Hay tradición en Sicilia consistente en que cuando la gente de los pueblos va a las grandes ciudades siempre, antes de regresarse a su casa, no se priva de darse una vuelta por los tribunales, a costa de perder el tren. Esta curiosa como ancestral costumbre tiene que ver con la forma en que los sicilianos viven la ley. Existe un cierto celo jurídico, una curiosidad por saber a quién se está juzgando y de qué manera se están comportando los jueces. De hecho, el germen histórico de la mafia se localiza en esa necesidad de justicia que se sentía en la Sicilia rural. ¿Por qué? Porque los sicilianos no confiaban en la administración de la justicia estatal que les imponía un poder extranjero: la Corona española representada por el virrey. Y entonces la mafia surge como un sistema de justicia informal en la que el capo mafioso era una especie de juez de paz.
La “pasión por lo jurídico” se vivía asimismo entre los ciudadanos de la Roma imperial, cuna del derecho, pero también su tumba cuando a finales del siglo XX empiezan a privilegiarse los intereses particulares sacrificando el bien común. Porque ya desde los tiempos de aquel derecho romano que tanta escuela hizo en Occidente se vivía —como ahora, como siempre— la paradoja de la justicia: el predominio de la verdad jurídica por encima de la justicia real.
Esta discusión está en al fondo del cuestionamiento que el Jefe del Gobierno del Distrito Federal ha planteado ante la inapelable sentencia de la Suprema Corte de Justicia sobre el litigio del Paraje San Juan y que obliga a indemnizar a sus propietarios con mil 810 millones de pesos del erario público. No se sabe aún qué fin tendrá este debate. La sentencia sigue en pie. Pero por lo pronto la SCJN ha aceptado “atraer el contencioso” y ha reconocido que es justa la demanda de esclarecimiento. Al jefe del Gobierno capitalino se le convalidan atribuciones que sólo tienen los gobernadores —no siendo él un gobernador propiamente dicho, a pesar de que gobierna el territorio con más habitantes del país— y el máximo tribunal habrá de revisar la totalidad del proceso legal.
Lo más trascendente del caso es que Andrés Manuel López Obrador ha introducido en el debate público una discusión que desde hace muchísimos años hacía falta en la sociedad mexicana: la crítica del Poder Judicial. El Consejo Coordinador Financiero ya ha hecho, en el año 2002, un estudio sobre la administración de la justicia en la entidades federativas mexicanas: el desempeño profesional de los juzgadores, sus resoluciones, su imparcialidad entre las partes, su independencia frente a los poderes ejecutivos y la necesaria autonomía de los jueces ante los magistrados.
Sin embargo, se echa de menos una mayor vigilancia por parte de las organizaciones civiles porque la pésima administración, especialmente en el campo de la justicia penal, sigue siendo uno de los problemas más angustiantes entre los mexicanos. Nadie ignora cómo se dirimen los juicios en los tribunales y cómo se vende la justicia desde el mostrador del Ministerio Público. En muchas regiones del país se habla hasta de tarifas: un homicidio vale tanto, una violación otro tanto, unas lesiones tanto más y así hasta donde lo permita el cliente. Se concede todavía en nuestro sistema que el Poder Ejecutivo —es decir, el Ministerio Público, los procuradores— decida discrecionalmente qué asunto pasa o no, por medio de la consignación, al terreno de los jueces. Por eso gobernadores y procuradores hacen en los estados lo que les da la gana. Y nadie los cuestiona. Tampoco se puede seguir de cerca el comportamiento de los jueces, que actúan en la oscuridad.
Tal vez tendríamos que, como los sicilianos, darnos más vueltas por los tribunales. Estar más atentos. Difundir y cultivar entre nuestros conciudadanos esa “pasión por lo jurídico”. Porque de lo contrario México seguirá siendo, como en la Colonia y en otras épocas oscuras de nuestra historia, una ”tierra de fueros”, donde todo se resuelve por debajo de la mesa a favor de quien tiene más dinero y más poder.
El otro problema, más universal y no exclusivo de México, es el de la sentencia inapelable en la más alta instancia de la pirámide. Porque seguirá prevaleciendo entre los jueces una especie de pasión intelectual, una preocupación de formalismo jurídico: la pureza formal de la verdad técnica, así se aleje —como en el caso del futbolista O. J. Simpson, evidentemente culpable— de la realidad efectiva de los hechos. Ante la “verdad jurídica” de los jueces y los policías no tiene la menor importancia el que se haga o no justicia.
En una de sus novelas, El contexto, Leonardo Sciascia —sobre el que, por cierto, Guadalupe Morfín ha hecho una tesis de maestría— lleva al absurdo teórico la racionalización de los jueces. Uno de sus personajes principales, el presidente de la Suprema Corte de Justicia (que nos recuerda al ministro Mariano Azuela) se plantea el problema de juzgar, que ha resuelto “por el acto mismo de juzgar”:
“Tomemos, por ejemplo, la misa: el misterio de la transubstanciación, el pan y el vino que se convierten en cuerpo, alma y sangre de Jesucristo. El sacerdote puede incluso ser indigno, en su vida, en sus pensamientos: pero el hecho de haber sido investido de su ministerio es lo que hace que en cada celebración se cumpla el misterio. Nunca, fíjese bien, nunca, puede ocurrir que la transusbtanciación no se produzca. Y lo mismo sucede con un juez cuando celebra la ley: la justicia no puede dejar de revelarse, de transubstanciarse, de cumplirse.”
Monday, February 06, 2006
Sicilianos y mexicanos
Una de las proposiciones más interesantes del Instituto Renacimiento, que fundó en Palermo el exalcalde Leoluca Orlando para frenar el delito, ha sido la de promover una “cultura de la legalidad” entre los ciudadanos. Las organizaciones civiles se han movilizado y, efectivamente, junto con la acción gubernamental, han logrado abatir los índices de delincuencia, a tal grado que en algunas ciudades del mundo —como Tijuana y el Distrito Federal— se ha querido aprovechar la experiencia palermitana.
El proyecto no es fácil porque una “cultura de la legalidad” es algo que se va formando a lo largo de la historia y no en pocos años. Tiene que ver con la educación en la escuela y en el seno de la familia. Tiene que ver también con la práctica de la ley y el comportamiento de los jueces y los policías. En la más optimista de la previsiones, es de esperarse que la adopción de ciertos modelos extranjeros para la lucha contra el crimen no sea una imitación extralógica.
El asunto de fondo se refiere a de qué manera los ciudadanos viven la ley, cuál es su relación con lo jurídico en la vida cotidiana. Ese sentido de la justicia se va afinando con el tiempo y la gente sabe cuáles son sus derechos y dónde empiezan los derechos de los demás. Sabe asimismo cuál ha de ser su actitud ante al Estado y ante su representante más inmediato, la policía, si la obedece o no, si la soborna o no, si le teme o le tiene confianza.
Curiosamente lo que está en el origen de la mafia siciliana, como fenómeno rural, es una posición ante la ley: la desconfianza que los sicilianos sentían ante la administración de la justicia que les imponía un poder extranjero, el de los Borbones españoles que gobernaban la isla. Así, la mafia empezó como un sistema de justicia informal paralelo al del Estado conquistador y el capo mafioso era una especie de juez de paz.
Sólo después de la segunda guerra mundial, luego de haber cobrado sus favores de espionaje a los aliados para al desembarco del general Patton en Sicilia y exigir que a ciertos capos mafiosos se les hiciera presidentes municipales, la mafia se internacionalizó, entró al negocio de las drogas y reforzó sus relaciones con las "mafias" de Estados Unidos. Pero, en sus principios, la mafia se movía por su deseo de hacerse justicia al margen del Estado dominante.
En los sicilianos ha habido, pues, una “pasión por lo jurídico”. En Sicilia el crimen pasional, por ejemplo, según cuenta Marcelle Padovani, no nace de la verdadera y propia pasión, de la pasión del corazón, sino de una especie de pasión intelectual, de una pasión o preocupación de formalismo, ¿cómo decirlo?, jurídico. “Después nos enteramos de que el habitante de Regalpetra, si tiene una media hora que perder cuando va a la ciudad, no se priva de darse una vuelta por los tribunales, a costa de perder el tren.”
Si hay un clima mental parecido entre México y Sicilia tal vez se debe a que tenemos en común, sicilianos y mexicanos, semejante pasado español: el Santo Oficio de la Inquisición, cierta herencia árabe que a nosotros nos llega por España y la lengua española, la actitud judeocristiana ante la sexualidad, la imaginación para la venganza como modo válido de hacerse justicia por propia mano, las sutilezas barrocas de un poder que puede ser a un tiempo mafioso y político, y la bandera tricolor garibaldiana.
Algunos resabios de la Inquisición debe de haber en México… extensiones, prolongaciones, dilataciones de la historia… en algunos hábitos procesales, en la práctica cotidiana de nuestro derecho penal. El profesor don Elpidio Ramírez Hernández está convencido de que en México “el juicio penal en su integridad es una depurada inquisición. Este es el juicio penal que se vive e México, a lo largo y ancho de la República. Este es el juicio penal que padecen los acusados pobres”.
Nuestro sistema penal se ha querido mixto: acusatorio e inquistorial, como si pudieran coexistir dos términos a los que sólo los une la contradicción. La verdad es que, en última instancia, se trata de una inquisición pura.
“La averiguación previa es, lisa y llanamente, una inquisición, y lo es porque todos los actos son realizados por y ante el Ministerio Público sin la presencia del juez y del defensor. Es una inquisición a cargo del Poder Ejecutivo, que actúa a través del Ministerio Público”, añade el penalista mexicano.
La asociación simbólica entre México y Sicilia, lejos de ser peyorativa, podría asimismo asumirse como no tan mala: como una firme creencia en el imperio de la ley y en la auténtica división de poderes. El estereotipo siciliano de lo malo, lo mafioso, se evapora cuando se constata que la democracia no es impotente para luchar contra el crimen y que cuenta con un instrumento que la tiranía no tiene: el derecho.
Sicilia, por lo demás, no sólo es mafia. También es la cuna de dos premios Nobel de literatura: Salvatore Quasimodo y Luigi Pirandello, y de escritores como Vitaliano Brancati, Alberto Savinio, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Elio Vittorini, Gesualdo Bufalino, Vincenzo Consolo, Leonardo Sciascia, Matteo Collura, y del más notable de los discípulos de Fermi: el físico Ettore Majorana que tuvo en sus manos la fórmula de la fisión nuclear antes que Werner Heisenberg.
El proyecto no es fácil porque una “cultura de la legalidad” es algo que se va formando a lo largo de la historia y no en pocos años. Tiene que ver con la educación en la escuela y en el seno de la familia. Tiene que ver también con la práctica de la ley y el comportamiento de los jueces y los policías. En la más optimista de la previsiones, es de esperarse que la adopción de ciertos modelos extranjeros para la lucha contra el crimen no sea una imitación extralógica.
El asunto de fondo se refiere a de qué manera los ciudadanos viven la ley, cuál es su relación con lo jurídico en la vida cotidiana. Ese sentido de la justicia se va afinando con el tiempo y la gente sabe cuáles son sus derechos y dónde empiezan los derechos de los demás. Sabe asimismo cuál ha de ser su actitud ante al Estado y ante su representante más inmediato, la policía, si la obedece o no, si la soborna o no, si le teme o le tiene confianza.
Curiosamente lo que está en el origen de la mafia siciliana, como fenómeno rural, es una posición ante la ley: la desconfianza que los sicilianos sentían ante la administración de la justicia que les imponía un poder extranjero, el de los Borbones españoles que gobernaban la isla. Así, la mafia empezó como un sistema de justicia informal paralelo al del Estado conquistador y el capo mafioso era una especie de juez de paz.
Sólo después de la segunda guerra mundial, luego de haber cobrado sus favores de espionaje a los aliados para al desembarco del general Patton en Sicilia y exigir que a ciertos capos mafiosos se les hiciera presidentes municipales, la mafia se internacionalizó, entró al negocio de las drogas y reforzó sus relaciones con las "mafias" de Estados Unidos. Pero, en sus principios, la mafia se movía por su deseo de hacerse justicia al margen del Estado dominante.
En los sicilianos ha habido, pues, una “pasión por lo jurídico”. En Sicilia el crimen pasional, por ejemplo, según cuenta Marcelle Padovani, no nace de la verdadera y propia pasión, de la pasión del corazón, sino de una especie de pasión intelectual, de una pasión o preocupación de formalismo, ¿cómo decirlo?, jurídico. “Después nos enteramos de que el habitante de Regalpetra, si tiene una media hora que perder cuando va a la ciudad, no se priva de darse una vuelta por los tribunales, a costa de perder el tren.”
Si hay un clima mental parecido entre México y Sicilia tal vez se debe a que tenemos en común, sicilianos y mexicanos, semejante pasado español: el Santo Oficio de la Inquisición, cierta herencia árabe que a nosotros nos llega por España y la lengua española, la actitud judeocristiana ante la sexualidad, la imaginación para la venganza como modo válido de hacerse justicia por propia mano, las sutilezas barrocas de un poder que puede ser a un tiempo mafioso y político, y la bandera tricolor garibaldiana.
Algunos resabios de la Inquisición debe de haber en México… extensiones, prolongaciones, dilataciones de la historia… en algunos hábitos procesales, en la práctica cotidiana de nuestro derecho penal. El profesor don Elpidio Ramírez Hernández está convencido de que en México “el juicio penal en su integridad es una depurada inquisición. Este es el juicio penal que se vive e México, a lo largo y ancho de la República. Este es el juicio penal que padecen los acusados pobres”.
Nuestro sistema penal se ha querido mixto: acusatorio e inquistorial, como si pudieran coexistir dos términos a los que sólo los une la contradicción. La verdad es que, en última instancia, se trata de una inquisición pura.
“La averiguación previa es, lisa y llanamente, una inquisición, y lo es porque todos los actos son realizados por y ante el Ministerio Público sin la presencia del juez y del defensor. Es una inquisición a cargo del Poder Ejecutivo, que actúa a través del Ministerio Público”, añade el penalista mexicano.
La asociación simbólica entre México y Sicilia, lejos de ser peyorativa, podría asimismo asumirse como no tan mala: como una firme creencia en el imperio de la ley y en la auténtica división de poderes. El estereotipo siciliano de lo malo, lo mafioso, se evapora cuando se constata que la democracia no es impotente para luchar contra el crimen y que cuenta con un instrumento que la tiranía no tiene: el derecho.
