Wednesday, July 26, 2006

Thursday, July 20, 2006

Tierra baldía


This is the way the world ends
Not with a bang but with a whimper.
-T.S. Eliot


¿Es imaginable una Tierra deshabitada? Ese podría ser no el fin del mundo pero sí la desaparición de la vida humana en el planeta. Porque algo no anda bien con el esperma. Uno de los bancos de semen más serios de España acaba de corroborar que la calidad de los espermatozoides va más bien a la baja. Ocho de cada diez donantes, cuya edad fluctúa entre los 25 y los 30 años, son rechazados. El 75 por ciento no ha podido donar por la mala calidad de su semen. Antes eran dos de cada diez donantes los que no cumplían los requisitos.
Según la Asociación Española de Andrología se trata de una tendencia difícil de corregir. La media ideal aceptable sería de 40 millones de espermatozoides sanos y con suficiente movilidad en cada eyaculado para un semen de alta calidad, pero la mayoría no cumple con esos requerimientos.
No se sabe a qué se debe este descenso en la concentración y movilidad de los espermatozoides ni se conocen con certeza las causas de las anomalías morfológicas. Unos dicen que por la contaminación, los malos hábitos alimenticios, el alcohol, el tabaquismo, los alimentos enlatados.
Un paisaje de desolación marciana, pues, como los que pinta no sin melancolía Ray Bradbury en sus más imaginativas novelas, podría llegar a ser la Tierra si continúa el decrecimiento de los espermatozoides. Una tierra baldía, deshabitada, como la del poema de T. S. Eliot. Iríamos creciendo y muriendo en un mundo sin niños ni jóvenes. A final sería un horizonte de ancianos, en número cada vez menor. Últimos testigos de la desaparición de la especie, esos ancianos sobrevivientes tendrían la última visión de la tierra sin un alma, a no ser que también tuvieran alma los animales —los insectos, por ejemplo- remanentes.
Ante la perplejidad de los andrólogos, muchos especulan que el espermatozoide menguante obedece a una elevación de la temperatura combinado con otros factores ambientales.
La alarma se dio cuando en 1992 un equipo danés dirigido por el profesor Skakkebaek realizó una recopilación de todos los estudios realizados (en cerca de 15 mil hombres) y concluyó que la tasa media de esperma había caído de 113 millones de espermatozoides por milímetro en 1938 hasta 66 millones y 1991.(Se considera que un hombre empieza a tener problemas de fertilidad si tiene menos de cinco millones.) Por otro lado, el volumen total de líquido seminal se ha reducido de 3.4 a 2.75 centímetros cúbicos.
Los investigadores le han buscado por todos lados. No están seguros de nada pero algunos conjeturan que quienes van demasiado al sauna y exponen sus genitales a temperaturas muy altas tienen una menor fertilidad. En Barcelona la Fundación Puigvert ha estudiado a 400 pacientes con problemas de fertilidad y ha encontrado una relación positiva entre llevar pantalones ajustados y una fertilidad insuficiente. Sin embargo, en Sidney, Australia, otro equipo ha llegado a la conclusión contraria. El equipo de Puigvert encuentra asimismo un riesgo de infertilidad en el uso frecuente de duchas calientes y en el hecho de montar en bicicleta o en moto con demasiada frecuencia.
“En este caso, aparte de la temperatura, la explicación sería que el escroto se ve muy sometido a una compresión traumática”, escribió M. Pérez Oliva (El País, 7 de diciembre de 1998).
Gonzalo Casino sabe que desde mediados de los años 70 se ha detectado una disminución del 1 por ciento anual en la concentración de espermatozoides en el semen y del 0.5 por ciento en su movilidad. Estos datos indicarían una merma de la fertilidad masculina que no pocos relacionan con ciertos tóxicos ambientales, como sustancias químicas del tipo de los estrógenos.
Los posibles sospechosos de este “desaguisado testicular” son los llamados xenoestrógenos y en general los perturbadores endocrinos de procedencia industrial (plaguicidas, champús, cosméticos). No se sabe aún, por otra parte, por qué los varones de Nueva York tienen el doble de espermatozoides que los de Los Ángeles.
La epidemióloga californiana Shanna Swan volvió a analizar los 61 estudios de los daneses y llegó a la conclusión de que “sobre todo en Europa y en Estados Unidos, hay un declive grande y significativo”.
En Estados Unidos del 1.5 por ciento anual entre 1938 y 1990 y en Europa, del 3.1 por ciento entre 1971 y 1990.
¿Qué podría significar esto?
Empezarían a sucederse generaciones sin reemplazo. La última, muy rala ya, escasa, no tendría sustituto; iría atravesando las diversas etapas naturales de la progresión biológica y desde muy joven traspasaría la línea de sombra de la juventud a la adultez. Durante algunas décadas el planeta estaría desprovisto de niños y jóvenes. Sólo la habitarían ancianos. La última generación de varones y mujeres se iría descontando con el devenir terminal biológico. Y en unos cuantos años más ya no existiría la especie humana sobre la Tierra.
Tal vez en algunos lugares se preserven bancos de esperma, pero la población femenina también, como los espermatozoides, estaría yendo ya a la baja y envejeciendo. Y la nave espacial Tierra seguiría flotado en el espacio infinito con rumbo o sin rumbo, con otros ejemplares de la vida animal seguramente (leones, jirafas, pájaros, insectos, peces) pero sin los pasajeros humanos conscientes de su narcisismo y su historicidad.

Propaganda Fide



Las elecciones se ganan en
los últimos quince días.
—Jacques Chirac



Tienden los tiempos actuales a homologar la publicidad con la propaganda. Prácticamente son palabras homónimas, aunque “propaganda” es de más estirpe filológica: se empleó por primera vez para designar a la Congregatio de Propaganda Fide, organismo de la Iglesia católica para propagar la fe y combatir el “peligro” de la Reforma. De 1592 a 1585, el papa Gregorio XIII reunió en esa congregación a tres cardenales para estudiar los medios más eficaces de hacer frente al protestantismo, pero en 1662, con la bula Incrustabili divine, Clemente VIII instituyó la congregación de Propaganda Fide como un órgano permanente.
En El Príncipe Nicolás Maquiavelo no podía aún hablar de la propaganda política porque su libro es de 1913. Sin embargo, la noción está implícita a lo largo de toda su obra: la justificación de la mentira por parte del gobernante (que no está obligado a “cumplir con la palabra empeñada”) y la presunción de que “gobernar es hacer creer”. Cuando reflexiona sobre el “aparentar”, Maquiavelo afirma que el Príncipe puede no ser fiel a sus compromisos, pero debe parecer fiel. No es necesario que un príncipe posea todas las cualidades, pero sí es muy necesario que parezca tenerlas, “pues los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos”.
Las frases hechas que se atribuyen a Joseph Paul Goebbels son ahora lugares comunes entre los publicistas importados del “marketing político”. Hay propagandistas estadounidenses que asesoran a candidatos en cualquier parte del mundo. En México, por ejemplo, en el PAN. Casi siempre su consigna es golpear al enemigo, ensuciarlo, humillarlo, agredirlo aunque sea sin fundamento o con mentiras. Todo se vale, como en la guerra. Y en México, dada la proclividad del mexicano a imitar todo lo que venga de Estados Unidos, la receta de estos “political consultants” ha sido acogida como la piedra filosofal en los corredores del PAN.
Los nombres de Dick Morris, Rob Allyn y James Carville, se asocian ya a la campaña del candidato
panista. Basta indagar sus nombres en Google para conocer sus trayectorias y su relación con México puede saberse poniendo “Dick Morris Calderón” o “Rob Allyn Calderón”. Aunque tal vez no sea necesario traerlos en persona a participar políticamente como extranjeros. Basta enviarles a alguien a Nueva York o Dallas o consultar la red para conocer sus recetas o leer sus obras. Dick Harris tiene un libro sobre Maquiavelo y su utilización en las elecciones modernas y dirige en Washington una revista, The Hill. Sus ideas no son nada del otro mundo, pero las venden como si fueran diamantes.
Una esperanza es que, por el bombardeo televisivo, los votantes ya decididos por un candidato no cambien de parecer. La otra esperanza es que la propaganda sucia no tenga en la sociedad mexicana el mismo efecto que en la clase media estadounidense. En México esa clase media es una parte muy reducida de la población y además son distintas la mentalidad, la ideosincracia y la lógica de los mexicanos. Lo que habrá de verse después de las elecciones es si efectivamente con la televisión se ganan elecciones.
En la misma noche del debate se vio claramente en un resumen la comprometida inclinación de la tele a favor de Calderón. Ha de tener la empresa unos editores (montajistas) muy diestros, unas chuchas cuereras de la manipulación de imágenes y de frases. Enfatizan por aquí, atenúan por allá. Y presuponen que el público es incauto.
Es más que nunca un monstruo mediático y no era necesario entablar un convenio con ese partido para hacer ver su afinidad ideológica y su comunidad de intereses. No es menos sutil que evidente que la televisora —especialmente en sus repetidoras de provincia— se inclina por Calderón (junto con su risita burlona y bravucona) y cumple con un pacto secreto.
Algunos presidentes latinoamericanos han ganado con la tele en contra, pero también ha habido candidatos que no pudieron remontar su desventaja. Lo que sucede es que la televisión no triunfa en los países donde hay mucha conciencia política o un movimiento de masas. En Italia, el zar de la televisión Berlusconi no ganó.
Otro sería o hubiera sido el panorama si en México, en materia de elecciones, se dejaran de hacer las cosas “como en Estados Unidos”. Porque no es así en todo el mundo. En Francia está prohibida la publicidad política en televisión, radio, periódicos, para no contaminar el debate de las ideas y las propuestas, y poder elegir así a un ser humano político, no a un detergente. Aparte de que no se dilapida en la televisión el dinero público de las campañas políticas. A la televisión francesa se va a discutir ideas y programas. No a anunciarse como jabón.
Dice Pirandello que cuando un persona decide creer en algo o en alguien no hay razones que valgan para hacerla cambiar. Su sistema de creencias es inamovible. Esperemos que tenga razón el escritor siciliano y que las ráfagas de propaganda televisiva se desvanezcan en el vacío.


Siempre ha habido moscas


Los mexicanos son los seres
más bellos de la Tierra. País
adorable. El gobierno mexicano
todavía parece controlado por
Satanás. Todos los mexicanos
lo saben, lo temen y, a fin de
cuentas, no hacen nada por
remediarlo, a pesar de las
revoluciones.

