Monday, September 01, 2008

Los demonios de la depresión


Vivo sin vivir en mi
y de tal manera vivo
que muero porque no muero.
—Santa Teresa

Escribe Anamari Gomís que hay situaciones mucho peores que la sintomatología depresiva, pero justo por eso “la depresión es como un demonio que trastorna la percepción del mundo”. Lo dice en su más reciente ensayo: Los demonios de la depresión, incluido en la colección Quirón y que ha sido publicado por las editoriales Turner, Ortega y Ortiz, Wyeth, Conaculta, con un apoyo de la Secretaría de Salud desde los tiempos de Julio Frenk.
El libro debe su amenidad al talento narrativo de la autora, novelista y maestra de letras en la UNAM, que entre otros libros ha escrito las novelas Ya sabes mi paradero y Sellado con un beso.
Es muy encomiable esta colección que dirige el escritor Mauricio Ortiz porque busca recoger la experiencia del paciente, que en este caso es un escritor, y no la postura clínica profesional de un médico, salvo en el caso de Francisco González Crussi que ha enriquecido el catálogo de Quirón con La fábrica del cuerpo. Hasta ahora han salido a la luz Migraña en racimos, de Francisco Hinojosa, Sangre, de Julio Hubard e Itinerario del intruso, de Julio Derbez.
A estas alturas de la historia —desde los pensamientos de los griegos sobre la bilis negra o el clásico libro de Robert Burton Anatomía de la melancolía— parece que hay ya un consenso acerca de los orígenes de la enfermedad: que es de orden orgánico y que tiene su causa en la actividad bioquímica del cerebro, corazón de las tinieblas y de las emociones más raras. Ciertos cambios en la actividad cerebral, anota Anamari Gomís, desatan la perturbación. Por lo general la depresión se hereda, aunque no se ha podido identificar genes específicos. “El quid del asunto es que si los neurotransmisores, los mensajeros químicos del cerebro, varían por alguna razón de equilibrio, se abre un frente para que el individuo se deprima.”
Anamari Gomís habla desde su experiencia constante y profunda. Su malestar desde muy joven, dice, se vincula con una tristeza abismal, una oceánica ansiedad y un miedo paralizante. Hay quien no puede levantarse de la cama, ni bañarse ni nada. “La depresión aguda despersonaliza a tal grado que se está ausente de uno mismo. ¿Quién soy y qué hago en este mundo? ¿Qué sentido tiene la vida? La depresión no distingue colores. Todo le es gris. La película va del blanco al negro. “Nada parece tener sentido”, dice la escritora. “La realidad se distancia, aunque no se disloca como en el caso de la esquizofrenia. Pero esa lejanía despierta esa sensación de encierro. De pronto, uno no pertenece al mundo y a sus trasiegos, y todo comienza a volverse ajeno”.
Hasta donde sabemos o deducimos, seguramente debió haber sido aterrador padecer la depresión en años o en siglos anteriores, cuando no había medicamentos que la domaran, cuando no había tafil, prozac, ni effexor ni psicoterapeutas. La buena noticia es que la depresión, tarde o temprano, se cura. “Nadie hundido en esta aflicción debe sobrellevar el mal como una condena. Se puede aliviar, como se alivian otros padecimientos.”
El deprimido construye su propio infierno. Se pone en contra de sí mismo. Implacable. Sin causa aparente decide que nada vale la pena, poco a poco “empieza a bregar con un tsunami de sensaciones y de estados de alienación tales” que muy pronto lo dejan anonadado hasta tocar fondo y reconocer que necesita ayuda porque nadie sale de la depresión por sí solo. Se trata de una enfermedad y requiere de medicamentos tanto como los que necesita un diabético o alguien que sufre de insuficiencia renal.
Entre estas dilucidaciones la autora se demora un momento para referirse a la serie televisa de Los Soprano y advierte que allí se hace uso —por primera vez en el cine— del psicoanálisis como parte de un motor narrativo. El personaje de Toni Soprano “expía una depresión mayor, matizada con ataques de pánico” y se atreve a consultar a una psicoterapeuta que luego pasa a ser un personaje muy importante en la historia.
Pero la fuerza del relato está en la primera persona, en la subjetividad de la autora que cuenta la experiencia de su propia depresión y no elude el sentido del humor si viene al caso. Habla, en sentido metafórico, de los demonios que lo atrapan a uno como si fueran verdugos, “que nos despojan de nuestra precaria armonía, de nuestra identidad maltrecha, de nuestra alegría por la vida, y que nos sumergen en un diabólico mar de angustias, de culpa y de lobreguez”.
En ese tono sobrevienen los capítulos dedicados a la conciencia de la muerte, al miedo, al desasosiego que significa la edad, el paso del tiempo, el temor a la enfermedad, al yo deprimido, a la incapacidad de hablar o de gozar de la sonata para piano favorita, al tormento que significa asistir a una cena o a un cocktail. Y si se refiere a la “bruma anímica que surge de una tarde lluviosa” es porque todo el libro está dado en un lenguaje preciso, no pretendidamente poético pero sí bello y exacto, que iguala la emoción y el pensamiento. También comparte sus ideas acerca de lo que significa estar de regreso de una crisis depresiva y del valor que tiene la convivencia con los animales.
“Está comprobado que la presencia de animales en la casa fomenta el bienestar físico y psíquico. Como ya he dicho, tengo tres perros y una gata. Estar con ellos siempre me relaja.”
Es un libro conmovedor, inteligente, útil, informativo, honesto y compasivo. Todos necesitamos leerlo.






2 comments:

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