Sicilia, por lo demás, no sólo es mafia. También es la cuna de dos premios Nobel de literatura: Salvatore Quasimodo y Luigi Pirandello, y de escritores como Vitaliano Brancati, Alberto Savinio, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Elio Vittorini, Gesualdo Bufalino, Vincenzo Consolo, Leonardo Sciascia, Matteo Collura, y del más notable de los discípulos de Fermi: el físico Ettore Majorana que tuvo en sus manos la fórmula de la fisión nuclear antes que Werner Heisenberg.
El ministerio del miedo
La crítica del poder judicial —que esperamos se agudice en los próximos años con la vigilancia de los ciudadanos y las organizaciones civiles— parecería restringirse al campo de los jueces y los ministros de la Suprema Corte, pero debe emprenderse desde la esfera misma del Poder Ejecutivo porque a él pertenecen la policía y el Ministerio Público y porque de lo que se trata es de observar la administración de la justicia en su conjunto.
Hay muchas cuestiones sobre las que hay que estar atento. Habría que preguntarse si sigue teniendo sentido que el Presidente de la República nombre a los ministros de la Suprema Corte, así sea mediante el subterfugio de la “terna” que propone al Senado. Habría que reflexionar si es pertinente o ya no que el Ministerio Público siga manteniendo para sí el privilegio de la acción penal: la facultad de evaluar si un caso es digno de pasar o no, por la vía de la consignación, al terreno de los jueces. Porque no en todos los países se tiene el mismo sistema jurídico. En otras culturas el jefe del Ejecutivo no nombra a los ministros y la averiguación previa se organiza en el ámbito del poder judicial por un juez instructor y no se deja a la discreción del señor gobernador, del procurador o del agente del Ministerio Público.
No son triviales estas conjeturas —aunque no pasen de ser una opinión laica, como la del comentario periodístico— porque el de la justicia sigue siendo uno de los problemas más graves, si no el más trágico y angustiante, de la sociedad mexicana. Piénsese tan sólo en la catástrofe de la justicia que —para nuestra vergüenza ante el mundo— significan los feminicidios de Ciudad Juárez cuando el Estado no actúa o es impotente o está paralizado. Tómese en cuenta que —en un país en el que un comandante de la policía judicial tiene más poder que un ministro de la Suprema Corte— muchísimos casos criminales se venden en el mostrador del Ministerio Público para no ser tansferidos al escritorio de los jueces, es decir, del poder judicial propiamente dicho. Existen regiones en las que hay incluso tarifas: un homicidio vale tanto, una violación otro tanto, unas lesiones… etcétera. Entonces ¿por qué no llevar la crítica hasta las raíces mismas de nuestro sistema de justicia penal, como lo están haciendo en su sociedad la nueva criminología italiana y los abogados Luigi Ferrajoli, Massimo Pavarini y Alessandro Baratta?
En un estudio de 1988 sobre el juicio penal y los derechos humanos en México, el penalista Elpidio Ramírez Hernández sostiene que en México el juicio penal en su integridad es una depurada inquisición. “Éste es el juicio penal que padecen los acusados pobres.” La Inquisición sigue vigente en México, donde la democracia y los derechos humanos son una simple ilusión y el sistema penal se ha querido mixto: acusatorio e inquisitorial.
Y es que, según don Elpidio, la averiguación previa es, lisa y llanamente, una inquisición, y lo es porque todos los actos son realzados por y ante el Ministerio Público sin la presencia del juez ni del defensor. Es una inquisición a cargo del Poder Ejecutivo, quien actúa a través del Ministerio Público que su vez, por falta de normas que regulen sus actos, puede hacer y hace todo lo que estima pertinente: lo que le da la gana.
No es improbable, pues, que a este sistema se deba el que los policías tengan tanto poder en México. El de la policía sigue siendo, incluso desde los tiempos de Porfirio Díaz, un problema que el Estado mexicano no ha podido resolver. Vivimos en manos de la policía. Padecemos un sistema penal en el que pueden no intervenir para nada los jueces, únicamente los policías y los agentes del Ministerio Público. Entre la aprehensión y el acto de formal prisión estamos a merced del Poder Ejecutivo, no del Poder Judicial. El que se inicie o no la gestión de la justicia depende del Ministerio Público, que decide la suficiencia o la ausencia de elementos; depende de la voluntad del agente que su vez recibe órdenes de otros poderes, del gobernador o del Presidente y así quien nos juzga en primera y última instancia es el Poder Ejecutivo.
En la práctica proceso penal no hay porque todo él se reduce a los alegatos finales. El Ministerio Público ya no actúa porque su función ya quedó agotada en la primera fase: en la averiguación previa.
“El Ministerio Público alega que están plenamente probados el cuerpo del delito y la responsabilidad y pide la condena. El defensor también la pide y solicita como punición el mínimo de punibilidad. Obviamente, el juez dicta una sentencia de condena. ¿En qué se apoya esta condena? En la averiguación previa, que fue inquisitiva”, dice Elpidio Ramírez.
El Ministerio Público actúa como si él fuese el juez: espera que el denunciante haga el ofrecimiento de pruebas y las desahogue ante su “autoridad”, para, posteriormente, pronunciar la decisión que considere pertinente. Por otra parte, cuando este Ministerio no actúa porque no haya elementos —o porque al agente le dieron dinero para que no actuara— resulta que su inactividad significa un sentencia absolutoria. Y suplanta, así, la función de los jueces.
“La resolución (de no actuar), proveniente del Ministerio Público —es decir: de un órgano perteneciente al Poder Ejecutivo— es dictada en un 70 por ciento de la totalidad de denuncias y querellas. Consecuencia insoslayable: en un 70 por ciento de los casos el individuo es juzgado por el Poder Ejecutivo y no por el Poder Judicial.”
Hay muchas cuestiones sobre las que hay que estar atento. Habría que preguntarse si sigue teniendo sentido que el Presidente de la República nombre a los ministros de la Suprema Corte, así sea mediante el subterfugio de la “terna” que propone al Senado. Habría que reflexionar si es pertinente o ya no que el Ministerio Público siga manteniendo para sí el privilegio de la acción penal: la facultad de evaluar si un caso es digno de pasar o no, por la vía de la consignación, al terreno de los jueces. Porque no en todos los países se tiene el mismo sistema jurídico. En otras culturas el jefe del Ejecutivo no nombra a los ministros y la averiguación previa se organiza en el ámbito del poder judicial por un juez instructor y no se deja a la discreción del señor gobernador, del procurador o del agente del Ministerio Público.
No son triviales estas conjeturas —aunque no pasen de ser una opinión laica, como la del comentario periodístico— porque el de la justicia sigue siendo uno de los problemas más graves, si no el más trágico y angustiante, de la sociedad mexicana. Piénsese tan sólo en la catástrofe de la justicia que —para nuestra vergüenza ante el mundo— significan los feminicidios de Ciudad Juárez cuando el Estado no actúa o es impotente o está paralizado. Tómese en cuenta que —en un país en el que un comandante de la policía judicial tiene más poder que un ministro de la Suprema Corte— muchísimos casos criminales se venden en el mostrador del Ministerio Público para no ser tansferidos al escritorio de los jueces, es decir, del poder judicial propiamente dicho. Existen regiones en las que hay incluso tarifas: un homicidio vale tanto, una violación otro tanto, unas lesiones… etcétera. Entonces ¿por qué no llevar la crítica hasta las raíces mismas de nuestro sistema de justicia penal, como lo están haciendo en su sociedad la nueva criminología italiana y los abogados Luigi Ferrajoli, Massimo Pavarini y Alessandro Baratta?
En un estudio de 1988 sobre el juicio penal y los derechos humanos en México, el penalista Elpidio Ramírez Hernández sostiene que en México el juicio penal en su integridad es una depurada inquisición. “Éste es el juicio penal que padecen los acusados pobres.” La Inquisición sigue vigente en México, donde la democracia y los derechos humanos son una simple ilusión y el sistema penal se ha querido mixto: acusatorio e inquisitorial.
Y es que, según don Elpidio, la averiguación previa es, lisa y llanamente, una inquisición, y lo es porque todos los actos son realzados por y ante el Ministerio Público sin la presencia del juez ni del defensor. Es una inquisición a cargo del Poder Ejecutivo, quien actúa a través del Ministerio Público que su vez, por falta de normas que regulen sus actos, puede hacer y hace todo lo que estima pertinente: lo que le da la gana.
No es improbable, pues, que a este sistema se deba el que los policías tengan tanto poder en México. El de la policía sigue siendo, incluso desde los tiempos de Porfirio Díaz, un problema que el Estado mexicano no ha podido resolver. Vivimos en manos de la policía. Padecemos un sistema penal en el que pueden no intervenir para nada los jueces, únicamente los policías y los agentes del Ministerio Público. Entre la aprehensión y el acto de formal prisión estamos a merced del Poder Ejecutivo, no del Poder Judicial. El que se inicie o no la gestión de la justicia depende del Ministerio Público, que decide la suficiencia o la ausencia de elementos; depende de la voluntad del agente que su vez recibe órdenes de otros poderes, del gobernador o del Presidente y así quien nos juzga en primera y última instancia es el Poder Ejecutivo.
En la práctica proceso penal no hay porque todo él se reduce a los alegatos finales. El Ministerio Público ya no actúa porque su función ya quedó agotada en la primera fase: en la averiguación previa.
“El Ministerio Público alega que están plenamente probados el cuerpo del delito y la responsabilidad y pide la condena. El defensor también la pide y solicita como punición el mínimo de punibilidad. Obviamente, el juez dicta una sentencia de condena. ¿En qué se apoya esta condena? En la averiguación previa, que fue inquisitiva”, dice Elpidio Ramírez.
El Ministerio Público actúa como si él fuese el juez: espera que el denunciante haga el ofrecimiento de pruebas y las desahogue ante su “autoridad”, para, posteriormente, pronunciar la decisión que considere pertinente. Por otra parte, cuando este Ministerio no actúa porque no haya elementos —o porque al agente le dieron dinero para que no actuara— resulta que su inactividad significa un sentencia absolutoria. Y suplanta, así, la función de los jueces.
“La resolución (de no actuar), proveniente del Ministerio Público —es decir: de un órgano perteneciente al Poder Ejecutivo— es dictada en un 70 por ciento de la totalidad de denuncias y querellas. Consecuencia insoslayable: en un 70 por ciento de los casos el individuo es juzgado por el Poder Ejecutivo y no por el Poder Judicial.”
Lo que son las cosas
Estaba diciendo el año pasado que esta columna periodística no es un columna militar ni mucho menos arquitectónica. Tampoco es una columna vertebral. Más modestamente, quiere ser una reflexión sobre lo que va sucediendo a lo largo de los últimos quince días, como suele hacerse en un diario personal o en una bitácora de navegante (o en un blog, el "diario en público" que muchos jóvenes llevan en la red a fin de compartirlo), o en el "diario de fatigas" que lleva un soldado de infantería y apunta los detalles más importante de la jornada o la batalla.
Y estaba redactando estas líneas hacia las 6 de la tarde del 3l de diciembre —últimas horas del año— y no sabía de qué escribir. De pronto, a las 6 y diez minutos exactamente, apareció por el poniente de aquí del valle de Anáhuac el jumbo 777 de Air France que llega de París todos los días, luego de doce horas de travesía. Sigo sin entender por qué de aquí para allá son sólo diez horas. Me dicen que por los vientos.
Quería escribir sobre Susan Sontag pero no me concentraba; había estado pensando en ella todos los días desde el momento en que se anunció su muerte en los días de Navidad. Luego de muchos años de luchar contra el cáncer, la escritora murió en un hospital de Manhattan y fue sepultada en París, en el cementerio de Montparnasse donde reposan Cortázar, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Porfirio Díaz. Entre los libros más interesantes que nos dejó se encuentran sus novelas El benefactor, El amante del volcán y En América, y los ensayos Contra la interpretación, La enfermedad y sus metáforas (sobre el cáncer y el sida) y Ante el dolor de los demás, un pensamiento muy personal sobre la compasión.
Recuerdo que en 1970 y en Barcelona estuve traduciendo uno de sus libros: Styles of Radical Will para la editorial Seix Barral respecto al cual Pere Gimferrer sugería que se tradujera como "Radicalidades". Mi traducción no llegó a publicarse porque Susan Sontag todavía estaba muy resentida con la censura franquista, que le mutiló algunos párrafos a Contra la interpretación, y retuvo los derechos de autor. Finalmente el libro se publicó en 1985 como Estilos radicales con la traducción de Eduardo Goligorsky y bajo el sello editorial de Muchnik.
Estaba en esto, es decir, a mitad del río, cuando unos veinte minutos más tarde, apareció el avión de Lufthansa, que cubre todos los días la ruta entre Frankfurt y México y aterriza aquí a las 6 con cuarenta minutos. Lo vi desde aquí de la azotea, aquí en la calle de Jojutla en la colonia Condesa, y me puse a cavilar en lo absurdo que resulta el transporte aéreo y sus aeropuertos. Antes del jumbo de Air France había bajado el enorme Air Bus de Iberia desde Madrid, y luego de la nave alemana, pasadas las 7, vi que se adueñaba de los cielos de la gran Tenochtitlan el 747 de KLM, procedente de Amsterdam. Cada avión trae entre 300 y 400 pasajeros, y por lo menos en el lapso de una hora y media, todos amontonados, deben estar bajado unos 2000 pasajeros en el aeropuerto del DF, que con razón es un caos. Y luego volví a pensar en la Sontag.
Era una escritora un poco a la francesa, muy sensible a la realidad política, a las injusticias, a los engaños del poder y sus crímenes. (Ahora está bajando otro avión de cuatro turbinas, pero no le alcanzo a ver la cola.) Como ustedes saben, fue la única voz discordante respeto a las causas políticas del atentado contra las Torres Gemelas y alguien que, contra la opinión y el repudio de la clase media, sostuvo que la invasión de Irak era una absoluta locura.
Sin revisar sus libros ahora, puedo anotar de memoria que de ella escuché por primera vez la referencia a la "civilización blanca occidental" —que había que preservar a toda costa— cuando escribía sobre Palestina o la guerra de Vietnam, en su texto "Viaje a Hanoi". También entendí lo que ella llamaba la "estética del silencio", en relación a los artistas que abandonan sus creatividad, como los escritores (Rulfo entre nosotros) que dejan de escribir. Supe por ella de la existencia del filósofo Cioran, del cineasta Jean-Luc Godard, y fue ella un puente como el de Brooklyn hacia otros escritores: Jean Genet, Claude-Levi Strauss, Lukács, Ionesco, que yo, a esa edad, no conocía.