—Malcolm Lowry, 1947



Premonitorio, Emilio Zebadúa escribió justo en noviembre de 2003 en la revista Letras Libres:
“La integración del IFE sin que los partidos tomaran en consideración la valía y la calidad del propio Instituto o, incluso, sin que cuidaran las mínimas pero esenciales formas legales, produjo un desafortunado inicio del nuevo Consejo. La partidización del árbitro a través de cuotas preasignadas en el órgano de dirección representa un retroceso muy severo para la credibilidad y la imparcialidad del instituto. Con ello, la democracia mexicana corre el riesgo de una futura crisis de legitimidad.”
El 31 de octubre de ese año se integró el IFE para el periodo 2003-2010 con una mayoría del PRI, el PAN y el PVEM, y con exclusión del PRD, produciendo un déficit de confianza y credibilidad preocupante, “que puede llegar a poner en jaque el próximo proceso electoral presidencial del 2006”.
Y en efecto nuestras recientes elecciones no han estado por encima de toda sospecha. Algo pasó allí, muy turbio, como si hubiera sido la obra de un mago. Se defiende el IFE diciendo que la progresiva lectura del PREP no definía el recuento de las cifras finales, pero la manipulación no tenía ese objetivo sino empezar a establecer en la creencia colectiva que Calderón iba a ganar. Este golpe publicitario tuvo su eficacia.
Por otro lado, se han empezado a tender paralelismos no sólo entre la elección presidencial de 1988 —cuyo fraude demuestra Jorge Castañeda en el apéndice de La herencia cuando habla de una gran computadora consultada en Londres— y ésta de 2006, por no mencionar la asociación que también se hace entre nuestra jornada electoral y la de Bush en Florida en el año 2000.
Una vez se vendió misteriosamente el padrón electoral mexicano a una empresa norteamericana, la Choice Point, con sede en Alphareta, Georgia. No se castigó finalmente a los extraños vendedores. Pero resulta Choice Point es la misma que rasuró el padrón de Florida que le dio el triunfo a Bush. En el Distrito Federal muchos votantes ancianos o de los barrios pobres no se encontraron en el padrón y no pudieron votar. En Florida quienes fueron borrados mágicamente fueron en su mayoría negros, que tradicionalmente votan por los demócratas.
Greg Palast, reportero de The Guardian inglés, escribió el 8 de julio que seguramente hubo una intervención del gobierno de los Estados Unidos en las elecciones mexicanas, sobre todo en el know-how del fraude cibernético. “El Instituto Republicano Internacional, brazo del aparato partidista subsidiado por el gobierno estadounidense, reconoce haber otorgado entrenamiento táctico al PAN. ¿Empleó también el PAN el padrón robado? (Choice Point y sus agentes mexicanos, arrestados por obtener los datos, negaron los manejos indebidos y juraron destruir sus copias del padrón, pero ¿qué hay de la copia que se guardó Bush?)
Otra resonancia del fenómeno electoral estadounidense en el caso mexicano es el de la “eliminación negativa”. En un número sorprendente de distritos mexicanos el honorable IFE registró una alta eliminación negativa, es decir, un mayor número de votos para los cargos de diputados y senadores que para la Presidencia.
“La lista ganadora del gobernador de Florida fue creada por la compañía privada Choice Point, de Alpharetta, Georgia.”
Con todo y esto, en lugar de renunciar avergonzados, los consejeros —que se acaban de aumentar su percepción anual para que redondee 404 mil 867 por piocha— pueden seguir allí haciendo sus juegos de manos hasta el año 2010. Se han autorizado apenas el martes de la semana pasada 15 días adicionales de salario a la compensación aprobada antes. Normalmente gana cada uno 161 mil 947 pesos netos al mes. Los dos meses de compensación implicaban ya un bono de 323 mil 894 pesos, pero sintieron que no eran suficientes y se añadieron una partida de 80 mil 973 pesos, con lo que recibirán 404 mil 867 de compensación por el año electoral en el que se supone que trabajaron más.
Luego de ser difundida esta información, el IFE se apresuró a aclarar el 13 de julio que el aumento de los “estímulos” fue legal, como si alguien hubiera cuestionado su legalidad. Es cosa sabidísima que la gran contribución mexicana a la cultura de la corrupción ha sido la de los sueldos altos. Los funcionarios no necesitan robar. Basta que se cumpla con la normatividad para que se les legalice su percepción salarial. Todo se puede. Ese cumplimiento con la ley nunca ha estado en discusión, pero los funcionarios cuestionados fingen que de eso se les está acusando, de no encuadrarse en la ley.
Legalísima también fue la venta de Banamex a City Bank que hizo Roberto Hernández sin pagar impuestos. La coartada de la legalidad siempre estuvo allí, indiscutible. De lo que se trata es de que ya no haya esas leyes que benefician a un cierto número de grupos propietarios del país y que ni siquiera quieren que se les mencione a los pobres.
—Es que siempre ha habido pobres —le decía un señor de Tijuana a una amiga mía que estuvo como representante del PRD en una casilla.
—Sí —le contestó ella— me lo dice usted como si me dijera que siempre ha habido moscas.



La ciencia contra la democracia



Después de la confusión se dio un anticlímax. El lunes amanecía uno con la sensación de que su candidato había perdido, a la buena o a la mala. El martes retoñaban las esperanzas y el miércoles volvía un conteo de las actas que pareció desde el principio minuciosamente programado, sobre todo en lo que concernía a su pauta in crescendo y a su gran finale. Había una preocupación reiterada en algunos funcionarios del IFE, en los representantes del PAN y, en consecuencia, entre los empresarios y los locutores televisivos y radiofónicos encargados de establecer un cierto consenso: que los partidos se comprometieran a acatar los resultados anunciados por el IFE (¿incluso en la hipótesis de que hubiera habido una operación fraudulenta?) y que a nadie se le ocurriera comparar lo que estaba sucediendo en ese momento con al fraude de 1988 que le permitió a Carlos Salinas actuar como presidente sin en verdad serlo.
Pero la mente humana tiende a la analogía. El silencio de Ugalde la noche del domingo equivalió a otra bartletteada, la caída del sistema. Otra similitud con 1988 fue el deseo de que no se abran las urnas y que esta decisión será refrendada, en cuanto se sienten, los nuevos diputados (como lo hicieron los panistas con Salinas). Gracias a la gran alcahueta que es la televisión mexicana se empezó a fijar como una verdad universalmente aceptada que un fraude maquinado es imposible, como si los militantes que estaban en las casillas fueran ciudadanos por encima de toda sospecha, bioquímicamente puros. Se sabe que el fraude está dentro de los paquetes, que las actas ya traen el fraude. Lo hicieron los republicanos de Bush en Ohio y en Florida, en el país de la democracia.
Ciertamente en 1988 los partidos no contaban con una copia de las actas y hoy sí; no existía el IFE y todo se fraguaba en los sótanos de la secretaría de Gobernación. Pero o cierto es que vivimos en un país en el que los gobiernos no han dejado que los ciudadanos hagan valer su voto. Empezó sucediendo con Francisco I. Madero en 1910 y la historia se repitió con el fraude a Vasconcelos en 1929 y más tarde otra vez: en 1940, en 1952, en 1988. Para mal y para mal vivimos una época de fraudes incluso en los países más civilizados del mundo y de elecciones muy apretadas, en Estados Unidos, Alemana, España, Italia (donde no pudo ganar la tele).
Robert F. Kennedy Jr. publicó a principios de junio en la revista Rolling Stone un estudio sobre las elecciones presidenciales de 2004. Luego de dos años y con un equipo de académicos expertos en estadística y sobre todo en computación, Kennedy estableció que a más de 350 votantes se les impidió votar, se les borró del padrón o simplemente sus votos no se contaron. Se anuló también el empadronamiento de decenas de miles de votantes predominantemente negros y latinos en zonas urbanas y que siempre votan por los demócratas. En el estado de Nuevo México, donde la elección fue decidida por un margen de 6 mil votos, las máquinas se atascaron y dejaron de registrar unas 20 mil boletas.
“Por segunda vez consecutiva en las elecciones, el presidente de Estados Unidos fue seleccionado no por la voluntad del pueblo, sino bajo una nube de trucos sucios”, dice el diputado Dennis Kucinich. “La mayor amenaza a nuestra democracia es la inseguridad de nuestro sistema electoral. Lo que está en juego aquí es la idea de un gobierno del pueblo y por el pueblo.”
Lo que ha sucedido es que la tecnología moderna se ha venido utilizando en contra de la democracia, irónicamente. Pasó con ella algo semejante a la ciencia que obraba contra la vida cuando se utilizó la fisión nuclear para matar gente en dos ciudades japonesas.
En 1988 viajaron a Londres dos personajes del equipo de Carlos Salinas para entrevistarse con los autores ingleses “del método RAS de cálculo de matrices bipropocionales para conseguir su ayuda en el diseño de un programa…”, cuenta Jorge Castañeda en La herencia, en un estudio que aparece en las últimas páginas del libro, casi como un epílogo.
Era preciso poder correr el programa varias veces, “para incorporarle consideraciones políticas a la luz de lo datos arrojados para ciertas celdas: el PRI no podía lograr 300 votos en la casilla 3ª del cuarto distrito de Veracruz, por ejemplo, porque se ubicaba en un barrio de decenal lealtad panista”.
“De regreso a México, los viajeros hicieron un equipo con tres o cuatro operadores de las máquinas de Gobernación y un número equivalente de expertos políticos del PRI, peritos galardonados en la cartografía electoral del país.”
“En términos matemáticos, el algoritmo era fácil de construir, pero el tamaño de la matriz era apabullante”, explica Jorge Castañeda.
Si la algoritmia es la ciencia del cálculo aritmético y algebraico, el algoritmo viene siendo la alteración del “guarismo”.
Mejor que nosotros lo sabe el matemático de la UNAM Luis Enrique Ramírez que el miércoles 5 de julio advirtió en La Jornada que se podría utilizar un cierto algoritmo en el recuento por el IFE de las actas de ese mismo miércoles. Lo había inferido del análisis matemático que hizo del “comportamiento errático y tendencioso de los resultados que arroja el PREP”.
El problema está, según él, no en los datos de entrada sino en un algoritmo matemático que se activa ya sea con una clave o con el reloj de la misma computadora.

Friday, June 16, 2006

Los privilegios secretos





En la campaña contra López
Obrador yo destacaría una
mirada clasista e incluso
racista. Los dueños del
capital tienen una visión
del país que no solamente
es clasista, sino de castas.
—Juan Villoro



Justamente de eso es de lo que se trata: de que no siga habiendo privilegios para unos cuantos, de que los gobernantes dejen de hacer negocios con sus amigos. Ya no aguanta el México civil contemporáneo que presidentes, gobernadores y secretarios de Estado se las ingenien para beneficiar a sus parientes y socios, con ingenierías fiscales o lo que sea, con triangulaciones de empresas y subterfugios legaloides para mantenerse en la “normatividad” y no pagar impuestos.
Por eso cuando López Obrador le encajó esa banderilla a Felipe Calderón a unos minutos de que terminara la corrida, el abanderillado del PAN tuvo que retirarse con la banderilla adentro y furioso porque la muy bien fundada acusación no sólo lo ponía en entredicho sino porque el caso de su cuñado y sus privilegios secretos ilustra muy bien la idea central de toda la campaña de López Obrador. El debate terminó y el tabasqueño dejó la víbora cascabeleando, hasta la fecha.
Es muy curioso por lo demás que el más corrupto de todos los políticos (Espinosa Vlllarreal, por ejemplo, prófugo de la justicia, o Carlos Hank González, que se pasó la vida desde los puestos públicos haciendo negocios con sus cuates y con sus hijos) no despierte la animadversión que suscita en la clase media alta Andrés Manuel López Obrador. Es un odio ciego, visceral, no discernible en términos racionales. Hace unos días por los rumbos de Santa Fe, cuando el candidato del PRD salía a un mitin en Toluca, una camioneta BMW se le emparejó, el chofer bajó uno de los cristales polarizados y asomó su rostro una señora no muy vieja y muy elegante.
—Andrés Manuel —le gritó, como fingiendo ser su admiradora—. Eres un naco.
Bueno, esa irritación no la provoca ni aquel gobernador Villanueva, de Quintana Roo, que andaba en líos de narcos. ¿Qué es lo que les molesta tanto? Pues eso. Lo de la pobreza. Nada indigna más a los más afortunados que se les mencione a los pobres, como si no existieran. Como si no viviéramos en un país en el que más del 50 por ciento de la población vive en la pobreza y muchísimos de ellos en la miseria. Ya lo decía el poeta: México es una mesa en la que hay diez comensales y en la que cuatro comen y visten y se educan muy bien y tienen excelentes médicos, mientras los otros seis apenas comen, algo comen porque si no ya se hubieran muerto de hambre, y por supuesto no se vislumbra que en las próximas generaciones —sus hijos, sus nietos y bisnietos— vayan a vivir mejor.
Hay investigadores académicos de la pobreza, por ejemplo, que sostienen que la pobreza mexicana ya cubre tres cuartas partes de toda la sociedad mexicana. Como de las 12 a las 9 en nuestro reloj pulsera.
No por amor ni por solidaridad, sino por interés y por instinto de sobrevivencia, ¿no sería razonable que estas capas privilegiadas lo entendieran, por interés propio? Les conviene. Algo hay que hacer desde ahora. No vaya a pasar que dentro de veinte o menos años las masas tomen el pedregal de San Ángel como en 1789 tomaron la Bastilla. Así es la historia y la historia se repite con indomable y reiterada circularidad.
El mecanismo de negación y de defensa que antepone mucha gente ante la pobreza no responde a ningún principio de realidad. Los pobres no existen.
Incluso alguien no ajeno a los privilegios, un hombre de negocios exitoso, Francisco de Paula León Olea, lo ha llegado a comprender perfectamente. En un libro aún inédito, habla de la más alta concentración de los privilegios en las élites. No se refiere a la inexistente aristocracia mexicana sino a un grupo detentador del poder frecuentemente monopólico de los privilegios.
De seguir México “con el esquema de neoliberalismo monopólico que entre otras cosas desalienta la generación justa de empleos” seguiremos, sentados en la baqueta, contemplando la diáspora del fracaso del sistema político mexicano hacia Estados Unidos.
En un país con cien millones de mexicanos es posible que una parte importante de las fuentes de riqueza se concentre en unas cuantas manos, en unos cuantos bancos, en una compañía telefónica, en contadas permisionarias de los medios masivos de propaganda, constructores de carreteras y contratistas exclusivos.
No es tolerable que el 80 por ciento de las grandes concesiones se concentran en 30 familias y pretender hacer con el escuálido restante (después de pagar las enormes deudas nacionales) justicia a 100 millones de mexicanos, dice, mutatis mutandis, Francisco de Paula León.
“El problema radica en permitir que existan oscuros trashumantes que aparecen de pronto en un sexenio con un papel firmado por sus cómplices del régimen, con la licencia oficial para estrangular con su exclusividad a los ciudadanos, ya sea cobrando los intereses que quieren en sus bancos, estableciendo las tarifas que se les ocurran a lo servicios telefónicos, presupuestando la obra pública a los precios más altos del mercado, o cerrando el espacio radiofónico a nuevas voces o simplemente protegiendo, como si fuera una mafia siciliana, a los licenciatarios de nuevas competencias.”





