Tuesday, December 11, 2007

La era de la criminalidad

Tal vez tengan que pasar varios años para discernir si a nuestra época se le identificará históricamente con la criminalidad. Las nociones de Estado, país, nación, gobernabilidad, tanto como los indicadores económicos, cambian de matiz o sustancialmente y es probable que necesitemos nuevas categorías para entenderlos. Porque hay un factor que siempre ha estado en las sociedad pero que nunca había tenido una beligerancia tan portentosa como la de ahora: la delincuencia organizada.
Somos contemporáneos de la mundialización del delito.
Las estadísticas que tratan de establecer el producto interno bruto, el ingreso per capita, el índice de las remesas procedentes del exterior, la cantidad de millones de dólares que los mexicanos guardan o invierten en otros países, se distorsionan porque no se pueden calcular los flujos de la economía criminal.
Hemos transitado de la era de las ideologías a la criminal porque, a pesar del desarrollo tecnológico o gracias a él, estamos asistiendo a una cada vez mayor criminalización del mundo. Esta toma de conciencia (más que una sospecha) no es nueva. Ya en los años 70 se hablaba, por lo menos entre los escritore, de una “sicilianización” del planeta, como si el modus operandi de la mafia hubiera permeado las formas de hacer política y de gobernar. Había ya la sensación de que se mezclaba la actividad delincuencial con el ejercicio del poder formal del Estado, en todas sus dimensiones: ejecutiva, legislativa y judicial. En esta transformación los jueces (los magistrados que llevan la toga pretexta) son tan importantes como los legisladores y los funcionarios administrativos. Y la policía, por supuesto. Sobre todo la policía y el ejército. El interés general (o el llamado bien común) se ha perdido de vista y se gobierna para proteger a los diversos grupos hegemónicos de cada país. En el caso de México es evidente: un país saqueado, en manos de unos veinticinco grupos de compadres, empresarios y políticos. Mientras los narcotraficantes hacen su rancho aparte.
No estaríamos hablando de estas cosas si no fuera por un libro recientemente aparecido: El G-9 de las mafias en el mundo (Editorial Urano, 2007), obra del criminólogo francés Jean-François Gayraud.
“Las mafias no son un fenómeno marginal, sino un poder oculto y configurador del escenario mundial que maneja cifras de dinero mareantes”, dice Fernando Martínez Laínez en el suplemento literario del diario madrileño ABC.
“Se trata de una realidad geopolítica instalada en la médula del entramado político y económico de la sociedad.”
El autor señala que fundamentalmente actúan en el mundo nueve mafias: la siciliana Cosa Nostra por supuesto, la Cosa Nostra estadounidense, la Camorra de Nápoles, la N’drangheta de Calabria, la Sacra Corona Unita de la Puglia, la Mafyya turca, la Mafia albanesa, la Yakuza japonesa y las Tríadas chinas. (Tal vez le faltó la mafia rusa.) De hecho estas organizaciones de algún modo gobiernan, especialmente en regiones de un país a donde no llega el poder del Estado. Si hay un vacío, la mafia lo llena. Manejan cada año miles de millones de euros o de dólares que se funden en el amasijo de las finanzas internacionales: bancos, casas de cambio, casinos, books de apuestas, paraísos fiscales, industria de la construcción, hotelería.
Casi todas esas mafias tienen sus ritos secretos, son muy rituales y el pacto de sangre —al jurar fidelidad a Cosa Nostra, por ejemplo— no es infrecuente. Y su poder se ejerce, para mantenerlo, mediante una estructura criminal que mata y esconde los cadáveres (en toneles de ácido, por ejemplo). Si se necesitara otra palabra para denominar a la mafia ésa palabra sería sangre. En muchos lugares del mundo, las mafias llegan a tener una capacidad de fuego superior a la del ejército oficial y dominan territorios y poblaciones no necesariamente pequeñas. Llegan incluso en el continente americano a cobrar el pizzo, la extorsión a los negocios típicamente siciliana. Se dice que en México, en algunas regiones, ya se empieza esta práctica.
Y es que todo empezó en Sicilia, hará unos 150 años, hacia mediados del siglo XX, cuando en las enormes extensiones para el cultivo de cítricos, ciertos guardias blancas empezaron a apropiarse de las haciendas y a extorsionar hasta hacer que la protección se incluyera como un insumo imprescindible (como el capital y el trabajo) en la producción. A partir de allí, todo fue imitación, contagio colectivo, y exportación de esa cultura criminal hacia Nueva York, por ejemplo.
Si en México los espacios del crimen no hubieran estado cubiertos por los políticos y los militares, seguramente también la mafia hubiera sentado sus reales entre nosotros.
Entonces, más que la “era de la información”, como le gusta llamarla a Manuel Castells, estaríamos viviendo ya en la “era de la criminalidad” como nunca antes en la historia, por su profusión, por su fuerza, por su liga secreta y solapada con representantes del Estado, los partidos políticos y los jueces de la más alta investidura, como los de la Suprema Corte.


La coartada de la legalidad


El poder es la capacidad
de una clase para
defender sus intereses.

—Nicos Poulantzas

La reciente exoneración que la Suprema Corte de Justicia “obsequió” al gobernador de Puebla Mario Marín nos ha puesto a reflexionar en el sentido de la justicia. Vemos, una vez más que —en última instancia, que es la de la SCJ— esa justicia depende de la subjetividad de los jueces. Y en esa subjetividad caben la debilidad humana, las emociones, la ideología, la biografía personal, el estado de ánimo, las creencias políticas y religiosas, las relaciones de poder, los intereses políticos y económicos, e inclusive los altos sueldos con los que se les remunera.
La política de los sueldos altos ilustra muy bien algo que parece ser una contradicción en los términos: la corrupción legalizada.
Unos magistrados pueden decidir que no hubo una acción concertada entre funcionarios tendiente a violar las garantías individuales de la periodista Lydia Cacho y que no deben sancionar como prueba válida una grabación conseguida de manera ilegal. Otros —que saben tanto derecho y cuentan con tanta experiencia judicial como los otros— sostienen que sí hubo elementos de sobra para estatuir que fueron violadas las garantías individuales de la autora de Los demonios del Edén y que la grabación, en el contexto de la pederastria, era una hipótesis que adquiriría valor probatorio si otros hechos (como los recogidos por la Comisión de Investigación) la refrendaban.
En la investigación, en su carácter de ministro instructor, Juan Silva Meza planteó la responsabilidad de treinta funcionarios y exfuncionarios de los poderes Ejecutivo y Judicial de Puebla y Quintana Roo por haberse concertado para violar las garantías de Lydia Cacho. Hubo un aprovechamiento y un uso ilegítimo del aparato de gobierno en contra de una persona y a satisfacción de otra. Todavía más: se trató de una componenda en la que se violaron los principios de división de poderes, del federalismo y de la independencia judicial.
En contra del dictamen estuvieron:
Sergio Aguirre Anguiano: “Para mí no existe probado, con prueba idónea, en la especie, que la señora Cacho haya sufrido violación grave de sus garantías individuales.”
Mariano Azuela Güitron: “No está probada la violación gravísima de garantías individuales.”
Margarita Luna Ramos: “Sí pudo haber violaciones a sus garantías individuales, pero violaciones posiblemente resarcibles… a través de los medios jurídicos que establece nuestro propio sistema jurídico.”
Olga Sánchez Cordero: “Es inexacto lo que se afirma en el sentido de que existen elementos suficientes para tener por demostrada la injerencia del funcionario…”
Guillermo Ortiz Mayagoitia: La grabación “demuestra una intervención aislada para que se llevara adelante un proceso penal, cuyas irregularidades… Yo diría que son irregularidades menores… en todo caso una señal mal interpretada por parte de quienes ejecutaron los restantes actos”.
Sergio Valls Hernández: “No se acredita de manera fehaciente violaciones graves a las garantías individuales de la señora Lydia Cacho.”
A favor se pronunciaron:
José Ramón Cossío: De las llamadas telefónicas se desprenden ciertos patrones “que permiten comprobar una violación grave derivada de un concierto de autoridades”.
Genaro Góngora Pimentel: “Para mí sí quedó probada la violación grave. Para mí sí hubo concierto de autoridades.”
José de Jesús Gudiño Pelayo: “Yo creo que sí hubo violación grave de garantías individuales. Considero que sí hubo concierto de autoridades.”
Juan Silva Meza: “Sí queda probada la violación grave de garantías individuales… Sí existió concierto de autoridades para llevar a cabo esa violación… Tengo la convicción plena de que en un Estado constitucional y democrático de derecho, la impunidad no tiene cabida”.
Se cancela también con esta resolución la posibilidad de que en otras instancias del poder judicial algún juez federal se atreva a proceder en contra del gobernador Mario Marín sabiendo cuál fue el parecer de la Corte. Y con todo ello puede darse por finiquitado el asunto, como cosa juzgada. Una vez establecida la “verdad jurídica” se entiende que ya se hizo justicia. Ya no hay instancia más arriba. Todo se encomienda a la “interpretación”. Y con esa “verdad técnica” se cierra el circuito de la legalidad.
Lo que fue un golpe bajo por parte de la Corte ha sido la omisión de las redes de pornografía infantil y el abuso sexual de menores que están en el trasfondo y respecto de los cuales la Comisión de Investigación recogió no pocos testimonios. En términos prácticos, no necesariamente jurídicos, esa exclusión equivale a un encubrimiento.
Ha sucedido como en Rashomon, la película de Akira Kurosawa: cinco personas presencian un asesinato (desde cinco puntos de vista o lugares diferentes) y cada una ve algo distinto. Con otras palabras, Luigi Pirandello venía a decir más o menos lo mismo: en este mundo cada quien ve la “realidad” que le conviene.
Este golpe bajo a quienes querían creer en la justicia ha significado también —por las componendas electorales del candidato del PAN a la presidencia en 2006— un descrédito para el régimen actual. Siempre los jueces que visten la toga pretexta encontrarán una justificación legal para decidir una cosa o su contrario, como se pudo entrever el año pasado en el Tribunal Federal Electoral que dejó la estela de unas elecciones sospechosas. Está en la naturaleza misma del acto de juzgar. Por lo mismo, en Estados Unidos se habla de jueces “conservadores” y jueces “liberales” al considerar como inevitable la subjetividad ideológica. Y en México todo se hace dentro de la “normatividad”, todo es legal. Todos los días alguien se roba algo del erario público, pero ha de documentarse dentro de la legalidad para el caso de que haya una auditoría. Nadie roba fuera de la ley. Es una de las contribuciones más originales de México a la cultura de la corrupción.