Esa misma semana, cuando Susan Sontag terminó de estar entre nosotros, me tocó ver una película de Mike Nichols, titulada Wit (ingenio, chispa, rapidez mental), basada en la pieza teatral de Margaret Edson, en la que la actriz principal es Emma Thompson. Es la historia de una profesora de literatura inglesa, una académica de 48 años, soltera, especialista en la poesía de John Donne, el poeta del siglo XVII, autor de varios poemas sobre la muerte.
A la maestra se le diagnostica un cáncer terminal y toda la obra, a partir de su internamiento hospitalario, versa sobre sus últimos días de vida. A veces habla a cámara, es decir, al espectador. Y se va desvaneciendo, poco a poco, minuto a minuto, sola, sin más compañía que la de una enfermera responsable y tierna.
Junto a la cama de la moribunda hay un retrato: el de San Sebastián, atravesado por una lluvia de flechas. Es la misma imagen que aparece destacada en la biblioteca de su maestra, la anciana que al final se presenta en el hospital y ve a su discípula casi inconsciente, en sus últimos instantes. La vieja profesora quita el barandal de la cama y se recuesta junto a ella. Hace a un lado el libro de John Donne que se alcanza a ver en la mesita lateral y mejor le lee un cuento de niños, sobre un conejito, en un libro de Margaret Wise Brown: The runaway bunny.
Y estaba redactando estas líneas hacia las 6 de la tarde del 3l de diciembre —últimas horas del año— y no sabía de qué escribir. De pronto, a las 6 y diez minutos exactamente, apareció por el poniente de aquí del valle de Anáhuac el jumbo 777 de Air France que llega de París todos los días, luego de doce horas de travesía. Sigo sin entender por qué de aquí para allá son sólo diez horas. Me dicen que por los vientos.
Quería escribir sobre Susan Sontag pero no me concentraba; había estado pensando en ella todos los días desde el momento en que se anunció su muerte en los días de Navidad. Luego de muchos años de luchar contra el cáncer, la escritora murió en un hospital de Manhattan y fue sepultada en París, en el cementerio de Montparnasse donde reposan Cortázar, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Porfirio Díaz. Entre los libros más interesantes que nos dejó se encuentran sus novelas El benefactor, El amante del volcán y En América, y los ensayos Contra la interpretación, La enfermedad y sus metáforas (sobre el cáncer y el sida) y Ante el dolor de los demás, un pensamiento muy personal sobre la compasión.
Recuerdo que en 1970 y en Barcelona estuve traduciendo uno de sus libros: Styles of Radical Will para la editorial Seix Barral respecto al cual Pere Gimferrer sugería que se tradujera como "Radicalidades". Mi traducción no llegó a publicarse porque Susan Sontag todavía estaba muy resentida con la censura franquista, que le mutiló algunos párrafos a Contra la interpretación, y retuvo los derechos de autor. Finalmente el libro se publicó en 1985 como Estilos radicales con la traducción de Eduardo Goligorsky y bajo el sello editorial de Muchnik.
Estaba en esto, es decir, a mitad del río, cuando unos veinte minutos más tarde, apareció el avión de Lufthansa, que cubre todos los días la ruta entre Frankfurt y México y aterriza aquí a las 6 con cuarenta minutos. Lo vi desde aquí de la azotea, aquí en la calle de Jojutla en la colonia Condesa, y me puse a cavilar en lo absurdo que resulta el transporte aéreo y sus aeropuertos. Antes del jumbo de Air France había bajado el enorme Air Bus de Iberia desde Madrid, y luego de la nave alemana, pasadas las 7, vi que se adueñaba de los cielos de la gran Tenochtitlan el 747 de KLM, procedente de Amsterdam. Cada avión trae entre 300 y 400 pasajeros, y por lo menos en el lapso de una hora y media, todos amontonados, deben estar bajado unos 2000 pasajeros en el aeropuerto del DF, que con razón es un caos. Y luego volví a pensar en la Sontag.
Era una escritora un poco a la francesa, muy sensible a la realidad política, a las injusticias, a los engaños del poder y sus crímenes. (Ahora está bajando otro avión de cuatro turbinas, pero no le alcanzo a ver la cola.) Como ustedes saben, fue la única voz discordante respeto a las causas políticas del atentado contra las Torres Gemelas y alguien que, contra la opinión y el repudio de la clase media, sostuvo que la invasión de Irak era una absoluta locura.
Sin revisar sus libros ahora, puedo anotar de memoria que de ella escuché por primera vez la referencia a la "civilización blanca occidental" —que había que preservar a toda costa— cuando escribía sobre Palestina o la guerra de Vietnam, en su texto "Viaje a Hanoi". También entendí lo que ella llamaba la "estética del silencio", en relación a los artistas que abandonan sus creatividad, como los escritores (Rulfo entre nosotros) que dejan de escribir. Supe por ella de la existencia del filósofo Cioran, del cineasta Jean-Luc Godard, y fue ella un puente como el de Brooklyn hacia otros escritores: Jean Genet, Claude-Levi Strauss, Lukács, Ionesco, que yo, a esa edad, no conocía.
Esa misma semana, cuando Susan Sontag terminó de estar entre nosotros, me tocó ver una película de Mike Nichols, titulada Wit (ingenio, chispa, rapidez mental), basada en la pieza teatral de Margaret Edson, en la que la actriz principal es Emma Thompson. Es la historia de una profesora de literatura inglesa, una académica de 48 años, soltera, especialista en la poesía de John Donne, el poeta del siglo XVII, autor de varios poemas sobre la muerte.
A la maestra se le diagnostica un cáncer terminal y toda la obra, a partir de su internamiento hospitalario, versa sobre sus últimos días de vida. A veces habla a cámara, es decir, al espectador. Y se va desvaneciendo, poco a poco, minuto a minuto, sola, sin más compañía que la de una enfermera responsable y tierna.
Junto a la cama de la moribunda hay un retrato: el de San Sebastián, atravesado por una lluvia de flechas. Es la misma imagen que aparece destacada en la biblioteca de su maestra, la anciana que al final se presenta en el hospital y ve a su discípula casi inconsciente, en sus últimos instantes. La vieja profesora quita el barandal de la cama y se recuesta junto a ella. Hace a un lado el libro de John Donne que se alcanza a ver en la mesita lateral y mejor le lee un cuento de niños, sobre un conejito, en un libro de Margaret Wise Brown: The runaway bunny.
¿Hablan más?
En el fondo hombres y mujeres, salvo ciertas predeterminaciones biológicas, somos iguales. Sentimos más o menos igual. Lamentamos con igual intensidad una separación amorosa. No soportamos el abandono. Nos abrimos a la envidia cuando viene y, sabiendo que proviene del sistema nervioso autónomo, la domamos con educación y tolerancia (hacia nosotros mismos). También en el campo de la ambición diferimos poco: al aspirar al poder es previsible que tanto hombres como mujeres perdamos pie y reacomodemos nuestros principios morales al “principio de realidad”.
Es posible, por otra parte, que en relación con la geometría plana la mente de las mujeres actúe de una manera distinta a la del hombre. Lo mismo cuando hace su plan de vuelo de la colonia Condesa a Coyoacán: ni mejor ni peor. Diferente. Lo mismo al estacionar un auto en un espacio restringido. No es que lo haga de peor manera que un hombre. Lo hace de otro modo.
Asimismo algunas personas creen percibir que el uso de la palabra por parte de las mujeres en algo se distingue del de los hombres. Su capacidad discursiva (la de las mujeres) parece ser más fluida, a tal grado que pueden dar la impresión de que hablan más. No obstante, en la palabra escrita y en las obras literarias esta diferencia no se nota. Por eso resulta ocioso referirse a una “literatura femenina”. En el arte lo que cuenta es el resultado en la página y poco importa el sexo del autor o de la autora, que es uno de los múltiples factores, y no el más importante, que conforman una personalidad literaria y que reflejan una cierta visión del mundo en, por ejemplo, la novela.
En un lugar de California, unos neurobiólogos han hallado 54 genes que podrían explicar la diferente organización del cerebro masculino y femenino, contradiciendo así le teoría que desde hace treinta años atribuía el desarrollo cerebral exclusivamente a las hormonas. Según la revista Molecular Brain Research, reseñada en El País del 21 de octubre, la identidad sexual está integrada en el cerebro antes del nacimiento y podría ofrecer a los médicos una herramienta para asignar un sexo a los niños nacidos con genitales ambiguos. ¿Por qué nos sentimos hombres y mujeres?
Supuestamente, la identidad sexual está enraizada en la biología de cada persona antes de nacer y deriva de una variación en nuestro genoma individual. Por lo mismo, empieza a ser creíble la idea de que ser transexual (sentirse mujer u hombre teniendo un cuerpo diferente) es un estado mental. Contra lo que se creía hace treinta años, que el estrógeno y la testosterona se encargaban de organizar sexualmente el cerebro, que un cerebro fetal sólo necesitaba producir más testosterona para convertirse en varón, ahora se piensa que las hormonas no pueden explicar todas las diferencias sexuales entre hombres y mujeres.
Afirman también los científicos que estos hallazgos tal vez puedan explicar el origen de la homosexualdad: “Es bastante posible que la identidad sexual y la atracción física estén integradas en el cerebro.”
“No esperábamos encontrar diferencias genéticas entre los cerebros de ambos sexos”, dice Eric Vilain, profesor de Genética en la Universidad de California en Los Ángeles. “Pero hemos descubierto que el cerebro masculino y el femenino difieren de muchas formas mensurables. Incluidos la anatomía y el funcionamiento.”
En un ejemplo curioso, agrega, los dos hemisferios del cerebro resultaban más simétricos en las hembras que en los machos. Es posible que la simetría mejore la comunicación entre ambos lados del cerebro, dando lugar a la mayor expresividad verbal de las mujeres. “Esta diferencia anatómica podría explicar por qué a veces las mujeres pueden expresar mejor sus sentimientos que los hombres.”
El poeta y lingüista Gabriel Ferrater (1922-1972), que prometió que se suicidaría cuando cumpliera cincuenta años y lo cumplió, y sobre el cual Justo Navarro acaba de escribir una novela, F, no creía que las mujeres hablen más que los hombres, como suele creerse.
“No, porque resulta que hombres y mujeres somos exactamente iguales, salvo algunos condicionamientos o diferencias secundarias. En la literatura medieval hay una especie de tópico, de leyenda, en el sentido de que las mujeres hablan mucho. Yo no lo creo. Nunca he visto a una mujer que hablara más que yo en este momento.”
Lo que pasa es que a las mujeres les hemos encargado un papel —me decía Ferrater en San Cugat, cerca de Barcelona, en 1970— que es tal vez el más importante que tienen las mujeres: enseñar a hablar a los niños. Son las transmisoras de la lengua en cada cultura y en cada país, de una generación a otra. Por eso parece que hablan mucho para no decir nada, pero es la cosa funcional: tienen que usar un lenguaje que no quiera decir nada, sino simplemente para que el niño oiga y aprenda que hay agua en la botella, cosa que si sabemos hablar no diremos porque ya vemos el agua en la botella.
Por eso la mujer da la impresión de que tiene más capacidad para hablar. Pero en fin. Ferrater era muy poco dado a hacer teorías sobre las mujeres, y hacía bien, del mismo modo que era muy poco afecto a fabricar teorías sobre los negros o los chinos.
Es posible, por otra parte, que en relación con la geometría plana la mente de las mujeres actúe de una manera distinta a la del hombre. Lo mismo cuando hace su plan de vuelo de la colonia Condesa a Coyoacán: ni mejor ni peor. Diferente. Lo mismo al estacionar un auto en un espacio restringido. No es que lo haga de peor manera que un hombre. Lo hace de otro modo.
Asimismo algunas personas creen percibir que el uso de la palabra por parte de las mujeres en algo se distingue del de los hombres. Su capacidad discursiva (la de las mujeres) parece ser más fluida, a tal grado que pueden dar la impresión de que hablan más. No obstante, en la palabra escrita y en las obras literarias esta diferencia no se nota. Por eso resulta ocioso referirse a una “literatura femenina”. En el arte lo que cuenta es el resultado en la página y poco importa el sexo del autor o de la autora, que es uno de los múltiples factores, y no el más importante, que conforman una personalidad literaria y que reflejan una cierta visión del mundo en, por ejemplo, la novela.
En un lugar de California, unos neurobiólogos han hallado 54 genes que podrían explicar la diferente organización del cerebro masculino y femenino, contradiciendo así le teoría que desde hace treinta años atribuía el desarrollo cerebral exclusivamente a las hormonas. Según la revista Molecular Brain Research, reseñada en El País del 21 de octubre, la identidad sexual está integrada en el cerebro antes del nacimiento y podría ofrecer a los médicos una herramienta para asignar un sexo a los niños nacidos con genitales ambiguos. ¿Por qué nos sentimos hombres y mujeres?
Supuestamente, la identidad sexual está enraizada en la biología de cada persona antes de nacer y deriva de una variación en nuestro genoma individual. Por lo mismo, empieza a ser creíble la idea de que ser transexual (sentirse mujer u hombre teniendo un cuerpo diferente) es un estado mental. Contra lo que se creía hace treinta años, que el estrógeno y la testosterona se encargaban de organizar sexualmente el cerebro, que un cerebro fetal sólo necesitaba producir más testosterona para convertirse en varón, ahora se piensa que las hormonas no pueden explicar todas las diferencias sexuales entre hombres y mujeres.
Afirman también los científicos que estos hallazgos tal vez puedan explicar el origen de la homosexualdad: “Es bastante posible que la identidad sexual y la atracción física estén integradas en el cerebro.”
“No esperábamos encontrar diferencias genéticas entre los cerebros de ambos sexos”, dice Eric Vilain, profesor de Genética en la Universidad de California en Los Ángeles. “Pero hemos descubierto que el cerebro masculino y el femenino difieren de muchas formas mensurables. Incluidos la anatomía y el funcionamiento.”
En un ejemplo curioso, agrega, los dos hemisferios del cerebro resultaban más simétricos en las hembras que en los machos. Es posible que la simetría mejore la comunicación entre ambos lados del cerebro, dando lugar a la mayor expresividad verbal de las mujeres. “Esta diferencia anatómica podría explicar por qué a veces las mujeres pueden expresar mejor sus sentimientos que los hombres.”
El poeta y lingüista Gabriel Ferrater (1922-1972), que prometió que se suicidaría cuando cumpliera cincuenta años y lo cumplió, y sobre el cual Justo Navarro acaba de escribir una novela, F, no creía que las mujeres hablen más que los hombres, como suele creerse.
“No, porque resulta que hombres y mujeres somos exactamente iguales, salvo algunos condicionamientos o diferencias secundarias. En la literatura medieval hay una especie de tópico, de leyenda, en el sentido de que las mujeres hablan mucho. Yo no lo creo. Nunca he visto a una mujer que hablara más que yo en este momento.”