Saturday, May 13, 2006

El contexto

No hay pruebas de que se esté preparando un golpe mediático-electoral, en el sentido en que se dice que para organizar un golpe de estado es necesario ir creando un contexto. Lo habitual en estos casos (porque además no tiene mucha ciencia) es que para una operación de desestabilización lo que procede es ir construyendo una atmósfera a través de la propaganda, es decir, de la televisión y la radio. Si la realidad no es como nos gusta, entonces la inventamos. Hay que preparar a la opinión pública.
Lo que se supone, de ser cierta la improbable hipótesis, es que justamente para ir creando un ambiente propicio que haga el golpe creíble hay que empezar por arreglar gradualmente —poco a poco, de un mes a otro— las encuestas y aprovechar su rentabilidad política y propagandística: entre más cercanos uno del otro estén los contendientes menos difícil será promover un fraude mediático-electoral. Si uno de ellos se fuga del pelotón (para usar una expresión del ciclismo) y se adelanta separándose mucho de quien le precede entonces sí, en ese caso la intentona de fraude resulta más difícil.
Sería la estrategia del miedo.
“El terror y el miedo que nos fascinan son ahora fuerza esencial de la estrategia de toda contienda”, sostiene José Vidal-Beneyto.
Pero a nadie le consta. Ni siquiera sería recomendable leer a Curzio Malaparte y sus reflexiones sobre las técnicas para un golpe de Estado porque tampoco se trata de la teoría de la relatividad. Sería capcioso también presumir un sabotaje orquestado desde Washington como el que se utilizó para moverle el piso a Salvador Allende en 1973. No hay pruebas de que dirigentes del PAN y ejecutivos de Televisa se hayan reunido en casa del director del Cisen a fin de pactar un compromiso entre Televisa y el PAN. A cambio de aprobar sin chistar las reformas a la nueva Ley de Radio, Televisión y Telecomunicaciones, los panistas recibirían todo el apoyo de Televisa para hacer triunfar a Felipe Calderón. Una cosa por la otra. Más que con dinero contante y sonante los habrían sobornado con “tiempo en pantalla”. Sin embargo, en los últimas semanas la confirmación de este pacto ha sido ambigua. A veces parece que sí, que se le da mucho vuelo a Calderón y se minimiza lo que hace y dice López Obrador. Y por otra parte en ocasiones no se ve tan descarado el apoyo, acaso porque no hubo un arreglo por escrito o porque una de las partes, la de los medios audiovisuales, está traicionando a la otra, no quiere perder la credibilidad y sabe —por encuestas tan secretas como confiables— que el supuesto puntero no es el que se dice.
Las malas artes de la manipulación televisiva no son nada del otro mundo. Hasta un niño con una cámara puede practicarlas. Se trata de enfatizar o de atenuar un rostro, una actitud, una declaración. La “técnica” consiste en hacer un acercamiento al personaje (a Manuel Espino, por ejemplo, cuando declara a los cuatro vientos que el DC3 cargado de droga y procedente de Venezuela es para la campaña del PRD) y darle alguno minutos en pantalla, aunque después en otros canales de la empresa —en horarios de menor audiencia— se contextualice en su justa dimensión la calumnia para taparle el ojo al macho. En contrapartida, esa misma “técnica” se aplica escogiendo un mal ángulo del candidato indeseado, una frase desafortunada o una situación ridícula, como las que se dan cuando a los candidatos los llenan de flores y les ponen sombreritos estúpidos.
A nadie le consta, pero no deja de ser una especulación surgida del imaginario colectivo. Tampoco hay pruebas de que desde los Pinos esté actuando de manera furtiva un asesor que aconseja a Fox en materia de “estrategia” electoral (ahora para todo se dice “estrategia”, término militar) y que con un equipo de señoritas

—que hablan de parte del “gobierno federal”— realizan “encuestas” y tratan de convencer al encuestado de que vote por Felipe Calderón.
Ramón Muñoz Gutiérrez se llama ese personaje que viene siendo para Fox lo que Córdoba Montoya para Salinas de Gortari. ¿Quién es el señor Muñoz?, se pregunta uno como si tratara de un video o un video hiciera falta para conocerlo. ¿De dónde salió? ¿Dónde estudió? ¿Estudió? Hasta ahora no ha habido pruebas de que sea el gran conspirador de Palacio. Lo poco que se sabe del enigmático consejero es que ya es candidato plurinominal por la franquicia del PAN para senador y que ya se le pasó el lapso de 90 días para renunciar a su puesto en los Pinos antes del 2 de julio en un momento, por lo demás, cuando los senadores o diputados “plurinominales” ya no tienen razón de ser.
El periodista Álvaro Delgado, que le ha tomado las placas, lo asocia a la ultraderechista Organización Nacional de El Yunke (junto con el carismático y encantador Manuel Espino) en la que

—se dice, pero no hay pruebas, a nadie le consta— lo inició Gerardo Mosqueda Martínez, como si en esa honorable sociedad hubiera ritos de iniciación.
Pero no hay pruebas de nada. A nadie le consta. No se sabe nada. Lo único que alcanza a barruntarse —pero no hay pruebas ni testigos oculares— es que los medios masivos de propaganda y los encuestadores telefónicos se afanan en la confección de un contexto, un humus: una capa superficial del suelo, constituida por la descomposición de materiales animales y vegetales. Un humus. Un estiércol. Un abono. Un contexto.

El acoso moral

Mobbing

Así como el torturador revienta
a la víctima sin producirle un solo
moretón, el acosador moral es capaz
de golpear a la suya sin dejarle
una huella. Esta clase de violación
(el acosador moral es fundamentalmente
un violador) se viene practicando
desde épocas inmemoriales,
pero sólo ahora empieza a
reconocerse como una patología.

—Juan José Millás



El acoso moral o psicológico en el trabajo es más común de lo que nos imaginamos y no es más frecuente en la administración pública que en la empresa privada. En ambos reinos se da el abuso del jefe en contra del empleado. Empieza por hacerle al vacío, no le permite la posibilidad de comunicarse, pone en entredicho su trabajo con mentiras, lo ridiculiza, lo interrumpe continuamente y no le da la cara. No le habla directamente a los ojos. En otras palabras: le hace la vida de cuadritos para que, desvalorizado y deprimido, renuncie.
No cuenta la eficiencia ni la eficacia del subordinado. Ni la preparación ni la experiencia. Hay en el correr a alguien un cierto placer: el placer de humillar.
Según Iñaki Piñuel el acosador responde al perfil de un “psicópata organizacional” que emplea técnicas de ataque sutiles, manipula el entorno para conseguir aliados entre los compañeros de trabajo, intenta “trepar” cuanto antes para, desde el puesto nuevo, ejercer mejor su acoso. Lo que se ha visto, añade el profesor, es que muchos de esos acosadores ya eran hostigadores en el colegio.
Los sectores en los que se producen más casos de acoso laboral son la administración pública (en casi todas las secretarías de Estado), en los medios de comunicación y en las agrupaciones ideológicas, como los partidos políticos y las organizaciones no gubernamentales. El acoso se produce, anota Piñuel, en los casos en los que no se puede despedir a un trabajador, bien porque es funcionario público o porque su prestigio y su capacidad de trabajo harían improcedente el despido.
Los panistas en el poder no han sido diferentes a los priístas. En cuanto el funcionario sube de puesto y llega a ser el jefe, se instala a puerta cerrada: hace esperar a la gente, contrata a sus parientes y amigos, les busca un hueco arrinconando moralmente a una colaboradora o a un asesor para que se vaya y le deje el hueco porque, sobre todas las cosas, un puesto público es un cheque para un amigo, un pariente o una compañera sentimental.
A esta actitud tan generalizada en todo el mundo se le llama mobbing. La palabra deriva del verbo “to mob” (atropellar o atacar con violencia) que viene de la etología (la ciencia sobre la conducta de los animales). La expresión fue introducida por Konrad Lorenz para referirse al comportamiento agresivo de algunas especies de pájaros contra sus descendientes.
El primero que estudió el mobbing como violencia psicológica (y psicopatológica) en el lugar de trabajo fue Heinz Leymann, psicólogo alemán afincado en Suecia. En 1986 describió en un libro las consecuencias, sobre todo en el aspecto psíquico, de las personas expuestas a un comportamiento hostil y prolongado por parte de sus superiores o compañeros de trabajo.
El acosador moral realmente, en el fondo, no sabe ser jefe. Su liderazgo es intimidatorio. No está preparado para conciliar y no confronta al empleado que, según él, se ha vuelto “conflictivo”. Lo elude. Lo flagela con el látigo de su silencio. Los rasgos más comunes del acosador son la mediocridad, la envidia, el narcisismo, la necesidad de controlar, la inseguridad y el oportunismo, la falta de transparencia. Algunas descripciones sitúan estos rasgos en el ámbito de la psicopatología: actitudes narcisistas, paranoides y psicopáticas.
Esto es lo que pasa efectivamente en cualquier oficina de gobierno, como las de la SRE en el extranjero (y aquí en México) o de cualquier dependencia gubernamental fuera de México, ya que la lejanía geográfica y la falta total de supervisión o capacidad de llamar a la cordura a un jefe o jefa esquizofrénico/a hacen el acoso y maltrato todavía mas agudo y abusivo. Existen casos inverosímiles y de dar vergüenza que han sucedido a colegas y personal contratado localmente en muchos países donde embajadores o segundones actúan con premeditación y ventaja pisoteando los más elementales derechos humanos y laborales.
Un miembro del servicio exterior mexicano ha escrito un ensayo (www.diplomaticosescritores.org) donde pide la creación de un ombudsman para defender a todos los que trabajan en el servicio exterior: desde el empleado local hasta el diplomático de más alto rango que pueden sufrir estas calamidades. Muchos entran en severas depresiones, otros, pocos, se suicidan.
Es muy importante que se cultive en México la cultura de la protesta contra el acoso mental en el trabajo. Porque es una injusticia y la gente no sabe manejar esta violencia sorda, cobarde, invisible. Puede uno informarse en www.esquizo.com o en

http://www.mobbing.nu

Es necesario que corra la voz: que hay en internet muchos espacios para prepararse, de juicios que se han realizado y ganado en España en contra de los jefes injustos y abusivos. Basta poner la palabra mobbing en Google y allí hay material de sobra para escoger. Y emprender la lucha.



* * *




Post scriptum
Aidé Grijalba me escribe desde Tijuana y me dice que el mobbing también se da de abajo a arriba: los subordinados contra el jefe o, más frecuentemente, contra la jefa porque ese recelo y esa agresión soterrada está cargada, al menos en México, de misoginia.
A un jefe se le puede dominar y extorsionar, u orillarlo a la renuncia o a la melancolía: recuérdese la película de Joseph Losey: El sirviente, con guión de Harold Pinter y actuada por Dick Bogard.



Thursday, April 27, 2006

La paradoja de El Gatopardo


A Elena Poniatowska



Se vogliamo che tutto rimanga
come è, bisogna que tutto cambi.
Mi sono spiegato?