Wednesday, December 05, 2007

El cerebro y la música

Las más recónditas regiones del cerebro no son insensibles al arte de bien combinar los sonidos y el tiempo. Los efectos de la música en el estado de ánimo se han reconocido desde hace mucho tiempo, a tal grado que no pocas personas y psicoterapeutas se toman ahora más en serio que nunca las virtudes de la musicoterapia. Pero el libro de Oliver Sacks, Musicophilia (historias sobre el cerebro y la música) no se detiene en este uso actual de la música. Se refiere más bien a ciertos casos en los que la víctima de un accidente, con lesión en cierta parte del cerebro, cambia su actitud ante la música.
Y se puede entender muy bien esta observación del escritor neurólogo, Oliver Saacks, el mismo que firma los ya célebres libros como Migraña, Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Basta hacer memoria y traer a la conversación con nuestro desocupado y atento lector la experiencia o la relación que uno ha tenido con la música. A mí me ha parecido que en mi segunda década de estancia en este mundo, hacia los catorce años, cuando iba a terminar la secundaria, yo tenía una mayor sensibilidad ante la música. En el verano de 1954 en Tijuana, mientras transcurrían apaciblemente julio y agosto, yo me encerraba en mi cuarto a escuchar una composición de Schubert que ha sido la banda sonora de mi vida: Rosamunda. Había yo comprado unas bocinas en una tienda de San Diego y me hice de dos cajas de cartón en las que inserté cada bocina sobre un círculo previamente dibujado y recortado. Me coloqué en medio de las dos bocinas, que quedaron a ambos lados de la cama, y nunca como entonces he vuelto a sentir una emoción tan fuerte con la música. Nunca más, en el resto de mi vida.
Viví muchos años no indiferente pero sí muy poco apasionado respecto a la música. Sin embargo, por no sé qué razón concreta, hará unos cinco que empecé a enamorarme de todas las sonatas de Mozart y de Schubert. Tanto que actualmente vivo entre dos mujeres pianistas y aún no sé por cuál decidirme: la portuguesa María Joâo Pires y la japonesa Mitsuko Uchida. No hay día en que no oiga algunas de los sonatas de Schubert y los impromptus, interpretados por esas dos damas virtuosas.
La primera historia que relata Oliver Sacks es la de un cirujano ortopedista, Tony Cicoria, que pasaba un día de campo con su familia. De pronto, se acercó a una cabina telefónica, una tarde de 1994, en algún pueblo de estado de Nueva York, y le cayó un rayo. Apenas vio el relámpago cuando ya estaba saliendo disparado hacia atrás.
Cicoria creyó que estaba muerto, pero el dolor le indicó lo contrario: sólo los cuerpos vivos sienten dolor.
—Estoy bien —le dijo a la enfermera de cuidados intensivos—. Soy médico.
—Pues hace unos minutos no estaba nada bien.
Luego fue a ver a un neurólogo porque se sentía lento y débil y con problemas de memoria. Se le olvidaban los nombres de personas que conocía. Se hizo unas pruebas y nada parecía fuera de lugar. Semanas después volvió a su trabajo. Tenía aún ciertas fallas de memoria pero sus habilidades quirúrgicas estaban tan bien que nunca. Volvió, pues a la normalidad, pero poco a poco empezó a sentir una insaciable deseo de escuchar música de piano. Y eso no tenía nada que ver con su personalidad de antes del traumático rayo. Había tomado algunas lecciones de música cuando era más joven, pero sin mayor interés. En su casa no había piano. Sólo escuchaba rock. Empezó entonces a compra discos y se obsesionó con una grabación del pianista Vladimir Ashkenazy, unas piezas de Chopin: “Viento de invierno”, una polonesa y “Teclas negras”. Se moría de ganas de tocarlas.
La música se le metió en la cabeza. Soñaba con música. Se compró un piano y se puso a estudiar formalmente música. No sólo estaba inspirado. Estaba poseído por la música. Empezó también a interesarse en leer libros. Leyó sobre experiencias de cercanía con la muerte y sobre relámpagos. Seguía trabajando como cirujano, pero su cabeza y su corazón estaban en la música. Se divorció en 2004 y tuvo un accidente de motocicleta, pero nunca perdió su pasión por la música. El rayo le cambió su sensibilidad.
Y es que la música nos puede llevar a profundas emociones. Nos puede persuadir para comprar algo o hacernos recordar a nuestro primer amor. Nos puede sacar poco a poco de una depresión (oígase al sonata No. 14 en C menor KV 457 de Mozart interpretada por Mitsuko Uchida) porque es indudable que la música ocupa más zonas del cerebro que el lenguaje mismo. Los seres humanos, dice Sacks, somos una especie musical.
Las historias que cuenta Oliver Sacks acerca de personas que tratan de trascender o sobrellevar sus disfunciones y a adaptarse a diferentes situaciones neurológicas nos han llevado a cambiar la forma en que pensamos acera del cerebro y la experiencia humana. En Musicophilia examina el poder de la música en pacientes, músicos, y gente común y corriente, desde al caso de Tony Cicoria hasta el de unos niños con síndrome de Williams que son hipermusicales desde que nacieron; desde la gente con “amusia”, para quienes una sinfonía suena como un choque de cacerolas y ollas, hasta el caso de un hombre que no recuerda nada musical más allá de siete segundos.
Sacks nos habla también de alucinaciones musicales irreprimibles, que siguen de día y de noche incontrolables. Y del efecto de la música en enfermos de Parkinson o de Alzheimer.


* * *


Musicophilia Tales of Music and the Brain. Oliver Sacks. Alfred A. Knopf. New York, 2007


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Thursday, November 29, 2007

Proust neurocientífico

Como ha podido verse a lo largo de la historia, la ciencia no es la única vía que conduce al conocimiento, a pesar de que ahora se cree que puede descifrar todos los misterios. A la verdad, tarde o temprano, se llega por diversos caminos. Y suele ocurrir que primero la intuición de un artista adivine cierto comportamiento mental del organismo humano y que después la investigación científica lo corrobore. Se dice, de manera un tanto dogmática, que “todo está en el cerebro”. Nadie podría asegurarlo al cien por ciento porque los derroteros del arte son inescrutables.
Dado que los artistas trabajan con la percepción que se tiene a través de los cinco sentidos, no debería extrañar ahora que tarde o temprano la neurofisiología coincida con lo que entrevió el escritor o el pintor o un músico como Igor Stravinsky. O una novelista como Virginia Woolf que, sobre todo en Al faro, llegó a “observar” el río de su pensamiento y sus derrames hacia la enfermedad mental.
Jonah Lehrer, graduado de la Universidad de Columbia, ha trabajado en el laboratorio del Nobel neurocientífico Eric Kandel con la misma pasión que puso al desempeñarse como cocinero en Le Cirque 2000 y Le Barnardin, y es autor de un ya muy famoso blog en la red que responde al título de La corteza frontal. La novedad es que el joven escritor estadounidense ya ha dado a conocer su más reciente libro: Proust was a Neuroscientist, publicado por la Houghton Mifflin Company en Nueva York. ¿De qué se trata? ¿Cuál es la tesis?
La idea principal y rectora de este ensayo es que un grupo de artistas (un pintor, un poeta, un chef, un compositor y varios novelistas) han descubierto en el pasado ciertas verdades esenciales de la mente que sólo hasta ahora redescubre la investigación neurofisiológica. Nos enteramos, así, que Proust intuyó cómo funciona la memoria y altera —o colorea de otra manera— la materia recordada. Esto hasta ahora se está demostrando en el laboratorio de los neurobiólogos, pero con otras palabras estaba ya reconocido en las páginas de En busca del tiempo perdido, la obra maestra de Marcel Proust.
Si escribir consiste en saber hacer conexiones, Jonah Lehrer encuentra en un poema de Walt Whitman algo que —a pesar de la separación entre mente y cuerpo que hacía Descartes— vino ya a demostrar el neurólogo portugués Antonio Damasio: que no hay división alguna entre el alma y la carne, entre el cuerpo y eso que solía llamarse espíritu. Whitman decía que cuando a un hombre se le da de latigazos también se está lacerando su alma.
La novelista francesa George Eliot se dio cuenta muy bien de que en el cerebro hay una natural maleabilidad, es decir, que el cerebro tiene de suyo la capacidad de reconstruirse al menos en parte luego de una lesión: una admirable plasticidad. Lehrer también nos cuenta cómo el chef francés Auguste Escoffier dio con otro gusto, el quinto gusto, otra dimensión del paladar. Y en este orden de ideas trae a colación el caso del pintor Paul Cézanne que hizo observaciones sobre diversos matices de la visión que más tarde ha dilucidado la más refinada oftalmología. Pero tal vez al descubrimiento más interesante del libro es el que se refiere a la escritora Gertrude Stein que, sin pretensiones científicas, hizo ver la profunda estructura del lenguaje, cincuenta años antes de que en Estructuras sintácticas Noam Chomsky expusiera que el ser humano viene al mundo con una dotación genética —una gramática universal— para desarrollar el habla y la escritura, es decir, el lenguaje. Se nace, tal vez, con una predisposición innata a contar historias (a oírlas, a gozarlas, a escribirlas).
Tal vez no sea del todo sabio, pues, reducirlo todo a una mera cuestión de átomos, acrónimos y genes. La realidad humana no es tan simple, y su explicación en términos biológicos se sienta insatisfactoria. El sistema de medidas no es lo mismo que el entendimiento, y esto es lo que el arte sabe mejor que la ciencia. Por ello lo aconsejable es que artistas y científicos se lean cada vez más unos a otros. Los escritores deberían atender más las entrevisiones de las neurociencias.
Ya en una edad adulta, hacia los cincuenta años, Marcel Proust sintió de manera dramática el paso del tiempo. Todo se desvanecía, de manera cada vez más rápida. El asma lo condenó a vivir encerrado entre paredes de corcho. Y sólo pudo expresarse con lo único que tenía: la memoria. Empezó a escribir, escribir, escribir, y ponía tal atención al flujo de sus pensamientos y sus emociones y sus sueños que empezó, sin saberlo ni buscarlo, a entender el funcionamiento del cerebro y —en esa terra incognita— el de la memoria. La mantecada remojada en el té fue para él como la ingestión de un ácido lisérgico. Y aunque aparentemente tenía cierta debilidad por las frivolidades de la clase social que disecaba, poco a poco —gracias a la dinámica propia de la escritura— intuyó algunos de los principios de las neurociencias modernas. Bastante lo encaminó en esta asociación de ideas la lectura del filósofo Henri Bergson y de su libro Memoria y vida.
De todos los sentidos el olfato y el gusto fueron los que más intrigaron a Proust, acaso porque son los más relacionados con los sentimientos. Esto se debe, dice Lehrer, a que el olfato y el gusto son los únicos sentidos que conectan directamente con el hipocampo, centro por excelencia de la memoria a largo plazo en el teatro de operaciones cerebrales.
Otra cosa en la que reparó Proust es al carácter esencialmente cambiante y deformante de los trabajos de la memoria. Si no quieres adulterar nada del pasado no lo cuentes, parece advertir. Si no quieres matizarlo, no lo pienses. Porque más que reproducir, la memoria inventa, reorganiza en categorías el asunto recordado.
Así, el único paraíso es el paraíso perdido: el pasado. Y no era culpa suya, dice Lehrer: “Simplemente no hay manera de describir el pasado sin mentir.”
“Nuestra memoria no sólo parece ficción. Nuestra memoria es ficción.”
Y allí está el secreto de Proust: en que para recordar algo tenemos que recordarlo mal. Luego está la función del olvido, indispensable para pensar. Para editar el pensamiento. Olvidar es tan importante como recordar.
Incluso de la muerte se puede uno olvidar.


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Wednesday, November 28, 2007