Lo que pasa es que a las mujeres les hemos encargado un papel —me decía Ferrater en San Cugat, cerca de Barcelona, en 1970— que es tal vez el más importante que tienen las mujeres: enseñar a hablar a los niños. Son las transmisoras de la lengua en cada cultura y en cada país, de una generación a otra. Por eso parece que hablan mucho para no decir nada, pero es la cosa funcional: tienen que usar un lenguaje que no quiera decir nada, sino simplemente para que el niño oiga y aprenda que hay agua en la botella, cosa que si sabemos hablar no diremos porque ya vemos el agua en la botella.
Por eso la mujer da la impresión de que tiene más capacidad para hablar. Pero en fin. Ferrater era muy poco dado a hacer teorías sobre las mujeres, y hacía bien, del mismo modo que era muy poco afecto a fabricar teorías sobre los negros o los chinos.
En tercera base
Por alguna razón el secretario del Trabajo, Carlos María Abascal, sintió necesario advertirles a los estudiantes de la Universidad Panamericana, en una conferencia pronunciada el 20 de agosto pasado, que "no es indebido tener dinero". Dirigiéndose a los universitarios "hijos de empresarios, con posición económica desahogada, todos con la bendición de la vida de haber legado a este nivel de oportunidades", según el recuento de la reportera de La Jornada Elizabeth Velasco, hizo una crítica de a visión individualista, materialista y pragmática de los enunciados del liberalismo decimonónico. "Qué bueno que hay ricos con dinero bien habido, pero que ese dinero sea invertido en empleo bien remunerado, en capacitación, en desarrollo tecnológico."
El tema sigue tan vigente como en los antiguos tiempos en que la humanidad fue pasando del estado de naturaleza a una organización social y política que, por muy civilatorios que sean sus propósitos, difícilmente ha podido trascender las diferencias de clase y la injusticia social. Si alguna animadversión causó en las buenas conciencias del capitalismo la reflexión de Carlos Marx sobre el trabajo y el capital fue porque venía a decir, en pocas palabras, que no podía ser justo que unos tuvieran más que otros, que unos acumularan en exceso —alimentación, vivienda, educación, salud— lo que a otros les faltaba. De hecho, esa circunstancia, solía ser la principal motivación de los militantes políticos. Por eso, y para resolver el problema en la medida de lo posible, muchos personajes de vocación política se proponían llegar al poder.
El mundo sigue igual y tal vez peor. Después de desvenecerse la esperanza socialista y de confirmarse el triunfo del capitalismo, lejos de disminuir el hambre y la pobreza siguen agravándose. Y en la fantasía de todos los mortales se reavivan la fascinación, la envidia, el coraje, por los más afortunados.
Una de las obsesiones del escritor norteamericano Fracis Scott Fitzgerald fueron los ricos. Le atraían y le repelían. "Son diferentes a nosotros", le dijo una vez a Hemingway en un mingitorio de París. En un cuento, "El muchacho rico", y por lo menos en dos novelas, El gran Gatby y Hermosos y malditos, se regodeó en esa temática que parecía ser su fijación más cara.
En los últimos años, pero nunca como en los últimos meses, el periodismo mexicano (en libros, revistas y periódicos) se ha puesto a reflexionar sobre los ricos. Ya lo venía haciendo, por lo menos cada año: cada vez que la revista Forbes publica la lista de los personajes más ricos del mundo y de México y vuelven a aparecer los consabidos nombres de Carlos Slim (11.5 mil millones de dólares), Jerónimo Arango (3.7 mil), Roberto Hernández (1.8 mil), Alfredo Harp Helú (1.6 mil), Emilio Azcárraga, Lorenzo Zambrano, Eugenio Garza Lagüera, Ricardo Salinas Pliego, y algunos otros.
Aparte del libro de fotografías de Daniela Rosell, Ricas y famosas, en el que ridiculiza a las señoras y las muchachas descendientes de empresarios y políticos multimillonarios, casi todas con el pelo pintado de rubio, los lectores han podido enterarse de cómo son y cómo viven los hijos de los presidentes mexicanos (los hijos de Zedillo, Salinas, Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Fox), cómo viven, cómo se divierten, dónde y qué estudian, cómo se parrandean, en qué negocios andan, cuáles son sus gustos, en el reportaje de María Scherer Ibarra que apareció en la revista Proceso del 24 de noviembre. También han proliferado las copias de la revista española Hola que cada mes aumentan sus ventas: Actual, Quién, y ya se anuncia la competencia de Caras, de Emilio Azcárraga, que será dirigida nada menos que por doña Viviana Corcuera.
La misma fascinación por los ricos mexicanos es objeto de análisis (y de escarnio) en Los de arriba, el libro de Guadalupe Loaeza, que se va por décadas y compara a los ricos de Monterrey con los de Guadalajara, a los mexicanos en general con los estadounidenses. Dice ante todo que los pobres ricos mexicanos se la pasan muertos de miedo y que aspiran a vivir fuera del país porque los podrían secuestrar, pero que al mismo tiempo se la pasan bomba. Tienen carros que cuestan lo que una casa de clase media. Se levantan hasta que ya no tienen sueño. Y lo que les falta es tiempo para gastar su fortuna. No se la acaban.
Otro libro, mucho más particularizado, es el que escribió Juan Martínez sobre Carlos Slim. Intermediario, comerciante más que industrial productivo, Carlos Slim resulta uno de los personajes más interesantes del México contemporáneo. Desde hace muchos años ayuda con fianzas a los presos pobres y con la más estricta discreción suele hacer generosas donaciones. Siempre ha sido muy pulcro en sus negocios. No tiene cola que le pisen. Ni siquiera Rafael Rodríguez Castañeda, en su investigación periodística obre la compraventa de Teléfonos de México, pudo encontrarle algo ilegal. Tanto el libro de Martínez como todos los amigos de Slim, entre los que se cuentan no pocos intelectuales o políticos como Felipe González, que lo ilustran y lo enriquecen con sus conversaciones, dicen que es un santo. Siempre dentro de la más escrupulosa legalidad, el dueño de Sanborns, MixUp, El Globo, Sears, y de los cigarros Marlboro en México, no da paso sin guarache y se ha embarcado ahora en un proyecto muy creativo que tiene como fin el remozamiento y la renovación infraestructural del centro histórico del DF.
Por lo demás, y para quien le interese el tema, vale le pena consultar el libro The Rich are different, de Jon Winokur, autor de la metáfora beisbolística más célebre sobre los ricos: "Nacieron en tercera base, pero creen que metieron triple."
El tema sigue tan vigente como en los antiguos tiempos en que la humanidad fue pasando del estado de naturaleza a una organización social y política que, por muy civilatorios que sean sus propósitos, difícilmente ha podido trascender las diferencias de clase y la injusticia social. Si alguna animadversión causó en las buenas conciencias del capitalismo la reflexión de Carlos Marx sobre el trabajo y el capital fue porque venía a decir, en pocas palabras, que no podía ser justo que unos tuvieran más que otros, que unos acumularan en exceso —alimentación, vivienda, educación, salud— lo que a otros les faltaba. De hecho, esa circunstancia, solía ser la principal motivación de los militantes políticos. Por eso, y para resolver el problema en la medida de lo posible, muchos personajes de vocación política se proponían llegar al poder.
El mundo sigue igual y tal vez peor. Después de desvenecerse la esperanza socialista y de confirmarse el triunfo del capitalismo, lejos de disminuir el hambre y la pobreza siguen agravándose. Y en la fantasía de todos los mortales se reavivan la fascinación, la envidia, el coraje, por los más afortunados.
Una de las obsesiones del escritor norteamericano Fracis Scott Fitzgerald fueron los ricos. Le atraían y le repelían. "Son diferentes a nosotros", le dijo una vez a Hemingway en un mingitorio de París. En un cuento, "El muchacho rico", y por lo menos en dos novelas, El gran Gatby y Hermosos y malditos, se regodeó en esa temática que parecía ser su fijación más cara.
En los últimos años, pero nunca como en los últimos meses, el periodismo mexicano (en libros, revistas y periódicos) se ha puesto a reflexionar sobre los ricos. Ya lo venía haciendo, por lo menos cada año: cada vez que la revista Forbes publica la lista de los personajes más ricos del mundo y de México y vuelven a aparecer los consabidos nombres de Carlos Slim (11.5 mil millones de dólares), Jerónimo Arango (3.7 mil), Roberto Hernández (1.8 mil), Alfredo Harp Helú (1.6 mil), Emilio Azcárraga, Lorenzo Zambrano, Eugenio Garza Lagüera, Ricardo Salinas Pliego, y algunos otros.
Aparte del libro de fotografías de Daniela Rosell, Ricas y famosas, en el que ridiculiza a las señoras y las muchachas descendientes de empresarios y políticos multimillonarios, casi todas con el pelo pintado de rubio, los lectores han podido enterarse de cómo son y cómo viven los hijos de los presidentes mexicanos (los hijos de Zedillo, Salinas, Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Fox), cómo viven, cómo se divierten, dónde y qué estudian, cómo se parrandean, en qué negocios andan, cuáles son sus gustos, en el reportaje de María Scherer Ibarra que apareció en la revista Proceso del 24 de noviembre. También han proliferado las copias de la revista española Hola que cada mes aumentan sus ventas: Actual, Quién, y ya se anuncia la competencia de Caras, de Emilio Azcárraga, que será dirigida nada menos que por doña Viviana Corcuera.
La misma fascinación por los ricos mexicanos es objeto de análisis (y de escarnio) en Los de arriba, el libro de Guadalupe Loaeza, que se va por décadas y compara a los ricos de Monterrey con los de Guadalajara, a los mexicanos en general con los estadounidenses. Dice ante todo que los pobres ricos mexicanos se la pasan muertos de miedo y que aspiran a vivir fuera del país porque los podrían secuestrar, pero que al mismo tiempo se la pasan bomba. Tienen carros que cuestan lo que una casa de clase media. Se levantan hasta que ya no tienen sueño. Y lo que les falta es tiempo para gastar su fortuna. No se la acaban.
Otro libro, mucho más particularizado, es el que escribió Juan Martínez sobre Carlos Slim. Intermediario, comerciante más que industrial productivo, Carlos Slim resulta uno de los personajes más interesantes del México contemporáneo. Desde hace muchos años ayuda con fianzas a los presos pobres y con la más estricta discreción suele hacer generosas donaciones. Siempre ha sido muy pulcro en sus negocios. No tiene cola que le pisen. Ni siquiera Rafael Rodríguez Castañeda, en su investigación periodística obre la compraventa de Teléfonos de México, pudo encontrarle algo ilegal. Tanto el libro de Martínez como todos los amigos de Slim, entre los que se cuentan no pocos intelectuales o políticos como Felipe González, que lo ilustran y lo enriquecen con sus conversaciones, dicen que es un santo. Siempre dentro de la más escrupulosa legalidad, el dueño de Sanborns, MixUp, El Globo, Sears, y de los cigarros Marlboro en México, no da paso sin guarache y se ha embarcado ahora en un proyecto muy creativo que tiene como fin el remozamiento y la renovación infraestructural del centro histórico del DF.
Por lo demás, y para quien le interese el tema, vale le pena consultar el libro The Rich are different, de Jon Winokur, autor de la metáfora beisbolística más célebre sobre los ricos: "Nacieron en tercera base, pero creen que metieron triple."
La alternativa nómada
Por lo menos desde 1989, año de su muerte ocasionada por una extraña enfermedad que pescó en China, Bruce Chatwin aparece y reaparece en las librerías como un escritor de culto. Nació en Sheffield, Inglaterra, en 1940, y desde que abandonó su trabajo en la casa de subastas Sotheby’s dejándole a su patrón un telegrama (“Me voy a la Patagonia por seis meses”) no dejó de caminar.
Tenía para sí —como Pascal, en uno de sus momentos más sombríos— que toda la infelicidad del hombre nace de una única causa: la incapacidad de estarse quieto en una habitación, pues corre el peligro de volverse loco, de ser torturado por las alucinaciones y la introspección. Y evidentemente por ese “horror al domicilio”, Bruce Chatwin abandonó también la universidad y el matrimonio para dedicarse a viajar.
“Diversión. Distracción. Fantasía. Cambio de moda, de comida, de amor y de paisaje. Lo necesitamos como el aire que respiramos. Sin cambio nuestros cerebros y nuestros cuerpos se marchitan. Un entorno monótono y unas actividades tediosamente regulares provocan comportamientos que producen cansancio, problemas nerviosos, apatía, desprecio de sí mismo y reacciones violentas”, escribe en su póstumo e inquietante libro, Anatomía de la inquietud.
Hace más de diez años que sabíamos de sus libros, En la Patagonia, Los trazos de la canción, Utz, ¿Qué hago yo aquí?, y de dos de sus novelas llevadas al cine: Sobre la colina negra (la biografía de dos gemelos nacidos en Gales en 1900, la historia toda del siglo XX) y El virrey de Ouidah (la historia de un negrero brasileño en África, realizada por Werner Herzog con Klaus Kinski bajo el título de Cobra verde), y sabíamos también de sus obsesiones por el mundo nómada, el exilio, el desarraigo, las raíces, la posesión y la renuncia a la paternidad, pero no conocíamos su voz ni su ritmo al hablar, su actitud, su timidez, su asorada y evasiva mirada, hasta que casualmente nos encontramos con el reportaje televisivo que transmitió el Canal 22 el sábado 13 de febrero de 1999, en una traducción tan difícil como espléndida de Rosario Manzanos.
Flaco, nervioso, frágil aparentemente, el infatigable escritor viajero dejaba ver por su erudicción y su sonrisa infantil —alguien al que muchos espectadores tal vez consideraron “raro”— por qué ha sido una de las personalidades literarias más fascinantes de nuestro final de siglo.
Bruce Chatwin estaba convencido de que el hombre no nació para la vida sedentaria. “Creo que en sus comienzos el hombre era una criatura nómada por excelencia.” En el libro que nunca terminó de escribir, La alternativa nómada, se propone un estudio de antropología personal. Su gran tema era, por supuesto, el hombre errante. No le interesaba tanto la existencia de los nómadas como la vida de los caminantes: el impulso mismo de echarse a andar.
Un nómada no “vagabundea sin cometido de un lugar a otro”, como sostiene un diccionario. La palabra proviene del latín y del griego y significa “pastorear”
La evolución de la humanidad, según él, no ha seguido un desarrollo armónico, lineal, sino a saltos, como en África, hace dos o tres millones de años: “De pronto el clima devino más cálido, más seco, transformando vastas regiones en
sabanas o desiertos, imposibles para la supervivencia. El hombre nació entonces obligado a errar todo el tiempo en busca de agua y alimentos, permitiéndose desarrollar otra sensibiliad, otra concepción del mundo que el hombre sedentario ha ido perdiendo.”