—Giuseppe Tomasi di Lampedusa,
Il Gattopardo




Como sabe muy bien el culto y desocupado lector, la novela El Gatopardo fue escrita a los 60 años por un siciliano de familia noble que respondía al nombre de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La primera edición vio la luz en Milán en 1958 conforme al manuscrito de 1957 y cinco años más tarde el director Luchino Viconti realizó la película con Burt Lancaster, Claudia Cardinale y Alain Delon. Pero más allá del éxito literario y cinematográfico, lo que a través de las décadas ha quedado de esta magnífica obra ha sido una frase, una maldita frase:
“Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?” Es una sentencia que se toca en la mima cuerda política de otra más antigua y famosa: “El fin justifica los medios.”
Parece una de esas frases incomprensibles porque aparentemente entraña una contradicción en los términos, el cambio sin cambios, o lo que tal vez en retórica sea un oxímoron. Pero es un hecho, sobre sobre todo durante y al final del gobierno de Fox, que siempre se vendió la idea del cambio y a la hora de la hora tan cacareado cambio resultó pura agua de borrajas. Porque el “gobierno del cambio” no tocó al PRI en su estructura de saqueo ni a los expresidentes enriquecidos sospechosamente, porque negoció en un do ut des el “no le muevan” a lo de los Amigos de Fox (por el oscuro financiamiento de su campaña del año 2000) a cambio de no hacerla de tos con el robo del Pemexgate y con la impunidad de Romero Deschamps. Un quid pro quo (una cosa por la otra), para usar otro latinajo y decir que muchas veces el móvil de una acción es la esperanza de reciprocidad.
El Gatopardo sucede en la época del desembarco de Giuseppe Garibaldi en Marsala, antes de la reunificación de los reinos italianos y el alumbramiento de Italia como nación, hacia 1862, y gira en torno del abuelo paterno del autor, Giulio di Lampedusa. Una clase social amenaza con sustituir a otra, pero en el fondo, dice el escepticismo gatopardiano, la estructura de la sociedad siciliana en nada se cimbra.
Se trata de la sutil, provocadora, escéptica insinuación gatopardiana. Y procede directamente del diálogo que en la novela sostienen el príncipe de Salina, Fabrizio Corbera (desesperadamente convencido de la imposibilidad del cambio en Sicilia) y el joven Tancredi.
—Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie —dice Tancredi—.
Y esta aparente contradicción extralógica es una línea argumental a lo largo de El Gatopardo:
—¡Bah! Negociaciones punteadas con innocuos tiros de fusil, y luego todo seguirá lo mismo, pero todo habrá cambiado.
Otro siciliano, Leonardo Sciascia, escribió en 1963 una novela también de ambiente y de historia sicilianos: El consejo de Egipto, que en su momento se juzgó como “el Antigatopardo”. Mientras que en El Gatopardo se ve a una Sicilia que quiere seguir durmiendo —a despecho de quienes hubieran querido encauzarla en el flujo de la historia universal—, en El consejo de Egipto se trata de una tierra de gente que, lejos de seguir durmiendo, conjura, se levanta y paga con la vida.
A Sciascia nunca terminó de gustarle la percepción de Lampedusa, a quien por lo demás admiraba enormemente. Decía que Lampedusa incrustaba en su novela una “coartada de clase”.
Para rizar el rizo, la misma idea se reelabora en otro pasaje de la novela:
“…una de esas batallas en las que se lucha hasta que todo queda como estuvo.”
Y así, pues, se ha vuelto un lugar común esta frase proveniente de la insinuación literaria para explicar que un cambio de personajes en el escenario no supone necesariamente una mutación de lo importante. No pocas de las interpretaciones de la Revolución mexicana, muy notablemente la de Ramón Eduardo Ruiz (autor de El pueblo de Sonora y los capitalistas yanquis) se valen de la paradoja gatopardiana para proclamar que cambio de fondo realmente no lo hubo mucho. En la misma línea de pensamiento, los teóricos marxistas decían que no hay revolución si no se cambia una clase social por otra y si los medios de producción no cambian de manos.
A muchos ciudadanos que se fueron con la finta del cambio les hubiera gustado que hubiera cambiado la política de los sueldos altos, la pompa de la “primera dama”, la manía de los presidentes de hacer campaña electoral a favor de su partido, la obscenidad de pagarle más de 400 mil pesos mensuales al presidente de la Suprema Corte, la costumbre de encubrir a los parientes políticos, la obcecación de sostener a gobernadores delincuentes, la proclividad a quedar bien y a cualquier costo con Televisa y otros medios, la indiferencia a promover la cultura del conflicto de intereses, y el hábito de no leer las revistas ni los periódicos ni a los editoriales que, por lo demás, tampoco creen que con sus artículos vayan a cambiar mucho las cosas.
Ya lo decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa:
“No queréis destruirnos a nosotros, vuestros padres. Queréis sólo ocupar nuestro puesto. Para que todo quede tal cual. Tal cual, en el fondo: tan sólo una imperceptible sustitución de castas.”

López Obrador en su gran momento


En la campaña contra López
Obrador yo destacaría una
mirada clasista e incluso
racista hacia el candidato
del PRD. Los dueños del capital
tienen una visión del país que
no solamente es clasista, sino
de castas. Es decir, como
él es uno del pueblo, es por
lo tanto un populista que quiere
regalar cosas, un irresponsable,
un ladrón que viene por lo que
no es suyo, el que entra por la
ventana para saquear los bienes.
Un poco así piensan los dueños
de la riqueza. Lo sorprendente
es que dichos bienes deberían de
ser de todos: es la riqueza que
se ha producido y que no se ha
repartido.

—Juan Villoro

No entiendo, le digo a mi amigo Mario Zamudio, de Navojoa, por qué dices que es un ignorante. No podría serlo si escribió un libro sobre Fobaproa, por ejemplo, o si tuvo su gran momento en la cámara de diputados cuando enfrentó a los “representantes populares” para decirles que actuaban por consigna y que no esperaba nada de ellos, que ya sabía que lo iban a desaforar. Allí mostró un gran temple. Un licenciado de apellido Mejinje o Mejique lo llenó de improperios, en un tono inquisitorial y legaloide (se le engolaba la voz cada vez que decía “estado de derecho”), mientras López Obrador se mostraba muy tranquilo y se esforzaba por no reírse muy abiertamente del orador.
Todo esto lo puedes ver, le decía a Mario, en Quién es el señor López?, la película que acaba de terminar Luis Mandoki. Es un documental que tiene usos políticos de propaganda, pero su narrativa no es propagandística: es la obra de un cineasta de oficio. Hay allí, en el recinto legislativo, una secuencia ejemplar de lo que puede ser un político y así como se comportó leyendo un discurso brillante y valiente (les dijo en su cara a los diputados lo que pensaba de ellos, no les hizo ninguna caravana y luego los dejó hablando solos, como se lo merecían) así pudo haber participado en el famoso y tedioso “debate”, pero no quiso.
Mi amigo de Navojoa me sigue mandando mails contra López Obrador, que es un peligro para México, que endeudó al DF (no dicen que tanto como Fox al país), que es mesíanico, que es populista, en fin toda la retahíla de calumnias y mentiras que constituyen ahora la “estrategia” del PAN. Le digo. Mira: yo creo que no estás informado. Si quieres te mando la película de Mandoki, pero me la tienes que pedir porque la verdad es que uno no ve ni lee mensajes contrarios a su candidato y que no ha solicitado. Yo lo que espero es que la pasión política no nos vaya a distanciar. Me importa más la amistad que cualquiera de los candidotes. Y si creo que las creencias políticas no se discuten es porque cuando alguien decide creer en algo o en alguien no hay razones que valgan para hacerlo cambiar de opinión. Se vota con el corazón.
Es como en el beisbol. Tú le vas a los Dodgers y yo a los Yanquees, cada quien escoge su cachucha y no nos vamos a pelear por eso. Ahora si resulta que los Yanquees son mejor equipo, allí ya no puedo hacer nada.
Pero sí, me gustaría que supiera Mario lo que nunca va conocer a través de Televisazteca (para poner a los canales en la misma vaina). Si los panistas quieres que los cubra Televisa a cambio de apoyar las reformas a la ley del mismo nombre, le digo a Mario, pues entonces que le paguen a Televisa con dinero del PAN o de sus amigos empresarios de Ciudad Juárez (legales o ilegales), pero no con recursos estratégicos de la nación, como lo hizo Héctor Osuna que el año que entra quiere lanzarse como candidato a gobernador de Baja California. (¿Le importará a Televisa?)
Y ahora se pone un poco cuesta arriba la campaña. Hay que enfrentar a todo el aparato propagandístico del PAN-Televisa y de la Presidencia de Fox, a Washington y al Vaticano, que no es posible que no estén haciendo algo al respecto, así sea furtivamente. Habrá que ver si triunfa la tele, es decir: la propaganda, sobre la razón. No lo sabemos porque la sociedad civil en México es muy débil y si no funcionó la televisión en contra de ciertos candidatos en la Argentina y Perú es porque en esos países sí hay un movimiento de masas. Así que sí es muy peligrosa (en México) la apuesta a favor de la idea de que la televisión gana elecciones y debates.
En el fondo el problema es el de la pobreza. A la gente no le gusta que le mencionen a los pobres, pero resulta que en una mesa de diez personas cuatro comen muy bien y las otras seis apenas comen. Somos un país de pobres y uno de los más injustos, más desiguales, del mundo. Un especialista dice, en un centro académico, que en realidad tres cuartas partes del país están formadas por pobres.
Eso es lo que más les irrita: la atención a los pobres, pues nadie piensa en ellos. Y cada quien escoge a su candidato según la clase social de la que procede. No es así en el cien por ciento de los casos, pero la clase social significa sin duda el más decisivo de los múltiples factores.
Estas últimas cosas ya no me atreví a decírselas al Bebe Zamudio, mi amigo de la infancia en Navojoa y Huatabampo que no quiero perder. Me hubiera gustado contarle algo que nunca saldrá en la televisión: la apertura de una casa como residencia para prostitutas ancianas en el centro de la ciudad. ¿A qué otro gobernante se le hubiera ocurrido atender a esas mujeres de 76 o más años que dormían en los rincones y entre las alcantarillas, solas y sin servicios de salud, y que nunca habían sido tratadas como personas? ¿A Villarreal? ¿A Hank González, que se puso a hacer negocios con sus hijos?
La Casa Xochiquetzal para asistir a trabajadoras sexuales ancianas fue planteada como proyecto a López Obrador por un grupo de mujeres feministas cuando él era jefe del Gobierno del DF. Tuvo la sensibilidad de entender la idea, de aprobarla y de apoyarla. Reconoció entonces que esa casa podría ser resultado del esfuerzo y la lucha de las mujeres trabajadores sexuales adultas que desde 2004 lograron que el gobierno capitalino se comprometiera con ellas.


Sunday, April 23, 2006

La vida de cuadritos

M o b b i n g


Buscar en Google la palabra mobbing:
acoso moral o psicológico en el trabajo.



