Thursday, July 20, 2006

Propaganda Fide



Las elecciones se ganan en
los últimos quince días.
—Jacques Chirac



Tienden los tiempos actuales a homologar la publicidad con la propaganda. Prácticamente son palabras homónimas, aunque “propaganda” es de más estirpe filológica: se empleó por primera vez para designar a la Congregatio de Propaganda Fide, organismo de la Iglesia católica para propagar la fe y combatir el “peligro” de la Reforma. De 1592 a 1585, el papa Gregorio XIII reunió en esa congregación a tres cardenales para estudiar los medios más eficaces de hacer frente al protestantismo, pero en 1662, con la bula Incrustabili divine, Clemente VIII instituyó la congregación de Propaganda Fide como un órgano permanente.
En El Príncipe Nicolás Maquiavelo no podía aún hablar de la propaganda política porque su libro es de 1913. Sin embargo, la noción está implícita a lo largo de toda su obra: la justificación de la mentira por parte del gobernante (que no está obligado a “cumplir con la palabra empeñada”) y la presunción de que “gobernar es hacer creer”. Cuando reflexiona sobre el “aparentar”, Maquiavelo afirma que el Príncipe puede no ser fiel a sus compromisos, pero debe parecer fiel. No es necesario que un príncipe posea todas las cualidades, pero sí es muy necesario que parezca tenerlas, “pues los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos”.
Las frases hechas que se atribuyen a Joseph Paul Goebbels son ahora lugares comunes entre los publicistas importados del “marketing político”. Hay propagandistas estadounidenses que asesoran a candidatos en cualquier parte del mundo. En México, por ejemplo, en el PAN. Casi siempre su consigna es golpear al enemigo, ensuciarlo, humillarlo, agredirlo aunque sea sin fundamento o con mentiras. Todo se vale, como en la guerra. Y en México, dada la proclividad del mexicano a imitar todo lo que venga de Estados Unidos, la receta de estos “political consultants” ha sido acogida como la piedra filosofal en los corredores del PAN.
Los nombres de Dick Morris, Rob Allyn y James Carville, se asocian ya a la campaña del candidato
panista. Basta indagar sus nombres en Google para conocer sus trayectorias y su relación con México puede saberse poniendo “Dick Morris Calderón” o “Rob Allyn Calderón”. Aunque tal vez no sea necesario traerlos en persona a participar políticamente como extranjeros. Basta enviarles a alguien a Nueva York o Dallas o consultar la red para conocer sus recetas o leer sus obras. Dick Harris tiene un libro sobre Maquiavelo y su utilización en las elecciones modernas y dirige en Washington una revista, The Hill. Sus ideas no son nada del otro mundo, pero las venden como si fueran diamantes.
Una esperanza es que, por el bombardeo televisivo, los votantes ya decididos por un candidato no cambien de parecer. La otra esperanza es que la propaganda sucia no tenga en la sociedad mexicana el mismo efecto que en la clase media estadounidense. En México esa clase media es una parte muy reducida de la población y además son distintas la mentalidad, la ideosincracia y la lógica de los mexicanos. Lo que habrá de verse después de las elecciones es si efectivamente con la televisión se ganan elecciones.
En la misma noche del debate se vio claramente en un resumen la comprometida inclinación de la tele a favor de Calderón. Ha de tener la empresa unos editores (montajistas) muy diestros, unas chuchas cuereras de la manipulación de imágenes y de frases. Enfatizan por aquí, atenúan por allá. Y presuponen que el público es incauto.
Es más que nunca un monstruo mediático y no era necesario entablar un convenio con ese partido para hacer ver su afinidad ideológica y su comunidad de intereses. No es menos sutil que evidente que la televisora —especialmente en sus repetidoras de provincia— se inclina por Calderón (junto con su risita burlona y bravucona) y cumple con un pacto secreto.
Algunos presidentes latinoamericanos han ganado con la tele en contra, pero también ha habido candidatos que no pudieron remontar su desventaja. Lo que sucede es que la televisión no triunfa en los países donde hay mucha conciencia política o un movimiento de masas. En Italia, el zar de la televisión Berlusconi no ganó.
Otro sería o hubiera sido el panorama si en México, en materia de elecciones, se dejaran de hacer las cosas “como en Estados Unidos”. Porque no es así en todo el mundo. En Francia está prohibida la publicidad política en televisión, radio, periódicos, para no contaminar el debate de las ideas y las propuestas, y poder elegir así a un ser humano político, no a un detergente. Aparte de que no se dilapida en la televisión el dinero público de las campañas políticas. A la televisión francesa se va a discutir ideas y programas. No a anunciarse como jabón.
Dice Pirandello que cuando un persona decide creer en algo o en alguien no hay razones que valgan para hacerla cambiar. Su sistema de creencias es inamovible. Esperemos que tenga razón el escritor siciliano y que las ráfagas de propaganda televisiva se desvanezcan en el vacío.


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