Para los escritores de su estirpe, la caminata es una meditación. En la Patagonia, a donde va en busca de un trozo de piel de animal prehistórico, encuentra los vestigios de siglos de historia, las huellas de personajes fabulosos, como anarquistas y colonos nazis refugiados en la estepa, desaparecidos artistas trogloditas y tribus extinguidas.
Recuerda a Werner Herzog, con quien viajó a Ghana y compartía la idea de que la caminata no sólo es terapéutica en sí misma, sino que es una actividad poética que puede curar al mundo de sus males. Según Herzog, “Pasear es una virtud; el turismo, un pecado mortal.”
En 1974, cuenta Chatwin, Herzog emprendió una peregrinación invernal para ver a Lotte Eisner, crítica cinematográfica y amiga suya que se estaba muriendo. Al enterarse de su posible agonía, Herzog se dirigió caminando, sobre el hielo y la nieve, de Munich a París, “convencido de que de algún modo podría ayudar a librarla de su enfermedad. Para cuando consiguió llegar a su apartamento, Lotte Eisner estaba ya recuperada, e iba a vivir aún diez años más”.
Si la vida es una travesía del desierto, dice Chatwin, vale más que usemos de manera inofensiva nuestra adrenalina, que es nuestro jornal de viaje. “El viaje por avión es tonificante pero como especie somos terrestres. El hombre caminó y nadó mucho antes de cabalgar o volar. Nuestras posibilidades humanas se cumplen mejor en la tierra o en el mar. Pobre Ícaro, se estrelló.”
Tenía para sí —como Pascal, en uno de sus momentos más sombríos— que toda la infelicidad del hombre nace de una única causa: la incapacidad de estarse quieto en una habitación, pues corre el peligro de volverse loco, de ser torturado por las alucinaciones y la introspección. Y evidentemente por ese “horror al domicilio”, Bruce Chatwin abandonó también la universidad y el matrimonio para dedicarse a viajar.
“Diversión. Distracción. Fantasía. Cambio de moda, de comida, de amor y de paisaje. Lo necesitamos como el aire que respiramos. Sin cambio nuestros cerebros y nuestros cuerpos se marchitan. Un entorno monótono y unas actividades tediosamente regulares provocan comportamientos que producen cansancio, problemas nerviosos, apatía, desprecio de sí mismo y reacciones violentas”, escribe en su póstumo e inquietante libro, Anatomía de la inquietud.
Hace más de diez años que sabíamos de sus libros, En la Patagonia, Los trazos de la canción, Utz, ¿Qué hago yo aquí?, y de dos de sus novelas llevadas al cine: Sobre la colina negra (la biografía de dos gemelos nacidos en Gales en 1900, la historia toda del siglo XX) y El virrey de Ouidah (la historia de un negrero brasileño en África, realizada por Werner Herzog con Klaus Kinski bajo el título de Cobra verde), y sabíamos también de sus obsesiones por el mundo nómada, el exilio, el desarraigo, las raíces, la posesión y la renuncia a la paternidad, pero no conocíamos su voz ni su ritmo al hablar, su actitud, su timidez, su asorada y evasiva mirada, hasta que casualmente nos encontramos con el reportaje televisivo que transmitió el Canal 22 el sábado 13 de febrero de 1999, en una traducción tan difícil como espléndida de Rosario Manzanos.
Flaco, nervioso, frágil aparentemente, el infatigable escritor viajero dejaba ver por su erudicción y su sonrisa infantil —alguien al que muchos espectadores tal vez consideraron “raro”— por qué ha sido una de las personalidades literarias más fascinantes de nuestro final de siglo.
Bruce Chatwin estaba convencido de que el hombre no nació para la vida sedentaria. “Creo que en sus comienzos el hombre era una criatura nómada por excelencia.” En el libro que nunca terminó de escribir, La alternativa nómada, se propone un estudio de antropología personal. Su gran tema era, por supuesto, el hombre errante. No le interesaba tanto la existencia de los nómadas como la vida de los caminantes: el impulso mismo de echarse a andar.
Un nómada no “vagabundea sin cometido de un lugar a otro”, como sostiene un diccionario. La palabra proviene del latín y del griego y significa “pastorear”
La evolución de la humanidad, según él, no ha seguido un desarrollo armónico, lineal, sino a saltos, como en África, hace dos o tres millones de años: “De pronto el clima devino más cálido, más seco, transformando vastas regiones en
sabanas o desiertos, imposibles para la supervivencia. El hombre nació entonces obligado a errar todo el tiempo en busca de agua y alimentos, permitiéndose desarrollar otra sensibiliad, otra concepción del mundo que el hombre sedentario ha ido perdiendo.”
Para los escritores de su estirpe, la caminata es una meditación. En la Patagonia, a donde va en busca de un trozo de piel de animal prehistórico, encuentra los vestigios de siglos de historia, las huellas de personajes fabulosos, como anarquistas y colonos nazis refugiados en la estepa, desaparecidos artistas trogloditas y tribus extinguidas.
Recuerda a Werner Herzog, con quien viajó a Ghana y compartía la idea de que la caminata no sólo es terapéutica en sí misma, sino que es una actividad poética que puede curar al mundo de sus males. Según Herzog, “Pasear es una virtud; el turismo, un pecado mortal.”
En 1974, cuenta Chatwin, Herzog emprendió una peregrinación invernal para ver a Lotte Eisner, crítica cinematográfica y amiga suya que se estaba muriendo. Al enterarse de su posible agonía, Herzog se dirigió caminando, sobre el hielo y la nieve, de Munich a París, “convencido de que de algún modo podría ayudar a librarla de su enfermedad. Para cuando consiguió llegar a su apartamento, Lotte Eisner estaba ya recuperada, e iba a vivir aún diez años más”.
Si la vida es una travesía del desierto, dice Chatwin, vale más que usemos de manera inofensiva nuestra adrenalina, que es nuestro jornal de viaje. “El viaje por avión es tonificante pero como especie somos terrestres. El hombre caminó y nadó mucho antes de cabalgar o volar. Nuestras posibilidades humanas se cumplen mejor en la tierra o en el mar. Pobre Ícaro, se estrelló.”
Saturday, February 04, 2006
La demencia del arte
La hora del lobo
Federico Campbell
La demencia del arte
Los intentos de aproximación a la obra de arte y a la vida de los artistas han conocido muy diferentes y sugestivos senderos a lo largo de la historia del pensamiento, tantos como lo va planteando la libertad crítica, el bagaje cultural y el lenguaje más o menos común a los miembros de la tribu en cuyo seno se manifiesta la producción artística.
Tanto como las actuales certezas de las neurobiología, el estudio de la memoria y de la conciencia, la psicología del arte continúa enriqueciendo nuestra comprensión del proceso creador, de sus proposiciones irracionales y de los vínculos que se tienden entre la obra cristalizada y el hecho biográfico. Sin embargo, casi todos los esfuerzos por comprender al ser humano y sus quehaceres requieren de una multiplicidad de puntos de vista porque múltiples son los factores determinantes. Nunca es suficiente una sola perspectiva.
La escuela freudiana ciertamente tiene el mérito irregateable de señalar que la disposición psíquica del artista permea su trabajo desde las raíces hasta las ramas, como lo reconocía Carl Gustav Jung, y que los factores personales condicionan la elección de temas y materiales por parte del creador, pero de todas maneras no parece bastar este criterio cultural para explicar del todo las complejidades del proceso creador, uno de los más enigmáticos para las neurociencas. Más que en el campo de la especulación estética, las grandes aportaciones del pensamiento de Freud están en la clínica y en la percepción de que las emociones están ligadas de manera inseparable a la conciencia y a la memoria.
En su libro Arte y psique, Teresa del Conde funde en una misma reflexión el entendimiento que tiene de la dimensión estética y de la historia del arte, la condición esencialmente enigmática e inefable de la obra acababa y los motivos —tan insondables como el corazón humano— que permiten vislumbrar cómo es que un artista plástico llega a plasmar su visión del mundo y de la vida.
Sin abandonar nunca la prevención de que el arte es un ejercicio misterioso en el que, como observaba Borges, las opiniones del autor no cuentan, y puede que tampoco sus intenciones, Teresa del Conde reitera su fidelidad a una de sus primeras y más persistentes inquietudes: “los nexos o vasos comunicantes entre el arte y la psique de quienes lo hacen posible”.
Cuando se demora en el análisis de una obra y una trayectoria vital como la de Manuel González Serrano, un pintor que entraba y salía de los horrores del infierno y de la realidad establecida, tiene el valor de abordar el tema de la psicopatología y la creatividad eludiendo los lugares comunes del romanticismo que identificaba al demente con el genio. No ante un caso de la “demencia del arte” propia de los grandes artistas —el toque de lo irracional, la revelación del visionario—, sino ante una instancia clínica de la condición esquizoide, como la de Manuel González Serrano, nuestra autora sostiene que “la mayor parte de quienes hemos intentado analizar los vínculos entre psicopatología y el talento artístico, acentuamos el hecho de que las perturbaciones mentales pueden incidir en la actividad creativa y matizarla de dos modos: por un lado, la tensión y la angustia desatan nudos favoreciendo los procesos creativos; por otro, la índole por lo general solitaria de la actividad artística es susceptible de acentuar los rasgos psicopatológicos de quien la ejerce”.
El ejemplo de un artista plástico como el de Manuel González Serrano escapa a esa categoría del ejercicio del arte como expiación o cura. El pintor, en la valoración de Teresa del Conde, inventa un mundo a partir de una estética personalísima. Lo afirma a partir de los autorretratos, las vegetaciones, los peñascos encajados en el desierto, cuya textura plástica admite “un aura muy especial, tormentosa, pero a la vez luminosa”, como las figuras de Edvard Münch. En este tipo de modalidades, dice, las fronteras entre realidad y sueño se desdibujan, los cuadros se convierten en sueños pintados, ciertamente no reproducidos tal y como los entrevió el soñante sino como los vino a deformar y a transfigurar la memoria del sueño.
Uno de los textos más cautivadores de su libro es, por otra parte, el que consagra a Jung y a Picasso. Por lo visto hacia 1932 el doctor Jung se atrevió a desmenuzar las provocaciones plásticas de Pablo Picasso, en el que entrevió una personalidad fracturada, “como la propia de un esquizofrénico”.
Sin embargo, y dicho sea en descargo de Jung, sigue siendo muy probable que ni la personalidad ni la biografía expliquen al artista. El proceso creador en la escultura, la pintura, la música, la arquitectura, la poesía, la novela, es previsible que siga disimulándose como un maravilloso misterio, como la vida misma. El “don divino del fuego creativo” seguirá siendo propio del artista considerado como un visionario. Primordial, intemporal, más allá de la intención consciente, el artista, dice Jung, entra en contacto sin saberlo ni proponérselo con el “inconsciente colectivo”, a pesar de sus locuras y de sus experiencias personales.
Lo esencial en una obra de arte es que trascienda el reino de la vida personal y transite del espíritu y el corazón del artista como hombre al espíritu y al corazón de la humanidad.
Lo que explica al artista es su arte, y no las
insuficiencias y los conflictos de su vida personal.
Los intentos de aproximación a la obra de arte y a la vida de los artistas han conocido muy diferentes y sugestivos senderos a lo largo de la historia del pensamiento, tantos como lo va planteando la libertad crítica, el bagaje cultural y el lenguaje más o menos común a los miembros de la tribu en cuyo seno se manifiesta la producción artística.
Tanto como las actuales certezas de las neurobiología, el estudio de la memoria y de la conciencia, la psicología del arte continúa enriqueciendo nuestra comprensión del proceso creador, de sus proposiciones irracionales y de los vínculos que se tienden entre la obra cristalizada y el hecho biográfico. Sin embargo, casi todos los esfuerzos por comprender al ser humano y sus quehaceres requieren de una multiplicidad de puntos de vista porque múltiples son los factores determinantes. Nunca es suficiente una sola perspectiva.
La escuela freudiana ciertamente tiene el mérito irregateable de señalar que la disposición psíquica del artista permea su trabajo desde las raíces hasta las ramas, como lo reconocía Carl Gustav Jung, y que los factores personales condicionan la elección de temas y materiales por parte del creador, pero de todas maneras no parece bastar este criterio cultural para explicar del todo las complejidades del proceso creador, uno de los más enigmáticos para las neurociencas. Más que en el campo de la especulación estética, las grandes aportaciones del pensamiento de Freud están en la clínica y en la percepción de que las emociones están ligadas de manera inseparable a la conciencia y a la memoria.
En su libro Arte y psique, Teresa del Conde funde en una misma reflexión el entendimiento que tiene de la dimensión estética y de la historia del arte, la condición esencialmente enigmática e inefable de la obra acababa y los motivos —tan insondables como el corazón humano— que permiten vislumbrar cómo es que un artista plástico llega a plasmar su visión del mundo y de la vida.
Sin abandonar nunca la prevención de que el arte es un ejercicio misterioso en el que, como observaba Borges, las opiniones del autor no cuentan, y puede que tampoco sus intenciones, Teresa del Conde reitera su fidelidad a una de sus primeras y más persistentes inquietudes: “los nexos o vasos comunicantes entre el arte y la psique de quienes lo hacen posible”.
Cuando se demora en el análisis de una obra y una trayectoria vital como la de Manuel González Serrano, un pintor que entraba y salía de los horrores del infierno y de la realidad establecida, tiene el valor de abordar el tema de la psicopatología y la creatividad eludiendo los lugares comunes del romanticismo que identificaba al demente con el genio. No ante un caso de la “demencia del arte” propia de los grandes artistas —el toque de lo irracional, la revelación del visionario—, sino ante una instancia clínica de la condición esquizoide, como la de Manuel González Serrano, nuestra autora sostiene que “la mayor parte de quienes hemos intentado analizar los vínculos entre psicopatología y el talento artístico, acentuamos el hecho de que las perturbaciones mentales pueden incidir en la actividad creativa y matizarla de dos modos: por un lado, la tensión y la angustia desatan nudos favoreciendo los procesos creativos; por otro, la índole por lo general solitaria de la actividad artística es susceptible de acentuar los rasgos psicopatológicos de quien la ejerce”.