Asomarse a: http://www.mobbing.nu

Las relaciones entre subordinados y jefes suelen ser muy neuróticas en México, tal vez desde los tiempos de la Nueva España, tal vez más en el ámbito de la burocracia que en el de la empresa privada. Hay una tendencia, al margen de que la administración pública sea del PRI, del PAN o del PRD, a humillar a los colaboradores o empleados. A veces se acoplan la propensión al servilismo del trabajador (secretario, ayudante, chofer, guardaespaldas) a la prepotencia del jefe. De hecho, una manera cariñosa pero también autodenigratoria es llamarle al prójimo que paga “jefe, mi jefe, sí mi jefecito”.
Cuando un funcionario del gobierno municipal, estatal o federal quiere echar a la calle a alguien le hace el vacío. Actúa como si el compañero no existiera. Se le borra. Se le declara inexistente en la vida cotidiana de la oficina. Poco a poco la secretaria o el ayudante se va disminuyendo, y aparte se le sabotea o se le hace la vida de cuadritos. Hasta que se va. No se le dice váyase, no nos hace falta, sobra. Está usted despedido. No. Como el novio que no se atreve a cortar a la novia, hace ciertas cosas para que ella tome la decisión de marcharse. A la mexicana.
Todavía la cultura priísta está en las relaciones de trabajo, en la Secretaría de Relaciones Exteriores, por ejemplo, o ¿habría que decir la cultura de los mexicanos de siempre? En cuanto el antes subordinado asciende de puesto y llega a ser el jefe, se instala a puerta cerrada: hace esperar a la gente, contrata a sus parientes y amigos, les busca un hueco haciéndole la vida de cuadritos a una colaboradora o a un asesor. No lo toma en cuenta. No lo saluda. No le habla. Decreta su inexistencia porque así se lo permite el poder que por otro lado le permite rodearse de “ayudantes” innecesarios, una corte de guaruras y secretarios que se adelantan a pagarle la cuenta en los restaurantes o a hacerles la cola en los mostradores de los aeropuertos, en la madrugada. Como un reyecito. Como un encomendero de la Colonia.
Es lo que Juan José Millás llama el “acoso moral en el trabajo”, que produce tal daño que va matando de manera silenciosa.
“Así como el torturador revienta a la víctima sin producirle un solo moretón, el acosador moral es capaz de golpear a la suya sin dejarle una huella. Esta clase de violación (el acosador moral es fundamentalmente un violador) se viene practicando desde épocas inmemoriales, pero sólo ahora empieza a reconocerse como una patología.”
En España la Universidad de Alcalá de Henares ha documentado, con estudios estadísticos, que un millón y medio de españoles son víctimas del acoso moral en las relaciones laborales. A la mejor las trasposiciones culturales no son exactas (pensar que todos nuestros defectos nos vienen de la península ibérica), pero la verdad es que aquí estuvieron y que en cierta y parcial forma los españoles nos constituyen: en la práctica judicial, en la convivencia conyugal, en el machismo consistente en no dar educación universitaria a las mujeres, en no heredarlas porque antes que ellas están los hombrecitos. Una de las líneas de reportaje constante en el periódico El País, editado en Madrid y reimpreso el mismo día en México, es el que indaga sobre la violencia familiar: el maltrato a la esposa, los golpes, las cuchilladas. No es nada raro que en Andalucía o en la civilizada Ciudad de Madrid (si ellos nos endilgan el “Ciudad de México” traduciéndolo de Mexico City, ¿por qué no habremos de revirarles el “Ciudad de Barcelona”?) un juez suelte a un golpeador para que de inmediato el angelito regrese al seno conyugal a matar a su esposa. Un día sí y otro también El País abunda en estos casos. “Pero si esa influencia más bien es árabe”, dice el Bebe Zamudio, mi amigo de Caborca. “Lo que pasa es que a nosotros nos llega por España.”
A la destrucción de la persona que trabaja porque tiene necesidad del sueldo se añaden gestos denigrantes, si no el acoso oblicuamente sexual o social, sí el acoso psicológico: la malditez de hacerlos pasar por un rito de humillación cuando, recién inagurado el sexenio, llega el nuevo jefe o la nueva jefa con todos sus cuates y sus amigochas. No les dicen ya se acabó su contrato, ustedes estaban por honorarios. No. Los dejan parados o sentados por ahi sin decirles nada. Llegan los nuevos y les toman sus escritorios, hablan por encima y a través de ellos como si estuvieran pintados, y ni siquiera los gratifican. Estaban “por honorarios”. Y, así, el acoso mental sigue siendo parte del sistema, como en los mejores tiempos de don Adolfo Ruiz Cortines.
Lo dice mejor que yo Juan José Millás, el novelista español, uno de los inventores de la columna que se ocupa de cualquier cosa, de “cosas de poca importancia”, como decía León Felipe. Dice que en toda relación de poder hay un punto de manipulación psicológica y que señalar la frontera entre el uso adecuado y el enfermizo de la autoridad no es tarea fácil, sobre todo mientras no adquiramos conciencia de ser o haber sido víctimas de este tipo de tortura.
“El terror laboral se transmite por vía jerárquica, a través de la cadena de mando. Cuando en una empresa desembarca un presidente o un director general que es un hijo de perra, los mandos intermedios se transforman en hijos de perra. Y el que muestra reparos para morder a sus congéneres es marginado de inmediato, convirtiéndose en víctima de lo que no ha podido practicar. Hay oficinas que al final del día están repletas de cadáveres.”
Es muy imoortante que se cultive en México la cultura de la protesta contra el acoso mental en el trabajo. Porque es una injusticia y la gente no sabe manejar esta violencia sorda, cobarde, invisible (en la Secretaría de Relaciones Exteriores, por mencionar un solo caso).
Es necesario que corra la voz: que hay en internet muchos espacios para informarse, de juicios que se han realizado en España en contra de los jefes injustos y abusivos. Basta poner la palabra mobbing en Google y allí hay material de sobra para escoger.

Monday, April 10, 2006

La escuela Cruz Gálvez


La especulación inmobiliria

En Sonora empieza a haber una cierta preocupación de la sociedad civil. Resulta que el gobierno del Estado ha decidido cambiar de lugar la famosa escuela Cruz Gálvez que fundó el general Plutarco Elías Calles en 1915, cuando era gobernador y después de haber expulsado militarmente a Villa del norte de Sonora. El propósito del gobernador Eduardo Bours y sus colaboradores es sacar a la antigua escuela de la ciudad (Hermosillo) y recolocarla en las afueras, cerca de las colonias pobres que es de donde, al fin y al cabo, dicen los allegados al gober, proceden muchos de esos muchachos. No se sabe si los edificios de la escuela, construidos en 1920, van a ser conservados o no.
De lo que no se informa oficialmente es de las dimensiones del terreno en el que tiene su asiento la Cruz Gálvez, escuela de muchísimas generaciones de sonorenses pobres que no hubieran estudiado nada si no es por esa ayuda estatal.
Se trata de tres hectáreas (es decir, de 30 mil metros cuadrados si recordamos que una hectárea es de 10 mil) en una zona de Hermosillo en la que los terrenos adyacentes andan entre los 200 los 300 dólares el metro cuadrado. Luego, entonces, estamos ante un negocio o una especulación de terrenos —destinados ahora seguramente a algún centro comercial, como la cadena de tiendas Coppel— superior a los 6 millones de dólares.
En Sonora siempre ha habido una mística muy particular respecto a la educación. Una muestra reciente de ello es la creación de la Universidad de la Sierra, en Moctezuma. Y no es nueva esa tradición sonorense. En 1916 el gobernador Calles inauguró la Escuela Normal para profesores, organizó un congreso pedagógico ese mismo año, ordenó la construcción de 127 escuelas primarias, y se comprometió con toda su alma en un proyecto particular: la primera respuesta educativa de la Revolución mexicana después de que concluyera la lucha armada. Esa proposición se concretó en la escuela Cruz Gálvez de Artes y Oficios para los huérfanos de la Revolución.
“Hace menos de dos años, en 1915, fundé la Escuela de Artes y Oficios para Huérfanos, que hoy lleva el nombre de Cruz Gálvez, impulsándome a ello la repetidas observaciones que al recorrer los distintos punto del estado pude recoger en cuanto al número verdaderamente crecido de niños huérfanos o abandonados”, escribió Plutarco Elías Calles en un manifiesto de 1917. Creía que esos niños, privados de techo y de pan, sin ninguna esperanza educativa, estaban condenados, de generación a generación (pobres los abuelos, pobres los nietos), a una miseria permanente.
El proyecto consistía en edificar dos grandes edificios, uno para hombres y otros para mujeres. En 1920 ya estaban funcionando. En el de varones —nos recuerda Enrique Krauze en su Biografía del poder— albergaba a 468 alumnos, todos internos, mientras el de señoritas contaba con 396 alumnas, entre ellas las propias hijas del General. Los hombres, aparte de los planes propios de la primaria, estudiaban oficios como carpintería, mecanografía, agricultura.
Nacido en Mazatlán y muerto en combate al lado del general Calles en Agua Prieta en 1915, el coronel Cruz Gálvez participó en la revolución maderista desde 1911 y luego se comprometió con el constitucionalismo de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón. Su nombre, pues, está ligado a un símbolo importante de la Revolución mexicana —en la que fueron tan protagonistas los sonorenses— porque esa escuela fue la primera oferta educativa del nuevo régimen y de su política social.

La inexistencia del Estado


El Estado ya no existe. Lo que
ahora existe son pequeños estados,
es decir, organizaciones criminales:
todos los grupos que actúan en función
de los intereses particulares. El
interés general se ha perdido de vista.

—Leonardo Sciascia

La no descabellada idea de que el Estado ya no existe se ha incubado más en la filosofía política que en la teoría jurídica. Parece más bien una insinuación de la literatura, una sugerencia desprendida de la tesis sin pruebas, es decir, del ensayo literario.
Cuando publiqué en La memoria de Sciascia esta percepción de la realidad contemporánea —este reflujo hacia lo privado, la caída del espíritu público, el predominio de los intereses privados que también pueden ser criminales— la frase del escritor siciliano, en 1985, quedó en mi libro como una víbora cascabeleando. Me parecía que describía muy bien lo que empezaba a suceder, sobre todo en México, pero más que nada la sentí como una premonición. A 17 años de distancia puede verse que se ajusta muy bien a los hechos.
—Lo que pasa es que tú no sabes teoría del Estado —me dijo un amigo que estudiaba leyes—. Sea como sea, incluso durante el gobierno de Pinochet, el Estado allí está, aunque no sea un Estado de derecho.
Mi impresión fue en ese momento, y lo sigue siendo, que la expresión “Estado de derecho” no pasa de ser un pleonasmo. El Estado es de derecho o no lo es. Así que basta con decir Estado. Hay Estado cuando la ley se cumple. Si no impera la ley —si prevalece la impunidad— el Estado no existe.
A lo que se refería Sciascia era a que en las zonas del territorio donde se da un vacío del poder institucional poco a poco o de inmediato entran las organizaciones criminales a ocupar su lugar: la mafia en Sicilia, por ejemplo; la camorra en Nápoles; la ingrándeta en Calabria; la Santa Croce en Puglia.
En un libro tan desgarrador como alucinante, titulado no casualmente Donde no hay Estado, el novelista marroquí Tahar Ben Jellum ha hecho la crónica de estas formaciones sociales y políticas en la Italia meridional. Las suyas son ficciones que se nutren en la realidad, con todo lo que comporta de locura, alegría, drama, impotencia. Y sobre sus páginas campea un fantasma, el fantasma de un ausente, un gran ausente al que siempre se le invoca y nunca está, sobre todo cuando sería necesario que estuviera: el Estado.
“La desaparición del Estado no es un fenómeno exclusivo de Colombia, sino de todo el mundo”, dice Frenando Vallejo, el autor de La virgen de los sicarios.
“El Estado está desapareciendo en todas partes. En México también va a desaparecer porque ya no puede controlar a una población tan grande. Cuando no hay Estado y no se pueden hacer cumplir las leyes, entonces se vuelve a la ley de la jungla. Ya sucede en las afueras de París, Nueva York, Los Ángeles.
“El Estado está desapareciendo en todos los niveles de la sociedad que se le está yendo de las manos al gobierno. Lo vemos en Colombia, donde es más grave que en otros casos, y también en Argentina. Ya es un hecho la colombianización de México y la mexicanización de Colombia, porque antes los funcionarios colombianos no eran corruptos.”
Las revelaciones de los últimos días, en cascada, gracias a las benditas filtraciones —que son la única esperanza en una sociedad de secretos y de complicidades y de silencios y de simulaciones como la mexicana—, no constituyen sino una confirmación mínima de que en México, si es que alguna vez existió, el Estado ya no existe.
Que no se viva en la práctica una cultura del conflicto de intereses públicos y privados (que viene de mucho antes: ¿cómo consiguió sus terrenos el ministro alemanista Gabriel Ramos Millán?) abona la pesimista hipótesis literaria. Y más la encarna, con la baba más sutil, el “senador de la República” Fernández de Cevallos.
Las informaciones sobre la “partida secreta” de Salinas y sus transferencias a la cuenta de su hermano Raúl, la denuncia de una “cuenta secreta” de 360 millones de pesos en la Cámara de Diputados que se reparten todos los partidos calladitos de la boca, el descubrimiento de varios fraudes en Pemex por ¡miles de millones de dólares! en contubernio con el Sindicato, la noticia de que faltan 18 mil millones de pesos para cubrir los intereses del Ipab este año, el financiamiento de las campañas del PRI a cuenta de Pemex, los sospechosos ocultamientos de los Amigos de Fox (¿de quién recibieron dinero, del narco, del extranjero?), el cinismo demencial de Luis Echevería (que no tiene conciencia del mal, como los psicóticos) y de sus abogados, hablan, pues, de que el país ya se acabó. O es un chiste. O no es un país serio.
¿Cómo es que no ha quebrado si ya se lo robaron? México ya no es dueño de sí mismo. Si ya no tiene qué le roben, ni empresas que rematar, el asaltante del Ipab, de Pemex, del PRI, del despacho de los senadores litigantes, lo consuela: no te preocupes, fírmame unos pagarés. Te robo el futuro. Los países no quiebran ni pueden desaparecer. Sólo las empresas se pueden declarar en bancarrota.
Ciertamente el pesimismo es un pecado. Poco edificante, nada constructivo. Pero ¿cómo no ser pesimistas si la realidad es pésima?
El peligro de estas vomitivas confirmaciones es que pueden matar de un coraje al lector de periódicos. Nunca había sentido yo, como en estas semanas, la ola depresiva. El desaliento. La rabia. El justificadísimo desprestigio de la clase política. La sospecha ratificada de que todos los partidos son iguales. Es, como decía el poeta, como para sentarnos a la orilla de la banqueta y ponernos a llorar.

