estado. El Estado ya no existe cuando en lugar de atender al bien común se gobierna a favor de intereses particulares y de grupo. Cuando la autoridad legal y legítima no puede o no quiere ponerle límites a la codicia insaciable de los comerciantes entonces sucede que quienes verdaderamente gobiernan la ciudad son los comerciantes.
En el caso particular de esta muy habitable y encantadora zona del DF es paradigmático, a nivel micropolítico, de lo que probablemente esté sucediendo en el cuerpo todo de la nación: unos cuantos grupos de hombres de negocios (que no elegimos) y políticos amigos suyos acaparan todos los contratos oficiales y deciden qué rumbo ha de llevar la economía nacional.
Sucede esto en una época en que predominan los gobernadores, presidentes municipales, secretarios de Estado, diputados, senadores, y jueces de todas las instancias, que están en el poder por el poder mismo: exclusivamente para hacer negocios con sus amigos.
Una de las pruebas de la inexistencia del Estado en México es que antes un telefonazo a Televisa por parte de la Presidencia o de Gobernación ponía a temblar a los ejecutivos del heredero de los Azcárraga. Ahora sucede lo contrario: un telefonazo de uno de los ejecutivos de Televisa a las oficinas de Los Pinos o de Bucareli es el que pone a temblar a los funcionarios.
¿Cuándo es cuando no hay Estado?
Cuando, por ejemplo, un abusivo dueño de estacionamientos decide subir las tarifas de un día para otro. No hay autoridad que se lo sancione y ese comerciante se conduce como le da la gana, es decir, como si no existiera el Estado.
Lo que está sucediendo con la colonia Condesa es que hoy más que nunca la delegación Cuauhtémoc está dado con demasiada facilidad y laxitud permisos (cosa que suele exacerbarse a finales de sexenio) para abrir un bar en cada esquina. La colonia de las jacarandas más bellas del Valle está a punto de convertirse en la nueva Zona Rosa de la capital. Existen en la Condesa bares y cantinas en la vía pública con una beligerancia que no se autoriza ni en la Zona Rosa ni en la avenida Revolución de Tijuana: taburetes y barras en la banqueta.
Esta alteración de la convivencia civil está asociada al momento en que Jorge Hank Rhon, presidente municipal de Tijuana, abrió un negocios de apuestas justo en la intercesión de Tamaulipas y Nuevo León, donde antes estaba el cine Plaza. Los books, el bingo, la cultura del dinero rápido y de la adicción al juego que promueven estos centros autorizados por Santiago Creel cuando creía que iba a ser candidato, empiezan ya a tener su ola expansiva de degradación urbana. Empieza a cambiar el tipo de clientela que antes circulaba por la Condesa. Y todo por eso: porque los comerciantes, en ausencia de la autoridad formal, nos gobiernan. Los comerciantes con sus vallas publicitarias, las mismas que acabaron con la dignidad y el encanto de Polanco; los comerciantes de los valets parking y el racket que establecen con los dueños de restaurantes.
Abusos. Puros abusos. Vivimos en un país en el que lo habitual es el abuso y el sometimiento. Nadie se indigna, ni siquiera cuando le roban unas elecciones presidenciales. Todo mundo se calla y se somete. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados al abuso. Pagamos un servicio de cablevisión y la empresa que da el servicio nos hace ver a fuerzas una cantidad insoportable de anuncios. Si vamos a los cines de Cinepolis o Cinemex, la empresa tiene a bien regañar y ofender al público son su burda propaganda contra la piratería y olvida que ella misa, la empresa michoacana, está abusando de los espectadores cuando le impone a fuerzas la visión de unos anuncios interminables antes de que empiece la película por la que pagaron cuarenta pesos. O sea, les cobran por ver anuncios. Y no hay ley que lo autorice o lo prohíba.
Estos abusos —en un país en el que no existe el Estado o en el que el poco Estado remanente no defiende a sus ciudadanos, de los banqueros extranjeros, por ejemplo— a veces vienen en pareja: Aeroméxico y Mexicana, Televisa y Televisión Azteca, Pepsicola y CocaCola, Compañía de Luz y Fuerza del Centro y Comisión Federal de Electricidad. No veo una pareja de bancos (los abusivos de las tarjetas de crédito), pero me gustaría aparejar a HSBC y a Citibank que en México opera con la careta de Banamex. Cobran lo que les da la gana y no hay Estado que les ponga un límite, acaso porque los consejos coordinadores de empresarios se ponen con su vaquita para la elección de los panistas. Trabajan en parejas, como los policías, que también abusan en la Condesa con sus grúas.
No es agradable reconocerlo, pero la administración pública de cualquier partido, del PAN, del PRI, o del PRD, es igual de mala y abusiva. Los panistas tienen ya veinte años gobernando Baja California y no se ha visto que sean diferentes a los priístas.