El ejemplo de un artista plástico como el de Manuel González Serrano escapa a esa categoría del ejercicio del arte como expiación o cura. El pintor, en la valoración de Teresa del Conde, inventa un mundo a partir de una estética personalísima. Lo afirma a partir de los autorretratos, las vegetaciones, los peñascos encajados en el desierto, cuya textura plástica admite “un aura muy especial, tormentosa, pero a la vez luminosa”, como las figuras de Edvard Münch. En este tipo de modalidades, dice, las fronteras entre realidad y sueño se desdibujan, los cuadros se convierten en sueños pintados, ciertamente no reproducidos tal y como los entrevió el soñante sino como los vino a deformar y a transfigurar la memoria del sueño.
Uno de los textos más cautivadores de su libro es, por otra parte, el que consagra a Jung y a Picasso. Por lo visto hacia 1932 el doctor Jung se atrevió a desmenuzar las provocaciones plásticas de Pablo Picasso, en el que entrevió una personalidad fracturada, “como la propia de un esquizofrénico”.
Sin embargo, y dicho sea en descargo de Jung, sigue siendo muy probable que ni la personalidad ni la biografía expliquen al artista. El proceso creador en la escultura, la pintura, la música, la arquitectura, la poesía, la novela, es previsible que siga disimulándose como un maravilloso misterio, como la vida misma. El “don divino del fuego creativo” seguirá siendo propio del artista considerado como un visionario. Primordial, intemporal, más allá de la intención consciente, el artista, dice Jung, entra en contacto sin saberlo ni proponérselo con el “inconsciente colectivo”, a pesar de sus locuras y de sus experiencias personales.
Lo esencial en una obra de arte es que trascienda el reino de la vida personal y transite del espíritu y el corazón del artista como hombre al espíritu y al corazón de la humanidad.
Lo que explica al artista es su arte, y no las
insuficiencias y los conflictos de su vida personal.
Federico Campbell
La demencia del arte
Los intentos de aproximación a la obra de arte y a la vida de los artistas han conocido muy diferentes y sugestivos senderos a lo largo de la historia del pensamiento, tantos como lo va planteando la libertad crítica, el bagaje cultural y el lenguaje más o menos común a los miembros de la tribu en cuyo seno se manifiesta la producción artística.
Tanto como las actuales certezas de las neurobiología, el estudio de la memoria y de la conciencia, la psicología del arte continúa enriqueciendo nuestra comprensión del proceso creador, de sus proposiciones irracionales y de los vínculos que se tienden entre la obra cristalizada y el hecho biográfico. Sin embargo, casi todos los esfuerzos por comprender al ser humano y sus quehaceres requieren de una multiplicidad de puntos de vista porque múltiples son los factores determinantes. Nunca es suficiente una sola perspectiva.
La escuela freudiana ciertamente tiene el mérito irregateable de señalar que la disposición psíquica del artista permea su trabajo desde las raíces hasta las ramas, como lo reconocía Carl Gustav Jung, y que los factores personales condicionan la elección de temas y materiales por parte del creador, pero de todas maneras no parece bastar este criterio cultural para explicar del todo las complejidades del proceso creador, uno de los más enigmáticos para las neurociencas. Más que en el campo de la especulación estética, las grandes aportaciones del pensamiento de Freud están en la clínica y en la percepción de que las emociones están ligadas de manera inseparable a la conciencia y a la memoria.
En su libro Arte y psique, Teresa del Conde funde en una misma reflexión el entendimiento que tiene de la dimensión estética y de la historia del arte, la condición esencialmente enigmática e inefable de la obra acababa y los motivos —tan insondables como el corazón humano— que permiten vislumbrar cómo es que un artista plástico llega a plasmar su visión del mundo y de la vida.
Sin abandonar nunca la prevención de que el arte es un ejercicio misterioso en el que, como observaba Borges, las opiniones del autor no cuentan, y puede que tampoco sus intenciones, Teresa del Conde reitera su fidelidad a una de sus primeras y más persistentes inquietudes: “los nexos o vasos comunicantes entre el arte y la psique de quienes lo hacen posible”.
Cuando se demora en el análisis de una obra y una trayectoria vital como la de Manuel González Serrano, un pintor que entraba y salía de los horrores del infierno y de la realidad establecida, tiene el valor de abordar el tema de la psicopatología y la creatividad eludiendo los lugares comunes del romanticismo que identificaba al demente con el genio. No ante un caso de la “demencia del arte” propia de los grandes artistas —el toque de lo irracional, la revelación del visionario—, sino ante una instancia clínica de la condición esquizoide, como la de Manuel González Serrano, nuestra autora sostiene que “la mayor parte de quienes hemos intentado analizar los vínculos entre psicopatología y el talento artístico, acentuamos el hecho de que las perturbaciones mentales pueden incidir en la actividad creativa y matizarla de dos modos: por un lado, la tensión y la angustia desatan nudos favoreciendo los procesos creativos; por otro, la índole por lo general solitaria de la actividad artística es susceptible de acentuar los rasgos psicopatológicos de quien la ejerce”.
El ejemplo de un artista plástico como el de Manuel González Serrano escapa a esa categoría del ejercicio del arte como expiación o cura. El pintor, en la valoración de Teresa del Conde, inventa un mundo a partir de una estética personalísima. Lo afirma a partir de los autorretratos, las vegetaciones, los peñascos encajados en el desierto, cuya textura plástica admite “un aura muy especial, tormentosa, pero a la vez luminosa”, como las figuras de Edvard Münch. En este tipo de modalidades, dice, las fronteras entre realidad y sueño se desdibujan, los cuadros se convierten en sueños pintados, ciertamente no reproducidos tal y como los entrevió el soñante sino como los vino a deformar y a transfigurar la memoria del sueño.
Uno de los textos más cautivadores de su libro es, por otra parte, el que consagra a Jung y a Picasso. Por lo visto hacia 1932 el doctor Jung se atrevió a desmenuzar las provocaciones plásticas de Pablo Picasso, en el que entrevió una personalidad fracturada, “como la propia de un esquizofrénico”.
Sin embargo, y dicho sea en descargo de Jung, sigue siendo muy probable que ni la personalidad ni la biografía expliquen al artista. El proceso creador en la escultura, la pintura, la música, la arquitectura, la poesía, la novela, es previsible que siga disimulándose como un maravilloso misterio, como la vida misma. El “don divino del fuego creativo” seguirá siendo propio del artista considerado como un visionario. Primordial, intemporal, más allá de la intención consciente, el artista, dice Jung, entra en contacto sin saberlo ni proponérselo con el “inconsciente colectivo”, a pesar de sus locuras y de sus experiencias personales.
Lo esencial en una obra de arte es que trascienda el reino de la vida personal y transite del espíritu y el corazón del artista como hombre al espíritu y al corazón de la humanidad.
Lo que explica al artista es su arte, y no las
insuficiencias y los conflictos de su vida personal.
Los intentos de aproximación a la obra de arte y a la vida de los artistas han conocido muy diferentes y sugestivos senderos a lo largo de la historia del pensamiento, tantos como lo va planteando la libertad crítica, el bagaje cultural y el lenguaje más o menos común a los miembros de la tribu en cuyo seno se manifiesta la producción artística.
Tanto como las actuales certezas de las neurobiología, el estudio de la memoria y de la conciencia, la psicología del arte continúa enriqueciendo nuestra comprensión del proceso creador, de sus proposiciones irracionales y de los vínculos que se tienden entre la obra cristalizada y el hecho biográfico. Sin embargo, casi todos los esfuerzos por comprender al ser humano y sus quehaceres requieren de una multiplicidad de puntos de vista porque múltiples son los factores determinantes. Nunca es suficiente una sola perspectiva.
La escuela freudiana ciertamente tiene el mérito irregateable de señalar que la disposición psíquica del artista permea su trabajo desde las raíces hasta las ramas, como lo reconocía Carl Gustav Jung, y que los factores personales condicionan la elección de temas y materiales por parte del creador, pero de todas maneras no parece bastar este criterio cultural para explicar del todo las complejidades del proceso creador, uno de los más enigmáticos para las neurociencas. Más que en el campo de la especulación estética, las grandes aportaciones del pensamiento de Freud están en la clínica y en la percepción de que las emociones están ligadas de manera inseparable a la conciencia y a la memoria.
En su libro Arte y psique, Teresa del Conde funde en una misma reflexión el entendimiento que tiene de la dimensión estética y de la historia del arte, la condición esencialmente enigmática e inefable de la obra acababa y los motivos —tan insondables como el corazón humano— que permiten vislumbrar cómo es que un artista plástico llega a plasmar su visión del mundo y de la vida.
Sin abandonar nunca la prevención de que el arte es un ejercicio misterioso en el que, como observaba Borges, las opiniones del autor no cuentan, y puede que tampoco sus intenciones, Teresa del Conde reitera su fidelidad a una de sus primeras y más persistentes inquietudes: “los nexos o vasos comunicantes entre el arte y la psique de quienes lo hacen posible”.
Cuando se demora en el análisis de una obra y una trayectoria vital como la de Manuel González Serrano, un pintor que entraba y salía de los horrores del infierno y de la realidad establecida, tiene el valor de abordar el tema de la psicopatología y la creatividad eludiendo los lugares comunes del romanticismo que identificaba al demente con el genio. No ante un caso de la “demencia del arte” propia de los grandes artistas —el toque de lo irracional, la revelación del visionario—, sino ante una instancia clínica de la condición esquizoide, como la de Manuel González Serrano, nuestra autora sostiene que “la mayor parte de quienes hemos intentado analizar los vínculos entre psicopatología y el talento artístico, acentuamos el hecho de que las perturbaciones mentales pueden incidir en la actividad creativa y matizarla de dos modos: por un lado, la tensión y la angustia desatan nudos favoreciendo los procesos creativos; por otro, la índole por lo general solitaria de la actividad artística es susceptible de acentuar los rasgos psicopatológicos de quien la ejerce”.
El ejemplo de un artista plástico como el de Manuel González Serrano escapa a esa categoría del ejercicio del arte como expiación o cura. El pintor, en la valoración de Teresa del Conde, inventa un mundo a partir de una estética personalísima. Lo afirma a partir de los autorretratos, las vegetaciones, los peñascos encajados en el desierto, cuya textura plástica admite “un aura muy especial, tormentosa, pero a la vez luminosa”, como las figuras de Edvard Münch. En este tipo de modalidades, dice, las fronteras entre realidad y sueño se desdibujan, los cuadros se convierten en sueños pintados, ciertamente no reproducidos tal y como los entrevió el soñante sino como los vino a deformar y a transfigurar la memoria del sueño.
Uno de los textos más cautivadores de su libro es, por otra parte, el que consagra a Jung y a Picasso. Por lo visto hacia 1932 el doctor Jung se atrevió a desmenuzar las provocaciones plásticas de Pablo Picasso, en el que entrevió una personalidad fracturada, “como la propia de un esquizofrénico”.
Sin embargo, y dicho sea en descargo de Jung, sigue siendo muy probable que ni la personalidad ni la biografía expliquen al artista. El proceso creador en la escultura, la pintura, la música, la arquitectura, la poesía, la novela, es previsible que siga disimulándose como un maravilloso misterio, como la vida misma. El “don divino del fuego creativo” seguirá siendo propio del artista considerado como un visionario. Primordial, intemporal, más allá de la intención consciente, el artista, dice Jung, entra en contacto sin saberlo ni proponérselo con el “inconsciente colectivo”, a pesar de sus locuras y de sus experiencias personales.
Lo esencial en una obra de arte es que trascienda el reino de la vida personal y transite del espíritu y el corazón del artista como hombre al espíritu y al corazón de la humanidad.
Lo que explica al artista es su arte, y no las
insuficiencias y los conflictos de su vida personal.
La coartada de la legalidad
Parece una contradicción en los términos, pero la expresión "coartada de la legalidad" quiere referirse a la paradoja de la justicia: a la disparidad brutal que puede existir entre la "verdad técnica" de los jueces y la realidad efectiva de las cosas. Porque la "verdad jurídica" muy bien puede ser, y no pocas veces, una mentira.
Aparte del problema de la prueba, en todos los libros de derecho procesal se habla de esta antiquísima contradicción. ¿Qué termina por ser la verdad en la administración de la justicia? Si entre el texto de la ley y su espíritu media una amplia discrecionalidad —la que se encomienda a los jueces– podríamos razonar que en la interpretación intervienen múltiples factores subjetivos y que los juzgadores son tan falibles como todos los seres humanos.
Un ejemplo que puede ayudar a entender el problema de las dos verdades es el del futbolista norteamericano O. J. Simpson: se le supo evidentemente culpable de haber asesinado a su exmujer y al amante de la señora, pero "técnicamente" no se le pudo comprobar que era culpable. Y eso es lo que cuenta en el acto de juzgar. Un jurado decidió que era inocente de manera definitiva e inapelable y perdurable porque nadie puede volver a ser juzgado por el mismo delito. Y la libró para siempre.
Los jueces son seres humanos, orinan y defecan como todos nosotros. No son infalibles, como el Papa. Están sometidos a todo tipo de influencias. En sus decisiones cuenta de manera determinante su ideología, su visión del mundo, su estado de ánimo, su salud, su emotividad, sus intereses, sus simpatías y sus antipatías (por irracionales que sean), y también los favores políticos que se les han hecho —como a los ministros de la Suprema Corte— para que estén donde están. Me cuentan, por ejemplo, que en la carrera del licenciado Mariano Azuela Güitrón fue muy importante el apoyo de Manuel Barlet, no sé si antes o después de que este último fuera secretario de Gobernación.
Una sentencia de la Suprema Corte es como un rayo, como un golpe venido del odio de Dios: la verdad última, inapelable, la verdad de la última y más alta instancia, que las partes deben acatar. Y en este principio tiene sustento todo el sistema de justicia. Sin embargo, ya vimos, por lo menos en un caso, que el fallo de la SCJ referido al paraje San Juan en el DF fue revisado y corregido.
Ciertamente se trata de problemas muy técnicos que resultan de difícil comprensión para los no profesionales de la ley. Pero desde la ignorancia del hombre de la calle uno siente, pues, que hay grandes contradicciones entre la aplicación impersonal de la ley y el uso político de la ley. Siempre hay un margen en el que los jueces se pueden mover a discreción. Y con la ley en la mano, a nombre del "Estado de derecho", también se pueden cometer muchas injusticias. Con el error judicial, por ejemplo. A veces se condena a muerte a un inocente.
Lo curioso del asunto es que no pocos jueces creen que siempre, en cualquier hipótesis, la justicia se cumple por el mero hecho de que ellos ya juzgaron. Por el hecho mismo de juzgar. Como un acto de magia. Un novelista siciliano llevó al absurdo esta pretensión y equiparó el acto de juzgar con la celebración de la misa.