Sunday, April 02, 2006

Se vota con el corazón

No por el parecido, no,
sino porque lo han creído.
¡Han querido creerlo! Y no
hay pruebas en contra que
valgan cuando se quiere creer.

—Leonardo Sciascia, El teatro
de la memoria




Contra lo que solía creerse, ahora no se atiende el principio fundamental de la propaganda de no mencionar al enemigo. Los grandes propagandistas, desde Goebbels en los años 40 y subsiguientes, daban por indiscutible una “regla de oro”: no hay que mencionar al adversario. El adversario no existe. Cada vez que lo mencionas, así sea para atacarlo y calumniarlo o humillarlo, el receptor del mensaje va interpretarlo a contrario sensu.
¿Por qué no es de sabios mencionar al enemigo? Porque le concedes existencia, porque ocupa la mayor parte de los minutos que tienes en tu mensaje, porque en el fondo estás diciendo —abierta y no subliminalmente— que el personaje principal de la película es ése ser diabólico al que tanto repudias. Mencionar al competidor, por negativos que sean los términos en que lo hagas, siempre será un mensaje a favor de tu adversario. ¿Por qué extraña lógica?
No se sabe. En materia de psicología de las masas nada hay escrito. Sobre todo cuando las masas de la primera década del siglo XXI ya no son las mismas: en ellas se funden varias generaciones que fueron amamantadas frente al monitor de televisión. Aprendieron a gatear frente a la pantalla y las caricaturas de la tarde. La tele ha estado a su alrededor —en su “entorno”, dirían los científicos sociales— como el aire y los templos y los árboles y los cerros. Por analfabetos que sean, los receptores de esa propaganda no se la van a tomar al pie de la letra.
Y allí están todos, otra vez, construyendo, coloreando y afianzando la imagen del contrincante. No hay mítin de campaña en que Felipe Calderón no mencione a Andrés Manuel López Obrador. Sea en alguna entrevista de banqueta o en una ceremonia a Benito Juárez el personaje de López Obrador vuelve a tener su lugar. Se habla más de López Obrador que de Juárez. Y no se diga Madrazo o Fox. Al agarrar el micrófono en algún lugar de Tamaulipas, donde le acababan de matar a tres agentes federales y no los menciona, el Presidente le dedica lo más emotivo de su ronco pecho a Andrés Manuel López Obrador. Cuando “Roberto” se inspira y se esfuerza por agravar o desagudizar su voz de pato lo primero que invoca es la figura del Peje. Y hasta le habla de tú en sus spots televisivos, y lo reta, y lo individualiza, y lo hace su interlocutor privilegiado. Se ve que están muy obsesionados. Y puede comprenderse, si se toma en cuenta la muy humana frustración de verse tan atrasados en las encuestas.
Se han escrito libros, novelas “de anticipación” para juzgar ya y condenar la presidencia del Peje que todavía no empieza. Se han concebido y realizado y se siguen pasando programas de televisión especiales para criticar a López Obrador cada semana. Se han inaugurado columnas periodísticas consagradas a AMLO. El nuevo Excélsior acaba de reclutar a toda una plana de editorialistas que en su mayoría se caracterizan por su militancia antilopezobradorista. Lo cual es lógico, dada la filiación de clase y los intereses empresariales de sus nuevos propietarios. Se hacen paneles especiales en la tele para atajar a López Obrador. Los merolicos de la radio todos los días y todas horas y por todo el espectro de la geografía nacional se la pasan demonizando al tabasqueño. Todos contra el Peje: Washington, el Vaticano, la Presidencia de la República. No tienen otro tema. Y uno se pregunta si realmente la andanada propagandística habrá de frenarlo. ¿Cómo habrá de horadar esa cuña propagandística el muro de las creencias?
Entonces empiezan a parecer como muy impredecibles las masas que, como ya lo percibían José Ortega y Gasset y Wilhelm Reich, actúan más por el instinto que por la razón. Las masas, ese animal colectivo.
No se sabía en el siglo XIX por dónde iba a salar la liebre, menos se sabe ahora, cuando ya se ha habido que no hay una relación de causa a efecto entre la propaganda de la tele y las elecciones. ¿De veras se ganan las elecciones con la televisión? Cuauhtémoc Cárdenas no perdió las de 1988 a pesar del vacío televisivo y de la abrumadora mensajería propagandística a favor de Salinas. Néstor Kirchner las ganó en la Argentina con los canales de televisión en contra. ¿Entonces qué? ¿Sigue siendo la televisión una esperanza que merezca la apuesta? Sí, tal vez, cuando no se tiene nada. Parece que sí, al menos entre nosotros, pues le siguen metiendo millones de dólares —con dineros de la campaña o a futuro con la aprobación de la ley Televisa— a los negocios de Azcárraga y de Salinas Pliego, o a Televisazteca, para ponerlos a los dos en la misma vaina.
Hay un profesor francés, Philippe Braud, que se ha dedicado a estudiar el papel de la emoción en las lides políticas. ¿Por qué de pronto el indeciso votante opta por un candidato o por otro? ¿O por qué mejor no se retira y deja la boleta en blanco? Así lo estudia el investigador galo en su libro Emoción y política, donde intenta evaluar y analizar los aspectos psicoafectivos de los comportamientos colectivos, es decir, el papel de la emotividad en la toma de decisiones. En la manifestación multitudinaria, por ejemplo, la ira política adquiere una fuerza catártica más allá de toda racionalidad o templanza. Cuando los tiempos son de buenos augurios, y se gana por lo menos una batalla, emana de la masa en la calle la alegría política. Por mucho desaliento que haya habido en el pasado, por incontables fracasos, la masa no ceja: puede más su capacidad de ilusión. Necesita creer. Quiere creer porque creer también es un placer.
En un pasaje de Soldados de Salamina, uno de los personajes de Javier Cercas o de la realidad (puesto que no todo es invención en la obra) habla de alguna convicción política, pero allí se detiene: “Como es una creencia, y sobre las creencias no se discute, sobre el nacionalismo no se puede discutir: sobre el independentismo sí.” Es decir: las creencias políticas no se discuten. Con lo cual puede uno acercarse a entender —dado que la política no es una ciencia exacta— que a la hora de la hora predominan las simpatías y las antipatías… por los motivos que sean.
En ninguna de las páginas de Ortega y Gasset (La rebelión de las masas) o de Wilhelm Reich (La psicología de masas del fascismo) hay una dilucidación directa sobre la propaganda (audiovisual, en nuestro tiempo) y sus efectos en la masa. Lo que podría deducirse, acaso, es que cuando una persona decide creer en algo o en alguien no hay poder que la haga cambiar de opinión, ni siquiera la propaganda. Mucho menos la propaganda.

Los huesos de Juárez

Libro que parte el alma, Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez, tiene como tema sustancial la justicia. Se refiere a la impunidad, la complicidad, el encubrimiento de los asesinatos de mujeres jóvenes y pobres de Ciudad Juárez, Chihuahua, a lo largo de los últimos años.
Más que con informaciones, uno sale de la lectura del libro con una variedad de emociones: vergüenza, miedo, indignación, tristeza, impotencia, coraje. Porque lo que queda de manifiesto es que el Estado mexicano hasta ahora ha sido impotente para combatir al poder criminal. Parece haber sido rebasado, irretroactivamente, también, por el poder policiaco. Y parece estar, para engaño de todos, dándole vueltas a una batalla perdida de antemano.
Pero no es que las informaciones sean escasas o inocuas. Todo lo contrario: constituyen el nervio mismo del relato. Según las versiones oficiales, están ya resueltos en un 80 por ciento los más de 300 homicidios cometidos contra mujeres en Ciudad Juárez durante la última década y presos los culpables. Sin embargo, como hace ver la extraordinaria investigación periodística de Sergio González Rodríguez, con el paso del tiempo cada vez más de amplía el universo de dudas.
Lo que hace un escritor, gracias a su educación literaria, es establecer conexiones. Sabe relacionar unos hechos con otros, unos personajes con otros, unas afirmaciones con otras contradicciones, hasta tender un hilo de concatenaciones. Sabe también descubrir las omisiones, las ausencias, los ocultamientos. Y así ha procedido el autor de Huesos en el desierto para permitirnos vislumbrar una verdad que se ha extraviado en los archivos judiciales y que el gobierno de la República no ha querido reconocer.
Podía tratarse, según la acumulación de criterios y opiniones de los criminólogos, como las del norteamericano Robert K. Ressler, asesor de la película El silencio de los inocentes, de más de uno asesino serial. O, como resume González Rodríguez: "Sería el producto de una orgía sacrificial de cariz misógino, a cuyas víctimas se busca y elige en forma sistemática (en calles, fábricas, comercios o escuelas) en un contexto de protecciones y omisiones de las autoridades mexicanas durante la última década. En especial, sus policías y funcionarios judiciales, que cuentan con el respaldo de un grupo de empresarios del mayor poder económico y criminal en todo el país."
Ciudad Juárez, el antiguo Paso del Norte, la primigenia misión de Nuestra Señora de Guadalupe, cuenta con más de 1,217,818 habitantes, más de los que tiene Tijuana. El 40 por ciento vive en condiciones de pobreza extrema y cada día aumenta su población en 300 personas que vienen a trabajar en las maquiladoras o a cruzar hacia "el otro lado" pero se quedan. En su esfuerzo por dilucidar una historia cultural y política, el autor se remonta a los tiempos más remotos —cuando el país fue cercenado, hacia 1848— y a los de hace unos cincuenta años. Como en Tijuana, la Ley Seca en Estdos Unidos (1919-1933) "arrojaría al sur de la frontera a los prófugos de las restricciones y el crimen organizado". Ciudad Juárez, como Tijuana, creció gracias al turismo, el comercio y los flujos migratorios. "Durante la Segunda Guerra Mundial, los militares de la base de Fort Bliss, Texas, explayaron en la ciudad mexicana sus horas de relajamiento." Se vivían tiempos de triunfalismo bélico. La economía de guerra propiciaba la derrama de dólares que "se barrían con escoba", y la cultura habanera se transfiguraba en los cabarets. Se oía música de Glenn Miller, Agustín Lara, Cole Porter y Germán Valdés, Tin Tan, triunfaba en los centros nocturnos, contemporáneo de los pachucos de pantalones bombachos y tacones a la cubana.
México: país frontera. Todas sus ciudades experimentan ahora el fenómeno de la fronterización. Todo el tronco nacional parecer haberse trocado en frontera. La condición fronteriza ya no está sólo en la franja: también se vive en las ciudades de sur y en la Capital, mientras que las ciudades propiamente de la frontera, como escribiría Barry Gifford, "se asientan en un territorio indeciso entre algo y nada".
La estructura de la argumentación literaria, la hipótesis que no procede según las "pruebas" del alegato judicial sino más bien mediante proposiciones, sugerencias, insinuaciones, confirma cuánto ha crecido Sergio González Rodríguez como escritor. También sus descripciones son certeras y enriquecen la amenidad de la estremecedora narración: "A pesar de la luminosidad celeste que cae sobre el desierto, la urbe fronteriza luce pálida, aquí y allá descolorida. Algún reflejo metálico y un color restallante rompe la monotonía: la potencia solar y el polvo tienden una pátina cruda sobre las avenidas, las azotes, el cristal de las ventanas, las láminas de zinc y los vehículos".
Son muchísimas las impresiones que se quedan en la memoria del lector. Y no son menos las reflexiones. Ni siquiera se atreve uno a transcribir literalmente el lenguaje criminológico de los patólogos, como el del doctor David Trejo Silecio que encuentra un patrón en el desnucamiento de las víctimas y sus convulsiones en el momento cumbre de la violación.
Piensa uno asimismo que el dilema crucial del país sigue siendo el desastre de la justicia. El Estado mexicano aún no ha podido resolver el problema de la policía. Siente uno además que vive en un país ilegal, que la legalidad instaurada por el gobierno de Juárez en el siglo XIX también se ha ido a la tumba con las muchachas de Ciudad Juárez.