Zurcido invisible

Tendría que reconocerlo tarde o temprano: en el fondo lo que siempre le había gustado era la sastrería. Lo había sabido en el corazón al abandonarse a la aguja y al hilo, zurciendo unos pantalones, haciéndoles la bastilla, adelgazando una camisa por los lados. Sólo entonces alcanzaba a estar solo y gozar del silencio. Porque su otra ocupación, a la que ya le había dedicado más de treinta años de su vida, lo sumía en la nada, en una amarga impotencia: la novela imaginada no alcanzaba a cuajar.
Ideas no le faltaban a F, proyectos. Era incluso de lo más fácil e involuntario concebir una historia y un título que la anunciara. Lo difícil era dar con los personajes, hacerlos pasar de su condición de criaturas a otro ser desdoblado e impredecible. ¿Por qué no cambiar entonces de oficio? Sabía que algunos escritores realizados y de rendimiento incuestionable tenían un oficio secreto. El dramaturgo Arthur Miller era carpintero; en el sótano de su casa mantenía un taller con todas las herramientas posibles y muy frecuentemente se metía allí en las mañanas, todavía con la taza del primer café humeante en la mano. Le gustaba el olor del aserrín y la tersura de la madera. Y no porque le sacara la vuelta a la máquina de escribir o se aterrorizara ante la página en blanco. No: le gustaba terminar esa mesa, pulirla, untarle el barniz con una muñeca. Y, además, el tiempo transcurría de otra manera. El trabajo manual le permitía abandonarse a una suave meditación; sus pensamientos fluían sin freno alguno y tomaban derroteros casi nunca previstos. No era lo mismo pensar por escrito que pensar a solas o con un interlocutor enfrente. Al mismo tiempo, gracias a la carpintería pudo sin darse muy bien cuenta alejarse para siempre del cigarrillo y sus desmanes.
De Juan José Arreola siempre se dijo que reunía al lado de su pasión por la literatura otras vocaciones: la de sastre y, como Arthur Miller, la de carpintero. Era capaz de tallar a la perfección una raqueta china de ping-pong o combinar la cuadrícula del tablero de ajedrez con hojas de madera claras y oscuras.
Para Arreola la ropa siempre fue muy importante, “tanto por su poder de expresión como por su sensualidad y formó parte de mi amor por los objetos manufacturados”.
El autor de Confabulario y Varia invención, cuando era niño, solía acompañar a su padre (“que era un fifí”) en Zapotlán al sastre. “Recuerdo mucho el jaboncillo, o greda, con el que los sastres señalaban en los casimires los cortes y las medidas para guiarse.”
Por mucho que le gustara ensartar las palabras, en sus últimos años ya no envió ningún libro suyo a la imprenta. Y el que siempre tenía pendiente, Memoria y olvido, se lo contó a Fernando del Paso. Decía que el lenguaje era un material maleable, como la plastilina o el hierro que se redondeaba a raspones de lima. Toda su explicación didáctica de la literatura —Arreola fue el fundador de los talleres literarios en México— giraba en torno a símiles asociados a la carpintería o a la sastrería: “Un poema debe de ser como una camisa bien cortada.” Pero, por supuesto, esas vocaciones paralelas nunca fueron para Arreola un sucedáneo de la escritura. Las asumía desde muy joven mientras iba creando sus libros.
No era el caso de F. Escribir a mano era como tejer a mano. Sin embargo, escribía, escribía que no escribía, no paraba de escribir, pero todo lo que escribía se acumulaba como una dolorosa gratuidad, una enorme y trágica insignificancia. Lo apesadumbraba tanto su improductividad y el paso cada vez más rápido de los años que, poco a poco, en la intimidad de su escritorio y frente a la máquina de escribir trazaba y confeccionaba sus prendas de tela, prácticamente en secreto. Conocía en carne propia, porque lo había advertido en los sastres, que esa labor afinaba su capacidad de concentración y no dejaba hueco para la ansiedad. (Ninguno de los sastres de su barrio fumaba.)
Obras ya las tenía, reconocimiento no le faltaba. Pero estaba paralizado. ¿Cómo era posible que no pudiera seguir escribiendo si ya había dado muestras de que lo sabía hacer, si por lo menos dos de sus novelas sobresalían ya en el catálogo de la literatura nacional? A falta de inventiva trataba de informarse, de recopilar datos sobre personajes e historias: revisaba sus archivos no en busca de ideas —que las tenía de sobra— sino de seres irrepetibles, únicos, que le ayudaran evitar la construcción de tipos convencionales a favor de individuos nunca antes convocados por el arte de la novela. Pero muy pronto entendió que, irremediablemente, la información era para él una especie de anticonceptivo literario.
¿Puede alguien cambiar de profesión a una edad ya muy avanzada? Parece una locura. Alguien que durante poco más de la mitad de su breve estancia en este mundo se ha dedicado a la ingeniería de presas, ¿puede de pronto dejar de ser ingeniero y convertirse en piloto de aeronaves o cocinero? Teóricamente resulta imposible: nunca se ven estos casos. Especialmente porque lo que a uno lo hace diestro y competente en un cierto campo es la práctica, la adquisición de un oficio por medio de la experiencia. Un dentista será cada vez más ducho entre mayor número de pacientes haya tenido. Un médico hará mejores diagnósticos entre más pacientes ausculte. Y así, cada quien en su profesión, va puliendo una mente especializada. No es fácil mudar de oficio. Sin embargo, F había llegado a la más profunda convicción de que no tenía otro camino. No tenía más remedio que ser él mismo. Y empezó a sentirse más libre, más sereno, a medida en que dibujaba el lino con la greda, cortaba con las pesadas tijeras, e introducía la aguja al hacer el ultimo zurcido de su vida.

Thursday, October 04, 2007

La mente del escritor


La inspiración es el fruto
más delicado de la memoria.
—Sergio Pitol


Bruno Estañol ha dicho que la del escritor es una mente especializada. En su conferencia del 13 de septiembre en Brigham Young University, en Provo, Utah, el novelista neurólogo volvió a plantearse un problema que le apasiona desde hace tiempo: el de la creatividad humana. ¿Hay gente que no tiene imaginación? ¿A todas las personas se les da la misma capacidad de inventiva? Parece que no. Entonces ¿cuál es el misterio de la creación artística? En principio, dice Estañol, hay una diferencia entre los escritores de ficción y oros seres humanos y probablemente sea el grado de especialización en los escritores.
El problema no es la parte formal como en la música o el ajedrez, sino la imaginación. El trabajo del escritor consiste en hacer conexiones de una manera en que no lo había hecho nadie antes.
¿Por qué Chéjov ve una historia donde no la ven los otros?
Como el matemático, el pianista, la bailarina de ballet, el beisbolista, el jugador de ajedrez, el escritor tiene un cerebro especializado y debe empezar a entrenarse desde muy niño. Al cabo de los años, y luego de una prolongada, sostenida, ininterrumpida, dedicación diaria a su oficio, habrá de crear y resolver sus problemas creativos casi de manera indeliberada, desde un pensamiento lateral. Como si encomendara a la imaginación automática la resolución de las incógnitas. Esta especialización la adquiere través de varios años de arduo trabajo con la ayuda de ciertas cualidades innatas. Porque existe la creencia de que el cerebro especializado es el que tiene mayores posibilidades de ser creativo en un solo campo.
“El escritor de ficción vive para contar sus historias y cuenta sus historias para vivir.”
Bruno Estañol (nacido en Frontera, Tabasco, en 1945, y autor también de El féretro de cristal, La barca de oro, La vocación condenada, Passiflora incarnata) se refiere a un tipo de agilidad mental que se especializa con el tiempo y la práctica. Un viejo piloto de aviación tiene sus mañas. También un carpintero.
Borges es quizá el mejor ejemplo del escritor de ficción con un cerebro especializado. Tuvo la motivación extrínseca, es decir, la aprobación del padre, quien siempre lo apoyó. El cerebro de un escritor de ficción es comparable al cerebro de un virtuoso en la música. Y es virtuoso sobre todo en el aspecto más misterioso que es la invención, el descubrimiento o la recreación de las historias.
El narrador ha de tener asimismo una memoria selectiva. Al igual que los músicos y los ajedrecistas, su memoria está probablemente confinada a su oficio y es una memoria contextual y en patrones que le permite guardar información en grandes pedazos.
Tiene un gran acervo de palabras: frases que le han conmovido, palabras que han sido claves, giros sintácticos y prosódicos, capacidad para retener el habla popular, palabras en idiomas extranjeros, nombres de personas, países, ciudades y toda la minucia que se requiere para armar una narración.
La adquisición del oficio de narrador toma muchos años y no es de extrañar que lo narradores sean mucho más tardíos que los poetas. Cervantes escribió el Quijote a los 58 años.
Por otro lado, la memoria del narrador está saturada de historias: anécdotas que oyó desde niño en su familia y entre sus amigos, historias que ha modificado, cuentos que ha leído, historias dentro de otras historias, patrones para iniciar un cuento o terminar un relato, cuentos del doble, cuentos policiacos, patrones de sorpresa.
Algunos descubren historias en situaciones en que la mayoría de las personas no ven nada de interés. El descubrimiento de una historia en una situación aparentemente anodina es una característica del cerebro del narrador. James Joyce llamó epifanía a este descubrimiento de una historia: una revelación de Dios al hombre que es algo que han sentido todos los escritores y ésa es precisamente la famosa tesis de la musa.
Tal vez influya en el descubrimiento de la historia el estar pensando todo el tiempo en ella. En la escritura de la historia interviene mucho el oficio y la inteligencia, pero no así en la elección y la invención de la historia. La célebre anécdota de Marcel Proust y la galleta remojada en el té revela que la elección de la historia es un fenómeno inconsciente y a esa evocación Proust la llamó “memoria involuntaria” y hay quienes piensan que es la base de la ficción. El elemento fortuito aparece tanto en la ciencia como en la literatura.
Los cuentos de Kafka tienen aparentemente la estructura de los sueños. Sin duda el elemento inconsciente es crucial para la génesis de las obras científicas o literarias. El escritor de ficción tiene acceso a ciertas áreas secretas de su mente y este recóndito trabajo del inconsciente constituye una de las grandes fuentes de la creatividad.
Y es que en todo ser humano confluyen tres dotaciones: la genética, la personal y la cultural, que casi siempre se entreveran. Desde muy pequeños, la mayor parte de la los creadores muestran una notable independencia de espíritu que los lleva a disentir de los profesores y a cuestionar la realidad. En forma temprana también descubren temas y áreas que son una terra incognita y reconocen que hay muchas cosas que no se saben. Tienen otra virtud: les gusta estar solos. Este aliento solitario, esta capacidad de darse cuenta de sí mismos, es propia de los seres creadores.





Wednesday, September 19, 2007

Los nuevos guías espirituales



Los periodistas orales constituyen
una casta, una clase, una treintena
de portavoces del pensamiento oficial:
No cesan de intercambiarse favores y
complicidades, sobreviven a todas las
alternancias políticas. Un mismo
ambiente. Ideas uniformes. Se frecuentan
entre ellos, se aprecian, se citan,
y están de acuerdo en todo.

—Serge Halimi


Martín Solares me envía desde París uno de los libros más críticos del periodismo que se han escrito en los últimos años: Los nuevos perros guardianes, del profesor de la Universidad de California en Berkeley Serge Halimi, colaborador de Le Monde Diplomatique y discípulo de Pierre Bourdieu.
Este examen de la actuación cotidiana de los nuevos guías espirituales en que se han convertido los locutores de televisión —reemplazando el papel que antes la sociedad confería a los sacerdotes o a los intelectuales—, se plantea de manera natural como uno más de los "temas de nuestro tiempo", como le gustaba decir a don José Ortega y Gasset. Aparte de la propaganda —que ya tuvo su gran momento cuando a principios de los años 30 los aparatos de radio entraron en todos los hogares y en Alemania Goebbels supo utilizarlos para reforzar el proyecto del nacionalsocialismo— el otro tema de nuestra época es el de la profusión inasimilable de los medios de comunicación audiovisuales, más por su cantidad que por su calidad, no tanto por su "instantaneidad" sino por su abrumador bombardeo cotidiano.
El escopetazo constante de la información radiofónica y televisiva ‑rápida y breve, perecedera y volátil— no tiene a la gente mejor informada que antes. El receptor se entera de que sucedió algo, pero no retiene mucho los detalles ni le importan mucho. Los sabe como de oídas y de alguna manera intuye que no necesita saber leer ni escribir para estar mínimamente informado, como si estuviera de vuelta en la deliciosa irresponsabilidad de la infancia analfabeta.
Así las cosas, y esto no había sucedido antes en la historia, los debates ideológicos y las campañas electorales se dirimen sobre todo en el espacio mediático de la radio y de la tele, más que en el de los medios impresos, que ya no son masivos. Una crítica como la que sólo se dio en los periódicos sobre las concesiones del gobierno de Fox a los usufructuarios de la "industria" de la radio y la televisión puede muy bien ser acallada con el escopetazo de su réplica televisiva.
De los 11 mil 816 millones de pesos (un poco más de mil cien millones de dólares) que costaron las elecciones del año pasado, 5 mil 650 fueron para financiar las campañas y más de la mitad de esta suma terminaron en las arcas de Televisazteca, cuyo mejor negocio ha sido el PRI.
No sabemos muy bien hacia dónde vamos. Lo único que sentimos es que estamos asistiendo a un momento de transición, del periodismo escrito al periodismo oral. Y podría pasar lo que pasó con los telegrafistas: que los periodistas escritores ya no tengan ninguna razón de existir y terminen de estar en este mundo.
Imagínese usted una plaza, como el Zócalo o como la de Oaxaca: al centro se erige un palo tan alto tan alto como los de Papantla y en la cumbre, tan estridente que no deja hablar a nadie más, triunfa todos los días y a todas horas el altavoz de Televisazteca. A los lados no faltan muchos otros altoparlantes, no menos estridentes ni menos constantes: reproducen las vocecitas de los locutores radiofónicos. Y en una esquina, allá abajo en un puestecito, se venden unos cuantos ejemplares de Proceso, La Jornada, Milenio, El Universal, Reforma y El Heraldo de San Blas. Esa plaza es el territorio nacional.
Serge Halimi, de 40 años, doctor en Ciencias Políticas, profesor también en la Sorbona, se refiere particularmente a la situación de los medios en Francia y sólo el lector de Les nouveaux chiens de garde sabrá inferir si hace extensivas sus ideas a otros países, como el nuestro por ejemplo. Es curioso, pero no casual, que el libro (publicado por Pierre Bourdieu en su colección Raisons d'Agir en 1997) no haya sido publicado por ninguna editorial de habla española. Serge Halimi acusa a los treinta periodistas franceses más conocidos de amplificar la voz del poder económico y político, de erigirse en profesores de moral y censurar el pensamiento crítico con la "utopía ultraliberal".
El 21 de agosto pasado Miguel Mora lo entrevistó en El País. Este "látigo de la élite del periodismo francés", escribe Mora, dibuja un paisaje mediático desolador, "marcado por el compadreo entre la prensa y el poder".
Los medios controlados por potentes núcleos industriales o financieros imponen machaconamente su visión del mundo y, por imperativos de la chamba, los periodistas que trabajan en ellos acaban defendiendo los intereses de ese establishment. Su libertad de expresión termina donde empiezan los intereses de su empresa periodística.
La sensación de Halimi es que el periodismo oral rara vez toma muchos riesgos. Lectores de noticias, sus practicantes —estupendamente remunerados— no reportean ni investigan, se limitan a informar de lo que sucede en el mundo.
"El problema es que muchos se creen profesores de moral y les da por dar lecciones de lo que está bien y de lo que no. ¿Cómo se puede hablar sobre la corrupción política sin reconocer que el sistema mediático está también corrompido? ¿Cómo se puede denunciar la corrupción económica cuando el periodista acumula dinero, favores, canonjías?"