Cuando el sacerdote, por poco creyente o indigno que sea, celebra la misa y actúa el misterio de la transubstanciación (la conversión del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre), siempre, en todos los caso, el misterio se cumple, por el mero hecho de haber sido el sacerdote investido de su ministerio. En esa lógica, no es posible que –una vez concluido el acto de juzgar– que la justicia no se realice.
"Nunca, fíjese bien, nunca, puede ocurrir que la transubstanciación no se produzca. Y lo mismo sucede con un juez cuando celebra la ley: la justicia no puede dejar de revelarse, de transubstanciarse, de cumplirse."
Lo que importa a los jueces no es la verdad material sino que, según ciertas formalidades, se pueda establecer el circuito de la legalidad. Para los jueces el que un acusado haya cometido o no un delito nunca he tenido la menor importancia.
Las disposiciones legales son un instrumento del Estado para gobernar y mantener el poder. Y los jueces encarnan el poder estatal por excelencia. Por eso se tiene la percepción de que la política está judicializada y de que la justicia está politizada.
Se les llena la boca de orgullo a los jueces cuando hablan del "Estado de derecho", como si hubiera estados sin derecho. Lo invocan para todo, como si supusiera la justicia automática. Es el mismo "Estado de derecho" que avaló la "elección" de Salinas en 1988. Es el mismo que exoneró a Jorge Hank Rohn de la autoría intelectual de un asesinato, también en 1988. Es el mismo que legaliza la política de los altos sueldos (la otra cara mexicana, muy legal, de la corrupción) y que permite, sin objección posible, que el presidente de la Suprema Corte Mariano Azuela Güitrón gane al mes 305 mil 209 pesos. (Los otros diez ministros andan en los 238 mil 569 pesos mensuales.)
Habría que, por lo demás, hacer un estudio sobre el papel que en la vida pública nacional ha tenido la Facultad de Derecho: el discurso que le fue dando a los sucesivos gobiernos del PRI. ¿Cuántos fraudes electorales no avaló ese lenguaje, cuántas personas fueron condenadas después de 1968 con los "razonamientos" y las cortadas de los leguleyos, todos ellos "abogados muy honorables"?
Aparte del problema de la prueba, en todos los libros de derecho procesal se habla de esta antiquísima contradicción. ¿Qué termina por ser la verdad en la administración de la justicia? Si entre el texto de la ley y su espíritu media una amplia discrecionalidad —la que se encomienda a los jueces– podríamos razonar que en la interpretación intervienen múltiples factores subjetivos y que los juzgadores son tan falibles como todos los seres humanos.
Un ejemplo que puede ayudar a entender el problema de las dos verdades es el del futbolista norteamericano O. J. Simpson: se le supo evidentemente culpable de haber asesinado a su exmujer y al amante de la señora, pero "técnicamente" no se le pudo comprobar que era culpable. Y eso es lo que cuenta en el acto de juzgar. Un jurado decidió que era inocente de manera definitiva e inapelable y perdurable porque nadie puede volver a ser juzgado por el mismo delito. Y la libró para siempre.
Los jueces son seres humanos, orinan y defecan como todos nosotros. No son infalibles, como el Papa. Están sometidos a todo tipo de influencias. En sus decisiones cuenta de manera determinante su ideología, su visión del mundo, su estado de ánimo, su salud, su emotividad, sus intereses, sus simpatías y sus antipatías (por irracionales que sean), y también los favores políticos que se les han hecho —como a los ministros de la Suprema Corte— para que estén donde están. Me cuentan, por ejemplo, que en la carrera del licenciado Mariano Azuela Güitrón fue muy importante el apoyo de Manuel Barlet, no sé si antes o después de que este último fuera secretario de Gobernación.
Una sentencia de la Suprema Corte es como un rayo, como un golpe venido del odio de Dios: la verdad última, inapelable, la verdad de la última y más alta instancia, que las partes deben acatar. Y en este principio tiene sustento todo el sistema de justicia. Sin embargo, ya vimos, por lo menos en un caso, que el fallo de la SCJ referido al paraje San Juan en el DF fue revisado y corregido.
Ciertamente se trata de problemas muy técnicos que resultan de difícil comprensión para los no profesionales de la ley. Pero desde la ignorancia del hombre de la calle uno siente, pues, que hay grandes contradicciones entre la aplicación impersonal de la ley y el uso político de la ley. Siempre hay un margen en el que los jueces se pueden mover a discreción. Y con la ley en la mano, a nombre del "Estado de derecho", también se pueden cometer muchas injusticias. Con el error judicial, por ejemplo. A veces se condena a muerte a un inocente.
Lo curioso del asunto es que no pocos jueces creen que siempre, en cualquier hipótesis, la justicia se cumple por el mero hecho de que ellos ya juzgaron. Por el hecho mismo de juzgar. Como un acto de magia. Un novelista siciliano llevó al absurdo esta pretensión y equiparó el acto de juzgar con la celebración de la misa.
Cuando el sacerdote, por poco creyente o indigno que sea, celebra la misa y actúa el misterio de la transubstanciación (la conversión del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre), siempre, en todos los caso, el misterio se cumple, por el mero hecho de haber sido el sacerdote investido de su ministerio. En esa lógica, no es posible que –una vez concluido el acto de juzgar– que la justicia no se realice.
"Nunca, fíjese bien, nunca, puede ocurrir que la transubstanciación no se produzca. Y lo mismo sucede con un juez cuando celebra la ley: la justicia no puede dejar de revelarse, de transubstanciarse, de cumplirse."
Lo que importa a los jueces no es la verdad material sino que, según ciertas formalidades, se pueda establecer el circuito de la legalidad. Para los jueces el que un acusado haya cometido o no un delito nunca he tenido la menor importancia.
Las disposiciones legales son un instrumento del Estado para gobernar y mantener el poder. Y los jueces encarnan el poder estatal por excelencia. Por eso se tiene la percepción de que la política está judicializada y de que la justicia está politizada.
Se les llena la boca de orgullo a los jueces cuando hablan del "Estado de derecho", como si hubiera estados sin derecho. Lo invocan para todo, como si supusiera la justicia automática. Es el mismo "Estado de derecho" que avaló la "elección" de Salinas en 1988. Es el mismo que exoneró a Jorge Hank Rohn de la autoría intelectual de un asesinato, también en 1988. Es el mismo que legaliza la política de los altos sueldos (la otra cara mexicana, muy legal, de la corrupción) y que permite, sin objección posible, que el presidente de la Suprema Corte Mariano Azuela Güitrón gane al mes 305 mil 209 pesos. (Los otros diez ministros andan en los 238 mil 569 pesos mensuales.)
Habría que, por lo demás, hacer un estudio sobre el papel que en la vida pública nacional ha tenido la Facultad de Derecho: el discurso que le fue dando a los sucesivos gobiernos del PRI. ¿Cuántos fraudes electorales no avaló ese lenguaje, cuántas personas fueron condenadas después de 1968 con los "razonamientos" y las cortadas de los leguleyos, todos ellos "abogados muy honorables"?
Cardiograma de la amistad
La mejor prueba de la inexistencia
de Dios es la existencia del hombre.
—Eduardo Césarman
Me indigna la hipocresía de las esquelas en México, el uso político de las esquelas, la ostentación de las esquelas, la manera indirecta que tienen de sugerir quiénes son los verdaderos dueños del país y qué apellidos llevan. Me llama la atención el despilfarro que comporta tanto espacio pagado en los periódicos, sobre todo cuando se carga al erario público. Y tantas esquelas inútiles, más numerosas y más grandes según la importancia política o social del difunto. Por eso me sorprendió doblemente que nadie, con la excepción de algún familiar, publicara una esquela por la muerte de Eduardo Césarman.
Uno de los más notables cardiólogos del mundo, no sólo de México, el doctor Eduardo Césarman falleció repentinamente en Puerto Vallarta, después de un día bajo el sol, el jueves 19 de agosto, a los 73 años. Unos días antes había celebrado con sus compañeros de la generación 1949-1954 el 50 aniversario de su graduación en la Escuela Nacional de Medicina de la UNAM. Después de 1954 hizo estudios de postgrado en el hospital Mont Sinai de Nueva York, una extensión de la Universidad de Cornell.
El viernes 20 de agosto, al día siguiente de su fallecimiento, apareció en Excélsior el último artículo de su vida: "Morir. El maletín en la mano." Se refería ahí a la ceremonia que tuvo lugar el sábado 7 de agosto en el Palacio de la Inquisición, donde estuvo la Escuela de Medicina, ya que además se celebraba el 50 aniversario del traslado de la escuela de Santo Domingo a la Ciudad Universitaria.
"Durante estas ceremonias tuve un nudo en la garganta y los ojos húmedos. A cada instante me encontraba con los amigos de siempre: cabecitas blancas, arrugas, algunos encorvados hasta con bastón. Cincuenta años es mucho tiempo para nuestra breve vida. Nos dábamos un fraternal abrazo y decíamos qué bueno que llegamos vivos al día de hoy. Había un ambiente de sencillez, de modestia hasta la humildad. Sin pretensiones. Nadie pretendía sobre salir, ya para qué. De lo que sí estoy seguro es de que todos mis compañeros son médicos distinguidos y yo me pondría en manos de cualquiera de ellos si fuera necesario."
Ni el Instituto Nacional de Cardiología, donde trabajó y fue uno de los discípulos predilectos del doctor Ignacio Chávez, ni la rectoría de la UNAM, a donde lo invitó a trabajar (como jefe de Servicios Escolares participó en la creación de los CCH y en la formulación del examen de admisión) también el rector Ignacio Chávez, tuvieron la atención de publicar una esquela por la desaparición de quien fue, aparte de todo, un gran amigo de los escritores (de Augusto Monterroso, por ejemplo), acaso porque se identificaba con ellos y él mismo escribía… y sobre todo leía en serio los libros de sus amigos.
Después regresó al Instituto Nacional de Cardiología porque Ignacio Chávez, ya en el nuevo edificio, le encargó que estudiara la epidemiología cardiológica en México. Trabajó también en la Secretaría de Relaciones Exteriores en la oficina de intercambio científico y cultural.
Esa fue su actividad "visible", la "invisible" fue tal vez la de un escritor enciclopedista que se esmeró sobre todo en su libro más importante, Hombre y entropía.
Con su amigo el novelista y neurólogo Bruno Estañol escribió tres libros: El telar encantado (sobre la relación mente cerebro), El laberinto y la ilusión, y Como perro bailarín, sobre la relación de la cultura y la biología.
Yo solía verlo con cierta frecuencia cuando éramos vecinos en la colonia Juárez: yo en la calle de Estocolmo y él en Reforma, junto al cine Latino, donde compartía su consultorio con sus hermanos Teodoro y Fernando. Más de una vez me sacó de alguna crisis de hipocondría, sin cobrarme un centavo: me hizo ver mi corazón en una pantalla y escuchar su chupido como de beso con la lectura ultrasónica.
Eduardo vestía camisas de lana y sin corbata, siempre con sus cómodos tirantes anchos a la italiana. La impresión que me quedó fue que nunca se resignó a la muerte de su hermano Teodoro y que, a partir de entonces, entró en una caída. Una especie de coraje, de indiferencia y de mal humor, lo habitó desde ese día.
En su artículo póstumo —su punto final e indeleble— terminaba con estas palabras:
"La medicina es una profesión que nos exigió mucho esfuerzo a los médicos de nuestro tiempo. Ser médico no es cualquier cosa. Ahora hay que ser artista, técnico, científico y humanista. Hay que ser magnánimo, generoso y altruista. El médico de hoy tiene que ser de todo, hasta astronauta y, sobre todo, poeta. A pesar de tanta tecnología, nada cura tanto como una buena palabra. No cabe duda de que el tiempo todo lo destruye, que nada perdona, pero nos da sabiduría. Transcurridos 50 años nos preguntamos ¿ahora qué? Podría ir sumando jubilaciones y muertos y volvernos a juntar dentro de diez años. Mientras tanto hay que ser paciente y morir con el maletín en la mano."
Nunca me imaginé que me entristecería tanto su muerte. Yo fui el primer sorprendido. Pero, como decía el filósofo, el corazón tiene sus razones que la razón no conoce. Siempre fue muy bueno y cariñoso conmigo.
de Dios es la existencia del hombre.
—Eduardo Césarman
Me indigna la hipocresía de las esquelas en México, el uso político de las esquelas, la ostentación de las esquelas, la manera indirecta que tienen de sugerir quiénes son los verdaderos dueños del país y qué apellidos llevan. Me llama la atención el despilfarro que comporta tanto espacio pagado en los periódicos, sobre todo cuando se carga al erario público. Y tantas esquelas inútiles, más numerosas y más grandes según la importancia política o social del difunto. Por eso me sorprendió doblemente que nadie, con la excepción de algún familiar, publicara una esquela por la muerte de Eduardo Césarman.
Uno de los más notables cardiólogos del mundo, no sólo de México, el doctor Eduardo Césarman falleció repentinamente en Puerto Vallarta, después de un día bajo el sol, el jueves 19 de agosto, a los 73 años. Unos días antes había celebrado con sus compañeros de la generación 1949-1954 el 50 aniversario de su graduación en la Escuela Nacional de Medicina de la UNAM. Después de 1954 hizo estudios de postgrado en el hospital Mont Sinai de Nueva York, una extensión de la Universidad de Cornell.
El viernes 20 de agosto, al día siguiente de su fallecimiento, apareció en Excélsior el último artículo de su vida: "Morir. El maletín en la mano." Se refería ahí a la ceremonia que tuvo lugar el sábado 7 de agosto en el Palacio de la Inquisición, donde estuvo la Escuela de Medicina, ya que además se celebraba el 50 aniversario del traslado de la escuela de Santo Domingo a la Ciudad Universitaria.
"Durante estas ceremonias tuve un nudo en la garganta y los ojos húmedos. A cada instante me encontraba con los amigos de siempre: cabecitas blancas, arrugas, algunos encorvados hasta con bastón. Cincuenta años es mucho tiempo para nuestra breve vida. Nos dábamos un fraternal abrazo y decíamos qué bueno que llegamos vivos al día de hoy. Había un ambiente de sencillez, de modestia hasta la humildad. Sin pretensiones. Nadie pretendía sobre salir, ya para qué. De lo que sí estoy seguro es de que todos mis compañeros son médicos distinguidos y yo me pondría en manos de cualquiera de ellos si fuera necesario."
Ni el Instituto Nacional de Cardiología, donde trabajó y fue uno de los discípulos predilectos del doctor Ignacio Chávez, ni la rectoría de la UNAM, a donde lo invitó a trabajar (como jefe de Servicios Escolares participó en la creación de los CCH y en la formulación del examen de admisión) también el rector Ignacio Chávez, tuvieron la atención de publicar una esquela por la desaparición de quien fue, aparte de todo, un gran amigo de los escritores (de Augusto Monterroso, por ejemplo), acaso porque se identificaba con ellos y él mismo escribía… y sobre todo leía en serio los libros de sus amigos.