Muerto en el corazón de los amigos

No es cierto que Leoluca Orlando haya acabado con la mafia en Sicilia. En primer lugar, la mafia siciliana es inextinguible porque tiene su matriz en el seno mismo de la familia siciliana, en la madre, en las relaciones familiares, y por mucho que haya sido efectivamente abatida en los últimos años todavía persiste. Como la hidra. Como el monstruo de la mitología griega en forma de serpiente de siete cabezas que renacían a medida que se cortaban.
En segundo y último lugar, el golpe relativamente mortal que ha recibido la mafia siciliana se ha debido no tanto a la admirable labor del exalcalde de Palermo, Leoluca Orlando, sino a la larga batalla del Estado italiano desde que en los años 60 se formó la primera Comisión Antimafia. Y sobre todo a la lucha sin cuartel que de 1978 a 1991, como Procurador de la República y juez instructor, emprendió Giovanni Falcone junto con otros representantes del Estado nacional como el juez Paolo Borsellino. El famoso “maxiproceso” instrumentado por Falcone, que llevó a los tribunales a más de 400 jefes mafiosos y en el que Orlando puso a la ciudad de Palermo como parte civil, fue uno de los grandes momentos de ese compromiso por preservar la seguridad del Estado.
Otro punto culminante de este combate a fondo contra el crimen tuvo lugar en 1993 cuando un escuadrón de carabineros, comandado por un muchacho de 27 años, detuvo al capo Salvatore Riina que tenía 23 años de fugitivo, un año después de que Falcone, su esposa y sus escoltas, y poco después el juez Borsellino, hubieran sido asesinados por la mafia en dos atentados. La condición invencible de la mafia estaba dada por su complicidad con el gobierno de la Democracia Cristiana, pero a partir de 1992 el gobierno italiano ya no pudo seguir haciéndose de la vista gorda y ordenó el envío de siete mil soldados a Sicilia, entre ellos a dos mil paracaidistas.
Con todo, sería injusto escatimarle méritos a la gestión municipal de Leoluca Orlando en Palermo. Luego de la batida judicial federal que duró más de treinta años, el alcalde frenó la especulación inmobiliaria de la mafia en la isla, logró que sus bienes fueran incautados y sus cuentas bancarias congeladas. Fundó en 1993 el Instituto Renacimiento, un proyecto de participación ciudadana que promueve una cultura de la legalidad, y a partir de su idea empezaron a proliferar organizaciones civiles destinadas a combatir la omertà (que quiere decir hombría), la ley del silencio.
Sin llegar a extirparla, Orlando y los grupos no gubernamentales han llegado a mitigar el crecimiento de la mafia, que en muchas ciudades sicilianas sigue cobrando el pisco, la cuota de protección.
Algunas ciudades mexicanas, como Tijuana, Ciudad Juárez, la delegación Iztapalapa en el DF, e incluso el secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, han mostrado interés en aprovechar la experiencia del exalcalde palermitano. La intención no parece ser mala y es digna de todo apoyo como lo es cualquier esfuerzo, por utópico que parezca, de reducir la criminalidad, el problema más grave del país.
Sin embargo, y justamente para promover esa cultura de la legalidad, para entender de qué manera los mexicanos viven la ley, para analizar por qué a nuestros funcionarios (como a los secretarios de Gobernación y de Comunicaciones) les falta el sentido del Estado como valor interiorizado, es necesario leer la historia y ver cuál es la diferencia entre la ideosincracia de los mexicanos y la de los sicilianos. Por principio de cuentas, los carabineros no torturan. La policía italiana no asalta. No roba, no secuestra, no prefabrica delitos.
Y otra cosa: la mafia siciliana no es lo mismo que la “mafia” mexicana. En el Noroeste mexicano, en Colombia, se le llama por extensión “mafia” al crimen organizado —o desorganizado, como dice Jesús Blancornelas—, pero el fenómeno de la criminalidad siciliana esta arraigado en la familia y no es tan ancestral como se cree: apenas se tiene registro de su historia desde hace unos 200 años, cuando en Sicilia, a principios del siglo XIX, reinaban los Borbones españoles.
La mafia siciliana es una sociedad secreta y comporta un pacto de sangre. Cuando el sobrino de un mafioso jura lealtad a Cosa Nostra se pincha el dedo pulgar con una espina de naranjo y con la gota de sangre mancha una imagen de la virgen de Santa Rosalía, patrona de Palermo, le prende fuego y mientras se quema pronuncia una frase ritual que lo obliga a guardar la omertà. De violar esta ley, “muere en el corazón de los amigos”, es decir, queda condenado a muerte.
Pero tal vez el escollo más grande que tengan que salvar las ciudades mexicanas, si quieren imitar lo que se ha hecho en Nueva York o en Palermo, es el problema de la policía. Si en aquellas ciudades el índice de corrupción puede ser del 3 o del 5 por ciento, en México rebasa fácilmente el 90 por ciento.
El Estado mexicano no ha podido resolver, ni siquiera en el régimen de Porfirio Díaz, el problema de la policía y su homologación con la delincuencia. Si no se ha resuelto es porque jamás, en ninguna parte ni en ninguna época, se ha hecho el más mínimo esfuerzo por resolverlo.
O como escribía Rodolfo Peña:
“Para decirlo pronto, la policía no es ningún problema: para los poderes (la sociedad política, los dueños de la riqueza, las iglesias) la policía es una necesidad, una garantía de preservación y reproducción, como cualquier otro cuerpo coercitivo.”

Monday, February 27, 2006

Egoteca

Nació en Tijuana, Baja California, el 1 de julio de 1941.
Estudió derecho y filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México y periodismo en Macalester College (Saint Paul, Minnesota, EU) en 1967.
En 1969 fue corresponsal en Washington de la Agencia Mexicana de Noticias.
Entre 1977 y 1988 trabajó como reportero en el semanario Proceso.
Su novela La clave Morse fue publicada por la editorial Alfaguara.
Su antología de textos críticos sobre Juan Rulfo, La ficción de la memoria, apareció en 2003 bajo el sello de la editorial Era.
En el año 2000 ganó el Premio de Narrativa Colima, otorgado por el INBA y la Universidad de Colima, por su novela Transpeninsular.
En 1977 fundó la editorial La Máquina de Escribir.
En 1994 participó del Sistema Nacional de Creadores y en 1995 obtuvo la beca J. S. Guggenheim.
Ha traducido teatro de Harold Pinter, David Mamet y Leonardo Sciascia.
Escribe en la revista Milenio y en diarios del noroeste de México una columna semanal, más literaria que política: La hora del lobo.



Obra publicada
Novela:
Todo lo de las focas, Ed. Joaquín Mortiz, 1983, dentro del volumen Tijuanenses.
Pretexta o el cronista enmascarado. Fondo de Cultura Económica, 1979.
Transpeninsular. Joaquín Mortiz, 2000.
La clave Morse. Alfaguara, 2001.

Cuento:
Tijuanenses. Alfaguara, 1997. Tijuana. Stories on the border. The University of California Press, Berkeley. Traducción de Debra Castillo. Contiene Todo lo de las focas y cinco cuentos, entre ellos “Los Brothers”.

Antología:
El imperio del adiós. Aldus y CNCA, 2002. Antología de su prosa (cuentos y novelas).
La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica. Era, 2003.

Ensayo:
La memoria de Sciascia. Fondo de Cultura Económica, 1989.
Post scriptum triste. Ediciones del Equilibrista, 1994.
La invención del poder. Aguilar, 1994.
Máscara negra. Joaquín Mortiz, 1995.
Conversaciones con escritores. Conaculta, 2004.

Entrevista:
La máquina de escribir [entrevistas con FC] por Hernán Becerra Pino. Ediciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Cecut, Tijuana, 1997.

* * *

La clave Morse
El hijo cuenta la historia de su padre, un viejo telegrafista. Treinta años después de la muerte de los padres, los tres hijos se ponen a hablar de ellos y descubren que cada uno tuvo una percepción distinta de cada uno. Más que la historia de un oficio en extinción, el de telegrafista, La clave Morse establece el escenario que la memoria reconstruye o inventa desde el juicio implacable de los hijos. Las mismas experiencias —nunca comentadas porque las vivieron juntos— resultan a la vuelta de los años distintas para cada quien: la invención del padre en cada una de las fantasías filiales.


Transpeninsular
El tema es la búsqueda del escritor perdido. Se trata de un trayecto por la península de Baja California y, por el pasado amoroso del narrador personaje, se va dando una superposición de geografías, la de las penínsulas de Baja California y de Italia. Es la historia de Fernando Jordán, un antropólogo y periodista que en los años 50 “descubre” las pinturas rupestres de Baja California y muere en 1956 en La Paz, a los 36 años, aparentemente por suicidio o asesinado.





Todo lo de las focas
Es una novela que sucede en la Tijuana adolescente del narrador personaje, una Tijuana de la memoria, hacia los años 50. El tono es beckettiano y melancólico. Gran parte de las escenas transcurren en una atmósfera enrarecida, delirante, esquizoide. El adolescente se enamora de una mujer norteamericana que llega al aeropuerto de Tijuana en una avioneta amarilla, y que finalmente concentra a todas las mujeres en la vida del narrador: la madre, las hermanas, la primera novia, la mujer. Seres sin definición precisa, intermedios, a medias, anfibios y aéreos, los protagonistas asumen la dilatación del tiempo y el purgatorio de su personalidad fronteriza.
Esta novela fue traducida al inglés dentro del volumen Tijuana. Stories on the border, por The University of California Press, Berkeley. Traducción de Debra Castillo.


Pretexta o el cronista enmascarado
Es la historia de un periodista, Bruno Medina, a quien una oficina del gobierno le encarga la falsa biografía, un libelo, del profesor Álvaro Ocaranza, con el fin de deturparlo. La novela recoge el ambiente de persecución política que se dio en México y otros países de América Latina a finales de los años 60. El drama se exacerba cuando el escritor fantasma, autor del libro anónino, siente que su relación con el profesor Ocaranza se trastoca en una identificación que descompone todo su ser y la vive como una traición al padre. Está también allí el tema de las relaciones entre la prensa y el poder.
Toda la patraña se vuelve para Bruno un problema de identidades, pirandelliano, una traición al simbólico padre y un vituperio del maestro, una forma de autodestrucción vital y literaria, una impotencia para vivir la vida con coraje, entusiasmo, pasión y riesgo. Su sexualidad, su soledad sexual, se desquicia, inútil y empantanada en una angustia onanista. Para su mayor desgracia, toma forma en su imaginación paranoica la posibilidad de que a la postre se le investigue por medio de un método lingüístico de estiloestadística. Conoce el terror cuando descubre que ese método (de policía literaria) en efecto existe y será su aniquilación moral, mental, irreversible, al poner en evidencia el proyecto que nunca había sospechado: el libelo de su propia vida.


La memoria de Sciascia
Es un análisis ameno e introductorio de todas las obras del escritor siciliano Leonardo Sciascia. Se trata de una reflexión sobre la mafia, la sicilianidad, la hispanidad, y las cosas que tenemos en común españoles, mexicanos y sicilianos: el Santo Oficio de la Inquisición, por ejemplo. Versa asimismo sobre la “sicilianización del mundo”, Sicilia como metáfora del mundo actual, y la desaparición del Estado. Contiene además una crónica de viaje por Sicilia y una entrevista con Sciascia.
Para Claude Ambroise, el especialista en Sciascia más importante, “la mejor presentación de la obra de Sciascia es un libro en lengua española, escrito por un mexicano (Federico Campbell, La memoria de Sciascia) que, sin pedantería, pero con precisión y pasión, delínea el contenido de la investigación sciasciana. La pertenencia de Campbell al mundo de la hispanidad le permite dar mayor espesor al aspecto español del escritor siciliano: el crítico mexicano reactiva el diálogo Sciascia-Borges e inserta, actualizándolas en un contexto latinoamericano, las reflexiones sobre la Inquisición y la injusticia”. (Leonardo Sciascia. Opere 1984-1989. A cura di Claude Ambroise. Classici Bompiani, Milano, 1991.)