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La mafia es el contexto

En el verano de 1962, a los veinte años, estaba yo en un pueblo de Calabria que se llama Crocifisso. Trabajaba con un grupo de jóvenes pacifistas italianos en la construcción de una escuela y una mañana de agosto apareció de pronto en el campamento una muchacha que venía de Milán a integrarse al grupo de albañiles voluntarios y nos dio dos noticias. Una, que había triunfado la Revolución argelina. La otra, que había muerto Marylin Monroe.
Tal vez no recordaría esta imagen si no fuera porque el lunes pasado, el 10 de septiembre, asistí a una conferencia sobre la mafia siciliana que dio el historiador también siciliano Giuseppe Carlo Marino a propósito de sus dos libros presentados en el Instituto Italiano de Cultura que tiene su sede en la bellísima calle de Francisco Sosa de Coyoacán: Historia de la mafia y Los padrinos. El hombre disertaba brillantemente sobre el carácter inextirpable de la mafia en Sicilia —dado que su origen y su funcionamiento tienen que ver con el corazón mismo de la familia siciliana, con la madre, especialmente— y mi memoria involuntaria me llevó de regreso a Crocifisso. Y es que en aquel pueblito calabrés, que no tenía más de doscientos habitantes, ya existía la Ingrandeta, es decir, el equivalente local de la mafia: un día unos niños encontraron junto a una barda de piedras el cadáver de un hombre desangrado, con la dos manos cortadas. Se sabía que era sin duda el ladrón de unas vacas y por tanto, de la manera más rápida y expedita, el capo mafioso decidió juzgarlo y castigarlo, del modo ritual y simbólico (las manos cortadas) e inmediato que la costumbre imponía. Se sabía también que allí, en aquel pueblo distante, incluso los niños guardaban la sagrada ley del silencio, la omertâ de los sicilianos.
Giuseppe Carlo Marino hizo hincapié en una distinción importante: no es lo mismo la mafia que la delincuencia organizada. La mafia es un fenómeno histórico y social de raigambre fundamentalmente siciliana. Tiene que ver con la mentalidad siciliana. Tiene que ver con la madre siciliana. Se entiende que por extensión —por ese sentido laxo y amplio que suelen adquirir las palabras— a los grupos del crimen organizado o desorganizado se les denomine mafias, en Cali o en Culiacán, pero en sentido estricto la mafia es siciliana o no es.
Para que un sobrino o un primo se inicie como hombre de honor ha de jurar antes fidelidad a Cosa Nostra. En una reunión secreta el candidato a mafioso se pincha el índice con una espina de naranjo y con la gota de sangre mancha la imagen de Santa Rosalía, la virgen patrona de Palermo. Mientras arde la santa, el rito de iniciación exige al mafioso en ciernes a juramentar la omertâ y a reconocer que puede ser ejecutado si falta a su palabra.
La mafia, pues, es una intermediación parasitaria entre el ciudadano y el Estado, entre la producción y el consumo, y cuando se dice que su modus operandi se ha trasladado a otras expresiones del crimen en el resto del mundo no se está entendiendo bien la cosa, o mejor dicho: la cosa nostra. A donde se transfiere su mentalidad y sus modos de hacer las cosas es a la política, no al llamado crimen organizado que no necesita de la mafia para saber hacer lo suyo. En el Noroeste mexicano para nada precisan de la imaginación criminal de la mafia. No. Lo que se ha traducido a partir de la cultura mafiosa —que ha tenido como matriz ideológica a Sicilia— son los modos de gobernar: el espíritu público se ha perdido de vista y en nuestra época, a principios el siglo XXI, cuando ya no existe el Estado, se gobierna en función de varios grupos de interés dentro de las naciones. Véanse en México cuáles y quiénes son los grupos a los que cuidan sobre todo los gobiernos panistas. Recuérdese cómo Vicente Fox gobernó sobre todo para los empresarios con los que, por interpósita persona, hacía negocios y favoreció con exenciones de impuestos o concesiones de terrenos (a Roberto Hernández, por ejemplo). Ése es el comportamiento mafioso derivado de la sicilianización, no los estropicios homicidas de los narcos que nada tienen que imitarle a los sicilianos.
La emigración llevó a Ellis Island, Nueva York, a sicilianos que habían crecido en una cierta mentalidad mafiosa. Eso a principios del siglo XX. Y allí en Estados Unidos cundió el fenómeno y arraigó en sucesivas organizaciones criminales y familiares. Pero en América Latina no. ¿Por qué? Oleadas de cientos de miles de italianos se instalaron en Venezuela, Brasil, Argentina, pero allí no prendió el quehacer mafioso. No se inauguraron bandas criminales, como en Nueva York y Chicago. ¿Por qué?
Porque ya había un poder mafioso con otro nombre: el poder criminal de los militares y de los políticos.
La mafia no ha sido derrotada del todo, a pesar de la indudable lucha del Estado italiano por exterminarla. De hecho le ha dado varios golpes de muerte. Lo que ocurre es que si la mafia fuera sólo una organización criminal ya la habrían aniquilado el ejército y la policía. Pero sucede que no es así. La mafia tiene su asiento en al corazón mismo de la familia siciliana y sus ligas y complicidades secretas son consanguíneas. Se extiende como un pulpo en todo el tejido social. Si un capo desaparece o es encarcelado o asesinado, no falta quien lo sustituya.
La tesis de Carlo Marino es que sólo en el terreno de la política se le puede abatir porque la mafia es, ante todo, una combinación de poder político y criminalidad. Y el contexto en el que se gobierna es la mafia misma.


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Sunday, December 03, 2006

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Thursday, November 09, 2006

La intimidad del desierto

A Marina Ruiz Girón

¿De qué manera el narcotráfico ha incidido en el imaginario colectivo de un pueblo sonorense? Ése es el tema de la tesis de Natalia Mendoza Rockwell:


LA INTIMIDAD DEL DESIERTO. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado. Reflexión etnográfica.

Su análisis de las percepciones que en el pueblo de Santa Gertrudis se tienen sobre el trabajo, el dinero, los bienes de consumo y la ostentación abre caminos interesantes para el estudio del crimen organizado y su implantación en comunidades específicas en otras ciudades del país. La misma metodología etnográfica podría transferirse a una ciudad fronteriza como Tijuana para estudiar, por ejemplo, cómo la sociedad tijuanense ha asimilado la cultura del narco e integrado en sus esferas más altas a familias y parientes de narcotraficantes. También podría imaginarse un análisis de los cambios que se han producido en la moral ambiente, en las relaciones laborales y amorosas, de todo el país: una suerte de indagación en los cambios de mentalidad a nivel nacional.
¿Qué consecuencias ha tenido la economía criminal en el imaginario colectivo del mexicano?
La estudiante del Colegio de México —que tuvo como director de su tesis a Fernando Escalante Gonzalbo— se acerca a los habitantes de Santa Gertrudis como entrevistadora de campo.

* * *
—¿Al patrón de tu papá lo has visto? ¿Lo has visto?
—Es chaparrito, siempre de trajecito. Nunca en la vida me ha tocado ver a una persona con tanto pinche dinero y que sea tan servicial, tan buena gente. A los burreros les habla de por favor, de usted. Y siempre trajeadito. Es super educado, por eso la gente luego le achaca que es joto. Lo que pasa es que es muy educado y político para hablar.

· * *

—¿Has andado con judiciales?
—Con uno, con E.
—¿Cómo era?
—Es una misma pinche cosa. Yo no hallo mucho la diferencia entre judiciales y narcos. Hacen los mismo. Lo único es que trae charolita.
—¿Cómo era?
—Buena onda, medio mamonsón, típica actitud de mafiosito mamón. Andaba en lo mismo. Aquí nada más se trata de agarrar feria, a la gente le vale madre, Nadie, menos los judiciales, ninguna ley.

* * *

—El dinero del narcotráfico se parece al dinero de las apuestas, que es el otro que no dura y tiende a crear desgracias. No se gana, porque no implica trabajo.

* * *

—El tráfico de drogas ofrece una especie de subsidio, un tiempo de gracia, al viejo estilo de vida; permite mantener ranchos que ya no son rentables, permite no migrar y, sobre todo, no incorporarse al mercado del trabajo asalariado.

* * *

—¿Te has imaginado ser tú una mafiosa?
—Pues sí, alucinando, acá…
—¿Y cómo te imaginas?
—Perrón, acá, chingona. Con un carro poca madre, arreglada con batos pesados y la chingada…
—¿Alguna vez lo has hecho?
—No mames, morra, no te puedo contar eso. Siento como si mi amá me estuviera oyendo.

* * *

—Ahora ya no encuentras quién te limpie el corral o te arregle un cerco. Prefieren aventarse tres días burreando y ganar lo de un mes.
—¿Está mal?
—Para nada, es un trabajo como cualquier otro. Tiene sus riesgos, no es tan fácil, no matas a nadie. Que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil… dinero fácil pura madre. Es una pinche putiza.

* * *

La autora se pregunta si no fue el exotismo de la narcocultura lo que la llevó a ese pueblo del norte de Sonora. En lugar de ello se encontró con la vigencia de la moral y las normas rancheras de la tradición cívica sonorense. Sea como haya sido, su conclusión es que el narcotráfico como contracultura (los narcocorridos, la violencia, el machismo) es un fenómeno relativamente marginal. “Un cambio importante es un paulatino divorcio entre el esfuerzo y el mérito, que era uno de los pilares de la sociedad ranchera de Santa Gertrudis, una progresiva devaluación del esfuerzo físico”.
La gente se va al narcotráfico hormiga para hacerse de mil o dos mil dólares en un par de días, pero sabe que el “dinero fácil” también se va fácilmente de las manos.
“El dinero de la burreada te dura una semana, y se me hace mucho. En dos o tres días ya no tienes un cinco. Es rara la gente de aquí que se dedique al narcotráfico y que tenga algo.”
En cuanto a los criterios identitarios siempre hay diferencias y clases entre los nativos de Santa Gertrudis: el peligro viene del sur y los únicos que matan son los sinaloenses. No sólo no es lo mismo un narco colombiano que uno mexicano, sino que nadie en Santa Gertrudis diría que es lo mismo un narco del pueblo que uno de Sinaloa.
Nunca había habido tanto dinero, tantas casas lujosas, pero prevalece la sensación de que todo se derrumba, de que todo y todos están corrompidos, de que el precio moral que se paga por ese auge es excesivo. Con la coca las borracheras duran más.
Lo paradójico es que Santa Gertrudis es un pueblo moderno: con una carretera que lo parte por la mitad, a una hora de la frontera con Estados Unidos, con tres cafés de internet, con una enorme densidad de automóviles, teléfonos celulares y aparatos de televisión. Un lugar con un mínimo de analfabetismo, con seis escuelas primarias laicas; un lugar cosmopolita: donde hace muchos años llegaron chinos, japoneses, franceses y un par de griegos, donde pasan diariamente miles de personas de todo México y Centroamérica y algunos de Venezuela, Brasil, y hasta de Filipinas, Rusia y China.