Después regresó al Instituto Nacional de Cardiología porque Ignacio Chávez, ya en el nuevo edificio, le encargó que estudiara la epidemiología cardiológica en México. Trabajó también en la Secretaría de Relaciones Exteriores en la oficina de intercambio científico y cultural.
Esa fue su actividad "visible", la "invisible" fue tal vez la de un escritor enciclopedista que se esmeró sobre todo en su libro más importante, Hombre y entropía.
Con su amigo el novelista y neurólogo Bruno Estañol escribió tres libros: El telar encantado (sobre la relación mente cerebro), El laberinto y la ilusión, y Como perro bailarín, sobre la relación de la cultura y la biología.
Yo solía verlo con cierta frecuencia cuando éramos vecinos en la colonia Juárez: yo en la calle de Estocolmo y él en Reforma, junto al cine Latino, donde compartía su consultorio con sus hermanos Teodoro y Fernando. Más de una vez me sacó de alguna crisis de hipocondría, sin cobrarme un centavo: me hizo ver mi corazón en una pantalla y escuchar su chupido como de beso con la lectura ultrasónica.
Eduardo vestía camisas de lana y sin corbata, siempre con sus cómodos tirantes anchos a la italiana. La impresión que me quedó fue que nunca se resignó a la muerte de su hermano Teodoro y que, a partir de entonces, entró en una caída. Una especie de coraje, de indiferencia y de mal humor, lo habitó desde ese día.
En su artículo póstumo —su punto final e indeleble— terminaba con estas palabras:
"La medicina es una profesión que nos exigió mucho esfuerzo a los médicos de nuestro tiempo. Ser médico no es cualquier cosa. Ahora hay que ser artista, técnico, científico y humanista. Hay que ser magnánimo, generoso y altruista. El médico de hoy tiene que ser de todo, hasta astronauta y, sobre todo, poeta. A pesar de tanta tecnología, nada cura tanto como una buena palabra. No cabe duda de que el tiempo todo lo destruye, que nada perdona, pero nos da sabiduría. Transcurridos 50 años nos preguntamos ¿ahora qué? Podría ir sumando jubilaciones y muertos y volvernos a juntar dentro de diez años. Mientras tanto hay que ser paciente y morir con el maletín en la mano."
Nunca me imaginé que me entristecería tanto su muerte. Yo fui el primer sorprendido. Pero, como decía el filósofo, el corazón tiene sus razones que la razón no conoce. Siempre fue muy bueno y cariñoso conmigo.
Thursday, January 26, 2006
La teatralidad del poder
La hora del lobo
Federico Campbell
La teatralidad del poder
El mundo es un escenario,
y actores son hombres y mujeres
—W. Shakespeare, Como gustéis
Decía Jean Genet que el poder no funciona sin teatralidad. Nunca. Para el autor de Severa vigilancia y Diario de un ladrón, la teatralidad es el poder mismo y domina por todas partes. Sin embargo, sólo hay un lugar en el mundo en el que la teatralidad no oculta poder alguno y ese lugar es el teatro. Cuando a un actor lo matan en escena se puede volver a levantar y hacer otra vida. Peligroso no es. En 1968 los estudiantes parisinos ocuparon un teatro: un lugar (el Odeón) del que todo poder había sido expulsado, donde sólo quedaba la teatralidad, sin riesgo alguno. “Exhorto a todos a hacer de la vida un teatro”, decía Jean Genet.
Y de hecho, querámoslo o no, en este mundo cada uno de nosotros se pone a representar un papel. Quiere uno dejar de ser criatura para convertirse en personaje porque el personaje sí sobrevive, sí tiene un cierto papel reservado en la eternidad. Y obviamente los políticos no son una excepción. Son como cualquier ser humano, viven entre la realidad y el deseo. Tienen sueños y se hacen ilusiones como cualquier niño. (Trabajar poco, por ejemplo, y ganar mucho.) Y eso lo sabía muy bien Luigi Pirandello (novelista, dramaturgo, cuentista, premio Nobel de 1936), que dedicó toda su obra a esta paradoja. Su recurrente idea es que el personaje es un ser más vivo que los seres que visten y calzan. A lo mejor es menos real, pero es más verdadero, porque la naturaleza se sirve de la fantasía de los escritores para proseguir su obra de creación. Quien nace de la actividad creadora, que se gesta en la imaginación humana, siente que la naturaleza “lo destina a una vida muy superior a la de quien nace del vientre mortal de una mujer”. Y, como decíamos, los políticos no pueden ser la excepción. Antes al contrario: el político se inventa como personaje.
Entre más fingen, entre mejor mienten, mejores políticos pueden ser. (¿No hemos oído hasta la saciedad este año las mentiras de Bush y de Tony Blair?) Su capacidad histriónica está a la orden del día sobre todo en los momentos de campaña electoral cuando de lo que se trata es de venderse, de vender una idea o un proyecto. Si es necesario fingir, aparentar, y si gobernar es hacer creer, entonces el trabajo del político es tan delicado como el del actor.
En un texto clásico que leen todos los estudiantes de teatro y que se pasan la vida leyendo porque resulta muy fecundo en ideas (La paradoja del comediante, de Denis Diderot) se lee que los afanes del actor son los mismos del político e iguales a los del escritor: el propósito de todos ellos es establecer la verosimilitud, lo importante es que les crean. Lo importante es la credibilidad, uno de los misterios más sutiles de la política, Cuando se pierde, como la virginidad, no hay manera de recuperarla.
Es el problema del desdoblamiento. Cuando el actor —o la criatura: el ser humano en toda su desnudez— pasa a ser personaje tiene acceso a otra dimensión y se pierde en ella. Según Diderot es más creíble el fingimiento que al sinceridad:
“Los comediantes impresionan al público no cuando está furiosos sino cuando fingen perfectamente el furor. En los tribunales, en las asambleas, en todos los sitios en los que se quiere dominar los ánimos, se finge ya la ira, ya el tenor, ya la piedad, para producir en el auditorio esos distintos sentimientos. Lo que no logra una pasión efectiva lo consigue una pasión bien imitada.”
En eso consiste la aparente contradicción —es decir: la paradoja— del actor. Una persona puede estar sintiendo mucho y no poder expresarlo. Puede producir risa. Por ejemplo, un actor se suicida en el escenario. Se suicida de verdad (se acuchilla y brota la sangre) y entonces produce risa entre los espectadores. En cambio, el buen actor finge que se suicida. Y entonces el público llora.
Si Nicolás Maquiavelo es el padre involuntario de la propaganda moderna es porque recomienda fingir. En El Príncipe, que sólo pudo ser escrito por un italiano (tan perecido, por cierto, al mexicano, por su ambigüedad y su talento para mentir) desentrañamos toda una disquisición sobre el ser y el parecer. Sobre la apariencia. El gobernante puede ser infiel a sus camaradas y a sus compromisos —puede no cumplir con la palabra empeñada— pero tiene que hacer todo lo posible por parecer fiel. Lo que importa es la apariencia, el vestido, la corbata, el hábito. Tener el poder también consiste en aparentar tenerlo, aunque, por ejemplo, no se hayan ganado las elecciones (el caso histórico de Salinas). Por eso, a una menor legitimidad corresponde una mayor propaganda.
No es necesario que un presidente posea ciertas cualidades —la tolerancia, la paciencia, la lealtad, la generosidad–, pero es muy necesario que parezca tenerlas. No basta ser torero, hay que parecerlo. Fabricar esa imagen es el trabajo de sus propagandistas, pues “los hombres en general”, escribe Maquiavelo, “juzgan más por los ojos que por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos: cada uno ve lo que pareces, pocos palpan lo que eres”, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias [de la televisión] y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo”.
Con no poca astucia tiene que moverse el político, como en la cuerda floja de los cirqueros, entre el discurso de la verdad y el de la mentira. El poder no funciona sin teatralidad.
Federico Campbell
La teatralidad del poder
El mundo es un escenario,
y actores son hombres y mujeres
—W. Shakespeare, Como gustéis
Decía Jean Genet que el poder no funciona sin teatralidad. Nunca. Para el autor de Severa vigilancia y Diario de un ladrón, la teatralidad es el poder mismo y domina por todas partes. Sin embargo, sólo hay un lugar en el mundo en el que la teatralidad no oculta poder alguno y ese lugar es el teatro. Cuando a un actor lo matan en escena se puede volver a levantar y hacer otra vida. Peligroso no es. En 1968 los estudiantes parisinos ocuparon un teatro: un lugar (el Odeón) del que todo poder había sido expulsado, donde sólo quedaba la teatralidad, sin riesgo alguno. “Exhorto a todos a hacer de la vida un teatro”, decía Jean Genet.
Y de hecho, querámoslo o no, en este mundo cada uno de nosotros se pone a representar un papel. Quiere uno dejar de ser criatura para convertirse en personaje porque el personaje sí sobrevive, sí tiene un cierto papel reservado en la eternidad. Y obviamente los políticos no son una excepción. Son como cualquier ser humano, viven entre la realidad y el deseo. Tienen sueños y se hacen ilusiones como cualquier niño. (Trabajar poco, por ejemplo, y ganar mucho.) Y eso lo sabía muy bien Luigi Pirandello (novelista, dramaturgo, cuentista, premio Nobel de 1936), que dedicó toda su obra a esta paradoja. Su recurrente idea es que el personaje es un ser más vivo que los seres que visten y calzan. A lo mejor es menos real, pero es más verdadero, porque la naturaleza se sirve de la fantasía de los escritores para proseguir su obra de creación. Quien nace de la actividad creadora, que se gesta en la imaginación humana, siente que la naturaleza “lo destina a una vida muy superior a la de quien nace del vientre mortal de una mujer”. Y, como decíamos, los políticos no pueden ser la excepción. Antes al contrario: el político se inventa como personaje.
Entre más fingen, entre mejor mienten, mejores políticos pueden ser. (¿No hemos oído hasta la saciedad este año las mentiras de Bush y de Tony Blair?) Su capacidad histriónica está a la orden del día sobre todo en los momentos de campaña electoral cuando de lo que se trata es de venderse, de vender una idea o un proyecto. Si es necesario fingir, aparentar, y si gobernar es hacer creer, entonces el trabajo del político es tan delicado como el del actor.
En un texto clásico que leen todos los estudiantes de teatro y que se pasan la vida leyendo porque resulta muy fecundo en ideas (La paradoja del comediante, de Denis Diderot) se lee que los afanes del actor son los mismos del político e iguales a los del escritor: el propósito de todos ellos es establecer la verosimilitud, lo importante es que les crean. Lo importante es la credibilidad, uno de los misterios más sutiles de la política, Cuando se pierde, como la virginidad, no hay manera de recuperarla.
Es el problema del desdoblamiento. Cuando el actor —o la criatura: el ser humano en toda su desnudez— pasa a ser personaje tiene acceso a otra dimensión y se pierde en ella. Según Diderot es más creíble el fingimiento que al sinceridad:
“Los comediantes impresionan al público no cuando está furiosos sino cuando fingen perfectamente el furor. En los tribunales, en las asambleas, en todos los sitios en los que se quiere dominar los ánimos, se finge ya la ira, ya el tenor, ya la piedad, para producir en el auditorio esos distintos sentimientos. Lo que no logra una pasión efectiva lo consigue una pasión bien imitada.”
En eso consiste la aparente contradicción —es decir: la paradoja— del actor. Una persona puede estar sintiendo mucho y no poder expresarlo. Puede producir risa. Por ejemplo, un actor se suicida en el escenario. Se suicida de verdad (se acuchilla y brota la sangre) y entonces produce risa entre los espectadores. En cambio, el buen actor finge que se suicida. Y entonces el público llora.
Si Nicolás Maquiavelo es el padre involuntario de la propaganda moderna es porque recomienda fingir. En El Príncipe, que sólo pudo ser escrito por un italiano (tan perecido, por cierto, al mexicano, por su ambigüedad y su talento para mentir) desentrañamos toda una disquisición sobre el ser y el parecer. Sobre la apariencia. El gobernante puede ser infiel a sus camaradas y a sus compromisos —puede no cumplir con la palabra empeñada— pero tiene que hacer todo lo posible por parecer fiel. Lo que importa es la apariencia, el vestido, la corbata, el hábito. Tener el poder también consiste en aparentar tenerlo, aunque, por ejemplo, no se hayan ganado las elecciones (el caso histórico de Salinas). Por eso, a una menor legitimidad corresponde una mayor propaganda.
No es necesario que un presidente posea ciertas cualidades —la tolerancia, la paciencia, la lealtad, la generosidad–, pero es muy necesario que parezca tenerlas. No basta ser torero, hay que parecerlo. Fabricar esa imagen es el trabajo de sus propagandistas, pues “los hombres en general”, escribe Maquiavelo, “juzgan más por los ojos que por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos: cada uno ve lo que pareces, pocos palpan lo que eres”, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias [de la televisión] y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo”.
Con no poca astucia tiene que moverse el político, como en la cuerda floja de los cirqueros, entre el discurso de la verdad y el de la mentira. El poder no funciona sin teatralidad.
Saturday, January 21, 2006
Antes del amanecer
La hora del lobo es un instante entre la madrugada y el amanecer en el que -según una leyenda nórdica: sueca o noruega- mueren la mayoría de los moribundos y nacen la mayoría de los niños. Presagios ominosos, pues, o maravillosos. La muerte o la vida.
Esta información, como se sabe, procede de Ingmar Bergman y de su película de 1967: La hora del lobo. En la madrugada, que en Suecia suele ser sobre las 3 de la mañana, el personaje de Von Sidow le cuenta esa leyenda a Liv Ulman.
En la frase también está la alusión a un momento de transición. El paso de la noche a la mañana, la "línea de sombra" entre la juventud y la madurez, como decía Joseph Conrtad, algo que palpita entre la lucidez y la locura, entre el sueño y la vigilia, entre la tierra y el mar, entre al atardecer y la noche definitiva.
Esta información, como se sabe, procede de Ingmar Bergman y de su película de 1967: La hora del lobo. En la madrugada, que en Suecia suele ser sobre las 3 de la mañana, el personaje de Von Sidow le cuenta esa leyenda a Liv Ulman.
En la frase también está la alusión a un momento de transición. El paso de la noche a la mañana, la "línea de sombra" entre la juventud y la madurez, como decía Joseph Conrtad, algo que palpita entre la lucidez y la locura, entre el sueño y la vigilia, entre la tierra y el mar, entre al atardecer y la noche definitiva.
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