Los políticos son los políticos independientemente de la cachucha que se pongan en los mítines.
http://campbellobo4.blogspot.com/ [Hora del lobo]
En el caso particular de esta muy habitable y encantadora zona del DF es paradigmático, a nivel micropolítico, de lo que probablemente esté sucediendo en el cuerpo todo de la nación: unos cuantos grupos de hombres de negocios (que no elegimos) y políticos amigos suyos acaparan todos los contratos oficiales y deciden qué rumbo ha de llevar la economía nacional.
Sucede esto en una época en que predominan los gobernadores, presidentes municipales, secretarios de Estado, diputados, senadores, y jueces de todas las instancias, que están en el poder por el poder mismo: exclusivamente para hacer negocios con sus amigos.
Una de las pruebas de la inexistencia del Estado en México es que antes un telefonazo a Televisa por parte de la Presidencia o de Gobernación ponía a temblar a los ejecutivos del heredero de los Azcárraga. Ahora sucede lo contrario: un telefonazo de uno de los ejecutivos de Televisa a las oficinas de Los Pinos o de Bucareli es el que pone a temblar a los funcionarios.
¿Cuándo es cuando no hay Estado?
Cuando, por ejemplo, un abusivo dueño de estacionamientos decide subir las tarifas de un día para otro. No hay autoridad que se lo sancione y ese comerciante se conduce como le da la gana, es decir, como si no existiera el Estado.
Lo que está sucediendo con la colonia Condesa es que hoy más que nunca la delegación Cuauhtémoc está dado con demasiada facilidad y laxitud permisos (cosa que suele exacerbarse a finales de sexenio) para abrir un bar en cada esquina. La colonia de las jacarandas más bellas del Valle está a punto de convertirse en la nueva Zona Rosa de la capital. Existen en la Condesa bares y cantinas en la vía pública con una beligerancia que no se autoriza ni en la Zona Rosa ni en la avenida Revolución de Tijuana: taburetes y barras en la banqueta.
Esta alteración de la convivencia civil está asociada al momento en que Jorge Hank Rhon, presidente municipal de Tijuana, abrió un negocios de apuestas justo en la intercesión de Tamaulipas y Nuevo León, donde antes estaba el cine Plaza. Los books, el bingo, la cultura del dinero rápido y de la adicción al juego que promueven estos centros autorizados por Santiago Creel cuando creía que iba a ser candidato, empiezan ya a tener su ola expansiva de degradación urbana. Empieza a cambiar el tipo de clientela que antes circulaba por la Condesa. Y todo por eso: porque los comerciantes, en ausencia de la autoridad formal, nos gobiernan. Los comerciantes con sus vallas publicitarias, las mismas que acabaron con la dignidad y el encanto de Polanco; los comerciantes de los valets parking y el racket que establecen con los dueños de restaurantes.
Abusos. Puros abusos. Vivimos en un país en el que lo habitual es el abuso y el sometimiento. Nadie se indigna, ni siquiera cuando le roban unas elecciones presidenciales. Todo mundo se calla y se somete. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados al abuso. Pagamos un servicio de cablevisión y la empresa que da el servicio nos hace ver a fuerzas una cantidad insoportable de anuncios. Si vamos a los cines de Cinepolis o Cinemex, la empresa tiene a bien regañar y ofender al público son su burda propaganda contra la piratería y olvida que ella misa, la empresa michoacana, está abusando de los espectadores cuando le impone a fuerzas la visión de unos anuncios interminables antes de que empiece la película por la que pagaron cuarenta pesos. O sea, les cobran por ver anuncios. Y no hay ley que lo autorice o lo prohíba.
Estos abusos —en un país en el que no existe el Estado o en el que el poco Estado remanente no defiende a sus ciudadanos, de los banqueros extranjeros, por ejemplo— a veces vienen en pareja: Aeroméxico y Mexicana, Televisa y Televisión Azteca, Pepsicola y CocaCola, Compañía de Luz y Fuerza del Centro y Comisión Federal de Electricidad. No veo una pareja de bancos (los abusivos de las tarjetas de crédito), pero me gustaría aparejar a HSBC y a Citibank que en México opera con la careta de Banamex. Cobran lo que les da la gana y no hay Estado que les ponga un límite, acaso porque los consejos coordinadores de empresarios se ponen con su vaquita para la elección de los panistas. Trabajan en parejas, como los policías, que también abusan en la Condesa con sus grúas.
No es agradable reconocerlo, pero la administración pública de cualquier partido, del PAN, del PRI, o del PRD, es igual de mala y abusiva. Los panistas tienen ya veinte años gobernando Baja California y no se ha visto que sean diferentes a los priístas.
Los políticos son los políticos independientemente de la cachucha que se pongan en los mítines.
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