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Thursday, October 26, 2006

Un lugar complicado

Natalia Mendoza ha hecho un estudio sobre los no invisibles efectos que el narcotráfico ha tenido en la moral de un pueblo sonorense. Cuando presenta su tesis con este tema en el Colegio de México, antepone a su título las siguientes palabras: “Un lugar complicado”. Se trata de una noción procedente de la etnografía, disciplina que se ocupa de las tradiciones y las costumbres de los pueblos.
Este es el título completo:
“La intimidad del desierto. Moral, identidad y tráfico de drogas en un lugar complicado.”
Pero dentro de las costumbres y la moral ambiente alteradas en los últimos 25 años, prácticamente de una generación a otra, lo que se palpa de manera concreta son los cambios que se van dando en las relaciones laborales, entre patrón y empleados, pero también en la dinámica interna del grupo familiar. Nadie se alarma ya de que quiera casarse con la hija de uno un muchacho evidentemente involucrado en el tráfico de drogas. Uno de esos jóvenes que desaparecen de pronto una temporada y luego vuelven con camioneta nueva, botas de 500 dólares, y la cartera repleta. Todavía hace veinte años, un pretendiente semejante podría despertar objeciones entre los miembros de la familia. Ahora no. Incluso entra dentro del orden natural de las cosas que la novia se vuelva viuda en unos cuantos años, viuda joven y tal vez rica.
A pesar de que ha escrito su tesis para obtener el título de licenciada en Relaciones Internacionales, Elsa Natalia Mendoza Rockwell ha optado por un acercamiento etnográfico a esta zona del planeta que se encuentra a un paso de la frontera entre Sonora y Arizona. Ha creído pertinente desmarcarse de las elaboraciones metodológicas y demasiado abstractas para tender un cable a tierra y estudiar en vivo, a ras del suelo, lo que está sucediendo en Santa Gertrudis, porque lo cierto es que un estudio etnográfico permite entender cosas sobre el tráfico de drogas: la forma en que se arraiga localmente, su interferencia con otros asuntos de la vida comunitaria y las transformaciones que impone. “Permite mostrar la naturaleza porosa de lo que llamamos crimen organizado y poner en duda la imagen mediática que muestra a los cárteles como organizaciones impermeables divorciadas de las sociedades que las albergan.”
El narcotráfico no es sólo lo que los grandes capos y los políticos manejan como negocios de altura, campañas políticas electorales y muy altas finanzas legalizadas. El narcotráfico también es, en la vida cotidiana, el mundo de los burreros (en Tijuana se les dice burros) que cargan veinte kilos de mariguana en fila india a través de la frontera sin averiguar de quién son. O el de la una pareja que, para reunir el dinero suficiente para su boda, decide pasar 50 kilos de mariguana escondidos en el compartimiento secreto de un pick-up. A ese paquete escondido le llaman “clavo”.
¿Localmente se acepta el narcotráfico como una actividad legítima? ¿Qué posición ocupan las personas dedicadas al tráfico de drogas en la estructura social local? En realidad no hay un modelo sencillo que explique la relación de la comunidad con el tráfico de drogas; todo depende y todo está en discusión. Lo importante es entender la mentalidad del pueblo que le da cobijo. ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es relativo? Según y cómo.
Santa Gertrtudis también es un lugar de paso: de tráfico de personas. Y es sobre todo la inmigración —en el pueblo todo mundo está haciendo negocio con comidas y hospedaje y lo que derraman en dinero los polleros— y no el narcotráfico lo que produce en la población la sensación de que todo el antiguo orden se está derrumbando. También la migración se vive como una amenaza directa a la comunidad.
Luego vienen unos capítulos sobre el beisbol, las carreras de caballos, las peleas de gallos y una exposición sobre el narcotráfico y la participación política.
Si Natalia Mendoza se atreve a hablar de cultura ranchera o cultura del tráfico de drogas en Santa Gertrudis, el pueblo de su familia paterna, es porque con ello entiende y desglosa la producción histórica, siempre conflictiva y ambigua, de significados y prácticas.
Santa Gertrudis tiene una atmósfera de “viejo oeste moribundo”. Tiene entre siete y catorce mil almas y es un pueblo poco adornado y con un verano de siete meses. Es un pueblo con orgullo ranchero, pero con la mitad de las hectáreas de riego semiabandonadas. Sus pobladores tienen vocación de ganaderos, pero tienen pocas vacas. Antes en Hermosilllo no se vendían boletos de autobús para Santa Gertrudis: tenía que pedírsele al conductor que, por favor, se detuviera junto a la iglesia.
Como en muchas ciudades del norte, al automóvil es un signo de identidad personal y de status social. Es mucho más que un medio de transporte enajenante e individualista. La gente se reconoce por el auto, se saluda de carro a carro con un sonido o un cambio de luces. En los autos se dan las conversaciones más íntimas, los negocios, el consumo de alcohol y de drogas, la seducción y las relaciones extramaritales.
Pero lo más importante es ir a “dar la vuelta". Se sabe de una familia que vivía en un rancho muy apartado. Los domingos, después de bañarse y vestirse bien, se subía la mitad de la familia a la camioneta, daba vueltas alrededor del rancho y saludaba desde el vehículo a la otra mitad del rancho que se sentaba enfrente de la casa para verlos pasar.


Tuesday, October 17, 2006

El yo fabulador

Cuanto se recuerda en la
vida adquiere con el tiempo,
precisamente por ser recordado,
un carácter narrativo, y acaba
viéndose, según el caso, como una
película, una novela o un relato.

—Javier Marías


Uno tiende a inventar y a contar mentiras no con el fin de engañar o proceder de mala fe sino para no dejar morir su imaginación. Tiene uno necesidad de referir historias, de contar para ser, porque por alguna enigmática razón sólo el trabajo de la memoria trastocada en narración es la que nos da una idea de quiénes somos: atañe esta labor narrativa a nuestra identidad personal. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy para mí mismo? ¿Cómo soy para los demás? ¿La idea que tengo de mí coincide con la idea que los demás tienen de mí?
Desde niños tenemos hambre de historias. Queremos que nos cuenten cuentos antes de pasar a ese otro mundo que es el sueño. Porque es posible que nuestra representación del mundo esté estructurada como una narración. Hay lingüistas que dicen —Mark Turner, por ejemplo— que siempre que hablamos estamos contando una historia. Digamos lo que digamos estamos desgranando una anécdota mientras introducimos y sacamos personajes, como si actuara en nosotros una cierta predisposición genética innata hacia la narración. Por eso el filósofo John Searle afirma que el lenguaje nos constituye y cohesiona a la sociedad:
“Los animales tienen grupos sociales, pro no tienen nada parecido a la civilización humana. ¿Por qué? Porque ésta es la consecuencia del lenguaje. El lenguaje no sólo facilita la civilización, sino que la crea. El dinero, las vacaciones, el gobierno, el matrimonio… todo está constituido por el lenguaje. El lenguaje es lo fundamental en las relaciones humanas.”
El gran escritor norteamericano William Maxwell, autor de la novela Adiós, hasta mañana (editorial Siruela) sostiene que lo que atribuimos a la memoria es una forma de narración que se desarrolla en la mente y se transforma al ser contada.
Jesús Ramírez Bermúdez, novelista y neurólogo, acaba de publicar su primera novela: Paramnesia (editorial Random House Mondadori). En una reciente conversación con Arturo García Hernández habla precisamente del acto de narrar o contar una historia. Habla de los juegos que ocurren en nuestra memoria cuando narramos algo:
“Cuando contamos algo nos decoramos a nosotros mismos; se da toda una distorsión de la memoria no por razones aleatorias, sino por ciertas necesidades de la identidad personal. Nos creamos una identidad y tenemos que mantenerla a toda costa, aunque a veces se disocie de lo que somos.” Y es que Jesús Ramírez Bermúdez sabe que la memoria inventa y no reproduce como cuando uno pone en funcionamiento un disco. La memoria es humana y por tanto sentimental. No puede separarse de la emoción.
Lo acaba de contar el novelista alemán Günter Grass. Casi todos sus libros son autobiográficos, pero en Pelando la cebolla habla de lo que nunca dijo.
Siempre había tenido grandes reservas a escribir algo autobiográfico:
“El autor tiene que trabajar con sus recuerdos, con su memoria. Y sabemos que la memoria tiende a embellecer situaciones, a presentar cuestiones muy complejas de una forma lo suficientemente simple como para hacerlas narrables.”
De ahí la desconfianza hacia la propia capacidad de memoria y hacia sus recuerdos. Grass quería escribir a un tiempo, tenía que ser una narración rota. Y con el tiempo le fue cogiendo gusto a esta forma de narrar porque le fue quitando las capas a la cebolla y leyendo cosas entre ellas. “Pero además se hacía posible algo nada fácil, que era coger a aquel niño del año 1939, una persona tan lejana ya de mí, y entrar en conversación con ella.”
Seguimos siendo como niños: a todas horas inventamos nuestra realidad. Dice Detlev Ganten que para ver el papel de la imaginación en la memoria no hay nada mejor que escuchar a los niños narrando sus experiencias.
Sin embargo, en la creación de la obra artística literaria —hecha en el silencio y en la soledad— parece que las cosas suceden de otra manera; al menos no tan deliberada y consciente. Hay quien cree que el yo más profundo del escritor es el que se manifiesta a la hora de escribir.
“La idea que recorre como una iluminación Contre Saint Beuve, y de hecho toda la novela En busca del tiempo perdido, es que quien ha escrito un poema o una obra que nos han conmovido no es esa misma persona de la que conocemos sus relaciones sociales, sus hábitos y la vida que ha llevado entre los hombres.”
Así lo dicen Antonio Mari y Manuel Pla en el prólogo a Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana, el libro de Marcel Proust recientemente reeditado por Tusquets. Según ellos, el escritor es aquel que, en soledad y silencio, ha sido capaz de descubrir el secreto que se esconde en su interior, y que nunca habría podido conocer, ni dar a conocer, si no hubiera tenido la posibilidad de darle forma mediante la escritura.
El “yo” que escribe no es el “yo” que vive entre las cosas del mundo. El “yo” del artista es un yo interior, íntimo y particular, que busca expresarse y que jamás llega a establecer relación alguna con el yo histórico, mundano y contingente.
El que escribe es otro yo. Ni siquiera es el yo que se manifiesta en la pareja sexual. El otro yo es el que verdaderamente escribe y queda plasmado entre las páginas del libro.