Máscara negra (crimen y poder)
La sospecha de que la novela policiaca no sólo tiene como tema el de la justicia y la legitimidad política, sino también un universo en donde el poder se funde con el crimen, lleva al autor a tejer una meditación sobre el poder policiaco y la inexistencia del Estado. Ensayos sobre novela policiaca y crímenes reales.



Post scriptum triste
Se trata de un diario literario que adopta como modelo el Journal de Jules Renard o el Diario romano de Vitaliano Brancati: un diario en público. Su tema es el de la impotencia literaria: ¿por qué un escritor realizado deja de escribir y opta por el silencio? Hay una melancolía posterior al acto de concluir una obra, como sugiere el epígrafe del libro: Post coitum omne animal triste.

La invención del poder
Puede entenderse la invención del poder en el sentido en que se dice “el invento del paraguas”, pero también, y sobre todo, como la capacidad que el poder tiene de prefabricación y de inventiva. Es decir, el poder como productor de realidades y ficciones: manos de hierro y tigres de papel, a lo largo de una circularidad no menos teórica que práctica, pues el poder inventa pero al mismo tiempo es inventado.


La máquina de escribir
El volumen, a cargo de Hernán Becerra Pino, antologa veintitrés de las mejores entrevistas que a lo largo de su trabajo literario le han hecho al escritor tijuanense. Entre las obsesiones literarias del entrevistado destacan la aviación, la experiencia del vuelo, la transitoriedad del periodismo, la impotencia literaria, los equívocos de la memoria, el fantasma del padre, la pasión por Italia y la Baja California, la criminalidad del poder y una “Tijuana escrita a mano”.


La ficción de la memoria: Juan Rulfo ante la crítica
Selección y prólogo de Federico Campbell. Antología de cincuenta años de crítica sobre la obra literaria de Juan Rulfo.

Tuesday, February 14, 2006

Del lobo la hora

Aprovechando el aventón del final de año se me ocurre comentar con mis veinticinco lectores cómo es que se va escribiendo esta columna a lo largo de los meses. O mejor dicho: cómo es que el imperio de los acontecimientos y los personajes me la va dictando desde hace ya seis felices años.
Como han de recordar mis veinticinco mil lectores esta columna (en el sentido periodístico, no militar ni arquitectónico) debe su nombre a una película de Ingmar Bergman: La hora del lobo, de 1967. En ella, y en la temprana madrugada del verano sueco, un pintor le cuenta a su mujer que según una leyenda nórdica la hora del lobo se da entre la madrugada y el amanecer, en el dilatado instante en que mueren la mayoría de los moribundos y nacen la mayor parte de los niños. Algo ha de tener que ver esto con el reloj biológico de cada quien, pero lo cierto es que con ese título yo quería aludir a un momento de transición puesto que empezaba la columna mientras pasábamos del siglo XX al siglo XXI.
No sabíamos qué nos deparaba el futuro, como cuando uno se acuesta todas las noches y no sabe si va a tener un buen sueño o una pesadilla. El futuro inmediato era incierto y no se sabía si iba a ser para bien o para mal. No se sabía si iba a prevalecer el PRI ni si se extinguiría para siempre. Insinuaba también la inminencia de un peligro, un fascismo desatado, presagios ominosos.
A ese enrarecido momento, cuando se da la luz perfecta para los fotógrafos, hace referencia también Juan Rulfo cuando relata la muerte de su padre
"Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron bajo la tierra como se hace con todos los hombres. Nos dijeron: Su padre ha muerto, en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a la mitad del sueño dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatales, pero necesarios."
Cada semana me propongo no abusar de la citas o no citar en lo absoluto, pues si bien el de la cita es un arte también es una utilización de frases y pensamientos ajenos para decir lo que uno no se atreve a pensar por su cuenta. En México, en el gremio de los escritores, con la excepción tal vez de José Emilio Pacheco, no existe la costumbre de citar a nadie, mucho menos a un escritor connacional y contemporáneo. Octavio Paz nunca lo hacía. Tampoco suele hacerlo Carlos Monsiváis.
Lo digo porque como propósito de este año me planteo escribir sin hacer citas, para ver qué se me ocurre a mí por mi cuenta y riesgo. Aunque sé que es difícil, porque el arte de la cita depende del talento literario para poner a dialogar a los muertos entre sí o a los muertos con los vivos.

El Innombrable
Entre los artículos que pensé hacer y no hice se encuentra "El Innombrable". Quería referirme a la novela de Samuel Beckett y que lleva ese título y es de la editorial Lumen, publicada en 1953. Es parte de una trilogía: Molloy, Malone muere y El Innombrable. Quería ponerme a hablar "inocentemente" del personaje de Beckett y tender una indirecta que después me pareció de muy mal gusto y demasiado cruel porque el manipulado lector iba a creer que me estaba refiriendo a un personaje de nuestra selva política cuyo nombre no manchará esta página. En la novela, El Innombrable es casi un muñón, un hombre sin piernas ni brazos, que nos introduce en un monólogo macabro: un ser sin nombre, condenado a vivir a pesar suyo, un monstruo informe, metido hasta el cuello en una vasija, dentro de la cual arrastra una existencia puramente orgánica y vegetativa. Este "gusano", este "aborto humano", es el hombre del siglo XX, que vino al mundo sin haber nacido, condenado a oír eternamente su propia voz dentro de sí. Es un símbolo de la ignorancia y de la impotencia del hombre de nuestro tiempo.

Los Soprano
Se me amorcilló también un artículo sobre Rudolph Giuliani y su manera de tomarle el pelo a unos ricachones mexicanos vendiéndoles la receta para abatir la criminalidad en la gran Tenochtitlán. No me puedo imaginar al presidente municipal de Tokio aceptando tal "asesoría". Antes, según el honor japonés, se hubiera suicidado. Pero para los mexicanos lo extranjero siempre es mejor que lo mexicano. Ellos, los extranjeros, sí son unas chuchas cuereras; nosotros no. Otra vez el paradigma autodenigratorio.
Y ahí está que le pagaron a Giuliani (a él, que sólo estuvo un instante en el DF) cuatro millones 300 mil dólares por venir a decirnos una sarta de obviedades y lugares comunes para meter orden y meter a la cárcel sobre todo a los jóvenes.
José Luis Pérez Canchola me acaba de mostrar unas estadísticas en las que se ve, como consecuencia del estilo Giuliani, que la cantidad de jóvenes en las cárceles del DF se ha más que duplicado. Pero lo curioso es que en el equipo de Giuliani está el policía Bernard Kerik, el mismo que ayudó a confeccionar este "plan" para la ciudad de México, y que no fue ratificado como Secretario de Seguridad Interior de Bush por sus ligas con el crimen organizado.
Los políticos son los políticos: no dan paso sin huarache. Por eso tampoco hay que confiar en ese otro encantador de serpientes que es el palermitano Leoluca Orlando, que también anda de oferta "criminológica". Viéndolo mejor tanto Giuliani como Kerik parecen más bien personajes de la serie televisiva Los Soprano, por neoyorkinos y por vivales.

El corazón sin memoria

La memoria de la mayoría de los
hombres es un cementerio abandonado
donde yacen los muertos que aquellos
han dejado de honrar y de querer.

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano



La debilidad presidencial de Vicente Fox empieza a tener sus consecuencias, y muy concretas: una de ellas, la primera, es que los militares (que siempre están en el poder porque son los que tienen las armas) se han atrevido a solicitar un borrón y cuenta nueva respecto a los crímenes de Estado cometidos durante el sexenio de Luis Echeverría. Es posible que si Fox se hubiera reservado una mínima autoridad moral y política, las presiones castrenses no se hubieran expresado ni siquiera en las crípticas y ambiguas palabras del general Ricardo Vega García, en un discurso tan amable como polisémico e intimidatorio.
Lo que justifica la existencia de la fiscalía especial para delitos cometidos por representantes del Estado contra movimientos sociales durante la guerra sucia de los años 70 es la necesidad que la nación tiene de preservar la memoria. El México civil tiene que limpiar su pasado y no fingir —como el avestruz de la fábula— que los acontecimientos del 10 de junio de 1971 (documentados fotográficamente por Armando Salgado) no existieron. Por aquello de que el Estado tiene el monopolio de la "violencia legítima", hay que no toda o, mejor dicho, no cualquier violencia coercitiva del Estado es legítima: no lo es, por supuesto, la tortura, la desaparición forzada de personas, el arrojar al mar seres humanos vivos desde aeroplanos nocturnos. Y de nada vale —como querían los oficiales nazis, como Eichmann— la coartada acuñada en la frase "es que sólo cumplí órdenes".
En los últimos meses, cuando todavía vivía Alfonso Martínez Domínguez, vimos en dos fechas diferentes cómo tanto el exrregente del DF (que no de la "ciudad de México") como el expresidente Luis Echeverría se quisieron hacer pasar como enfermos —como niños chiquitos— en un hospital para que no los interrogaran. Es muy probable que ambos, Echeverría y Martínez Domínguez, no recordaran entonces (porque realmente nunca les importó mucho) lo que sufrieron los muchachos heridos en la Cruz Verde cuando entraron los Halcones a sacarlos por la fuerza y desaparecerlos, arrebatándolos de los brazos de los médicos y las enfermeras.
¿Podrían imaginar Echeverría y Martínez Domínguez —en sus elegantes hospitales— lo que significa, y el dolor que supone, caminar o ser arrastrado con una herida de bala en el vientre?
Por lo demás, aunque esto en nada cambie la culpabilidad resultante ni la sustancia de los hechos y las imputaciones, a mí siempre me ha parecido que los halcones no eran soldados pero lo parecían: por su edad y su estatura daban la impresión de que estaban recién sacados de un regimiento. Los gatilleros mercenarios llevaban varas de bambú, rifles y pistolas, y le encajaron uno o más balazos a cada uno de los cuarenta estudiantes muertos.
Estos obvios indicios están en las fotografías de Armando Salgado, pero no pocas veces nos negamos a ver —como en "La carta robada", el famoso cuento de Edgar Allan Poe— lo que tenemos enfrente de las narices. Vean ustedes una y otra vez las siniestras fotografías que ni siquiera como indicios fueron aceptadas por el Ministerio Público en su momento: los halcones miden igual de alto y tienen prácticamente la misma complexión muscular. Parece que apenas el día anterior se quitaron el uniforme. Su forma de "ataque" también es escrupulosamente militar. Eran jóvenes que sabían avanzar en formación y utilizar la violencia de manera fría y profesional. La misma facha, el mismo corte de pelo, la misma edad, y más o menos idéntica estatura. Por eso es extraño que en un libelo de la época (a Echeverría le encantaba encargar la confección de libelos) se pretenda (explicación no pedida) exculpar al ejército de los hechos del 10 de junio. En Jueves de Corpus violento, pues así se tituló el anónimo panfleto, el redactor fantasma contratado por el gobierno asegura que los responsables de la matanza (de unas cuarenta personas) eran miembros del "grupo Monterrey".
¿Cuál era el interés en desviar la atención?
Sin embargo, tal vez no basten las fotografías de Armando Salgado para congelar en la memoria la tarde de los asesinos. Habría que adjuntarlas a las decenas de fotografías extendidas en una mesa que Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación entonces e ilusionado con su cuidadosa carrera hacia la Presidencia, le mostró a Heberto Castillo.
Recuerdo muy bien esa escena entre Moya y Heberto Castillo porque me dejó con los ojos cuadrados. Moya, en sus oficinas de la Secretaría de Gobernación, le dijo: "Ingeniero Castillo, tengo instrucciones del Presidente de decirle que no habrá más información sobre esto. No más. Es todo. Hay muy fuertes intereses metidos."
Y la recuerdo muy bien porque ese testimonio de Alfonso Martínez Domínguez que recogió Heberto Castillo yo lo edité como libro en la revista Proceso. Yo mismo lo pasé a máquina para corregirle ciertas ambigüedades en el uso de las comillas y los guiones.
Martínez Domínguez describió una escena muy significativa en Los Pinos. Echeverría reúne a varios de su gabinete, entre ellos Hank González, y cada rato se levanta a tomar el teléfono, justo en la tarde del 10 de junio de 1971. Allí el Presidente, según Martínez Domínguez, daba órdenes de incinerar los cadáveres.
Y el Estado mexicano, que ya desde entonces se las daba de "Estado de derecho", no hizo nada, absolutamente nada para poner en funcionamiento el sistema judicial, primero con los policías y los ministerios públicos, luego con los jueces que, para variar, se hicieron de la vista gorda porque nadie había sido consignado.