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Oro azul

Maude Barlow y Tony Clarke, que han dedicado su vida en Canadá a la batalla ecológica por un mundo más habitable, llaman la atención sobre la posibilidad —muy real, muy previsible— que de que en dos o tres décadas más el planeta deje de tener agua suficiente. Su muy bien documentada argumentación se encuentra en Blue Gold: The Fight to Stop the Corporate Theft of the World's Water. Ed. The New Press New York, 2002
Su alarma no es sólo suya. Un vicepresidente del Banco Mundial advirtió el año pasado:
"Las guerras del siglo que viene serán sobre el agua."
La crítica más acuciosa de los autores apunta a las grandes empresas transnacionales que comercian con el agua potable, como Evian, Coca Cola, PepsiCo, Naya. Al paso que vamos, estrenando el siglo, la dotación natural de agua será insuficiente. Por lo pronto en Inglaterra y Francia, donde el agua ya se ha privatizado (como en Argentina), empieza haber algunos signos de escasez. Diez son las compañías que dominan el mercado internacional y entre ellas las que se llevan la parte del león son dos francesas: Suez y Vivendi.
Otros libros —como Water, de Marq de Villier, Cadillac Desert, de Marc Reisner, y Every Drop for Sale, de Jeffrey Rothfeder— se han ocupado del mismo tema, pero Blue Gold se distingue por el análisis económico del agua como un recurso a la baja.
Las empresas de agua embotellada, en cuanto a utilidades, son de las de mayor crecimiento hoy en día y las reglamentaciones nacionales que intentan regirlas abundan en huecos legales. Compran a los estados los derechos para explotar los flujos de agua "fresca y natural" al tiempo en que se empiezan a secar no pocas fuentes.
Amparados en la libertad comercial y el "espíritu de nuestra época", el mercado libre comúnmente aceptado según el "consenso de Washington", las transnacionales del agua toman poco en cuenta los problemas derivados de las sequías y el control de las aguas destinadas al riego en las zonas agrícolas. No atienden el interés general de la población ni les inquieta el hecho de que el consumo mundial de agua se duplique cada veinte años, más del doble de la tasa de crecimiento poblacional.
Contra lo que podría presumirse —por la abundancia de lluvias en muchas áreas del globo, y la capacidad cíclica de la Tierra para recuperarse—, los autores abundan en datos que ilustran el descontrol y el abuso de las transnacionales y sostienen que la oferta natural hidrográfica no es inagotable. Creen que el agua no debe privatizarse. Ya se está viendo, añaden, que las familias pobres pagan más por el agua que sus vecinos ricos. Coca Cola y Pepsi, además, ya se apropian de los suministros municipales. Por otra parte, el problema no está disociado del de la contaminación de las presas, los lagos y los ríos. Todo es ganancia. Hasta por el agua potable tenemos que pagar.
Y es que el agua, dicen, no se puede tratar igual que otros recursos, como una simple mercancía. Aparte de una necesidad, el agua es un derecho. Es un error que algunos gobiernos concedan el control de los derechos del agua a las grandes corporaciones. Es un error que en los tratados comerciales, como el celebrado entre México y Estados, se abra la posibilidad legal de hacer concesiones de agua a los comerciantes.
Su proposición plantea varias metas que hay que alcanzar; sugiere una estrategia para legislar correctivamente el problema, y toma en cuenta la participación de las organizaciones ciudadanas.
El enfoque de la obra es económico y político. Analiza las crecientes ganancias de las empresas y expone datos sobre el impacto ecológico. Con todo, su información no es excesivamente técnica y es comprensible para cualquier lector.
La contribución más importante de la obra es que amplía el nivel de conciencia respecto a la problemática del agua en el mundo.
Una de las críticas que se le han hecho a Blue Gold insinúa que es un poco superficial en el examen de ciertas regiones y que al descargar toda la responsabilidad a los grandes negociantes —los malos de la película— se descuidan otras causas de la crisis del agua en el mundo. Sólo, dicen, se menciona en Blue Gold muy de paso la agricultura, que utiliza el 70 por ciento de los recursos acuáticos. Mejorar los métodos de conservación del agua (racionalizando los sistemas de riego o promoviendo el goteo al estilo israelita) podría permitir sustanciales ahorros. No se le da, por otra parte, suficiente crédito a organizaciones que se han esforzado por atenuar el desperdicio del agua, ni se pone énfasis en la educación de los consumidores que la desperdician en la vida cotidiana.
El estilo de la exposición es llano y está más cerca del ensayo periodístico que del análisis académico. Tiene cerca de 300 páginas y no se aprecia ningún tramo inútil. Es posible que peque de inexactitud en algunos datos, como los que se exponen sobre el hundimiento de la ciudad de México.
"La ciudad de México, literalmente hablando, se está quedando sin agua. Dicen los expertos que la ciudad podría secarse completamente en los próximos diez años." Y la crisis no se limita a la capital. Los años de sequía han dejado al estado de Sonora "tan seca como un hueso".
Lo que se subraya en el libro es el reconocimiento del agua como parte esencial de la vida y el derecho de todo ser humano al agua, independientemente de su status social o económico.

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La degradación de la Condesa

El deterioro de la colonia Condesa en el DF nos ha puesto a reflexionar no sólo en la serie de estructuras abusivas bajo las que vivimos todos los mexicanos sino en la inexistencia misma del Estado. El Estado ya no existe cuando en lugar de atender al bien común se gobierna a favor de intereses particulares y de grupo. Cuando la autoridad legal y legítima no puede o no quiere ponerle límites a la codicia insaciable de los comerciantes entonces sucede que quienes verdaderamente gobiernan la ciudad son los comerciantes.
En el caso particular de esta muy habitable y encantadora zona del DF es paradigmático, a nivel micropolítico, de lo que probablemente esté sucediendo en el cuerpo todo de la nación: unos cuantos grupos de hombres de negocios (que no elegimos) y políticos amigos suyos acaparan todos los contratos oficiales y deciden qué rumbo ha de llevar la economía nacional.
Sucede esto en una época en que predominan los gobernadores, presidentes municipales, secretarios de Estado, diputados, senadores, y jueces de todas las instancias, que están en el poder por el poder mismo: exclusivamente para hacer negocios con sus amigos.
Una de las pruebas de la inexistencia del Estado en México es que antes un telefonazo a Televisa por parte de la Presidencia o de Gobernación ponía a temblar a los ejecutivos del heredero de los Azcárraga. Ahora sucede lo contrario: un telefonazo de uno de los ejecutivos de Televisa a las oficinas de Los Pinos o de Bucareli es el que pone a temblar a los funcionarios.
¿Cuándo es cuando no hay Estado?
Cuando, por ejemplo, un abusivo dueño de estacionamientos decide subir las tarifas de un día para otro. No hay autoridad que se lo sancione y ese comerciante se conduce como le da la gana, es decir, como si no existiera el Estado.
Lo que está sucediendo con la colonia Condesa es que hoy más que nunca la delegación Cuauhtémoc está dado con demasiada facilidad y laxitud permisos (cosa que suele exacerbarse a finales de sexenio) para abrir un bar en cada esquina. La colonia de las jacarandas más bellas del Valle está a punto de convertirse en la nueva Zona Rosa de la capital. Existen en la Condesa bares y cantinas en la vía pública con una beligerancia que no se autoriza ni en la Zona Rosa ni en la avenida Revolución de Tijuana: taburetes y barras en la banqueta.
Esta alteración de la convivencia civil está asociada al momento en que Jorge Hank Rhon, presidente municipal de Tijuana, abrió un negocios de apuestas justo en la intercesión de Tamaulipas y Nuevo León, donde antes estaba el cine Plaza. Los books, el bingo, la cultura del dinero rápido y de la adicción al juego que promueven estos centros autorizados por Santiago Creel cuando creía que iba a ser candidato, empiezan ya a tener su ola expansiva de degradación urbana. Empieza a cambiar el tipo de clientela que antes circulaba por la Condesa. Y todo por eso: porque los comerciantes, en ausencia de la autoridad formal, nos gobiernan. Los comerciantes con sus vallas publicitarias, las mismas que acabaron con la dignidad y el encanto de Polanco; los comerciantes de los valets parking y el racket que establecen con los dueños de restaurantes.
Abusos. Puros abusos. Vivimos en un país en el que lo habitual es el abuso y el sometimiento. Nadie se indigna, ni siquiera cuando le roban unas elecciones presidenciales. Todo mundo se calla y se somete. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados al abuso. Pagamos un servicio de cablevisión y la empresa que da el servicio nos hace ver a fuerzas una cantidad insoportable de anuncios. Si vamos a los cines de Cinepolis o Cinemex, la empresa tiene a bien regañar y ofender al público son su burda propaganda contra la piratería y olvida que ella misa, la empresa michoacana, está abusando de los espectadores cuando le impone a fuerzas la visión de unos anuncios interminables antes de que empiece la película por la que pagaron cuarenta pesos. O sea, les cobran por ver anuncios. Y no hay ley que lo autorice o lo prohíba.
Estos abusos —en un país en el que no existe el Estado o en el que el poco Estado remanente no defiende a sus ciudadanos, de los banqueros extranjeros, por ejemplo— a veces vienen en pareja: Aeroméxico y Mexicana, Televisa y Televisión Azteca, Pepsicola y CocaCola, Compañía de Luz y Fuerza del Centro y Comisión Federal de Electricidad. No veo una pareja de bancos (los abusivos de las tarjetas de crédito), pero me gustaría aparejar a HSBC y a Citibank que en México opera con la careta de Banamex. Cobran lo que les da la gana y no hay Estado que les ponga un límite, acaso porque los consejos coordinadores de empresarios se ponen con su vaquita para la elección de los panistas. Trabajan en parejas, como los policías, que también abusan en la Condesa con sus grúas.
No es agradable reconocerlo, pero la administración pública de cualquier partido, del PAN, del PRI, o del PRD, es igual de mala y abusiva. Los panistas tienen ya veinte años gobernando Baja California y no se ha visto que sean diferentes a los priístas.
Los políticos son los políticos independientemente de la cachucha que se pongan en los mítines.

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El enigma de Calamajué

Federico Cota me escribe desde Tijuana y me dice que ya encontraron el helicóptero.
Hacía catorce años que la nave andaba perdida. El 21 de abril de 1992 desapareció en la sierra de Calamajué, por el rumbo de San Luis Gonzaga, cerca del paralelo 28, en el norte de la península de Baja California, y aparentemente sus tres pasajeros se proponían levantar un censo fotográfico sobre el borrego cimarrón. A bordo viajaban dos funcionarios de la antigua Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue), el biólogo Gonzalo Medina González y el inspector Rafael Rebollar Bustos, y el piloto texano Lloyd Kolbe, excombatiente en Vietnam, que no registró la entrada legal de su Hiller VH—2E en territorio mexicano y despegó desde Caléxico.
Una intensa búsqueda se llevó a cabo entonces por parte del ejército mexicano, la PGR, tres aviones del sheriff de San Diego, dos helicópteros de campaña de la Marina estadounidense y dos aeroplanos de carga Hércules, pero fue en vano. El Ministerio Público Federal consideró improbable que la nave se hubiera hundido en el Golfo de California o que hubiese estallado en el aire.
La noticia sobre el descubrimiento del helicóptero hecho pedazos se dio desde el 16 de septiembre. Prácticamente todos los periódicos sostuvieron que el número de cadáveres era de tres. Sin embargo, los astutos reporteros de La Crónica, de Mexicali, tuvieron a bien incorporar a esta historia un tinte de novela policiaca: de los tres pasajeros sólo se descubrieron dos cuerpos según el número de cráneos rescatados, sin rastros de pertenencias personales, a excepción de unos lentes Ray Ban.
“Personal de la Procuraduría General de Justicia del Estado en Ensenada informó que los restos óseos hallados en la sierra de Calamajué pertenecen a dos cadáveres, lo cual fortalece la teoría de la supervivencia del tercer tripulante del helicóptero Hiller desaparecido en 1992.”
El artefacto fue localizado por unos vaqueros de las inmediaciones de Calamajué entre cañadas inaccesibles. Evidentemente el helicóptero se incendió al rozar las paredes del precipicio. Los animales que habitan la zona habrían dado cuenta de los restos; por ello catorce años más tarde sólo se encuentran un cráneo, un pedazo de mandíbula con un molar, otro trazo de cráneo y restos de huesos que fueron recogidos para la investigación forense.
El sitio donde se desplomó es un predio llamado Latomar, a cuatro horas de camino de la carretera Transpeninsular. En esos días llegaron a Mexicali Darren Kolbe y James Kolbe, hijo y hermano del censador de venados texano Lloyd Kolbe, piloto del Hiller.
Darren Kolbe dijo que en caso de que se confirmara que sólo dos cuerpos habían sido hallados o que uno de ellos no pertenece a Lloyd Kolbe encargarían una investigación para saber qué pasó ese día, puesto que los rancheros del campo Alfonsina’s vieron subir al helicóptero a tres individuos. El hijo de helicopterista dijo que iría a una cierta ciudad de Estados Unidos para hacerse la prueba del ADN a partir de una mínima fracción de los dos cuerpos.
El detective privado Tim Wilson, contratado por la familia Kolbe, afirma que sus según sus investigaciones entre 1993 y 1995 Rafael Rebollar Bustos, inspector de la Sedue, fue visto al menos tres veces con vida en los estados de Sonora y Wyoming. Incluso, en una ocasión fue detenido en un retén de migración donde quedó registrado su nombre completo.
El operativo de 1992 estaba patrocinado por una organización cinegética de California que aportó 54,700 dólares para el proyecto, promovido por el Consejo Nacional de la Fauna, con la idea de estudiar las posibilidades de que se restableciera la cacería del borrego cimarrón, todavía en veda (se llegaba a pagar hasta 50 mil dólares por un permiso subastado en Las Vegas), aunque se cazaba de manera clandestina en las islas Ángel de la Guarda y Tiburón y en las sierras de San Pedro y Calamajué.
El ermitaño Jorge Corral Sánchez vio pasar el helicóptero a las 9:30 de la mañana del 21 de abril de 1992, “con las hélices pandeadas hacia arriba” debido a su sobrecarga. Un pescador, Armando Uribe, vio a mediodía que el Hiller extraviado volaba hacia el este, rumbo a Sonora. Más tarde encontró una banderola triangular, color naranja, amarrada a una vara clavada en la arena de un arroyo. El mecánico del helicóptero desaparecido, Larry, reconoció esa banderola como parte del equipo del Hiller, pero no se detectaron huellas digitales en ella.
Más tarde la Sedue se convirtió en Secretaría de Desarrollo Social (y en esas danzas andaba entonces Luis Donaldo Colosio como secretario y precandidato) y el enigma quedó sin resolverse, a pesar de las especulaciones: se pensaba que tal vez los tripulantes del helicóptero se toparon con una zona prohibida, un proyecto militar, un sembradío de mariguana o unas minas de uranio. También se asociaba el nombre de Raúl Salinas Lozano con la caza del borrego cimarrón o con asociaciones cinegéticas dedicadas a esta especialidad.
Estela Vargas de Rebollar dijo entonces que recibió dos llamadas anónimas el 26 de mayo de 1992, en las que se daba por hecho que su esposo Rafael Rebollar Bustos aún vivía y se encontraba en una cárcel clandestina de Hermosillo.
Se sabe que alguien le había preguntado a Rafael dónde podía cazaba el borrego más grande. “En la isla Tiburón, pero en la costa sonorense”, le contestó. “Allá búsquenlo.”
Unos norteamericanos vieron subir un rifle al helicóptero y un enorme tanque de gasolina extra, con la forma de pago (dos borregos cimarrones) prometida al piloto Kolbe. Con el hecho contundente de no haberlos encontrado en Baja California, se conjeturó entonces que tal vez deberían buscarse en la isla Tiburón, frente a la sonorense bahía Kino o que nunca se sabría nada si cayeron al mar.

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Thursday, September 28, 2006

Parejas abusivas

El deterioro de la colonia Condesa en el DF nos ha puesto a reflexionar no sólo en la serie de estructuras abusivas bajo las que vivimos todos los mexicanos sino en la inexistencia misma del Estado. El Estado ya no existe cuando en lugar de atender al bien común se gobierna a favor de intereses particulares y de grupo. Quiero decir: cuando la autoridad legal y legítima no puede o no quiere ponerle límites a la codicia insaciable de los comerciantes entonces sucede que quienes verdaderamente gobiernan la ciudad son los comerciantes.
El caso particular de esta muy habitable y encantadora zona del DF es paradigmático, a nivel micropolítico, de lo que probablemente esté sucediendo en el cuerpo todo de la nación: unos cuantos grupos de hombres de negocios (que no elegimos) y políticos amigos suyos acaparan todos los contratos oficiales y deciden qué rumbo ha de llevar la economía nacional.
Sucede esto en una época en que predominan los gobernadores, presidentes municipales, secretarios de Estado, diputados, senadores, y jueces de todas las instancias, que están en el poder por el poder mismo: única y exclusivamente para hacer negocios con sus amigos. Son los casos de Aguascalientes, Sonora, Baja California, y casi todos los otros estados, gobernados no importa por cuál partido.
Una de las pruebas de la inexistencia del Estado en México, me decía un amigo por teléfono (Eduardo Clavé), es que antes un telefonazo a Televisa por parte de la Presidencia o de Gobernación ponía a temblar a los ejecutivos del heredero de los Azcárraga. Ahora sucede lo contrario: un telefonazo de uno de los ejecutivos de Televisa a las oficinas de Los Pinos o de Bucareli es el que pone a temblar a los funcionarios, incluso al vocero de Huatabampo.
¿Cuándo es cuando no hay Estado?
Cuando, por ejemplo, un abusivo dueño de estacionamientos decide subir las tarifas de un día para otro. No hay autoridad que se lo sancione y ese comerciante se conduce como le da la gana, es decir, como si no existiera el Estado.
Lo que está sucediendo con la colonia Condesa es que hoy más que nunca la delegación Cuauhtémoc, de la que hasta ahora ha sido responsable la señora Virgina Jaramnillo, está dado con demasiada facilidad y laxitud permisos (cosa que suele exacerbarse a finales de sexenio) para abrir un bar en cada esquina. La colonia de las jacarandas más bellas del Valle está a punto de convertirse en la nueva Zona Rosa de la capital. Existen en la Condesa bares y cantinas en la vía pública con una beligerancia que no se autoriza ni en la Zona Rosa ni en la avenida Revolución de Tijuana: taburetes y barras en la banqueta.
Esta alteración de la convivencia civil está asociada al momento en que Jorge Hank Rhon, presidente municipal de Tijuana, abrió un negocios de apuestas justo en la intercesión de Tamaulipas y Nuevo León, donde antes estaba el cine Plaza. Los books, el bingo, la cultura del dinero rápido y de la adicción al juego que promueven estos centros autorizados por Santiago Creel cuando creía que iba a ser candidato, empiezan ya a tener su ola expansiva de degradación urbana. Empieza a cambiar el tipo de clientela que antes circulaba por la Condesa. Y todo por eso: porque los comerciantes, en ausencia de la autoridad formal, nos gobiernan. Los comerciantes con sus vallas publicitarias, las mismas que acabaron con la dignidad y el encanto de Polanco; los comerciantes de los valets parking y el racket que establecen con los dueños de restaurantes.
Abusos. Puros abusos. Vivimos en un país en el que lo habitual es el abuso y el sometimiento. Nadie se indigna, ni siquiera cuando le roban unas elecciones presidenciales. Todo mundo se calla y se somete. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados al abuso. Pagamos un servicio de cablevisión y la empresa que da el servicio nos hace ver a fuerzas una cantidad insoportable de anuncios. Si vamos a los cines de Cinepolis o Cinemex, la empresa tiene a bien regañar y ofender al público son su burda propaganda contra la piratería y olvida que ella misa, la empresa michoacana, está abusando de los espectadores cuando le impone a fuerzas la visión de unos anuncios interminables antes de que empiece la película por la que pagaron cuarenta pesos. O sea, les cobran por ver anuncios.
Estos abusos —en un país en el que no existe el Estado o en el que el poco Estado remanente no defiende a sus ciudadanos, de los banqueros extranjeros, por ejemplo— a veces vienen en pareja: Aeroméxico y Mexicana, Televisa y Televisión Azteca, Pepsicola y CocaCola, Compañía de Luz y Fuerza del Centro y Comisión Federal de Electricidad. No veo una pareja de bancos (los abusivos de las tarjetas de crédito), pero me gustaría aparejar a HSBC y a Citibank que en México opera con la careta de Banamex. Cobran lo que les da la gana y no hay Estado que les ponga un límite, acaso porque los consejos coordinadores de empresarios se ponen con su vaquita para la elección de los panistas. Trabajan en parejas, como los policías, que también abusan en la Condesa con sus grúas. Es muy triste reconocerlo, pero la verdad es que la administración pública de cualquier partido, del PAN, del PRI, o del PRD, es igual de mala y abusiva. Los panistas tienen ya veinte años gobernando Baja California y no se ha podido ver que sean diferentes a los priístas. Los políticos son los políticos independientemente de la cachucha que se pongan en los mítines.

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Friday, September 08, 2006

El fraude perfecto

A Arturo Cantú,
in memoriam

Cuando voy al banco el cajero cuenta los billetes que me da. Luego, antes de entregármelos, los vuelve a contar. Yo hago lo mismo: por lo menos los cuento una vez en su presencia antes de retirarme de la ventanilla. Si soy supersticioso u obsesivo compulsivo los vuelvo a contar, aunque se impacienten quienes me preceden en la fila.
Esta claridad de ventanilla bancaria no la tuvimos en las elecciones. Por ahí se nos regateó algo. No se quiso contar los votos en su totalidad y muchos mexicanos —no todos: sólo unos quince millones— nos sentimos estafados. De pronto el honorable Tribunal accedió a revisar un porcentaje muy reducido de las urnas (unas 12 mil casillas) y encontró allí “irregularidades”, boletas de más, boletas de menos, boletas marcadas y sin doblar, pero argumentó que esos indicios no alteraban los resultados de la elección en su conjunto. Resolvió a discreción, a criterio, como hacen todos los jueces. No se fueron por la lógica de que “como muestra basta un botón” o el criterio que por lo general se aplica en estadística o en los cálculos de resistencia de un puente. Decidieron dar el todo por una parte, en mala lógica o en una muy curiosa lógica malintencionada.
Arguyeron los muy honorables jueces del Trife que si bien se dio una guerra sucia mediática por parte del PAN al final no encontraron elementos para demostrar que esa guerra de mentiras tácticas afectó a López Obrador. En otro párrafo, a partir de una opinión más política que jurídica, infirieron que el no asistir al primer debate le restó puntos a López Obrador. Luego de un leve regaño -para taparle el ojo al macho- justificaron la ilegal intromisión de Fox en la campaña porque accedió a una acuerdo de neutralidad y a la tregua de Navidad.
A lo largo de dos años una concatenación de apoyos —que culminaría con el aval del Trife— fue estableciendo una ventaja por parte de la Presidencia de la República y de organismos empresariales a favor del PAN, reforzada con la simpatía de los medios de comunicación audiovisuales y de un IFE que obraba de manera pasiva: no frenó, mucho menos al final, las campañas infundadas de odio y difamación.
El argumento estrella de quienes suponen la imposibilidad del fraude es que 900 mil ciudadanos no pudieron haberse puesto de acuerdo para un fraude “orquestado” o “maquinado” en las casillas, cuando a muchos les consta que el IFE se las hizo de tos a no pocos ciudadanos previamente seleccionados para sustituirlos por otros entre los que no faltaron los agentes de E. E. Gordillo que no carecían de experiencia como alquimistas electorales. Lo no “maquinado” o no “orquestado” no excluye la posibilidad del fraude sin adjetivos, puro y simple, el fraude hormiga que iría quitando uno o dos votos aquí y allá hasta abonar una suma significativa para el atraco.
Si en una casilla se recibieron 50 boletas y sólo votaron 250 ciudadanos debieron quedar 250 boletas sobrantes, pero resulta que eso no ocurrió en 7 mil 532 casillas del recuento, es decir, en el 65 por ciento. Si por otra parte votaron 500 ciudadanos este número debería ser igual al de los votos emitidos, pero resulta que en 8 mil 428 casillas del recuento no sucedió así: en el 72 por ciento.
Para los magistrados este conjunto de datos se convirtió en un punto ciego. No lo vieron o fingieron no verlo.
No pudieron sustraerse a las presiones: de los empresarios, la Presidencia, la Iglesia, la embajada de Estados Unidos, las empresas de medios de comunicación. No era fácil. El primer gobierno de la “transición” no podía pasar a la historia como el que alcahueteaba sin rubor una democracia fraudulenta.
¿Hacen política los jueces?
En el número 96 de la revista española Claves Juan Fernando López Aguilar escribe sobre la judicialización de la política y sostiene que los jueces encarnan el poder estatal por excelencia.
“En general los jueces se reconocen como exponentes de opciones político-culturales, dotadas todas ellas de idéntica legitimidad constitucional, desde las que inevitablemente leen la realidad y las leyes que aplican”, dice el magistrado español Perfecto Andrés Ibáñez,
”Saben que la neutralidad no existe y que la imparcialidad no es un a priori metafísico ni una unción religiosa, sino producto del respeto de los derechos y de las reglas procesales del juego, y muy en particular producto de la honestidad intelectual, que desde siempre está reñida con al falsa conciencia y con el autoengaño”.
La insatisfacción de estas nuevas instancias de poder y mediación ante los rendimientos de la responsabilidad política han contribuido también “a disolver el debate político en pseudodebates judiciales que prolongan, por descontado, el primero, al tiempo que convierten al juez en el nuevo augur, schamann, hombre-medicina de todos los litigios y contraposiciones de intereses que habrían debido encontrar una solución pacificadora en el circuito de la política.
Frágiles, humanos, beneficiarios de una política de muy altos sueldos (a pesar de que en nómina ganan 166 pesos mensuales, por otros conceptos acumulan en promedio 381 mil pesos al mes cada uno) los jueces con su decisión establecieron finalmente el circuito de la legalidad, pero no el de la legitimidad.

Sunday, September 03, 2006

La percepción manipulada

Entre nosotros y el mundo se coloca la lente mediática que no deja de trastornarnos la percepción de las cosas, la lectura de la realidad cotidiana, la comprensión de la película que se nos va pasando todos los días.
El propósito de toda operación de propaganda —militar o política, comercial o religiosa— es inducir el deseo, incidir en nuestra percepción y en la representación o la idea que nos vamos haciendo del mundo. Desde los años 30, cuando los aparatos de radio en cada uno de los hogares alemanes se volvieron vehículos masivos de la propaganda del Tercer Reich, su intrusión vino a alterar lo que hasta ese momento de la historia había sido la convivencia civil y política. La plaza pública dejaba de ser el único espacio en el que los candidatos entraban en contacto con sus partidarios. Se añadía a partir de entonces una amplificación: la que hizo posible —sin cables– el invento de Marconi. A partir de entonces los modos de hacer política ya no fueron los mismos. El votante ya no compite únicamente con el adversario sino contra la estructura audiovisual que, más sutil que descaradamente, apoya a ese adversario.
Los ciudadanos de la segunda mitad del siglo XX más o menos se hicieron a la idea de que así iban a ser las cosas y trataron de adaptarse al medio. Se temió, se juzgó, se ponderó el papel de la televisión. ¿Realmente este instrumento masivo podía ganar unas elecciones si se decantaba por uno de los candidatos?
Se suponía que no necesariamente. Era más probable que triunfara la manipulación en sociedades de escasa sociedad civil, poco politizadas, poco conscientes y poco consumidoras de la prensa escrita. En otras sociedades, en las que había por ejemplo un movimiento político, las posibilidades de que se impusiera la televisión no eran muchas.
Sin embargo, algo hay en el ambiente mexicano que nos indica un cambio. Se siente que el papel de la televisión en la política electoral no es igual al que llegó a tener hace quince o veinte años. No es igual: ahora la tele es más protagónica y determinante que nunca. Y esto no tiene nada que ver con los adelantos tecnológicos —la globalización de los sistemas de comunicación por medio de satélites— sino con el uso político, selectivo, intencional, de la información.
Nunca como ahora se sintió —al menos desde la subjetividad de este televidente— que la tele inclinaría la balanza hacia uno de los dos lados. Tan es así que ya ni siquiera es necesario mencionar a las empresas por sus nombres ni a los locutores (los nuevos guías espirituales de la nación) por sus apellidos. Todo mundo sabe de quiénes se está hablando.
Lo que importa de la propaganda televisiva es la
repetición, su efecto de conjunto. Sus operadores tienen que hacer el mayor ruido posible y el mayor número de veces para acallar los puntos de vista discordantes. No importa lo que diga éste o aquel escritor en un periódico o en una revista. Gana el que tiene más volumen en su sonido. Si la televisión, y un ejército de locutores en todo el país, día y noche, imponen el color del cristal con que han de mirarse las cosas entonces las cosas resultan ser de ese color.
Si nos ha quedado el mal sabor de boca de que la televisión fue la que realmente ganó las pasadas elecciones (y no sólo por lo que le entró en caja) es porque una sociedad electronizada es mucho más gobernable y manipulable que una sociedad alfabetizada. ¿De cien votantes en una fila en una casilla cuántos leen periódicos o revistas? ¿Cinco, seis?
La masa razona menos si no lee. Por ello la propaganda es más eficaz a través de los medios electrónicos, promotores de una suerte de analfabetismo regresivo que aleja al público de la cultura gráfica. La radio, la televisión, el cine, el video, difunden una cultura oral y visual que promueve en la población el alejamiento de la palabra escrita, impresa, los libros, las cartas, los diarios íntimos o literarios.
A medida que avanza la ciencia y se afina la tecnología en las telecomunicaciones, más habrá de suceder que la técnica se ponga en contra de la democracia electoral. Porque, como dice un académico de Nueva York, en nuestro tiempo gana el que mejor hace el fraude. La legalidad y el respeto del voto serían más costosos que la ilegalidad del fraude perfecto. Ya lo ha hecho George Bush en dos ocasiones en un país donde tradicionalmente el voto era sagrado, justamente en el país que tanto suscitó la admiración de Alexis de Tocqueville (1805-1859) y le impulsó a escribir La democracia en América.
Si en el país de la decencia y las libertades, como dicen los estadounidenses que es el suyo, se violenta ya la manifestación de la voluntad popular a través de las elecciones y de la propaganda mejor pagada, ¿qué habrá de suceder en el resto del mundo? Si en Estados Unidos el fraude se da por un hecho “inatacable” y si se le dejó gobernar a John F. Kennedy habiendo hecho fraude en Chicago en contra de Nixon, y si se ha consentido que Bush gobierne sin ningún rubor, entonces no es descartable que en lo que sobra del mundo se tenga respecto a las elecciones una laxitud que permita decir, como el profesor de Nueva York, que ha de gobernar el que mejor defraude. Es ése el sentido común que predomina en los círculos políticos de Washington.

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Post suffragium triste

Un juez de muy alto rango, el personaje de una novela italiana, sostiene que el error judicial no existe de la misma manera en que entre nosotros se ha llegado a proclamar que el fraude electoral no sólo no existe sino que es imposible que exista. No sabe uno a quién creerle. Cada quien ve la película que le conviene. Unos periódicos dicen que no hubo fraude. Otros que sí, monumental, masivo y descarado. Cada diario maneja una verdad diferente y uno, el incauto lector, reacciona entre la ansiedad y la incredulidad. El caso es que estamos perdiendo la batalla mediática y vemos cómo se va imponiendo una percepción manipulada.
Si los medios masivos de manipulación se instalan entre nosotros y el mundo, como nunca antes, tenemos entonces una representación de la realidad que conviene a los intereses de los propietarios de esos medios. Porque la libertad de expresión de un locutor (un López Dóriga, por ejemplo) termina justo en el momento en que empiezan los intereses de su patrón o dueño de su micrófono o de su pantalla. Es de una lógica casi infantil. Y ahí vamos. A medida que avanza la ciencia y se afina la tecnología, más habrá de suceder que la técnica se ponga en contra de la democracia electoral. Porque, como dice un académico de Nueva York, en nuestro tiempo gana el que mejor haga el fraude. Ya lo ha hecho George Bush en dos ocasiones en un país donde tradicionalmente el voto era sagrado. Justamente en el país que tanto suscitó la admiración de Alexis de Tocqueville
(1805-1859) y le impulsó a escribir La democracia en América, un clásico de la historia y el pensamiento políticos.
Si en el país de la democracia y de las libertades, como dicen los estadounidenses que es su país Estados Unidos, se violenta ya la manifestación de la voluntad popular a través de las elecciones, ¿qué habrá de suceder en el resto del mundo? Si en Estados Unidos el fraude se da por un hecho —como dice este notable académico de Nueva York— y si se le dejó gobernar a John F. Kennedy habiendo hecho fraude en Chicago en contra de Nixon, y si se ha consentido que Bush el texano gobierne sin ningún rubor, entonces no es descartable que en lo que sobra del mundo se tenga respecto a las elecciones una laxitud que permite decir, como el profesor de Nueva York, que ha de gobernar el que mejor defraude. Es ése el sentido común que predomina en los círculos políticos de Washington.
La comparación extralógica que hace el alto magistrado judicial (émulo de “nuestro” Mariano Azuela) de El contexto, la novela de Leonardo Sciascia, es entre el acto de juzgar y la celebración de la misa. La justicia no puede dejar de manifestarse, de transustanciarse, de cumplirse cuando el juez juzga y sentencia, de la misma manera en que el misterio de la transustanciación (el pan y el vino que se convierten en el cuerpo, la sangre y el alma de Cristo) no puede dejar de producirse cuando el sacerdote celebra la misa.
En nuestro exasperante caso de las elecciones la indolencia del IFE parece decir que sólo por el hecho mismo de haberse llevado a cabo, con todas sus formalidades cumplidas, la votación se cumplió de manera fehaciente y justa. “No pudo no haberse cumplido la voluntad popular”, diría el presidente de la Suprema Corte de Justicia, el alto ministro italiano. (Es triste que el IFE, por lo demás, tenga que pagar propaganda en la tele para que se diga que es “inatacable” y honesto.)
Es posible que la famosa discusión jurídica de esta novela policiaca y política, El contexto, no sea sino una amarga ironía sobre los abogados, sus discusiones bizantinas, las falacias de sus argumentos y las facultades de derecho que siempre le han dado al Poder una justificación formal. Ellos ven cómo le hacen, los jueces, pero al final siempre dan con una fórmula para que triunfe la cortada de la legalidad. A favor de una u otra verdad, la que convenga al Poder. Por eso habría que hacer un estudio histórico y político para ver cómo, al menos a lo largo del siglo XX, la facultad de derecho le ha dado discurso y coartada al régimen priísta antes, al panista ahora, para justificar los fraudes electorales. Y para formalizar otras tropelías: la corrupción de los sueldos altos por ejemplo. La fórmula es una maravilla: no roben muchachos, pónganse sueldos altos.
¿Cuál ha sido el papel de la facultad de derecho en nuestra convivencia democrática? ¿De qué lado ha estado? Es como para que lo estudie el Instituto de Investigaciones Jurídicas o se haga una tesis en la Ibero.
Ahora, la verdad mediática que todos los días van construyendo los medios audiovisuales e impresos a favor del candidato del PAN (y de sí mismos) se preocupa por establecer que la elección fue impoluta y que los funcionarios de casilla han sido unos santos, bioquímicamente puros y no militantes —mal o bien intencionados— de los partidos políticos… y mucho menos enviados especiales de Elba Ester Gordillo, a quien no llamaremos ”maestra”. ¿”Maestra” por qué? ¿Con qué derecho? (Maestra mi tía Lolita que desde hace treinta años da clases en la secundaria de Pueblo Yaqui y no le ha robado a ningún compañero.)
Pero la verdad mediática no es ni siquiera la verdad promedio. La radio y la televisión constituyen una de las estructuras más abusivas en nuestra vida cotidiana. Antes, para taparle el ojo al macho, antes de la alianza entre Televisa y el PAN, aparentaban cierta imparcialidad. Ahora son parte.
Los gobernadores priístas amigos o cómplices de E. E. Gordillo organizaron y realizaron el fraude electoral a favor de Felipe Calderón. Bastó colocar en las casillas a cientos de miles de “maestros” para que en cada casilla se robaran uno dos votos a fin de que, por ejemplo, en 130 mil casillas resultaran 260 mil votos a favor del candidato de Los Pinos, Televisa, Washington, el Vaticano, los empresarios y los banqueros extranjeros.
Robarse una elección presidencial, como lo supo y disfrutó muy bien Carlos Salinas de Gortari, equivale a asaltar más de mil millones de bancos. Es un atraco al infinito. Ni el PAN, ni el IFE, ni el Tribunal Electoral van a ceder ante las impugnaciones. Sería contrario a la lógica del poder. La asunción de la Presidencia, así sea factual y golpista, tiene una dinámica acumulativa y todos se apuntan al banquete. Incluidos los jueces.
Estos mismos jueces, los del tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, son los funcionarios judiciales mejores pagados no sólo de México sino del mundo entero. Su presidente, Leonel Castillo, gana más de mil dólares diarios: 382 mil pesos mensuales. Y él es el que va a decirnos quién será el Presidente de México. ¿Se puede tener confianza —en un país como México donde en una mesa de diez comen cuatro— en unos magistrados que sin chistar y sin el menor sentimiento de culpa se incorporan a la cultura de los sueldos altos?
Hay que aprenderse sus nombres porque van a entrar en la historia:
Alfonsina Berta Navarro, Eloy Fuentes Cerda, Alejandro Luna Ramos, Fernando Ocejo Martínez Porcayo, José de Jesús Orozco Henríquez y Mauro Miguel Reyes Zapata sólo ganan, los angelitos, 373 mil pesos mensuales cada uno.
La muy angustiosa, frustrante y triste experiencia electoral nos hizo, pues, tomar ciencia de algunas cosas: que hay que luchar por que se cancele la publicidad política en radio y televisión (como en Francia, España, Italia), que hay que discutir si todavía se justifican los diputados “plurinominales”, que debe ponerse un alto a la política de los sueldos altos, y finalmente que México es un país saqueado, tomado por unos cuantos grupos de empresarios y políticos ya instalados en el poder con el PAN y que promueven sin vergüenza un capitalismo de compadres.